16 #3
Cuando el agua barrió la cubierta de nuevo, imitó el ejemplo de Brashen, aunque con bastante menos gracia y pericia.
Segundos después estaba bajo la cubierta, escuchando el torrente de agua que la rodeaba por todas partes.
El Segador afrontaba las olas como un tonel.
Suspiró y volvió a escurrirse el agua de la cara y los brazos desnudos.
Se estrujó la coleta y sacudió los pies mojados como una gata antes de buscar su rincón.
Tenía la ropa empapada, pegada a la piel, y estaba aterida.
Se la cambió por otra que solo estaba húmeda y escudilló la que acababa de quitarse.
Las sacudió, colgó la camisa y los pantalones de una estaquilla para que gotearan y sacó la manta de su escondrijo.
Estaba húmeda y olía a moho, pero era de lana.
Húmeda o no, conservaría el calor de su cuerpo.
Y ese era el único calor con el que podía contar.
Se enrolló en la manta y se ovilló en la oscuridad.
Vaya con la amabilidad de Reller. Casi había conseguido que se ahogara y le había robado media hora de sueño.
Cerró los ojos y renunció a la consciencia.
Pero el sueño la eludió. Por cansada que estuviera, el olvido se negaba a acudir a ella.
Intentó relajarse, pero no lograba recordar cómo aflojar los músculos de su ceño fruncido.
Eran las palabras de Brashen, decidió. De algún modo, le planteaban lo complicado de su situación.
A menudo transcurrían días sin que lo viera ni de reojo.
No estaba en su equipo; sus vidas y sus tareas rara vez se cruzaban.
Y cuando no tenía cerca ningún recordatorio de su antigua vida, podía limitarse a sobrellevar una hora tras otra, haciendo lo que fuera preciso para sobrevivir.
Podía dedicar toda su atención a ser el grumete de a bordo y no pensar más allá del siguiente turno.
La cara de Brashen, sus ojos, eran más crueles que cualquier espejo.
La compadecía. No podía mirarla sin indicarle en qué se había convertido, y peor aún: lo que nunca sería.
Lo que más amargura le producía, quizá, era verlo reconocer con la misma claridad que ella que Kyle había tenido razón.
Había sido la mimada niña de los ojos de su padre, sin hacer nada más que jugar a los marineros.
Recordaba con vergüenza lo orgullosa que se había sentido ante lo deprisa que podía maniobrar las jarcias de la Vivacia .
Pero el tiempo que había pasado en las alturas había sido principalmente en cálidos días de verano, y siempre que se aburría o se cansaba del trabajo, podía limitarse a bajar y buscar cualquier otra cosa con la que entretenerse.
Pasar un par de horas ayustando y cosiendo no era lo mismo que emplear seis horas de frenético trabajo en sustituir un trozo de lona que se había rasgado y había que reemplazar de inmediato.
Su madre siempre se llevaba las manos a la cabeza al ver sus callos y sus manos ásperas; ahora tenía las palmas tan duras y curtidas como las plantas de los pies; y estas estaban agrietadas y ennegrecidas.
Ese, decidió, era el peor aspecto de su vida: descubrir que como marinera no era más que mediocre.
Daba igual lo mucho que se endureciera, no era tan fuerte como los hombres del barco, más fornidos.
Se había hecho pasar por un chico de catorce años para conseguir este puesto a bordo del Segador .
Aunque hubiera deseado quedarse con este matadero flotante, en cuestión de un año más o menos se darían cuenta de que no estaba creciendo ni volviéndose más fuerte.
No se quedarían con ella. Terminaría varada en algún puerto desconocido, sin ninguna perspectiva de futuro.
Levantó la mirada hacia la oscuridad. Al final de este viaje, había planeado solicitar una cartilla de embarque.
Todavía pensaba hacerlo, y era probable que se la dieran.
Pero ahora se preguntaba si sería suficiente.
Claro, obtendría la sanción del capitán, y quizá pudiera utilizarla para hacer que Kyle cumpliera su impetuoso juramento.
Pero temía que fuera una victoria vacía.
Tener un pedazo de cuero sellado para demostrar que había sobrevivido a este viaje no era lo que quería.
Su intención era hacerse valer, demostrarles a todos, no solo a Kyle, que era buena en la vida que había escogido, una capitana digna, por no mencionar su competencia como marinera.
Ahora, en las contadas ocasiones que pensaba en ello, le parecía que solo había conseguido demostrarse lo contrario.
