16 #10
Le habían dado tiempo libre en tierra. Wintrow sabía que no era obra de su padre ni de Torg.
Su padre había desembarcado hacía horas para comenzar las negociaciones.
Se había llevado a Torg. De modo que la decisión de dejar que bajara al puerto con los demás parecía provenir de Gantry, el primer oficial.
Eso le desconcertaba. Sabía que el primer oficial estaba al mando de todos los hombres que había a bordo de la nave y que solo la palabra del capitán estaba por encima de la suya.
Pero no pensaba que Gantry estuviera al corriente de su existencia.
Apenas le había dirigido la palabra desde que subió a bordo.
Aun así, su nombre se incluyó en el primer grupo de hombres que contaban con permiso para desembarcar, y descubrió que se le henchía el corazón de anticipación.
Era un golpe de suerte demasiado bueno como para pararse a cuestionarlo.
Siempre que habían anclado o fondeado en Chalaza, se quedaba mirando la orilla con avidez, pero nunca le habían dejado bajar del barco.
La idea de tener tierra firme bajo los pies, de ver algo que nunca hubiera visto, era placenteramente vertiginosa.
Como los demás afortunados que componían el primer grupo, corrió abajo para ponerse sus ropas de permiso, pasarse un peine por el pelo y rehacer su coleta.
Su atuendo le deparó un instante de indecisión.
Habían encargado a Torg que comprara el equipo de Wintrow antes de salir del Mitonar.
Su padre no le había confiado dinero ni tiempo para adquirir la ropa y los víveres que necesitaría durante el viaje.
El joven se había encontrado con dos juegos de camisas y pantalones de lona para trabajar, ambos de confección torpe.
Sospechaba que Torg había obtenido no pocos beneficios entre el dinero que le había dado su padre y lo que había gastado.
También había proporcionado a Wintrow el atuendo de tierra típico de un marinero: una chillona camisa tejida a rayas y un par de bastos pantalones negros, tan simples como sus ropas de cubierta.
Ni siquiera le quedaban bien, puesto que Torg no había sido demasiado específico con la talla.
Sobre todo la camisa le caía larga y holgada.
La alternativa era su hábito marrón de sacerdote.
Ahora estaba sucio y raído, cubierto de remiendos, y con el dobladillo recogido para reparar los descosidos y obtener material para parches.
Si se lo ponía, volvería a proclamar a voz en grito que era eso: un sacerdote, no un marinero.
Perdería todo el terreno que había ganado con sus compañeros.
Mientras se ponía la camisa a rayas y los pantalones negros, se dijo que no estaba negando su sacerdocio, sino aplicando una decisión práctica.
Si se hubiera paseado entre las gentes de esta ciudad extraña vestido como un sacerdote de Sa, lo habrían recibido con los honores de un clérigo errante.
No hubiera sido honesto buscar ni aceptar semejantes muestras de hospitalidad cuando no estaba entre ellos como un auténtico sacerdote, sino como un marinero de permiso.
Resolvió dejar a un lado la incómoda sensación de que quizá estaba permitiéndose demasiadas concesiones últimamente, de que quizá su moral pecaba de un exceso de flexibilidad.
Corrió para reunirse con el grupo que iba a la orilla.
Cinco marineros se disponían a desembarcar, entre ellos Wintrow y Sute.
Comfrey era uno de ellos, y Wintrow descubrió que no podía apartar la vista del hombre ni mirarlo a los ojos.
Allí estaba sentado, el hombre que había profanado la taza de su padre, y Wintrow no podía decidir si se sentía horrorizado o fascinado por él.
Parecía un tipo de lo más jovial, soltando un chiste tras otro al resto de la tripulación mientras remaban.
Lucía una desgastada gorra roja adornada con sencillos amuletos de bronce y una mella cuando sonreía.
Cuando pilló a Wintrow observándolo con aire furtivo, le guiñó un ojo y le preguntó a voces si le apetecía sumarse a una visita al burdel.
—Seguro que las chicas lo hacen contigo por la mitad de dinero. Tengo entendido que los muchachitos como tú las vuelven locas.
Y, a pesar de su azoramiento, Wintrow se encontró sonriendo mientras los demás se reían de buena gana. Comprendió de repente la bonachonería que se ocultaba tras buena parte de sus bromas.
Acercaron la pequeña lancha a la orilla y la arrastraron bien lejos de la línea de la marea alta. Su libertad se prolongaría hasta la puesta de sol, y dos de los hombres se lamentaban ya de que el mejor vino y las mejores mujeres no se encontrarían en las calles hasta pasada esa hora.
—No les hagas caso, Wintrow —lo tranquilizó Comfrey—.
En Berro hay de todo a todas horas; es solo que esos dos prefieren entregarse a sus placeres a oscuras.
