17
La puta de Kennit
Las lluvias de otoño habían limpiado Mentecacia casi por completo.
La laguna estaba más alta, los canales eran más profundos, y conforme la Marietta se acercaba a su puerto natal, los corazones de quienes viajaban a bordo de ella se sentían más ligeros que nunca.
No tenía nada que ver con la bodega repleta de mercancías pirateadas.
Si bien era un botín respetable, habían visto otras mejores en muchas ocasiones.
—Es porque ahora seremos alguien cuando lleguemos al puerto.
La gente nos conoce y sale a recibirnos.
¿Te conté ya que, en Portillo, Ama Ramp nos cedió toda su casa, durante un turno entero, sin cobrarnos nada?
Y no fue solo que la madame les dijera a sus chicas lo que tenían que hacer por nosotros; estaban más que dispuestas, por Sa.
Cualquier cosa que quisiéramos… —La voz de Sorcor se fue apagando de asombro ante su buena estrella.
Kennit contuvo un suspiro. Solo había oído ya veinte veces la misma historia.
—Todas esas enfermedades, gratis —musitó, pero Sorcor se tomó sus palabras a broma y sonrió con amabilidad a su capitán.
Kennit se giró y escupió por la borda. Cuando volvió a mirar a Sorcor, consiguió corresponder a su sonrisa—.
Avisa a los hombres para que recuerden que pocos profetas son bien recibidos en sus ciudades de origen.
El asombro entretejió las cejas de Sorcor. Kennit no suspiró.
—Me refiero a que aunque haya otros, en otros lugares, que quizá consideren un gesto de filantropía nuestra liberación de esclavos y su conversión en piratas con derecho a una parte de nuestro territorio, aquí habrá quienes nos vean como generadores de competencia.
Y se arrogarán el deber de poner freno a nuestras ambiciones.
—Quieres decir que tendrán envidia y nos lo reprocharán a la menor oportunidad.
Kennit lo consideró un momento.
—Exacto.
Una lenta sonrisa se extendió por el hoyado semblante de Sorcor.
—Pero, capitán, eso es justo lo que esperan los hombres. Que intenten ponernos en nuestro sitio.
—Ah.
—Y capitán…
—Sí, Sorcor.
—Los hombres han celebrado una especie de votación, señor.
Y el que no se avino acabó convenciéndose para cambiar de opinión.
Esta vez todo el mundo se mantendrá al margen, señor, y dejará que vendas la totalidad del cargamento.
—Sorcor se rascó con fuerza la cara—. Les sugerí que quizá quisieran hacer saber a Mentecacia que todos ellos creen en su capitán.
Ahora bien, claro, no todos estaban dispuestos a asegurar que lo harían así siempre.
Pero esta vez, en fin, llevas tú la mano.
—¡Sorcor! —exclamó Kennit, y su sonrisa se ensanchó una fracción—. Muy bien hecho.
—Gracias, señor. Pensé que le complacería.
Los dos hombres permanecieron en su sitio viendo cómo se acercaba la orilla.
El fuerte aguacero del día anterior había arrancado las últimas hojas marrones a los árboles caducifolios, lo que no quería decir que hubiera muchos.
Los árboles de grandes y oscuras hojas perennes predominaban en las colinas que señoreaban sobre Mentecacia y la rodeaban.
Más cerca del agua, la medusa enredadera y la raíz trepadora se habían apoderado de las tierras limítrofes, con algún cedro imponente desafiando a sus propias raíces empapadas para medrar aquí y allá.
Con el frescor que trae consigo la lluvia, Mentecacia parecía casi acogedora.
Salía de las chimeneas humo de leña, sumando su fragancia a la del yodo de las algas y el agua salobre.
«Casa». Kennit ensayó la palabra en su cabeza. No. No sonaba bien.
«Puerto», sí.
Sorcor se alejó a la carrera, imprecando a algún marinero de cubierta que no estaba moviéndose lo bastante rápido como para complacerlo.
Sorcor era difícil de complacer cuando se trataba de atracar el barco.
Nunca se conformaba con que la nave estuviera bien fondeada; había que manejar las velas con elegancia, como si se estuvieran exhibiendo para cualquier espectador ocioso que pudiera estar observándolos desde la playa. Como era el caso, esta vez.
Kennit hizo un rápido recuento mental de sus capturas desde la última vez que habían amarrado aquí.
Siete barcos en su haber, cuatro de ellos de esclavos.
Habían perseguido a cinco naves redivivas, sin nada que se pareciera siquiera al éxito en la empresa.
Ya casi se había resignado a renunciar a esa parte de su plan.
Quizá lograra los mismos objetivos capturando más barcos de esclavos.
Sorcor y él habían hecho algunos ejercicios de aritmética la otra noche mientras tomaban una o dos tazas de ron.