Lo que le había parecido atrevido y valiente cuando empezó en el Mitonar se le antojaba ahora infantil y estúpido.
Se había lanzado corriendo a la mar, disfrazada de muchacho, aceptando el primer trabajo que le ofrecieron.
¿Por qué?, se preguntaba ahora. ¿Por qué?
¿Por qué no había acudido a cualquiera de las otras naos redivivas para solicitar empleo como marinera?
¿La habrían rechazado, como predijo Brashen?
¿O quizá estaría durmiendo ahora a bordo de un mercante que surcaba el Paso Interior, con un sueldo y una recomendación garantizados al término del viaje?
¿Por qué le había parecido tan importante que la contrataran anónimamente, hacerse valer sin el respaldo de su nombre ni la reputación de su padre?
Había pensado que sería muy firme, en esas tardes de verano en el Mitonar mientras estaba sentada con las piernas cruzadas en la trastienda del establecimiento de Ámbar y cosía sus pantalones de faena.
Ahora pensaba que había sido una simple chiquillada.
Ámbar la había ayudado. De no ser por su ayuda, por sus labores de aguja y sus generosas comidas, jamás hubiera podido conseguirlo.
La inesperada amistad de Ámbar siempre había desconcertado a Althea.
Ahora le parecía que tal vez Ámbar hubiera planeado lanzarla al peligro.
Sus dedos buscaron la cuenta con forma de huevo de serpiente que colgaba en su cuello de una sola tira de cuero.
Su contacto casi hizo que se le calentaran los dedos y meneó la cabeza en la oscuridad.
No. Ámbar había sido su amiga, una de las escasas amistades femeninas que había tenido en su vida.
La había acogido durante los días de pleno verano, había ayudado a cortar y coser su ropa de muchacho.
Más aún, Ámbar se había vestido como un hombre a su vez y le había enseñado a moverse, caminar y sentarse como si fuera un varón.
Le contó a Althea que una vez había sido actriz en una pequeña compañía.
De ahí que hubiera representado diversos papeles de ambos sexos.
«Saca la voz de aquí —la había instruido, dando un golpecito a Althea bajo las costillas—.
Si tienes que hablar. Pero habla lo menos posible.
Así será más difícil que te delates y te aceptarán mejor.
Las personas que saben escuchar, sean del sexo que sean, son raras.
Conviértete en una de ellas y compensarás cualquier defecto que perciban en ti los demás».
Ámbar también le había enseñado a aprisionar sus senos contra el pecho de modo que la venda constrictora no pareciera ser más que una segunda camisa.
Le había enseñado a doblar medias oscuras que utilizar a modo de compresas.
«Los calcetines sucios siempre son fáciles de explicar —le había dicho—.
Cultiva una personalidad escrupulosa. Lava la ropa con el doble de frecuencia que cualquier otro y, al cabo de un tiempo, nadie te preguntará al respecto.
Y aprende a necesitar menos ayuda. Porque tendrás que levantarte antes que nadie o acostarte la última para mantener la intimidad.
Y esta advertencia es la más importante: no reveles tu secreto a nadie.
Ningún hombre sabe guardar un secreto. Si alguien a bordo del barco descubre que eres una mujer, lo sabrán todos».
Este era el único punto en el que Ámbar tal vez se había equivocado.
Pues Brashen sabía que era una mujer y no la había traicionado.
De momento, al menos. Se le ocurrió algo irónico.
Sonrió con amargura. «A mi manera, seguí tu consejo, Brashen.
He renacido siendo varón y sin llevar el apellido Vestrit».
Brashen estaba tumbado en su catre, estudiando la pared que tenía enfrente.
No estaba lejos de su cara. Érase una vez, pensó entristecido, cuando hubiera despreciado este camarote por considerarlo poco menos que un armario.
Ahora sabía el lujo que podía llegar a ser hasta el espacio más diminuto.
Cierto, había poco sitio para darse la vuelta una vez dentro, pero tenía su refugio particular, donde no dormía nadie más que él.
Había percheros para la ropa y una esquina lo bastante grande para albergar una caja de mar.
En el mamparo, se podía encajonar contra la repisa que confinaba su cuerpo y casi dormir seguro cuando estaba de descanso.
Los camarotes del capitán y del primer oficial eran mucho más grandes y estaban mejor distribuidos, incluso en una bañera como esta.
Pero, claro, en muchos barcos los aposentos del segundo de a bordo no eran mejores que los del resto de la tripulación.
Daba gracias por este pequeño rincón de paz, aunque lo hubiera conseguido por la muerte de tres hombres.