Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #12
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Llegó a un pequeño templo consagrado a Odava, el dios serpiente, con las tradicionales puertas y ventanas redondas de la secta.

Nunca había sentido ningún interés especial por esta manifestación en concreto de Sa, y nunca había conocido a un seguidor de Odava que admitiera que la deidad reptil no era más que otra faceta del poliédrico rostro de Sa.

No obstante, la grácil estructura seguía hablándole de lo divino y de los muchos caminos que hollaba la gente en su búsqueda del mismo.

Tan delicadamente trabajada estaba la piedra de este edificio que, cuando apoyó la mano en ella, apenas pudo sentir dónde se unían las juntas.

Se quedó así un momento, sondeando tal y como le habían enseñado para percibir la estructura y las tensiones del edificio.

Lo que descubrió fue una poderosa unidad, casi orgánica en su armonía.

Meneó la cabeza asombrado, sin prestar atención al grupo de hombres con túnicas blancas a rayas verdes y grises que había salido por una puerta a su espalda y caminaba ahora a su alrededor lanzándole miradas de enfado.

Transcurrido un rato, volvió en sí y comprendió que la tarde estaba desvaneciéndose más deprisa de lo que había pensado.

No tenía tiempo que perder. Detuvo a una matrona para preguntarle cortésmente el camino al Salón de Idishi.

La mujer se apartó varios pasos de él antes de contestar, y solo con un ademán que indicaba una dirección general.

Aun así, Wintrow le dio las gracias y reanudó el paso.

Las calles de esta parte de la ciudad tenían un mayor tráfico peatonal.

Más de una vez vio que la gente lo miraba de forma extraña.

Sospechó que su atuendo lo proclamaba forastero en su ciudad.

Sonrió y asintió, pero siguió adelante sin detenerse, demasiado acuciado por el tiempo como para socializar.

El Salón de Idishi estaba enmarcado por su emplazamiento.

Una oquedad en la cara de una colina acogía al edificio en su palma.

Desde la posición de Wintrow, podía observarlo desde arriba.

El verde bosque tras él destacaba el refulgente blanco de sus pilares y su cúpula.

El contraste entre el exuberante y aleatorio crecimiento y las líneas precisas del palacio dejaron a Wintrow sin aliento.

Estaba conmovido; era una imagen que quería llevar siempre consigo.

La gente entraba y salía del salón, la mayoría vestida con túnicas de fresca lana graciosamente abrochadas, en tonos azules y verdes.

No podría haber sido un espectáculo más adorable ni aunque lo hubieran planeado.

Relajó la mirada y tomó varias bocanadas profundas de aliento, preparándose para absorber la escena que se desplegaba ante él con absoluta concentración.

Una mano pesada cayó sobre su hombro.

—El marinerito ha vuelto a perderse —observó el guardia más joven. Mientras Wintrow giraba la cabeza ante sus palabras, recibió un empujón que lo dejó despatarrado en las losas del suelo.

El veterano lo miró y negó con la cabeza, casi apesadumbrado.

—Supongo que esta vez tendremos que mandarlo de vuelta al lugar que le corresponde —comentó mientras el guardia musculoso se cernía sobre Wintrow. En sus palabras había una suavidad letal que le heló el corazón.

Más escalofriante aún resultaban las tres personas que se habían parado a mirar. Ninguna dijo nada ni hizo ademán de interferir. Cuando les lanzó una mirada suplicante, buscando ayuda, sus ojos se mostraron vacíos de culpa, interesados solo en lo que iba a ocurrir a continuación.

El muchacho se apresuró a ponerse de pie y empezó a retroceder.

—No le hecho daño a nadie —protestó—. Solo quería ver el Salón de Idishi. Mi abuelo lo visitó y…

—No nos gusta que las ratas del muelle se cuelen en nuestras calles y vayan por ahí mirando embobadas a la gente.

En Berro no dejamos que empiecen los problemas.

—El mayor hablaba, pero Wintrow apenas lo oyó.

Giró en redondo para darse a la fuga, pero de un salto el guardia musculoso lo agarró por el cuello de la camisa.

Lo sostuvo con fuerza, casi estrangulándolo, y lo zarandeó.

Aturdido, Wintrow sintió que lo izaban del suelo y lo lanzaban hacia delante.

Absorbió la caída, rodando con la inercia esta vez.

Una losa suelta se le clavó en las costillas en el proceso, pero al menos no le rompió ningún hueso.

Se incorporó casi con fluidez, pero no lo bastante rápido como para esquivar al guardia más joven.

