16 #7
O eso pensaba. Fue cuando estaban anclados y ella esperaba con anhelo el primer día de relativa tranquilidad en semanas cuando descubrió cómo iba a afectarle.
Oficialmente, estaba de permiso. Casi todos sus compañeros de turno dormían, pero ella había decidido aprovechar la luz y el tiempo apacible para zurcir algunas de sus ropas.
Trabajar esforzando la vista a la luz de una lámpara había empezado a cansarle los ojos de un tiempo a esta parte, por no mencionar el aire viciado bajo la cubierta.
Había encontrado un rincón tranquilo al abrigo de la caseta.
Estaba a resguardo del viento, y el sol los había encontrado milagrosamente pese a las trazas de invierno que conservaba el aire.
Acababa de empezar a cortar unos parches de lona de los pantalones más estropeados que tenía para remendar los otros cuando oyó que el primer oficial aullaba su nombre desde abajo.
—¡Athel! —bramó, y Althea se puso en pie de un salto.
—¡Aquí, señor! —gritó, sin hacer caso del trabajo que se había caído de su regazo.
—Prepárate para desembarcar. Vas a ayudar a los desolladores; les hace falta un hombre. Date vida, corre.
—Señor, sí señor —contestó, como si esa fuera la única respuesta posible, pero el corazón le dio un vuelco. Sin embargo, eso no le paró los pies. Recogió su labor y bajó por la escotilla con ella, para dejarla allí hasta poder concluirla en un impredecible futuro.
Embutió los pies encallecidos en unos calcetines de fieltro y unas botas pesadas.
Las rocas cubiertas de percebes no serían clementes con unos pies descalzos.
Se caló la gorra de punto más fuerte para taparse las orejas y volvió a subir los escalones corriendo para salir a la cubierta.
Llegó justo a tiempo, pues los botes ya se estaban izando por los pescantes.
Se metió en uno y ocupó su puesto junto a un remo.
Los marineros remaban mientras los cazadores encorvaban los hombros frente a las salpicaduras de agua y el viento helado e intercambiaban sonrisas de anticipación.
Empuñaban y mantenían lejos del agua sus arcos preferidos, en tanto las bolsas embreadas llenas de flechas rodaban en las poco profundas aguas de pantoque del esquife.
Althea se afanaba con su remo, intentando igualar a su compañero.
Los botes del Segador avanzaban juntos hacia las orillas rocosas de las islas, cada uno con un cargamento de cazadores, desolladores y marineros.
Se fijó, casi de pasada, en que Brashen remaba en una de las barcas.
Así que lo habían puesto al mando de los marineros en tierra, dedujo.
Decidió no darle ningún motivo para reparar en ella.
Estaría trabajando con los cazadores y los desolladores, de todos modos; no hacía falta que sus caminos se cruzaran.
Por un instante, se preguntó cuál sería su tarea antes de descartarla por fútil curiosidad. No tardarían en decírselo.
Del mismo modo que el barco rival había tomado el mejor fondeadero, también sus cazadores habían ocupado la isla más codiciada.
Por tradición, las naves no podían invadir los territorios de caza de las demás.
Las experiencias del pasado les habían enseñado a todos que así solo se conseguían más hombres muertos y menos beneficios.
De modo que la isla donde desembarcaron estaba desprovista de toda vida humana al margen de la suya.
Las playas de rocas estaban desiertas, salvo por algunas osas muy viejas que descansaban en los bajíos.
Los machos adultos ya se habían ido, comenzando la migración de regreso a dondequiera que pasaran el invierno estas criaturas.
En las arenosas llanuras interiores, Althea sabía que encontrarían a las hembras más jóvenes y a su prole de este año.
Se habrían demorado allí, alimentándose de las últimas series de peces, acumulando grasa y fuerzas antes de empezar su largo viaje.
Los cazadores y los desolladores se quedaron en los botes cuando los remeros saltaron a los bajíos y tomaron las regalas de los esquifes para arrastrarlos hasta la orilla.
Calcularon esta acción para que coincidiera con una ola que los ayudó a levantar la barca por encima de las afiladas rocas.
Althea llegó anadeando hasta la playa con los demás, con las piernas empapadas y las botas aparentemente embebidas de frío.
Una vez en la orilla, enseguida descubrió cuál sería su trabajo, que parecía ser todo lo que los cazadores y los desolladores no molestaran en hacer por sí mismos.