Todo se reducía a simples especulaciones, pero los resultados eran siempre satisfactorios.
Daba igual lo bien o lo mal que se les diera la piratería a las cuatro naves, la mitad de su botín iría a parar a la Marietta .
Con cada captura, Kennit había otorgado el mando de la embarcación apresada a uno de sus veteranos.
También en eso había estado inspirado, pues ahora quienes quedaban a bordo de la Marietta se disputaban su atención con la esperanza de hacer los méritos necesarios para conseguir su propio barco.
La única pega era que, a la larga, podría quedarse sin hombres de valía entre su tripulación.
Desechó esa preocupación de su cabeza. Para entonces tendría una flotilla, no, toda una flota de barcos piratas a sus órdenes.
Y estarían vinculados a él no solo por deudas, sino por gratitud.
Sorcor y él habían espaciado sus embarcaciones secundarias a lo largo y ancho del Interior, dedicando mucho tiempo a deliberar si estos nuevos ciudadanos serían recibidos con los brazos abiertos, por no mencionar dónde eran más suculentos los beneficios para un barco sin experiencia.
El resultado le satisfacía. Incluso aquellos esclavos liberados que habían decidido no seguirlo a una vida de piratería debían de estarle agradecidos y hablarían bien de él.
Confiaba en que, cuando les llegara la hora de declararse leales, recordaran cómo los había rescatado.
Asintió para sí con expresión cavilosa. Rey de las Islas Piratas. Se podía conseguir.
Los tres barcos de pillaje que habían conseguido no eran dignos de mención.
Uno de ellos ni siquiera estaba demasiado dotado para la navegación, por lo que habían dejado que se fuera a pique cuando el fuego se propagó.
De todas maneras, a esas alturas ya habían rescatado la mayor parte de las mercancías que podrían negociarse fácilmente.
Las otras dos naves con sus tripulaciones habían sido devueltas previo pago de un rescate con la ayuda de los intermediarios habituales de Kennit.
Eso le hizo sacudir la cabeza. ¿Estaría volviéndose demasiado confiado?
Debería moverse más, emplear a otras personas.
De lo contrario, sería solo cuestión de tiempo que se agruparan varios mercaderes para intentar vengarse de él.
El capitán del último barco había sido un bastardo malhumorado, pataleando e intentando agredir a sus captores mucho después de que lo dejaran maniatado.
Había maldecido a Kennit y le había advertido que ahora se ofrecían recompensas por su captura, no solo en Jamaillia, sino incluso en el Mitonar.
Kennit le había dado las gracias y había dejado que pasara el resto del trayecto hasta Chalaza sentado en sus aguas de pantoque, encadenado como un esclavo.
Más cortés se había mostrado cuando Kennit lo izó por fin a la cubierta.
Kennit decidió que siempre había subestimado el efecto que podían surtir la oscuridad, la humedad y las cadenas en el espíritu de un hombre.
En fin, nunca se era demasiado viejo para aprender.
Llegaron a Mentecacia sin contratiempos y sus hombres desembarcaron como nobles de visita, con las monedas tintineando ya en sus bolsas.
Kennit y Sorcor los siguieron poco después, dejando a bordo un puñado de hombres seleccionados que serían bien recompensados por aplazar sus placeres.
Mientras Sorcor y él recorrían los muelles, haciendo oídos sordos a las flagrantes ofertas de los proxenetas, las prostitutas y los traficantes de droga, reflexionó que daba igual quién los inspeccionara, al menos uno de ellos daría la impresión de tener buen gusto.
Sorcor, como siempre, se cubría con un amplio despliegue de telas lujosas y deslumbrantes.
El pañuelo de seda que le ceñía la cintura había salido de los rollizos y pálidos hombros de una dama por la que habían pedido rescate.
El puñal enjoyado guardado en él había salido del hijo de la susodicha, un mozo valiente que no había sabido cuándo rendirse.
Había encargado a medida la camisa de seda amarilla en Chalaza.
Dada la corpulencia de los musculosos hombros y el amplio pecho del hombre, a Kennit la expansión de tejido ondeante le recordaba a un barco con las velas desplegadas.
Por contra, él había seleccionado colores sobrios para sí, confiando en la tela y el corte para llamar la atención.
Pocas personas en Mentecacia sabrían apreciar la exclusividad del encaje que tan extravagantemente se derramaba de sus puños y su cuello, pero hasta en su ignorancia no podrían por menos admirarlo.
Sus altas botas negras resplandecían, mientras que los pantalones, chaleco y chaqueta azules resaltaban su musculatura y esbeltez.
Que el hombre que había confeccionado estas prendas fuera un esclavo liberado que no le había cobrado nada por el privilegio de servirlo no hacía sino aumentar la satisfacción que sentía por su aspecto.