Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #6
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Sute sonrió y asintió complacido, como si que Kyle obtuviera un buen precio por los esclavos fuera a favorecerle a él.

Lo más probable era que solo estuviera repitiendo lo que había oído decir a los veteranos de la tripulación.

Wintrow no dijo nada. Paseó la mirada por las onduladas aguas.

Había un rincón pesado y enfermo bajo su corazón que nada tenía que ver con el mareo.

Cada vez que pensaba en Jamaillia y en que su padre se propusiera comprar esclavos para volver a venderlos, una pena espantosa se adueñaba de él.

Era como sentir la culpa y el dolor de un recuerdo vergonzoso antes de que se produjera.

Transcurrido un momento, Sute retomó la conversación:

—En fin. ¿Torg ha vuelto a mandarte aquí arriba?

—Sí. —Wintrow se sorprendió a sí mismo desentumeciendo los hombros y apoyándose cómodamente donde estaba apoyado—. Ya no me molesta tanto.

—Se nota. Por eso lo hacen. —Cuando Wintrow enarcó las cejas, Sute le dedicó una sonrisa—.

Oh, ¿creías que era una tortura pensada para ti?

No. A Torg le gusta meterse contigo; por las pelotas de Sa, a Torg le gusta meterse con todo el mundo.

Con todo el que pueda apabullar, por lo menos.

Pero hacer que el grumete de a bordo corra arriba y abajo del palo es una tradición.

La primera vez que subí a bordo lo odiaba.

Brashen era el primer oficial por aquel entonces, y pensé que era un hijo de puta.

Cuando se dio cuenta de que me ponía nervioso subir aquí, encargó que hasta la última de mis comidas fuera a parar aquí arriba.

«Si quieres tu plato, ve a buscarlo», me decía.

Y yo tenía que resquilar palo arriba y gatear por aquí hasta que encontraba un cubo con mi rancho.

Maldita sea, cómo lo odiaba. Estaba tan asustado y era tan lento que la comida casi siempre estaba fría cuando la encontraba, y la mitad de las veces me la había aguado la lluvia.

Pero con el tiempo aprendí, igual que tú, a dejar de preocuparme.

Wintrow estaba callado, pensando. Los dedos de Sute danzaron de nuevo sobre las teclas, arrancándoles una alegre tonada.

—Entonces, ¿Torg no me odia? ¿Esto es algún tipo de formación?

Sute se detuvo con un soplido divertido.

—Oh, no. Cuenta con ello: Torg te detesta.

Torg detesta a todo el que le parece más listo que él, lo que viene a ser casi toda la tripulación.

Pero también conoce su trabajo. Y sabe que, si le interesa conservarlo, tiene que convertirte en marinero.

Así que te enseñará. Lo hará de la forma más dolorosa y desagradable que se le ocurra, pero te enseñará.

—Si es una persona tan despreciable, ¿cómo es que mi…, que el capitán lo tiene de segundo de a bordo?

Sute se encogió de hombros.

—Pregúntale a papi —dijo con aire cruel.

Luego sonrió, convirtiéndolo casi en una broma.

Continuó—: He oído que Torg lleva bastante tiempo con él y que estuvo a su lado durante un viaje muy malo que tuvieron en el barco en que solían navegar.

Así que, cuando llegó a la Vivacia , se lo trajo.

Puede que nadie más quisiera darle trabajo y se lo tomara como una obligación.

O puede que Torg tenga un bonito culo de lo más apretado.

A Wintrow se le desencajó la mandíbula ante esa implicación. Pero Sute volvía a sonreír.

—Oye, no te lo tomes tan en serio. No me extraña que a todos les encante tomarte el pelo, lo pones tan fácil…

—Pero es mi padre —protestó Wintrow.

—Nah. No cuando trabajas en su barco. Entonces es solo tu capitán. Y es un capitán decente, no tan bueno como Ephron, y algunos todavía pensamos que Brashen debería haber ocupado el hueco del capitán Vestrit… Pero es decente.

—Entonces ¿por qué has dicho… eso de él? —Wintrow estaba desconcertado.

—Porque es el capitán —se esforzó por explicarle Sute—.

Los marineros siempre dicen y hacen cosas así, aunque te guste como persona.

Porque sabes que se te puede cagar encima siempre que quiera.

Eh. ¿Sabes qué? Cuando nos enteramos de que el capitán Vestrit iba a morir y de que el puesto iría a parar a otro, ¿sabes lo que hizo Comfrey?

—¿Qué?

—¡Bajó a la cocina y pasó su pene por dentro de la taza que tenía el capitán para el café! —Los ojos grises de Sute brillaban de risa. Aguardaba expectante la reacción de Wintrow.

—¡Me tomas el pelo! —Una sonrisa horrorizada se posó en los rasgos de Wintrow a su pesar.

Era asqueroso y degradante. Era demasiado ultrajante para ser cierto que alguien le hiciera eso a otra persona que ni siquiera conocía aún solo porque dicha persona iba a tener autoridad sobre él. Era inconcebible.

