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Había embarcado en calidad de marinero corriente y había pasado la primera parte del viaje gruñendo codo con codo en el castillo de proa junto al resto de su equipo.
Desde el principio, se había dado cuenta de que no solo tenía más experiencia, sino también más deseos de hacer bien su trabajo que el resto de sus compañeros.
El Segador era un barco matadero procedente del lejano sur, de Candeleda, en la frontera al norte de Jamaillia.
Cuando la nave había salido de la ciudad meses atrás, en primavera, había zarpado con una tripulación reclutada en su mayoría a la fuerza.
Un puñado de marineros profesionales vertebraba la tripulación, encargados de transformar en marineros a los recién llegados.
Algunos eran deudores cuyo trabajo habían vendido sus acreedores para obligarlos a pagar lo que debían.
Otros eran simples criminales adquiridos en las cárceles del sátrapa.
Los que habían sido rateros y ladrones pronto habían aprendido a contener sus impulsos o perecido; la estrechez de los habitáculos de un barco matadero no favorecía que nadie tolerara semejantes vicios en sus compañeros.
No era esta una tripulación que trabajara con empeño ni una de cuyos miembros se esperara que sobrevivieran a los rigores del viaje.
Cuando el Segador llegó al Mitonar, ya había perdido un tercio de su tripulación por la enfermedad, los accidentes y la violencia de a bordo.
Los dos tercios restantes eran supervivientes; habían aprendido a navegar, habían aprendido a capturar las lentas tortugas y las llamadas ballenas ajadas de las ensenadas y lagunas de la costa del sur.
No debían confundirse sus servicios, desde luego, con las habilidades de los cazadores y desolladores profesionales que viajaban a bordo en el relativo confort de un camarote seco y una vida ociosa.
La media decena aproximada de hombres de ese jaez jamás tocaba un cabo ni hacía una sola guardia; aguardaba hasta que le llegaba la hora de la carnicería y el descuartizamiento.
Entonces trabajaban con ahínco, pasando a veces varios días seguidos sin dormir cuando la cosecha era buena.
Pero no eran marineros y no eran tripulantes.
No perderían la vida a menos que el barco entero se fuera a pique o una de sus presas resultara ser la horma de sus zapatos.
El barco había avanzado hacia el norte siguiendo el perímetro de las Islas Piratas, cazando, sacrificando y descuartizando sin parar.
En el Mitonar, el Segador había amarrado para repostar agua limpia y víveres, y para efectuar tantas reparaciones como se lo permitiera el dinero.
El primer oficial se había encargado de reclutar más tripulantes para el viaje hasta las Islas Eriales.
Había sido casi la única nave del puerto que ofrecía trabajo.
Las tormentas entre el Mitonar y el Erial eran tan célebres como la multitud de mamíferos marinos que se agolpaban allí justo antes de la migración invernal.
Estarían gordos tras los hartazgos del verano, las lustrosas pieles de los más jóvenes serían lo bastante grandes como para que valiera la pena desollarlos, intactas de las batallas propias de la época de apareamiento o la lucha por conseguir comida.
Merecía la pena enfrentarse a las tormentas de otoño para alzarse con semejantes trofeos: suaves pelajes, la gruesa capa de grasa y, bajo todo ello, la magra carne de color rojo oscuro que sabía a tierra y mar.
Los barriles de sal que habían llenado la bodega cuando salieron de Candeleda pronto estarían repletos con pedazos en salazón de la preciada carne, con pipas del delicado aceite, en tanto las pieles arrancadas se embalarían con sal y se guardarían enrolladas hasta que llegara la hora de curtirlas.
Sería un cargamento lo bastante lucrativo como para hacer que los propietarios del Segador dieran saltos de alegría, y los deudores que sobrevivieran para volver a Candeleda saldrían de su ordalía siendo hombres libres.
Los cazadores y los desolladores reclamarían un porcentaje de los beneficios totales y empezarían a subastar sus servicios para la temporada siguiente según lo bien que les hubiera ido esta vez.
En cuanto a los verdaderos marineros que habían gobernado la nave durante todo el camino y la habían llevado a casa sana y salva, recibirían una bolsada de tintineantes monedas, lo justo para procurarles bebidas y mujeres hasta que llegara el momento de zarpar con rumbo al Erial.
Una buena vida, pensó Brashen con sarcasmo.
Tan buena como la que había conseguido para sí.
No le había costado mucho. Lo único que había tenido que hacer era realizar su trabajo lo bastante deprisa para llamar la atención del primer oficial y del capitán.
