Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 16 #5
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—Estoy levantado —aseguró a quienquiera que fuese.

Al instante estaba de pie y había abierto la puerta.

Pero no era el primer oficial con intención de encargarle trabajo añadido en esta noche tempestuosa.

Fue Reller, en cambio, el que entró con paso dubitativo.

El agua seguía chorreándole por la cara y goteaba de su cabello—. ¿Sí? —inquirió.

Una arruga dividía la amplia frente del hombre.

—El hombro me está dando guerra —fue su respuesta.

Entre los deberes de Brashen se incluía la administración de los suministros médicos del barco.

Habían empezado el viaje con un médico naval, le habían dicho, pero una noche de tormenta se había caído por la borda.

Cuando salió a la luz que Brashen era capaz de leer las letras de patas de araña que etiquetaban los diversos frascos y cajas de medicinas, lo dejaron al cargo de lo que quedaba del botiquín.

Personalmente dudaba de la eficacia de muchos de los medicamentos, pero los suministraba según las instrucciones de sus etiquetas.

Así que ahora se volvió hacia el arcón candado que ocupaba casi tanto como su caja de mar y se tanteó la camisa en busca de la llave que colgaba de su cuello.

Abrió el cofre, escudriñó su interior y sacó una botella marrón con una etiqueta de un verde chillón.

Leyó lo que decía entornando los párpados a la luz inestable.

—Me parece que esto es lo que te di la última vez —musitó en voz alta, y sostuvo la botella para que la inspeccionara Reller.

El marinero la observó como si mirándola pudiera conseguir que las letras cobraran algún sentido para él.

Al final se encogió de hombros.

—La etiqueta era igual de verde —se conformó—. Será esa.

Brashen quitó el grueso corcho del ancho gollete y se echó en la mano media docena de bolitas verduscas. Tenían toda la pinta, pensó para sí, de excrementos de ciervo. No le hubiera sorprendido demasiado descubrir que eran justo eso. Devolvió tres a la botella y ofreció las otras tres a Reller.

—Tómatelas todas. Dile al cocinero que te he recetado media medida de ron para bajarlas y que tienes que quedarte sentado en la cocina para entrar en calor hasta que empiecen a surtir efecto.

Al hombre se le iluminó el semblante. El capitán Sichel no aprobaba que se bebiera alcohol a bordo.

Probablemente sería la primera vez que lo cataba desde que salieron del Mitonar.

La perspectiva de un trago y un sitio caliente donde quedarse un rato sentado hizo que el hombre se pusiera radiante de gratitud.

Brashen experimentó un instante de duda, pero luego reflexionó que no tenía ni idea de la eficacia de las bolitas; al menos podía estar seguro de que el ron que habían comprado para la tripulación ayudaría al hombre a conciliar el sueño a pesar de los dolores.

Cuando Reller se daba la vuelta para marcharse, se obligó a formular la pregunta que le rondaba la cabeza:

—El hijo de mi primo…, ese al que te dije que le echaras un ojo. ¿Qué tal se defiende?

Reller se encogió de hombros. Agitó las tres bolitas en la mano izquierda.

—Oh, bien, señor, se defiende bien. Es muy voluntarioso. —Posó la mano sobre el picaporte, a todas luces ansioso por irse. El ron prometido lo llamaba.

—Ya —continuó Brashen contra su voluntad—. ¿Conoce su trabajo y lo hace bien?

—Oh, sí, señor, así es. Es un buen chico, lo dicho. Tendré cuidado de Athel y veré que no le pase nada malo.

—Bueno. Muy bien. Mi primo se sentirá orgulloso de él. —Vaciló—. Verás, eh…, no dejes que el muchacho se entere de esto. No quiero que piense que recibe un trato especial.

—Sí, señor. No, señor. Buenas noches, señor. —Y Reller salió, cerrando la puerta con firmeza a su espalda.

Brashen cerró los ojos e inspiró hondo. Era cuanto podía hacer por Althea, pedir a un hombre de confianza como Reller que la tuviera vigilada.

Comprobó que el pestillo de su puerta estaba en su sitio y volvió a echar la llave al arcón que contenía los suministros médicos.

Se encajonó gateando en los estrechos confines de su catre y exhaló un suspiro.

Era todo lo que podía hacer por Althea. De verdad, lo era. Lo era.

Al cabo, consiguió quedarse dormido.

A Wintrow no le gustaban las jarcias. Había hecho todo lo posible por ocultárselo a Torg, pero ese hombre tenía un infalible instinto de matón.

Por lo tanto, una decena de veces al día se las ingeniaba para encontrar alguna excusa por la que Wintrow tuviera que subir al palo.