Y aun así…, a pesar de todo…, tenía gracia.

De pronto, Wintrow comprendió algo: hacerle eso a un hombre que conocías sería cruel e inhumano.

Pero hacérselo a un capitán desconocido, ser capaz de pensar en el hombre que tenía poder sobre tu vida y tu muerte e imaginártelo bebiéndose su café con sabor a pene…

Apartó la mirada de Sute, sintiendo con incredulidad cómo se ensanchaba la sonrisa en su rostro. Comfrey le había hecho eso a su padre.

—La tripulación tiene que jugársela así al capitán y al primer oficial. No se puede permitir que vayan por ahí pensando que ellos son dioses y nosotros, escoria.

—Entonces…, ¿crees que están enterados de estas cosas?

Sute sonrió.

—Uno no puede estar metido en el negocio sin saber lo que ocurre al cabo de un tiempo. —Tañó unas cuantas notas más, antes de encogerse de hombros con gesto teatral—. Seguro que se piensan que a ellos no les pasará nunca.

—Así que nadie se lo dice —supuso Wintrow.

—Claro que no. ¿Quién iba a decírselo? —Unas cuantas notas después, Sute se interrumpió—. Tú no lo harías, ¿no? O sea, aunque sea tu padre y todo eso… —Dejó la frase inconclusa al comprender que podría acabar de cometer una grave indiscreción.

—No, no lo haría —se oyó decir Wintrow. Descubrió una sonrisa bobalicona en sus labios mientras añadía con malicia—: Pero más que nada porque se trata de mi padre.

—¿Chico? ¡Tonto, baja el culo aquí ahora mismo! —Era la voz de Torg, que aullaba en la cubierta. Wintrow suspiró.

—Te lo juro, ese hombre puede adivinar cuándo estoy tranquilo y siempre se ocupa de remediarlo.

Wintrow comenzó el lento descenso. Sute se inclinó para observarlo y lo llamó:

—Usas demasiadas palabras. Basta con que digas que lo tienes pegado al trasero como una capa de pintura.

—Eso, además —convino Wintrow.

—¡Muévete, subnormal! —gritó Torg de nuevo, y Wintrow dedicó toda su atención a la bajada.

Esa misma noche, mientras meditaba en su perdón del día, se preguntó: ¿no había reído ante la crueldad, no había aprobado su sonrisa la degradación de otro ser humano?

¿Qué había de Sa en eso? Lo bañó una oleada de culpa.

Se obligó a desdeñarla; un verdadero sacerdote de Sa no tenía tiempo para la culpa.

Solo lo cegaba; si algo hacía que uno se sintiera mal, debía determinar qué lo turbaba y eliminarlo.

Sufrir sin más las incomodidades de la culpa no indicaba que una persona hubiera mejorado, solo que sospechaba que albergaba un defecto.

Tendido en la oscuridad, se preguntó qué le había hecho sonreír y por qué.

Y por primera vez en muchos años, se preguntó si su conciencia no sería demasiado tierna, si no se habría convertido en una barrera que lo separaba de sus compañeros.

—Aquello que aísla no es de Sa —musitó para sí. Pero se quedó dormido antes de poder recordar el origen de esa cita o si provenía siquiera de alguna escritura.

El primer avistamiento del Erial se produjo una fría mañana despejada.

El viaje hacia el noreste los había llevado del otoño al invierno, de un apacible cielo azul a la perpetua llovizna y la niebla.

El Erial se agazapaba en el horizonte. Era visible no como una serie de islas, sino como un lugar donde las olas se convertían de improviso en espuma.

Las islas eran bajas y llanas, poco más que una serie de playas rocosas y planicies de arena que por azar sobresalían de la línea de marea alta.

Althea había oído que allí había arena, rastrojos y poco más.

Ignoraba por qué los osos marinos escogían venir aquí para pelear, aparearse y criar a sus cachorros.

Sobre todo dado que siempre, por esta época del año, los barcos mataderos acudían para capturar y matar a cientos de los suyos.

Entornó los ojos contra las saladas gotas de agua que surcaban el aire y se preguntó qué suerte de instinto letal los traería aquí todos los años pese a sus recuerdos de sangre y muerte.

El Segador llegó al filo del racimo de islas hacia mediodía, tan solo para descubrir que sus rivales ya habían ocupado el mejor fondeadero.

El capitán Sichel maldijo ante eso, maldijo como si sus hombres y su barco tuvieran la culpa de que el Karlay se les hubiera adelantado.

Se bajaron las anclas y los cazadores salieron de su letargo de inactividad.

Althea había oído que habían discutido hacía unos días por sus apuestas y que habían estado a punto de asesinar a uno de los suyos, acusado de hacer trampas.

Eso no significaba nada para ella; se habían mostrado malhablados y malhumorados en las ocasiones en que había tenido que ir a buscarlos como parte de su trabajo de grumete.

No le sorprendía que terminaran peleando entre sí encerrados en sus estrechos cuartos sin nada que hacer.

Y lo que hicieran entre ellos no la concernía de ninguna manera.