Con la cara que tienen, les hace falta un poco de sombra para convencer a las putas de que vayan con ellos.
Tú vente conmigo, que ya verás qué bien lo pasas antes de volver al barco.
—Tengo que hacer algunas cosas antes de la puesta de sol —se excusó Wintrow—. Quiero ver las estatuas del Salón de Idishi, y los frescos del Muro de los Héroes.
Todos los hombres lo miraron con curiosidad, pero solo Sute preguntó:
—¿Cómo sabes eso? ¿Has estado antes en Berro?
Negó con la cabeza, sintiéndose tímido y orgulloso a la vez.
—No. Pero la nave sí. Vivacia me ha hablado de ellos, y me ha dicho que a mi abuelo le gustaban. Se me ocurrió que podía ir a verlo con mis propios ojos.
Se hizo un silencio absoluto, y uno de los marineros de cubierta hizo un discreto gesto con el meñique que podría haber sido para invocar la protección de Sa contra la brujería. De nuevo fue Sute el que habló:
—¿Es cierto que el barco sabe todo lo que sabía el capitán Vestrit?
Wintrow se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo único que sé es que lo que decide compartir conmigo es muy… vívido. Casi como si se convirtiera en mis recuerdos. —Se interrumpió, violento. Descubrió que no quería hablar de ello. Era privado, pensó, ese lazo entre Vivacia y él. No, más que privado: íntimo.
El silencio se volvió incómodo. Comfrey los rescató esta vez:
—Bueno, camaradas, no sé vosotros, pero a mí no me dejan bajar a tierra muy a menudo.
Me voy para la ciudad y para cierta calle donde tanto las flores como las mujeres se abren dulcemente.
—Miró a Sute de soslayo—. Procura que tanto Wintrow como tú estéis de vuelta en la barca a tiempo. No quiero tener que ir a buscaros.
—¡No pensaba acompañar a Wintrow! —protestó Sute—. Tengo cosas mejores que hacer que ir a mirar paredes.
—No me hace falta ningún guardián —añadió Wintrow. Dijo en voz alta lo que podía estar preocupándolos a todos—: No intentaré escaparme. Os doy mi palabra de que volveré a la barca mucho antes de la puesta de sol.
Sus expresiones de sorpresa le dijeron que ni siquiera se les había pasado por la cabeza tal posibilidad.
—Bueno, pues claro que no —observó secamente Comfrey—.
En Isla Zarpa no hay ningún sitio al que huir, y los caymaros no destacan por su hospitalidad con los desconocidos.
No nos preocupaba que pudieras fugarte, Wintrow.
Berro puede ser un lugar peligroso para el marinero que vaya solo.
Y me refiero a cualquier marinero, no solo al grumete de a bordo.
Deberías acompañarlo, Sute. Además, ¿cuánto tiempo se tarda en ver un muro?
Sute parecía muy descontento. Las palabras de Comfrey no eran una orden; no tenía la autoridad necesaria para darle órdenes. Pero si hacía caso omiso de su consejo y Wintrow se metía en algún problema…
—No me pasará nada —insistió Wintrow—. No será la primera vez que visito una ciudad desconocida. Sé cuidarme solo. Y estamos perdiendo el tiempo aquí plantados, discutiendo. Me reuniré con vosotros en la lancha antes de que oscurezca. Lo prometo.
—Más te vale —dijo con tono inquietante Comfrey, aunque de inmediato se levantaron los ánimos—.
Ve a buscarnos al Paseo de los Marineros en cuanto hayas visto esa pared tuya.
Estate allí con tiempo. Ahora que empiezas a comportarte como un marinero a bordo, va siendo hora de que te marquemos como uno de los nuestros.
—Comfrey se dio una palmada en el elaborado tatuaje de su brazo mientras Wintrow sonreía y meneaba la cabeza con énfasis.
El veterano se frotó la nariz con el pulgar—.
Bueno. Estate a tiempo, en cualquier caso.
Wintrow sabía que, si ahora le ocurría cualquier cosa, todos convendrían que había insistido en irse solo, que no habían podido hacer nada por impedírselo.
Resultaba un poco desconcertante ver lo rápido que lo abandonaban.
Siguió con el grupo mientras cruzaban la playa, pero cuando llegaron a la zona comercial de los muelles, los hombres viraron como una bandada de aves, camino de los bares y los burdeles del puerto.
Wintrow dudó un momento, viéndolos partir con una extraña suerte de anhelo.
Reían a carcajadas, una banda de marineros suelta por la ciudad, propinándose amistosos empujones y gestos que indicaban los planes que tenían para esa tarde.
Sute trotaba pisándoles los talones casi como un perrito faldero, y Wintrow supo de pronto que lo habían aceptado recientemente en su hermandad, que solo había ascendido a ella porque había ocupado su puesto en el fondo de la jerarquía de a bordo.