Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #14
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Con una sonrisa y un saludo a sus compañeros de tripulación, Comfrey entró en la plaza aislada.

En cuanto cruzó la línea, el oso se alzó sobre los cuartos traseros.

La cadena que le unía las patas le obligaba a dar pasitos cortos mientras avanzaba hacia Comfrey.

El marinero fintó a un lado y luego a otro para pasar junto al oso y colocarse a su espalda.

Pero ni siquiera tuvo una oportunidad. Como si fuera un movimiento ensayado cien veces, el oso se giró y aplastó al marinero. Sus poderosas patas delanteras eran mucho más largas de lo que hubiera creído Wintrow. El impacto del golpe estrelló a Comfrey de bruces contra el suelo.

—¡Arriba, levántate! —chillaban sus compañeros, y Wintrow se descubrió gritando con los demás.

El oso proseguía con su nervioso e inquieto baile.

Había vuelto a apoyarse en las cuatro patas.

Comfrey levantó el rostro de la polvorienta calle.

Chorreaba sangre de la nariz, pero los vítores de sus camaradas parecían infundirle ánimos.

Se puso en pie de un rápido salto y pasó corriendo junto al oso.

Pero la bestia se alzó, alta y sólida como una pared, y una zarpa extendida recibió la cabeza de Comfrey de pasada. Esta vez el marinero cayó de espaldas y su cabeza rebotó en el suelo. Wintrow torció el gesto y apartó la mirada con un quejido.

—Ya ha recibido lo suyo —le dijo a Sute—. Lo mejor será que nos lo llevemos al barco.

—No, no. Verás cómo se levanta, puede hacerlo. Vamos, Comfrey, solo es un oso viejo y estúpido. ¡Levántate, hombre, arriba!

Los demás marineros de la Vivacia gritaban a su vez, y por primera vez Wintrow distinguió la voz ronca de Torg entre la multitud.

Era evidente que su capitán le había dado permiso para divertirse por su cuenta.

Wintrow tuvo la repentina certeza de que tendría algo ingenioso que decir acerca de su desaparecida camisa.

De pronto deseó no haber bajado del barco.

Este día había sido una larga concatenación de desastres.

—Vuelvo al barco —le repitió a Sute, pero este no le hizo caso. Se limitó a apretarle el brazo con más fuerza.

—No, mira, se está levantando, te dije que lo conseguiría. Así se hace, Comfrey; venga, hombre, tú puedes.

Wintrow dudaba de que Comfrey oyera nada de lo que gritaba Sute.

Aún parecía aturdido, como si solo el instinto lo impeliera a ponerse de pie y alejarse del oso.

Pero, en cuanto se movió, el animal volvió a echársele encima, apresándolo esta vez en su abrazo.

Parecía cómico, pero Comfrey profirió un alarido que apuntaba a la ruptura de alguna costilla.

—¿Te rindes? —gritó el domador, y Comfrey asintió violentamente con la cabeza, incapaz de insuflar a sus pulmones el aire necesario para hablar—.

Suéltalo, Solano . ¡Suéltalo! —ordenó el domador, y el oso soltó a Comfrey y se apartó con pesadez.

Obediente, se sentó en una esquina de la plaza y cabeceó como si aceptara los vítores de la multitud.

Solo que nadie estaba vitoreando.

—¡Lo había apostado todo! —exclamó un marinero. Añadió un comentario entre dientes, relativo a la masculinidad de Comfrey, que parecía tener poco que ver con las peleas de osos.

—¡No es justo! —apostilló otro. Ese parecía ser el consenso generalizado de quienes habían apostado, pero Wintrow se fijó en que ninguno aportaba ningún motivo por el que no hubiera sido justo.

También él tenía sus sospechas, pero no vio ningún motivo para expresarlas en voz alta.

En vez de ello, se acercó a Comfrey para ayudarle a ponerse de pie.

Sute y los demás estaban demasiado atareados conmiserándose por lo que habían perdido.

—¡Comfrey, desgraciado! —gritó Torg desde el otro lado del círculo—. ¡No puedes ni con un oso encadenado!

Unos cuantos comentarios mordaces más confirmaron esa opinión general. Los tripulantes de Vivacia no eran los únicos que habían perdido sus apuestas.

Comfrey se levantó, tosiendo, antes de agacharse para escupir un salivazo de sangre. Por primera vez, reparó en la presencia de Wintrow.

—Casi lo tenía —jadeó—. Maldición, ya casi era mío. He perdido todo lo que gané antes. En fin, me quedo sin nada. Maldita sea. Si hubiera sido un poco más rápido… —Volvió a toser y soltó un eructo cervecero—. Un poco más y gano.

—No lo creo —musitó Wintrow, más para sí que para Comfrey. Pero el hombre lo oyó.

—No, en serio, ya casi lo tenía, mocoso. Con que hubiera sido un poco más pequeño, un poco más rápido, habríamos vuelto todos al barco con los bolsillos llenos. —Se enjugó la sangre de la cara con el dorso de la mano.

—No lo creo —insistió Wintrow. Para consolarlo, añadió—: Me parece que estaba amañado.

Creo que el hombre que ganó antes estaba confabulado con el domador.

Representan algo que parece hacer que el oso se rinda, solo que es un movimiento ensayado.

Y cuando tú lo pruebas, el oso está adiestrado para anticiparse a ti.

Así que te frena. No te sientas mal, Comfrey, no ha sido culpa tuya.

