Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #13
51%

16 #13

«Porque iba vestido de marinero», se dijo en voz baja.

Por un espantoso instante, consideró que este podría ser el castigo de Sa por no llevar puesto su hábito de sacerdote.

Había renegado de Sa, así que Sa había renegado de él.

Había dejado de protegerlo. Apartó de su mente esa idea indigna.

Así hablaban de Sa los niños y los supersticiosos, como si no fuera más que un humano poderoso y vengativo en vez del dios de todas las cosas.

No. No era eso lo que había aprendido de esto.

Entonces, ¿cuál era la lección? Ahora que había pasado el peligro, su mente buscó refugio en el familiar ejercicio.

Siempre había algo que aprender de cualquier experiencia, por horrenda que fuera.

Mientras uno tuviera eso en cuenta, su espíritu saldría airoso de cualquier prueba.

Solo cuando uno se rendía y creía que el universo no era más que una caótica colección de azares desafortunados o crueles podía resultar aplastado su espíritu.

El aire llegaba con más facilidad a sus pulmones.

Tenía la boca y la garganta secas, pero aún no estaba dispuesto a ir en busca de agua.

Empujó esa necesidad al fondo de su consciencia y buscó, en cambio, el sereno centro de su ser.

Inspiró hondo para tranquilizarse y se abrió para percibir la lección.

Se obligó a no moldearla con su mente ni con sus emociones.

¿Qué tenía que aprender de esto? ¿Qué debería extraer de ello?

El pensamiento que llegó flotando a la cumbre de su mente lo asombró.

Con suma claridad, vio su propia credulidad.

Había visto la belleza de la ciudad y había interpretado a raíz de ella que aquí vivían gentes de bellos espíritus.

Había venido esperando que lo saludaran y recibieran a la luz de Sa.

Tan fuertes habían sido sus prejuicios que no había captado las advertencias que tanto brillaban ahora.

Sus compañeros de tripulación se lo habían avisado, la hostilidad de la guardia de la ciudad había sido otro aviso, las iracundas miradas de los ciudadanos…

Se había comportado como un chiquillo confiado frente a un perro gruñón. Era culpa suya que le hubieran mordido.

Una oleada de desolación más profunda que nada que hubiera sentido jamás lo cubrió.

No estaba preparado para ella y se hundió, dejando que le arrebatara el equilibrio.

En vano, todo era en vano. Jamás regresaría a su monasterio, nunca retomaría la vida de meditación que tanto añoraba.

Se convertiría en uno más de tantos como conocía, convencido de que todos los hombres nacían siendo enemigos y de que solo por conveniencia se buscaban la amistad o el amor.

Cuántas veces había oído a la gente burlarse del ideal de Sa, que predicaba que todas las personas habían sido creadas para convertirse en criaturas de bondad y belleza.

¿Dónde, se preguntó con amargura, estaba la bondad del joven guardia que tanto había disfrutado dándole una paliza?

¿Dónde la belleza en la mujer de labios ulcerosos que había querido yacer con él por dinero?

De repente se sintió joven y estúpido, un ingenuo de la peor clase.

Un cretino. Un cretino y un bobo. Este dolor era tan real como sus magulladuras, sentía cómo le pesaba el corazón.

Cerró los ojos con fuerza, deseando poder estar en otra parte, ser otra persona que no sintiera lo que sentía él ahora.

Después de un momento, abrió los ojos y se enderezó.

Lo peor era que todavía tenía que volver al barco.

Esta experiencia ya habría sido dura de por sí teniendo la seguridad y la paz del monasterio a las que regresar.

Salir de esta para caer en las estúpidas riñas que gobernaban la Vivacia , retornar a la mezquina brutalidad de Torg y al desdén de su padre era casi más de lo que podía tolerar su corazón.

Mas ¿cuál era la alternativa? ¿Esconderse y quedarse en Berro como un vagabundo miserable y despreciado?

Suspiró hondo, pero el corazón no hizo sino hundírsele más en el pecho.

Anadeó entre los desperdicios reblandecidos hasta la boca del callejón y miró de soslayo hacia el sol en el oeste.

El tiempo que le había parecido tan breve para hacer turismo era ahora una alargada extensión vacía hasta el ocaso.

Decidió buscar al resto de la tripulación de la Vivacia .

No se le ocurría nada más que ver o hacer en la ciudad.

Recorrió la calle descamisado, haciendo caso omiso de las sonrisas de quienes se fijaban en sus cardenales y rasponazos.

Se topó con un grupo de hombres, evidentemente parte de la tripulación de otro barco disfrutando de su tiempo libre.

Todos ellos lucían pañoletas que antaño habían sido blancas, con un pájaro negro marcado en la frente.

Se reían e intercambiaban amigables insultos mientras iban en tropel de prostíbulo en taberna. Sus ojos cayeron sobre Wintrow.