De nuevo prendió a Wintrow, sacudiéndolo y empujándolo al puerto.

Esta vez tropezó con la esquina de un edificio.

El golpe le arrancó la piel del hombro, pero permaneció en pie.

Corrió trastabillando unos cuantos pasos, perseguido por el risueño e inexorable guardia.

A su espalda, el veterano los seguía casi a placer, perorando sobre la marcha.

Se le antojó a Wintrow que sus palabras no iban dirigidas a él, sino a los mirones para recordarles que se limitaban a hacer su trabajo.

—No tenemos nada en contra de los marineros, siempre y cuando ellos y sus alimañas se queden en el muelle, que es el lugar que les corresponde.

Intentamos ser amables contigo, muchacho, porque no eres más que un cachorro.

Si hubieras ido al Paseo de los Marineros, habrías descubierto que te gustaba, estoy seguro.

Ahora vas a acabar en los muelles de todos modos.

Nos podrías haber ahorrado a todos un montón de esfuerzo, y a ti un montón de moratones, con que hubieras escuchado un poquito.

Lo razonable de la tranquila voz del veterano resultaba casi más espeluznante que el eficaz gozo con que se entregaba el otro hombre a su trabajo.

El hombre era veloz como una serpiente. De algún modo había conseguido asir a Wintrow de nuevo por el cuello de la camisa.

Esta vez sacudió al muchacho igual que haría un perro con una rata, estrellándolo contra una pared de piedra.

Wintrow sintió cómo se golpeaba la cabeza y vio un fugaz destello de oscuridad. Cató su propia sangre.

—No soy marinero —balbució—. Soy un sacerdote. Un sacerdote de Sa.

El joven guardia se rio. El mayor meneó la cabeza, compadeciéndose teatralmente del muchacho.

—Jojó. Ahora resulta que eres un hereje además de una rata de los muelles.

¿No sabías que los seguidores de Odava no tienen paciencia con quienes querrían hundirlo como una simple parte de su propio dios?

Estaba a punto de decirle a Flav que ya habías recibido tu merecido, pero a lo mejor con otro par de coscorrones se te aclaran las ideas.

La mano del guardia estaba cerrándose sobre su cuello, poniéndolo en pie a rastras.

Presa del pánico, Wintrow coló la cabeza por el dilatado cuello y escurrió también los brazos.

Se cayó literalmente de la camisa mientras el guardia la sostenía en alto.

El miedo lo espoleó y se alejó gateando, corriendo nada más ponerse de pie.

Hubo un estallido de risas procedente de los espectadores.

Atisbó la expresión de sorpresa del guardia más joven y la barba del veterano, hendida por una sonrisita divertida.

Las carcajadas del mayor y los gritos airados del joven lo siguieron, pero Wintrow ya estaba entregado a su carrera, desbocado.

La adorable mampostería que antes lo había conmovido ahora no era más que algo a dejar atrás camino de su barco y la seguridad.

Las calles amplias y rectas que le habían parecido tan abiertas y acogedoras ahora le parecían diseñadas para exponerlo en su huida.

Esquivó a los transeúntes y estos se apartaron de él para luego quedarse mirándolo con curiosidad.

Corría sin camisa, doblando las esquinas según se le presentaban, temeroso de volver la vista atrás so pena de descubrir que todavía lo perseguían.

Cuando las calles se estrecharon y empezó a correr entre hileras de almacenes de madera y sórdidas posadas y casas de lenocinio, aminoró su tambaleante marcha.

Miró alrededor. Una tienda de tatuajes. Una tienda de velas.

Una taberna. Otra taberna. Llegó a un callejón y entró en él, sin prestar atención a la basura esparcida a sus pies.

A mitad de camino, se apoyó en el quicio de un portal para recuperar el aliento.

Le ardían la espalda y el hombro allí donde la piedra le había raspado la piel.

Se palpó la boca con tiento; empezaban a hinchársele los labios.

El bulto de su cabeza no era más que eso, un feo chichón.

Por un enfermizo segundo se preguntó hasta qué punto había querido lastimarlo el guardia.

¿Pretendía partirle la cabeza, habría seguido golpeándolo hasta la muerte si no hubiera escapado?

Había oído hablar de marineros y forasteros «vapuleados» por la guardia de la ciudad, incluso en el Mitonar.

¿Sería esto lo que querían decir? Siempre había asumido que eso solo les pasaba a los borrachos, o a los pendencieros, o a los que cometían cualquier otro tipo de ofensa.

Pero hoy le había pasado a él. ¿Por qué?