Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #15
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El domador había vuelto a dejar su animal en la plaza.

—Bueno, ¿lo va a intentar el chico o no?

—¡No! —gritó Wintrow mientras Torg anunciaba:

—Sí. Necesita un minuto, eso es todo. —Se encaró con Wintrow—. A ver —siseó—, nos estás dejando a todos en ridículo. ¡Estás dejando tu barco en ridículo! Entra ahí y recupera nuestro dinero.

Wintrow meneó la cabeza.

—Hazlo tú si quieres. No soy tan estúpido como para luchar con un oso. Aunque me situara a su espalda y me montara en él, nada garantiza que vaya a rendirse. Solo porque antes lo hiciera…

—¡Lo haré yo! —se ofreció Sute. El desafío brillaba en sus ojos.

—No —objetó Wintrow—. No lo hagas, Sute. Es una estupidez. Si no estuvieras cargado de cindin, te darías cuenta. Si Torg quiere, que lo haga él.

—Estoy demasiado borracho —admitió Torg sin ningún reparo—. Hazlo tú, Wintrow. Demuéstranos que tienes agallas. Demuestra que eres un hombre.

Wintrow miró al oso de reojo. Era una estupidez. Sabía que era una locura. ¿Necesitaba demostrarle algo a Torg, a la gente?

—No. —Pronunció la palabra fuerte y tajantemente—. No voy a hacerlo.

—El chico no quiere intentarlo, y yo no me voy a quedar aquí plantado el día entero. El dinero es mío, muchachos. —El domador se encogió teatralmente de hombros y sonrió.

En medio de la multitud, alguien hizo un comentario despreciativo sobre la tripulación de la Vivacia .

—Eh. Eh, lo haré yo. —Era Sute de nuevo, sonriendo mientras se ofrecía voluntario.

—¡No lo hagas, Sute! —le rogó Wintrow.

—Oye, a mí no me asusta. Además, alguien tiene que recuperar el dinero. —Arrastró los pies, incómodo—. No podemos irnos de la ciudad dejando que todos piensen que la tripulación de la Vivacia no tiene valor.

—¡No lo hagas, Sute! Saldrás herido.

Torg le propinó un salvaje meneo.

—¡Cállate! —eructó—. ¡Cállate! —repitió con más claridad—. ¡Sute no tiene miedo! Puede hacerlo si quiere. ¿O es que quieres hacerlo tú? ¡Corre, decídete! Uno de los dos tiene que recuperar nuestro dinero. Se nos acaba el tiempo.

Wintrow meneó la cabeza. ¿Cómo habían llegado a esto, cómo era posible que Sute o él tuvieran que entrar en una plaza a pelear con un oso para recuperar el dinero que habían perdido otros en un concurso amañado?

Era ridículo. Miró a su alrededor, intentando encontrar un rostro racional que estuviera de su parte. Un hombre le sostuvo la mirada.

—Bueno, ¿quién va a hacerlo? —preguntó.

Wintrow negó con la cabeza sin decir nada.

—¡Yo! —declaró Sute con una sonrisa. Dio un par de saltitos.

Entró en la plaza y el domador soltó la cadena del oso.

Más tarde, Wintrow se preguntaría si el domador no había estado irritando a la bestia mientras todos esperaban.

El oso no cargó contra Sute ni avanzó torpemente sobre sus patas encadenadas.

En vez de eso, arremetió a cuatro patas sobre el muchacho, estrellando su enorme cabeza contra él y asiéndolo con sus inmensas zarpas.

El oso se irguió con Sute chillando y pataleando en su abrazo.

Romas o no, sus garras redujeron la camisa del joven marinero a trizas, hasta que una voz de su propietario le hizo tirar al muchacho a un lado.

Sute aterrizó de golpe fuera de la plaza.

—¡Levántate! —gritó alguien, pero Sute se quedó tumbado.

Incluso el dueño del oso parecía sobrecogido por la violencia del animal. Empuñó la cadena de la bestia y tiró con fuerza para convencer al oso de que lo tenía controlado.

—¡Se acabó! —declaró—. Lo habéis visto todos, ha sido justo. El oso ha ganado. El muchacho ha salido del círculo. ¡Y el dinero es mío!

Hubo algunos gruñidos, pero nadie lo desafió esta vez mientras se alejaba. El oso trotaba pesadamente pisándole los talones. Un marinero miró de reojo a Sute, tendido aún en el polvo, y escupió.

—Gallinas, todos ellos —soltó, y lanzó a Wintrow una significativa mirada colérica.

Wintrow se la devolvió antes de arrodillarse junto a Sute. Todavía respiraba. Tenía la boca entreabierta y estaba inhalando polvo con cada aliento. Había caído mal, sobre el pecho. Sería un milagro si no tenía, como mínimo, las costillas fracturadas.

—Tenemos que llevarlo al barco —dijo, y miró a Comfrey de reojo.

Comfrey lo observó con repugnancia. Luego apartó la vista, como si no estuviera allí.

—En marcha, muchachos, hora de volver a bordo. —Sin hacer caso de cualquier posible herida que tuviera Sute, agarró al joven de un brazo y lo puso en pie de un tirón. Cuando Sute se quedó colgando como un muñeco de trapo, tomó al joven en volandas y se lo cargó al hombro.

Los otros dos marineros de la tripulación de la Vivacia partieron tras él. Ninguno se dignó reparar en la existencia de Wintrow.

—¡No ha sido culpa mía! —declaró Wintrow a gritos. Pero, de algún modo, se preguntó si no lo habría sido.

—Sí que es culpa tuya —replicó Torg—. Sabías que estaba cargado de cindin.

No debería haber entrado ahí, pero tuvo que hacerlo por tu cobardía.

En fin. —Sonrió con satisfacción—. Ahora todos saben lo que eres, chaval.

Antes solo yo sabía la rata cobarde que eras.

—Torg escupió en la calle polvorienta y se alejó.

Wintrow se quedó un momento a solas, contemplando las pisoteadas esquinas de la plaza.

Sabía que había hecho lo correcto y que había tomado las decisiones adecuadas.

Pero una tremenda sensación de pérdida se agolpaba en su interior.

Sospechaba que acababa de perder su oportunidad de ser aceptado como parte de la tripulación de Vivacia .

De que lo consideraran un hombre entre hombres.

Echó un vistazo al sol poniente y corrió a reunirse con las personas que ahora lo despreciaban.