16 #11
En fin, eso no le preocupaba. En realidad no, se dijo.
Conocía lo suficiente las costumbres de los hombres para comprender que era natural querer formar parte del grupo, hacer lo que fuera necesario para encajar.
Y, se recordó con severidad, conocía lo suficiente las costumbres de Sa para saber que a veces un hombre debía separarse del grupo por su propio bien.
Bastante era, pensó, que no hubiera pronunciado una sola palabra en contra de sus planes de fornicio y ebriedad.
Intentó encontrar algún motivo que lo justificara, pero sabía que eran meras excusas y dejó la cuestión a un lado en su mente.
Había hecho lo que había hecho y esta noche meditaría sobre ello e intentaría encontrar la perspectiva adecuada.
Por ahora, tenía una ciudad entera que descubrir y unas pocas horas para hacerlo.
Tenía el recuerdo de su abuelo de la distribución de la ciudad para guiarlo.
Curiosamente, era casi como si paseara a su lado, pues notaba los cambios que se habían producido desde la última vez que Ephron pisara este puerto.
Una vez, cuando un tendero salió para ajustar el toldo sobre sus montones de cestas de fruta, Wintrow lo reconoció y a punto estuvo de saludarlo por su nombre.
En vez de ello se descubrió sonriendo al hombre, pensando que había criado una generosa panza en los últimos años.
El hombre le dirigió una mirada torva a su vez, observando al muchacho de arriba abajo como si se sintiera agraviado.
Wintrow decidió que su sonrisa había sido demasiado familiar y se apresuró a dejarlo atrás, camino del corazón de la ciudad.
Llegó a la Plaza del Pozo y se detuvo para quedarse mirando, asombrado.
Berro contaba con un manantial artesiano para abastecerse de agua.
Brotaba en medio de una gran depresión de piedra, con la fuerza suficiente para amontonar el agua en su centro como si una enorme burbuja estuviera intentando escapar de las profundidades.
Desde la cuenca principal se había canalizado hacia otras, algunas para lavar la ropa, algunas para recoger agua potable y otras para que abrevaran los animales.
Cada uno de los pozos se había decorado vivamente con imágenes que representaban su finalidad para que nadie los confundiera.
También el excedente de agua se recogía y se perdía de vista gracias a un sistema de desagües que sin duda desembocaba en la bahía.
Entre los distintos pozos se intercalaban varias plantas con flores y arbustos.
Unas cuantas jóvenes, algunas con niños pequeños jugando a su lado, aprovechaban la tarde cálida y despejada para lavar la ropa.
Wintrow se detuvo y contempló el cuadro que componían.
Algunas de las muchachas de menor edad estaban de pie en el lavadero, con las faldas remangadas y anudadas en torno a los muslos mientras golpeaban y frotaban la ropa y la escurrían luego contra sus piernas.
Entretanto, trabajaban, reían y conversaban.
Las madres jóvenes estaban sentadas al borde del pozo, lavando sin perder de vista a los bebés y los críos que jugaban al filo de la fuente.
Había cestas por doquier, llenas de colada tanto seca como mojada.
Había algo tan simple y, al mismo tiempo, tan profundo en esa escena que a punto estuvieron de aflorar las lágrimas a los ojos de Wintrow.
Desde que salió del monasterio, no había visto unas personas tan armoniosamente enfrascadas en su trabajo y en la vida.
El sol se reflejaba en el agua y en el lustroso cabello de las caymaras, rutilaba en la piel húmeda de sus brazos y piernas.
Se recreó con avidez en la vista, embebiéndose de ella como si fuera un bálsamo para su atribulado espíritu.
—¿Te has perdido?
Las palabras hicieron que se diera la vuelta rápido.
Podrían haber sido pronunciadas con amabilidad, pero no era el caso.
Un vistazo a los ojos de los dos guardias de la ciudad disipó todas las dudas acerca de su hostilidad.
El que había hablado era un veterano barbudo, con una franja blanca que seguía el trazo de una antigua cicatriz a través de su pelo negro hasta la mejilla.
El otro era más joven, musculoso de un modo profesional.
Antes de que Wintrow pudiera responder a la pregunta, habló el segundo guardia:
—El puerto está en esa dirección. Allí encontrarás lo que andas buscando. —Señaló con su macana el camino por el que había venido Wintrow.
—¿Lo que ando buscando…? —repitió sin comprender. Miró a uno y a otro hombre, intentando sondear sus rostros duros y sus fríos ojos. ¿Qué había hecho para ofenderlos?—. Quería ver el Muro de los Héroes y las estatuas del Salón de Idishi.