Era un truco. Venga, volvamos al barco. —Rodeó al hombre con un brazo.

Pero Comfrey se apartó de él de improviso.

—¡Eh! ¡Eh, tú, el del oso! Tramposo. Nos has engañado a mis amigos y a mí. —En el atónito silencio que produjeron sus palabras, Comfrey proclamó—: ¡Quiero que me devuelvas el dinero!

El domador estaba enfrascado en la recaudación de sus ganancias, listo para marcharse. Sin dignarse responder, tomó la cadena de su animal. A pesar de las voces de Comfrey, se habría ido si no le hubieran cortado el paso los marineros de otra nave.

—¿Es eso cierto? —inquirió uno—. ¿Has hecho trampas? ¿Estaba amañado?

El domador miró a los furiosos espectadores que lo rodeaban.

—¡Claro que no! —bufó—. ¿Cómo podría estar amañado? ¡Habéis visto al hombre, habéis visto al oso! Estaban los dos solos en la plaza. Pagó por tener una oportunidad de luchar con la bestia y perdió. ¡No hay cosa más simple!

En cierto sentido, lo que decía el hombre era verdad, y Wintrow esperaba que los marineros lo aceptaran a regañadientes.

No había tenido en cuenta cuánto habían bebido ni cuánto dinero habían perdido.

Una vez lanzada la acusación de tongo, una simple negativa no iba a apaciguarlos.

Uno, más avispado que el resto, preguntó de repente:

—Eh, ¿adónde ha ido el tipo ese, el que ganó antes? ¿Es amigo tuyo? ¿Lo conoce el oso?

—Y yo qué sé —se defendió el domador—. Estará por ahí, gastando el dinero que me ha sacado. —Una fugaz sombra de intranquilidad había surcado su rostro y miró alrededor como si buscara a alguien.

—Bueno, yo creo que el oso está adiestrado para esto —declaró airadamente alguien. A Wintrow se le antojó el comentario más obvio y, en este contexto, más estúpido que había escuchado en su vida.

—No era una pelea justa. Quiero mi dinero —declaró otro, y casi de inmediato el resto de la multitud se hizo eco de esta exigencia. El propietario del oso pareció volver a buscar a alguien entre el gentío, pero allí no tenía aliados.

—Oye. ¡Te hemos dicho que queremos que nos devuelvas el dinero!

—señaló Torg. Avanzó bamboleándose hasta pegar su cara a la del domador—.

Comfrey es mi compañero de tripulación. ¿Crees que vamos a quedarnos de brazos cruzados viendo cómo le dan una paliza y nos roban el dinero?

¡Has dejado a nuestro hombre en mal lugar, y por las pelotas de Sa que no vamos a tolerarlo!

—Como todos los matones, sabía cómo ganar adeptos a su causa.

Miró a los hombres que lo rodeaban y se volvió a encarar con el domador.

Asintió con gesto significativo—. ¿Crees que no podemos tomarlo sin más si te niegas a dárnoslo?

Hubo un murmullo de asentimiento procedente de los demás.

El domador de osos estaba en inferioridad numérica y lo sabía. Wintrow casi podía ver cómo buscaba desesperadamente alguna escapatoria.

—Os diré una cosa —declaró de pronto—. No he hecho trampas y mi oso tampoco, y creo que la mayoría lo sabéis.

Pero puedo ser justo y más que justo. Todo el que quiera puede pelear gratis con el oso.

Si vence alguien, pagaré todas las apuestas como si hubiera ganado ese hombre.

Si pierde, me quedo con el dinero. ¿Os parece justo?

Os estoy dando la posibilidad de recuperar el dinero gratis.

Tras una breve pausa, un murmullo de asentimiento recorrió la multitud. Wintrow se preguntó qué necio sería el siguiente en probar la fuerza del oso.

—Eh, Win, enfréntate tú a él —sugirió Comfrey. Empujó al joven hacia delante—. Eres pequeño y veloz. Solo tienes que superar su guardia y encaramarte a su espalda.

—No. No, gracias. —Tan deprisa como lo había empujado Comfrey, Wintrow retrocedió.

Pero las palabras del marinero se habían oído por toda la plaza y un hombre de otro barco se hizo eco de ellas:

—Eso, que lo intente su grumete. Es pequeño y veloz. Apuesto a que puede colarse detrás del oso y conseguir que nos devuelvan el dinero.

—¡No! —repitió Wintrow más alto, pero su voz se perdió en el coro general de asentimientos. No eran solo sus compañeros de tripulación los que lo animaban, sino todo el gentío.

Torg se plantó delante de él con paso pesado y lo miró de arriba abajo. Olía a cerveza.

—Bueno. —Sonrió—. ¿Crees que puedes recuperar nuestro dinero? No sé por qué, pero lo dudo. Pero inténtalo, muchacho. —Agarró a Wintrow del brazo y lo arrastró hacia la plaza del oso—. Nuestro grumete quiere probar suerte.

—No —siseó Wintrow—. No quiero.

Torg frunció el ceño.

—Solo tienes que escabullirte y subirte a su lomo —le explicó con exagerada paciencia—. A una comadreja escuchimizada como tú le debería resultar fácil.

—No. ¡No pienso hacerlo! —declaró Wintrow a voz en grito.

Un coro de risotadas recibió sus declaraciones, y el semblante de Torg se ensombreció de furia y vergüenza.

—Sí que lo harás —afirmó.

—El chaval no quiere. No tiene agallas —oyó Wintrow que decía alguien.