Pronto se vio cargada con todos los arcos, flechas, cuchillos y piedras de amolar de sobra.
Siguió a los cazadores tierra adentro con los brazos muy cargados.
Le sorprendió que los cazadores y los desolladores caminaran tan deprisa y hablaran entre sí tan alegremente.
Había supuesto que esta cacería requeriría acecho y sigilo.
En cambio, al llegar a lo alto de la primera elevación, el interior ondulado de la isla se reveló ante ella.
Los osos marinos yacían dormidos en grupos, tendidos en la arena y entre los rastrojos.
Cuando los hombres coronaron la colina, las obesas criaturas apenas se dignaron a fijarse en su presencia.
Los que abrieron los ojos observaban su acercamiento con la misma falta de interés que dedicaban a las aves que compartían su territorio y picoteaban sus deposiciones.
Los cazadores escogieron sus puestos. Althea fue enseguida aligerada de las bolsas de flechas que transportaba para ellos.
Se quedó muy por detrás de ellos mientras tensaban sus arcos y elegían sus blancos.
Entonces comenzó la mortífera lluvia de flechas.
Los animales alcanzados aullaban, y algunos galoparon con torpeza en círculos antes de morir, pero las criaturas no parecían relacionar su dolor y su muerte con los hombres que había en lo alto de la loma.
Fue una carnicería casi a placer, mientras los cazadores escogían un objetivo tras otro y hacían volar sus flechas.
Apuntaban a los cuellos, donde la ancha punta de los dardos abría las venas.
La sangre manaba espesa. Esa era la muerte que buscaban, por desangramiento.
Esto dejaba intactas sus pieles flexibles, además de producir una carne aligerada de sangre.
La muerte no era rápida ni indolora. Althea jamás había presenciado una carnicería igual, semejante matanza.
Le repugnaba, y aun así se quedó mirando, como estaba segura de que habría hecho un chico, intentando que la repulsa que sentía no se reflejara en sus rasgos.
Los cazadores se tomaban la masacre con profesionalidad.
Nada más gastar las últimas flechas, bajaban a recuperarlas de las bestias muertas, mientras que los desolladores los seguían como cuervos carroñeros al escenario de una contienda.
El grueso de los animales vivos se había alejado con enfado de los espasmos y los estertores de sus congéneres moribundos.
Seguían sin sentir pánico, en apariencia, tan solo desagrado por las payasadas que habían alterado su descanso.
El líder de los cazadores miró a Althea de pasada con cierto fastidio.
—Mira a ver por qué no llega la sal —ladró en su dirección, como si ella supiera que ese era su trabajo y estuviera haciéndose la remolona.
Ella se apresuró a cumplir esta orden, encantada de abandonar el escenario de la carnicería.
Los desolladores ya se habían puesto manos a la obra, arrancando la piel a las bestias, rescatando lenguas, corazones e hígados antes de quitar las entrañas de en medio y dejar las desnudas criaturas de carne y grasa tendidas encima de sus propios pellejos.
Las atentas gaviotas empezaban a acudir al festín.
Acababa de coronar la elevación cuando vio a un marinero que venía hacia ella, empujando un tonel de sal.
Tras él venía una hilera de otros, y comprendió de repente la magnitud de su tarea.
Barril tras barril de sal ascendía por la pendiente, mientras otra cuadrilla de marineros acercaba otra barca repleta de toneles vacíos a la orilla.
Esto se repetía por toda la isla. El Segador en sí estaba anclado sin más que una tripulación testimonial a bordo.
Todos los demás se habían aplicado a la ingente tarea de descargar y transbordar toneles de sal y barriles vacíos a la orilla.
Todos los cuales, comprendió, luego tendrían que ser devueltos a bordo, colmados de pieles o carne en salazón.
Aquí se quedarían para seguir con esta colecta mientras hubiera animales y recipientes vacíos.
—Quieren la sal enseguida —dijo al marinero que empujaba el primer tonel.
Este ni siquiera se molestó en responder.
Althea dio media vuelta y corrió para reunirse con su partida de cazadores.
Estos ya estaban descargando otra lluvia letal sobre otra ala del vasto rebaño, mientras los desolladores parecían haberse ocupado ya de la mitad de las piezas abatidas por los cazadores.