Cuando percibió que la repetición empezaba a mitigar la ansiedad de Wintrow, había ampliado la tarea, dándole cosas que llevar a las alturas y dejar en la cofa del vigía, tan solo para encargarle que fuera a buscarlas de nuevo nada más volver a pisar la cubierta.

Las últimas órdenes de Torg no solo le habían hecho encaramarse al cordaje, sino dirigirse a la cima del mástil y quedarse allí agarrado, con el corazón en un puño, esperando a que Torg le gritara la orden de regresar.

Eran simples novatadas, de la clase más estúpida y predecible.

Wintrow no esperaba menos de Torg. Le había costado más entender por qué el resto de la tripulación aceptaba su tormento como algo normal.

Cuando prestaban atención a las perrerías que le hacía Torg, era por lo general con regocijo. Nadie intervenía.

Y aun así, reflexionó Wintrow mientras se aferraba a una verga y observaba la cubierta a lo lejos, ese hombre le había hecho un favor.

El viento volaba a su alrededor, la lona estaba henchida de él y el cabo al que se sujetaba tañía con la tensión.

El peso del palo exageraba el movimiento del barco al surcar las aguas, amplificando cada balanceo hasta convertirlo en un arco.

Seguía sin gustarle estar ahí arriba, pero no podía negar que le producía una excitación que nada tenía que ver con el goce.

Había aceptado un desafío y lo había superado.

Por iniciativa propia, jamás hubiera elegido ponerse a prueba de este modo.

Entornó los párpados al viento que atronaba en sus oídos.

Por un momento acarició la idea de que quizá ese fuera su sitio, quizá en el fondo de su alma de sacerdote latiera el corazón de un marinero.

Un ruidito curioso llegó hasta sus oídos.

Una vibración metálica. Se preguntó si podría tratarse de alguna junta a punto de ceder y su corazón comenzó a latir un poco más deprisa.

Avanzó por la cuerda con lentitud, en busca del origen del sonido.

El viento se burlaba de él, acercándole el ruido para luego llevárselo volando.

Lo había escuchado unas cuantas veces antes de reconocer que había variaciones de tono y un ritmo que desafiaba la insistente corriente de aire.

Llegó a la cofa del vigía y se agarró a un lateral.

Dentro de la atalaya estaba Sute. El marinero se había afianzado en cuclillas.

Tenía los ojos convertidos en rendijas y una diminuta arpa apoyada en la mejilla.

La tocaba con una mano, al estilo de los marineros, empleando la boca a modo de caja de resonancia mientras sus dedos danzaban sobre las puntas metálicas que eran las teclas.

Tenía los oídos vueltos hacia su concierto privado mientras escudriñaba el horizonte.

Wintrow pensó que no se había percatado de su presencia hasta que los ojos del muchacho volaron fugazmente hacia los suyos. Sus dedos se detuvieron.

—¿Qué? —preguntó, sin apartar el instrumento de su mejilla.

—Nada. ¿Estás de guardia?

—Algo así. No hay gran cosa que vigilar.

—¿Piratas?

Sute soltó un bufido.

—No suelen meterse con las naos redivivas.

Claro, he oído los rumores cuando estábamos en Chalaza, sobre una o dos que fueron perseguidas, pero normalmente nos dejan en paz.

Casi todas las naos redivivas son más veloces que cualquier otro barco en las mismas condiciones, a menos que la tripulación de la nao sea muy torpe.

Y los piratas saben que, aunque den alcance a una nao rediviva, tendrán que luchar por su vida.

Y si ganan, ¿qué tendrán? Un barco que se negará a navegar para ellos.

A ver, ¿crees que Vivacia daría la bienvenida a bordo a unos desconocidos y aceptaría que la gobernaran? ¡Ni hablar!

—Ni hablar —convino Wintrow. Se sentía agradablemente sorprendido, tanto por el afecto y el orgullo que sentía Sute por la nao como por estar conversando con él.

Sute parecía halagado por la embelesada atención que le prodigaba el joven, pues entrecerró los ojos con gesto conspicuo y continuó:

—Tal y como yo lo veo, ahora mismo los piratas nos están haciendo un gran favor.

Wintrow picó el anzuelo:

—¿Y eso?

—En fin. ¿Cómo explicarlo…? No bajaste a tierra en Chalaza, ¿verdad?

Bueno, lo que oímos allí es que los piratas han empezado a atacar algunos barcos de esclavos.

Por lo menos uno ha sido apresado, y circulan rumores sobre otros que han sido amenazados.

En fin. Ahora estamos a finales de otoño, pero en primavera, Chalaza necesita un buen montón de esclavos que se encarguen de arar y cultivar las tierras.

Si los piratas están cargándose los barcos de esclavos, pues vaya, para cuando lleguemos a Chalaza con un buen cargamento el mercado estará calentito para vender.

Obtendremos tanto dinero por nuestra carga que podremos regresar al Mitonar.