16 #8
Fue el comienzo de los días interminables y cruentos que habrían de sucederse.
En Althea recaían las tareas que todos los demás se consideraban demasiado ocupados para desempeñar.
Llevaba corazones y lenguas a un tonel central, para salar cada uno de los órganos antes de echarlo al recipiente.
Sus ropas se volvieron pegajosas y tiesas a causa de la sangre, se tiñeron de marrón por la incesante suciedad, pero en eso no se distinguía de los demás.
Los improvisados marineros que habían sido deudores en Jamaillia eran rápidamente aleccionados para convertirse en matarifes.
Los trozos de grasa amarillenta se limpiaban de carne y se guardaban en barriles limpios que luego eran transportados de vuelta a la nave.
A continuación se deshuesaban los cadáveres para ahorrar espacio en los toneles, los pedazos de oscura carne roja se salaban a conciencia antes de su envasado, y luego se cubría todo con una capa de sal limpia antes de sellar los barriles.
Las pieles se raspaban hasta eliminar toda la grasa o las tiras de carne que se hubieran dejado los desolladores, y a continuación se tendían cubiertas por una gruesa capa de sal sobre la cara interior.
Tras pasar un día secándose, se sacudían para eliminar la sal, se enrollaban y se amarraban, y se enviaban al barco en fardos.
Mientras los equipos de carniceros avanzaban despacio, dejaban a su paso huesos veteados de rojo y montañas de tripas.
Las aves marinas caían sobre este banquete, sumando sus voces a las de los marineros y los gritos de las víctimas.
Althea esperaba que pudiera inmunizarse frente a su sangriento trabajo, pero a cada día que pasaba, se le antojaba más monstruoso e indiscriminado.
Intentó asimilar el hecho de que esta matanza generalizada de animales se repetía todos los años, pero no pudo.
Ni siquiera las marañas de huesos blancos que cubrían los campos de muerte podían convencerla de que el año anterior se hubiera producido una carnicería de igual magnitud.
Dejó de pensar en ello y se limitó a hacer su trabajo.
Levantaron un burdo campamento en la isla, en el mismo lugar que el año anterior, al socaire de una formación rocosa llamada el Dragón.
Su tienda era poco más que una lona tensada para cortar el paso del viento y hogueras para cocinar y calentarse, pero por lo menos era un refugio.
Los dulces y pesados olores de la sangre y la carnicería todavía impregnaban el aire que los asaltaba, pero suponía una diferencia con respecto a la estrechez del barco.
Los hombres encendían humeantes fogatas con las resinosas ramas de los rastrojos que crecían en la isla y las contadas maderas de deriva que recalaban en la orilla.
En ellas cocinaban los hígados de los osos marinos, y Althea participaba del festín, tan contenta como la que más por el cambio en su dieta y la posibilidad de volver a comer carne fresca.
En cierto modo, su cambio de estatus la complacía.
Ahora trabajaba para los cazadores y los desolladores, y su labor estaba separada de la del resto de la tripulación.
No envidiaba a nadie el pesado trabajo de hacer rodar los toneles repletos cuesta arriba, por toda la playa rocosa hasta el barco, donde había que izarlos y almacenarlos.
Era un trabajo mecánico y arduo. Este tipo de tareas pesadas tenía poco que ver con la navegación, pero a ningún marinero del Segador se le eximía de él.
En cuanto a sus propias responsabilidades, continuaban evolucionando a merced de la inventiva de los cazadores y los desolladores.
Afiló cuchillos. Recogió flechas. Saló y embaló corazones y lenguas.
Tendió, saló, sacudió, enrolló y ató pieles.
Embadurnó de sal trozos de carne y los colocó en toneles formando capas.
El frecuente intercambio de sangre y sal en sus manos se las habría agrietado de no haberlas tenido siempre impregnadas de espesa grasa animal.
El tiempo se había mostrado amable con ellos, ventoso y frío pero sin rastro de los aguaceros que echarían a perder las pieles y la carne.
Al cabo llegó una tarde en que las nubes parecieron hervir en el firmamento, empezando por el horizonte y devorando enseguida el azul.
El viento se volvió más cortante. Pero los cazadores siguieron matando, echando apenas una mirada de reojo a las nubes que se amasaban en el horizonte, altas y negras como montañas.
Solo cuando empezó a caer la primera aguanieve renunciaron a su propia lluvia mortal y comenzaron a gritar airados, instando a los desolladores y empacadores a darse prisa, rápido, antes de que se estropearan la carne, la grasa y las pieles.
A Althea no se le ocurría qué podría hacer nadie para desafiar la tormenta, pero pronto lo descubrió.
Las pieles tendidas se enrollaron con una gruesa capa de sal en su interior.
