Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #9
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Había algo en el tono bajo y apremiante de su voz que la heló más que el roce de la lluvia.

Había semejante certidumbre en su tono que ni se le ocurrió rebatirlo.

En vez de ello corrió a recibir al hombre que traía la pipa, llevando consigo la lengua y el corazón de la última bestia.

Reanudó su tarea, manteniendo la cabeza baja como si quisiera impedir que la lluvia se le metiera en los ojos e intentando no pensar en nada, en nada.

Si se hubiera parado a pensar en lo fácil que se había vuelto eso para ella últimamente, quizá se hubiera asustado.

Esa noche, al regresar al campamento, comprendió por primera vez el porqué del nombre de la roca.

Un efecto de las últimas luces que incidían atravesando las nubes iluminaba al Dragón con horroroso detalle.

No lo había visto antes porque no esperaba que estuviera tendido de espaldas, con las patas delanteras sujetándose el pecho negro y las alas extendidas sumergidas en la tierra.

Las contorsiones de su inmenso cuerpo bosquejaban una muerte agónica.

Althea se detuvo en la suave elevación que le ofrecía esta vista y la contempló sobrecogida.

¿Quién podría esculpir algo así, y por qué diablos tenían que acampar a su abrigo?

La luz cambió, solo un poco, pero de pronto la roca erosionada que sobresalía del fino suelo no era más que un peñasco extrañamente formado cuyas líneas sugerían las de un animal despatarrado. Althea soltó el aliento contenido.

—Resulta un poco desconcertante la primera vez que lo ves, ¿eh? —preguntó Reller junto a ella. Su voz la sobresaltó.

—Un poco —admitió, antes de encogerse los hombros en un alarde de juvenil bravuconería—. Aun así, no deja de ser una roca.

Reller bajó la voz:

—¿Estás seguro? Tendrías que subir a su pecho alguna vez y echar un vistazo.

Esa parte de ahí, lo que parecen unas patas delanteras…

, se aferra al palo de una flecha o lo que queda de ella.

No, muchacho, eso es el cadáver real de un dragón abatido cuando el mundo era apenas un huevo, y que lleva pudriéndose desde entonces.

—Los dragones no existen —se burló Althea.

—¿No? No dirías eso si hubieras estado frente a las costas de los Seis Ducados hace unos años.

Vi dragones, y no uno ni dos. Un ejército entero volando como gansos, de todos los colores y formas que se te ocurran.

Y no una vez, sino dos. Algunos dicen que trajeron las serpientes, pero eso no es cierto.

Yo ya había visto serpientes años antes de aquello, muy al sur.

Claro que, hoy en día, se ven muchas más, por eso la gente cree en ellas.

Pero cuando llevas tanto tiempo navegando como yo y has estado tan lejos como yo, se aprende que muchas cosas son reales aunque solo un puñado de personas las haya visto.

Althea le dedicó una sonrisa escéptica.

—Vale, Reller, deja de tomarme el pelo, que me vas a dejar calvo.

—¡Condenado cachorro! —espetó el hombre, al parecer ofendido—. Se piensa que como sabe manejar un cuchillo de desollar ya puede llevarle la contraria a sus superiores. —Bajó la cuesta a zancadas.

Althea lo siguió más despacio. Se dijo que debería haberse mostrado más crédula; al fin y al cabo, supuestamente era un muchacho de catorce años en su primer viaje largo.

No debería aguarle la fiesta a Reller si quería tenerlo de su parte.

En fin, la próxima vez que le soltara alguna historia del mar, se mostraría más receptiva y fingiría creérselo.

A fin de cuentas, era lo más parecido a un amigo que tenía a bordo del Segador .

Vivacia llegó a su cuarto puerto a finales de una tarde de otoño.

La luz caía inclinada del cielo, atravesando un banco de nubes para alumbrar la ciudad.

Wintrow estaba en la cubierta de proa, pasando su hora obligatoria con ella.

Estaba apoyado en la barandilla, a su lado, contemplando la ciudad de blancas agujas que se acurrucaba en el doblez del diminuto puerto.

Estaba callado, como ocurría a menudo, pero últimamente su silencio era más amigable que abatido.

Vivacia bendijo a Sute con todo su corazón.

Desde que le prodigaba su amistad, el muchacho había empezado a crecer.

Wintrow, si no se mostraba jovial, empezaba a dar muestras cuando menos de la altanería que era de esperar en un grumete.

Cuando ese puesto era de Sute, había sido vivaz y atrevido, travieso cuando no estaba siendo objeto de las burlas de quien tuviera un rato libre que dedicarle.

Cuando Sute alcanzó el puesto de marinero, desarrolló una actitud más sobria para con su trabajo, como era de rigor.

Pero Wintrow había sufrido mucho en comparación.

Dejaba traslucir demasiado a las claras que no tenía el corazón puesto en su trabajo.