—Y de paso —intervino el primer guardia con un humor pesado— se te ocurrió que podías pararte a ver unas cuantas jovencitas bañándose en la fuente.
No parecía haber nada que pudiera decir.
—Las fuentes son preciosas—intentó.
—Y ya sabemos todos lo interesados que están los marineros en todas las preciosidades.
—El guardia puso mucho énfasis en las últimas dos palabras, con pesado sarcasmo—.
¿Por qué no te vas a comprar unas cuantas «preciosidades» en la Bufanda al Viento?
Diles que vas de parte de Kentel. A lo mejor me llevo una comisión.
Wintrow bajó la mirada, ruborizado.
—No me refería a eso. De verdad que quería ver los frescos y las esculturas. —Cuando ninguno de sus interlocutores habló, añadió a la defensiva—: Prometo que no molestaré a nadie. De todos modos, tengo que regresar al barco antes de la puesta de sol. Solo quería echar un vistazo por la ciudad.
El de más edad se chupó los labios. Por un momento, Wintrow pensó que estaba reconsiderando su primera opinión.
—Bueno, pues nosotros «de verdad» que pensamos que deberías volver al lugar que te corresponde.
Abajo en los muelles es donde los marineros echan «un vistazo por la ciudad».
La calle que buscas es fácil de encontrar; la llamamos el Paseo de los Marineros.
Allí encontrarás un montón de diversiones.
Y si no encaminas tus pasos hacia allá de inmediato, jovencito, te prometo que tendrás problemas. Con nosotros.
Podía oír el martilleo de su corazón, un tronar sordo en sus oídos. No lograba decidir qué emoción era más fuerte, pero cuando habló, fue rabia lo que oyó, no miedo:
—Me voy —dijo con brusquedad. Mas aunque la rabia fuera más fuerte, siguió sin resultarle fácil dar la espalda a los dos hombres mientras pasaba por su lado. Le hormigueaba la piel de la espalda, como si medio esperara sentir el impacto de una macana.
Intentó escuchar pasos a su espalda. Lo que escuchó fue algo peor: un desdeñoso soplido de risa y un comentario burlón en voz baja por parte del más joven.
No se dio la vuelta ni arreció el paso, pero podía sentir los músculos del cuello y los hombros agarrotados de furia.
«Mi ropa —se dijo—. No me han juzgado a mí, sino mi ropa.
No deberías tomarte sus insultos a pecho.
Déjalo correr, déjalo correr, déjalo correr», exhaló para sí, y entonces descubrió que podía.
Dobló la siguiente esquina y escogió un camino distinto para subir la cuesta.
Dejaría correr sus palabras, pero no podía dejarse derrotar por su actitud.
Tenía intención de ver el Salón de Idishi.
Deambuló un rato sin ayuda de la guía de su abuelo, pues este nunca había seguido esta ruta a través de la ciudad.
Lo detuvieron dos veces, una de ellas un joven que le ofreció hierbas de fumar y otra, más perturbadora, una mujer que quería venderle sus servicios.
Wintrow jamás había sido abordado de ese modo, y lo hizo peor el que las delatoras llagas de una enfermedad de la carne resultaran visibles alrededor de su boca.
Se obligó a rechazarla cortésmente en dos ocasiones.
Cuando la mujer se negó a ser despreciada y siguió rebajando su precio y ofreciéndole «todo lo que quieras, lo que más te guste», se decidió por fin a hablar claro:
—No me apetece compartir su cuerpo ni su enfermedad —le dijo, y oyó con una punzada lo cruel que sonaba su franqueza.
Se habría disculpado si ella le hubiera dado tiempo, pero le lanzó un salivazo antes de dar media vuelta y alejarse haciendo aspavientos.
Wintrow siguió caminando, pero descubrió que eso lo había atemorizado más que los guardias.
Por fin llegó al corazón de la ciudad. Aquí las calles estaban pavimentadas y todos los edificios cuyas fachadas daban a la calle lucían algún adorno o diseño que los recomendaban.
Estas eran, sin duda, las estructuras públicas de Berro, donde se aprobaban las leyes, se dictaban las sentencias y se llevaban a cabo los asuntos más importantes de la ciudad.
Pasó despacio, dejando que su vista se recreara, deteniéndose a menudo para adentrarse en la calle e intentar ver algún edificio en su totalidad.
Los arcos de piedra eran algunas de las obras más asombrosas que había visto.