Todos se vieron obligados a ponerse a trabajar como desolladores, carniceros y empacadores.
De improviso, se vio con un cuchillo de desollar en las manos, agachada sobre un cadáver todavía caliente, empujando el filo desde la garganta del oso marino hasta su cloaca.
Lo había visto hacer tantas veces que había perdido casi todos sus reparos.
Aun así, un disgusto momentáneo se desenroscó en su interior mientras retiraba la suave piel de la gruesa capa de grasa.
El animal estaba caliente y flácido bajo sus manos, y esa primera abertura de su cuerpo liberó una vaharada de muerte y asaduras.
Se armó de valor. La hoja ancha y plana de su cuchillo de desollar resbalaba fácilmente entre la grasa y la piel, soltándola del cuerpo mientras con su mano libre ejercía una presión constante sobre el suave pelaje.
Agujereó la piel en dos ocasiones en su primer intento, tratando de ir deprisa.
Pero cuando se relajó y dejó de pensar en lo que estaba haciendo para concentrarse en hacerlo bien, la siguiente piel se desprendió con la misma facilidad que si estuviera pelando una naranja jamaillia.
Comprendió que era mera cuestión de pensar en la constitución del animal, dónde sería más gruesa o más fina la piel, dónde habría grasa y dónde no.
Al atacar su cuarta pieza, comprendió que no solo le resultaba fácil, sino que además se le daba bien.
Pasó de un cadáver a otro, impasible de repente ante la sangre y el olor.
El largo tajo para abrir la bestia, desollarla rápido, arrancarle las entrañas.
El corazón y el hígado se soltaban de dos cortes y el resto de las tripas salían solas del cuerpo.
La lengua, descubrió, era lo más complicado, pues había que abrirle la boca al animal y meter la mano dentro para sujetarla, todavía caliente, y cortarla de raíz.
De no haberse tratado de una exquisitez tan codiciada, habría sucumbido a la tentación de saltarse ese paso.
Llegado un momento, levantó la cabeza para escudriñar a su alrededor en medio de la insistente aguanieve.
La fría lluvia tabaleaba en su espalda y goteaba en sus ojos, pero hasta ese momento de respiro, apenas había reparado en ella.
A su espalda, vio que había por lo menos tres equipos de carniceros intentando seguir su ritmo.
Había dejado tras de sí un amplio rastro de cadáveres desnudos.
A lo lejos, uno de los cazadores parecía estar hablando de algo con el primer oficial.
Hizo un gesto indiferente en dirección a ella y Althea supo con absoluta certeza que ella era su tema de conversación.
Volvió a agachar la cabeza y reanudó su trabajo, con las manos volando mientras pestañeaba contra la fría lluvia que se le metía en los ojos y goteaba de su nariz.
Un pequeño fuego de orgullo empezó a arder en su interior.
Era un trabajo sucio, desagradable, ejecutado a una escala que desafiaba la mera codicia.
Pero se le daba bien. Y hacía tanto tiempo que no tenía ocasión de decirse algo así que su misma avidez de ello la asombró.
Llegó un momento en que miró alrededor y no encontró más animales que despellejar.
Se puso de pie despacio, girando los hombros para paliar el dolor que sentía en ellos.
Se limpió el cuchillo en los pantalones manchados de sangre y extendió las manos bajo la lluvia, dejando que el agua helada se llevara la sangre y los trozos de carne y grasa que las cubrían.
Se las secó en la camisa y se apartó el pelo mojado de los ojos.
Detrás ella, los hombres seguían encorvados, trabajando con los cadáveres desollados tras su estela.
Un hombre empujó un tonel de sal en su dirección mientras otro lo seguía con una pipa vacía.
Cuando el hombre se detuvo a su lado y puso el barril de pie, la miró a los ojos. Era Brashen. Althea le sonrió.
—No está mal, ¿eh?
Brashen se enjugó la lluvia de la cara y la observó en silencio.
—Yo que tú, haría todo lo posible por no llamar la atención. Tu disfraz no superará una inspección detenida.
Su regañina la irritó.
—A lo mejor, si demuestro ser lo bastante buena en esto, dejo de necesitar el disfraz.
La expresión de Brashen reflejó incredulidad y espanto. Desfondó el tonel de sal y le hizo una seña, como si quisiera indicarle que comenzara a salar las pieles. Pero lo que le dijo fue:
—Si estas bestias de dos patas que tienes por compañeros de tripulación llegaran a sospechar siquiera que eres una mujer, se abalanzarían sobre ti, hasta el último de ellos, con menos reparos de los que les inspira esta carnicería.
Por valiosa que te consideren como desolladora, no verían ningún motivo para no utilizarte también de puta.
Y pensarían que por el mero hecho de estar aquí esperabas y consentías ese trato.