Había ignorado o malinterpretado los intentos de los marineros por bromear con él, y su melancolía no había propiciado que nadie quisiera pasar tiempo a su lado.

Ahora que empezaba a sonreír, al menos ocasionalmente, y a responder de forma bienintencionada a algunas chanzas de los marineros, estos comenzaban a aceptarlo.

Se sentían más inclinados a darle algún consejo o advertencia para que no cometiera errores que pudieran multiplicar su carga de tareas.

Wintrow se crecía con cada pequeño éxito, dominando su trabajo con la rapidez de una mente adiestrada para aprender aprisa.

Las ocasionales palabras de elogio o camaradería empezaban a darle la sensación de que formaba parte de la tripulación.

Algunos percibían ahora que su naturaleza bondadosa y pensativa no era una debilidad.

Vivacia empezaba a albergar esperanzas para él.

Lo miró de reojo. El cabello negro, libre de su coleta, le caía sobre los ojos. Con un sobresalto, vio un fantasma allí, un eco de Ephron Vestrit cuando tenía su misma edad. Se giró y le tendió un brazo.

—Pon tu mano sobre la mía —le dijo con suavidad y, cosa asombrosa, Wintrow le hizo caso.

Sabía que todavía desconfiaba de ella, que no sabía si era obra de Sa o no.

Pero, cuando puso su mano recién encallecida en la de ella, Vivacia cerró sus inmensos dedos alrededor de los de él y ambos desaparecieron.

Wintrow miró a través de los ojos de su abuelo.

A Ephron le encantaban este puerto y las gentes de esta isla.

Las resplandecientes agujas y cúpulas blancas de su ciudad resultaban tanto más asombrosas dada la pequeñez de su asentamiento.

Bajo los verdes aleros del bosque era donde vivían casi todos los habitantes de Caymara.

Sus hogares eran pequeños, verdes y humildes.

No araban los campos, no cultivaban la tierra, sino que todos eran cazadores y recolectores.

No había carreteras empedradas que salieran de su ciudad, tan solo sendas sinuosas propicias para recorrerlas a pie y para las carretillas.

Podrían haber parecido gentes primitivas, de no ser por su diminuta ciudad de Isla Zarpa.

Aquí encontraba su válvula de escape y se manifestaba en toda su expresión cualquier instinto constructor.

No había más de treinta edificios allí, sin incluir la profusión de tenderetes que se alineaban en la calle del mercado y las toscas edificaciones de madera que ocupaban el muelle, dedicadas al comercio.

Pero cada uno de los edificios que comprendían el blanco corazón de la ciudad era un prodigio de arquitectura y escultura.

Su abuelo siempre había gustado de regalarse un poco de tiempo para pasear por el marmóreo corazón de la ciudad y contemplar los esculpidos rostros de héroes, las leyendas plasmadas en frescos y las arcadas donde las plantas vivían y tallaban, trepaban y se enroscaban.

—Y tú lo trajiste aquí, casi todo ese mármol. Sin ti y sin él… Oh, ya lo veo. Es casi como mis ventanas. La luz brilla a través de ellas para iluminar el trabajo de mis manos. A través de tu obra, la luz de Sa alumbra esta hermosura…

Estaba exhalando las palabras, un susurro subvocalizado que Vivacia apenas alcanzaba a escuchar.

Pero más asombrosos que las palabras eran los sentimientos que compartía con ella.

Un acercamiento a la unidad que Wintrow parecía valorar sobre todas las cosas era lo que apreciaba aquí.

No veía las fachadas de los edificios, elaboradamente labradas, como obras de arte que disfrutar.

En vez de ello, eran una expresión de algo que no podía captar, una proximidad entre el barco, el mercader y los comerciantes que había dado a luz no solo belleza física sino además…

arcforia-Sa. Vivacia desconocía esa palabra, solo podía intuir el concepto.

Dicha encarnada…, lo mejor del hombre y la naturaleza fundido en una expresión permanente…

, la justificación de todo cuanto Sa había prodigado por el mundo.

Sintió en él una euforia exultante que jamás había experimentado en otro de su especie, y reconoció de pronto que eso era lo que él tanto añoraba.

Los sacerdotes le habían enseñado a ver el mundo con estos ojos, habían despertado en él un apetito por la belleza y la bondad sin alterar.

Creía que su destino era la búsqueda de esta bondad, encontrarla y regocijarse en cada una de sus formas. Creer en la bondad.

Vivacia esperaba compartir y enseñar. En cambio, había recibido y aprendido.

Se sorprendió apartándose de él, rompiendo la plenitud del contacto que había buscado.

Esto era algo que tenía que considerar, y quizá necesitara estar sola para considerarlo en toda su extensión.

Y hasta en ese pensamiento reconoció de nuevo la plena influencia que tenía Wintrow sobre ella.