Eso y sobrevivir a la feroz tormenta que se había cobrado la vida de dos hombres y dejado tullido al tercero, posible candidato para este puesto.
Con todo, lo que le molestaba esta noche no era un sentimiento de culpabilidad por haberse aupado a esta posición y las responsabilidades que conllevaba encaramándose a las espaldas de unos cadáveres.
No. Era el pensar en Althea Vestrit, la hija de su benefactor, miserablemente acurrucada en la bodega, hacinada entre los hombres que la infestaban.
—No puedo hacer nada al respecto. —Pronunció las palabras en voz alta, como si lanzándolas al aire pudiera aliviar su conciencia. No la había visto embarcar en el Mitonar; aunque la hubiera visto, le habría costado reconocerla. Sabía hacerse pasar por mocito marinero, eso debía admitirlo.
La primera pista de su presencia a bordo no había sido su vista.
La había atisbado en varias ocasiones haciéndose pasar por grumete y no le había prestado atención.
La gorra plana calada hasta las cejas y las ropas de muchacho habían constituido un disfraz apto.
La primera vez que vio un cabo amarrado al garfio de un aparejo, con un nudo de doble boca de lobo en vez de una bolina, había enarcado una ceja.
No era un nudo tan extraño, pero el de bolina era lo habitual.
En esa ocasión, no volvió a pensar en ello.
Un par de días después, al salir a la cubierta antes de que comenzara su turno, había oído un silbido familiar procedente de las jarcias.
Había levantado la mirada hacia el lugar desde donde ella hacía señas al vigía, intentando llamar su atención para darle algún mensaje, y la había reconocido de inmediato.
«Oh, Althea», había pensado, y acto seguido se sobresaltó cuando su cerebro hubo procesado la información.
Incrédulo, se la quedó mirando, boquiabierto.
Era ella: imposible confundir su forma de caminar por las líneas de escota.
Ella había mirado hacia abajo de soslayo y, al verlo, había apartado el rostro tan rápido que Brashen supo que había estado anticipando y temiendo ese momento.
Había encontrado un pretexto para demorarse al pie del palo hasta que bajó ella.
Había pasado a su lado a menos de un brazo de distancia, sin nada más que una implorante mirada de reojo.
Brashen había apretado los dientes y no le había dicho nada, ni tampoco había hablado con ella hasta esta noche.
Cuando la reconoció, había experimentado el temor de la certidumbre.
Althea no sobreviviría a este viaje. Un día tras otro, había supuesto que ella traicionaría su identidad femenina o cometería el mínimo error que necesitaba el mar para arrebatarle la vida.
Le había parecido que era mera cuestión de tiempo.
Lo mejor que había podido desearle era que su muerte fuera rápida.
Ahora parecía que no iba a ser ese el caso.
Se permitió una sonrisita sardónica. La chica sabía trabajar.
Claro, no tenía los músculos necesarios para hacer las tareas que le encomendaban.
Por lo menos, no tan deprisa como el primer oficial de a bordo esperaba que se hicieran.
No era, reflexionó, tanto cuestión de que le faltaran músculos y peso; podía realizar el trabajo bastante bien, en realidad, solo que sus compañeros de faenas la superaban.
Unos centímetros más de altura, tres kilos más de peso que aplicar a una tarea de polipasto podían suponer la diferencia.
Era como un caballo en una yunta de bueyes; no es que no valiera para el trabajo, era solo que estaba en inferioridad de condiciones.
Por si fuera poco, había salido de una nao rediviva —la nao rediviva de su familia, además— para meterse en una nave de simple madera.
¿Se le habría ocurrido siquiera que enfrentar sus fuerzas a un conjunto de tablas muertas podría ser mucho más duro que trabajar con una embarcación voluntariosa?
Aunque la Vivacia no se hubiera avivado mientras él estaba a bordo, Brashen supo desde el primer momento en que puso la mano encima de una de sus cuerdas que allí había una consciencia soterrada.
La Vivacia distaba de navegar sola, pero a él siempre le había parecido que los estúpidos incidentes que siempre ocurrían a bordo de otros barcos no se producían en ella.
En una bañera como el Segador , el trabajo crecía de forma gradual.
Lo que parecía un encargo sencillo, como reemplazar una charnela, se convertía en una tarea titánica cuando se descubría que la charnela en cuestión estaba sujeta a una madera medio podrida y, por si fuera poco, mal alineada.
Nada, suspiró, era nunca sencillo a bordo del Segador .
Como si respondiera a su pensamiento, se escuchó el brusco golpe de unos nudillos contra su puerta. No era su turno, de modo que eso solo podía significar problemas.