—¡Oh, pobrecito! —exclamó uno de ellos con fingida compasión—. Te han dado golpecitos, ¿verdad? ¿Y se han quedado con tu camisa? —Su chanza generó un coro generalizado de risotadas.

Wintrow siguió caminando. Dobló una esquina y de pronto estuvo seguro de haber encontrado el Paseo de los Marineros.

No solo estaba la Bufanda al Viento en esta calle, con un cartel que lucía una mujer ataviada solo con una bufanda que el viento intentaba arrebatarle, sino que los letreros de las demás tabernas eran igual de sugerentes.

La crudeza de los carteles señalaba las especialidades de quienes trabajaban en los burdeles.

Saltaba a la vista que los artistas no tenían demasiada confianza en las dotes de lectura de los marineros.

Había otros entretenimientos, más asequibles, alineados en la calle.

Un tenderete ofrecía amuletos de la buena suerte, pócimas y talismanes: mesenterios resecos contra el ahogamiento, esquirlas de hueso para potenciar la virilidad, ungüentos mágicos capaces de disipar cualquier tormenta.

Wintrow pasó frente al puesto con una mirada de compasión dirigida a quienes eran lo bastante crédulos como para codiciar sus artículos.

Calle abajo, en una plaza separada, un domador ofrecía a los curiosos la posibilidad de luchar con su oso a cambio de una bolsa de oro.

Pese a su bozal y sus garras recortadas, el oso ofrecía un aspecto imponente.

Una cadena corta le unía las patas traseras y otra más pesada iba de su cuello al puño de su propietario.

El oso se agitaba sin cesar, como una montaña ansiosa y desasosegada.

Sus ojillos estudiaban la multitud. Wintrow se preguntó qué clase de idiota se dejaría convencer para aceptar semejante desafío.

Entonces, con un vuelco del corazón, reconoció a un sonriente Comfrey apoyado en un compañero y hablando con el domador.

Un pequeño corro de espectadores, marineros en su mayoría, hacían sus apuestas al margen con entusiasmo.

Se sintió tentado de pasar de largo e ir en busca de Sute. Luego vio que Sute se contaba entre los apostadores. Con un suspiro, fue a reunirse con él. Sute lo reconoció con una sonrisa de júbilo mientras se acercaba.

—Eh, ven aquí, Wintrow, estás de suerte.

Comfrey va a pelear con el oso. Haz tu apuesta y verás cómo la doblas.

—Se inclinó en dirección a Wintrow—. Es pan comido.

Acabamos de ver cómo ganaba un tipo. Lo único que hizo fue subirse al lomo del oso y la fiera se rindió de inmediato.

El domador no quería que nadie más peleara con él después de eso, pero Comfrey insistió.

—Entonces abrió los ojos como platos—. Oye, ¿qué le ha pasado a tu camisa?

—La perdí peleando con los guardias de la ciudad. —Wintrow casi consiguió que sonara como un chiste.

Le dolió un poco ver con qué facilidad aceptaba Sute sus palabras, hasta que olió su aliento.

Un momento después lo vio dándole vueltas a algo bajo el labio inferior.

Cindin. El estimulante hacía que le vibraran los ojos.

Wintrow se sintió preocupado por él. La droga estaba prohibida en el barco; si regresaba a bordo y seguía bajo sus efectos, se metería en un buen lío.

El imprudente optimismo que infundía en las personas estaba reñido con la prudencia que debía mostrar siempre un marinero.

Wintrow pensó que debería decir algo, sugerirle cautela de algún modo, pero no logró encontrar las palabras adecuadas.

—Solo quería deciros que os estaré esperando junto a la lancha. He terminado mi visita y me iba para allá.

—No. ¡No, no te vayas! —El otro muchacho lo tomó del brazo—. Quédate a ver esto. Lo lamentarás si te marchas. ¿Seguro que no quieres apostar un par de monedas? Las probabilidades son inmejorables. Además, el oso está cansado. Tiene que estarlo. Ya ha peleado media decena de veces.

—¿Y la última persona venció? —La curiosidad empezaba a apoderarse de Wintrow.

—Sí. Exacto. En cuanto se subió a la espalda del oso, este se hizo un ovillo igual que un gato dormido.

El domador lo pensó mucho, ya te digo, antes de desembolsar el dinero.

—Sute lo asió por los brazos—. He apostado mis últimos cinco cobres.

Claro que Comfrey tiene bastante más que eso.

Hoy le ha ido bien en la mesa de juego. —De nuevo lo miró con los ojos entornados—.

¿Seguro que no tienes nada de dinero para aportar a esto?

La tripulación entera apuesta por Comfrey.

—No tengo ni una moneda. Ni siquiera tengo una camisa —señaló otra vez.

—Vale. Está bien. Da igual, es… ¡Ahí va!