16 #2
—Toma, chico. Te he dejado unos cuantos trozos en el fondo. Limpia la olla y devuélvesela corriendo al cocinero.
Althea sabía que esto era un favor, en cierto modo. Podría habérselo quedado todo y dejarla sin nada más que las raspaduras y a nadie se le hubiera ocurrido decirle nada. Se contentó con tomar la olla entera y retirarse a su rincón para devorar su contenido.
Tenía un buen sitio, bien mirado. Había encajonado sus escasas pertenencias en un lugar donde la curva del casco se unía con la cubierta en lo alto.
Resultaba casi imposible erguir la espalda.
Aquí había colgado su hamaca. Nadie más podría haberse ovillado lo bastante para dormir con comodidad en ese hueco.
Había descubierto que podía retirarse ahí y dormir relativamente tranquila; nadie pasaba rozándola con el impermeable empapado.
Así que se llevó la olla a su rincón y se instaló con ella.
Rebañó el poco caldo que quedaba con su taza y se lo bebió.
No estaba caliente —de hecho, la grasa se había coagulado en pequeños pegotes flotantes—, pero tampoco estaba tan frío como la lluvia del exterior, y la grasa le supo bien.
Fiel a su palabra, Reller había dejado algunos trozos.
Papa, o nabo, o quizá no fuera más que un grumo de pasta destinado a ser una bola de masa hervida, pero que no se había cocido lo suficiente.
Le daba igual. Lo pescó con los dedos y se lo comió.
Con un redondel de galleta dura arañó el fondo de la olla hasta eliminar el último resto de comida.
En cuanto se hubo tragado el último bocado, se apoderó de ella un enorme cansancio.
Tenía frío, estaba empapada y le dolían todos los huesos.
Más que ninguna otra cosa, anhelaba desenganchar su manta, enrollarse en ella y cerrar los ojos.
Pero Reller le había dicho que tenía que devolverle la olla al cocinero.
Sabía que no podía esperar hasta después de dormir, la acusarían de gandulería.
Pensó que el propio Reller podría hacer la vista gorda, pero si se quejaba el cocinero, podía llevarse unos buenos azotes.
No se lo podía permitir. Con un sonido que podría haber sido un sollozo, salió arrastrándose de su refugio, acunando la olla entre los brazos.
Tenía que enfrentarse a la cubierta azotada por la tormenta para llegar a la cocina.
Lo hizo en dos carreras, agarrándose a la olla con tanta fuerza como al barco.
Si dejaba que algo así se cayera por la borda, sabía que la harían desear haberse caído con ella.
Cuando llegó a la cocina, tuvo que patear y aporrear la puerta; el cocinero la había trancado por dentro.
Cuando la dejó pasar, lo hizo con el ceño fruncido.
Sin pronunciar palabra, le ofreció la olla e intentó no mirar con anhelo el fuego que ardía en su cocina detrás de él.
Si le caías en gracia al cocinero, te podías quedar el tiempo necesario para entrar en calor.
Los más privilegiados podían colgar una camisa o un par de pantalones en la cocina, donde llegaban a secarse por completo.
Althea no gozaba ni siquiera de un ligero favor.
El cocinero le indicó la puerta en cuanto hubo puesto la olla.
En el camino de vuelta, calculó mal el momento.
Luego le echaría la culpa al cocinero por haberla expulsado tan deprisa de los fogones.
Pensó que podría conseguirlo de una carrera.
En vez de ello, el barco parecía haberse sumergido en una montaña de agua.
Sintió cómo sus dedos desesperados rozaban la cuerda sobre la que se abalanzó, pero no consiguió asirse.
El agua le barrió los pies debajo del cuerpo y la lanzó de bruces sobre la cubierta.
Pataleó y se debatió como una loca, intentando afianzarse en la cubierta arañando con los dedos de las manos y los pies.
El agua se le metió en los ojos y la nariz; no podía ver ni tomar aliento para gritar pidiendo ayuda.
Tras un eterno momento, se estrelló contra la barandilla de la nave.
Recibió un golpe en la sien que le nubló la vista y a punto estuvo de arrancarle una oreja de cuajo.
Por un instante, no supo qué hacer salvo agarrarse a la barandilla con las manos mientras yacía bocabajo en la cubierta anegada.
El agua pasaba volando a su alrededor en sus prisas por saltar por la borda.
Se aferró al barco, sintiendo la cascada de agua que la rodeaba, pero incapaz de levantar la cabeza lo suficiente para aspirar una bocanada de aire.
Supo también que, si esperaba a que el agua desapareciera antes de ponerse de pie, la siguiente ola la atraparía.
Si no conseguía incorporarse ahora, luego aún menos.
Intentó moverse, pero tenía las piernas de gelatina.
Una mano asió la espalda de su camisa y la izó para dejarla de rodillas, entre arcadas.
—¡Estás tapando las coladeras! —exclamó alguien con fastidio.
Althea colgaba de su presa como un gatito ahogado.
Había aire contra su rostro, mezclado con lluvia, pero antes de poder inhalarlo tenía que expulsar el aire de su boca y su nariz—.
¡Aguanta! —oyó que le gritaban, y se abrazó las piernas.
Consiguió inspirar una bocanada gutural antes de que el agua los golpeara a ambos.
Sintió que su cuerpo se estremecía con el impacto del agua y pensó que los dos iban a salir disparados del barco.
Pero poco después, cuando el agua se retiraba, el hombre le propinó un coscorrón en la cabeza para obligarla a soltarse.
De repente estaba cruzando la cubierta, arrastrándose detrás de él, que le sujetaba con una mano la coleta y la camisa.
La colocó junto a un palo; en cuanto sus pies y sus manos sintieron las cuerdas conocidas, se asieron a ellas y la levantaron como impulsadas por voluntad propia.
La siguiente ola que barrió la cubierta pasó por debajo de Althea.
Se atragantó y escupió una generosa cantidad de agua salada.
Se sonó la nariz con una mano y se limpió sacudiéndola. Con su primera bocanada de aire, dijo:
—Gracias.
—¡Estúpida rata de cubierta! ¡Casi consigues que muramos los dos! —La rabia y el miedo batallaban en la voz del hombre.
—Lo sé. Lo siento. —Hablaba levantando la voz lo justo para hacerse oír en medio de la tormenta.
—¿Que lo sientes? Haré que lo sientas de verdad. Te voy a dar de patadas en el trasero hasta que sangres por la nariz.
El hombre levantó un puño y Althea se preparó para soportar el golpe. Sabía que se lo había ganado según las leyes de a bordo. Cuando pasó un momento y no llegó, abrió los ojos.
Brashen la miraba con los ojos entornados en la penumbra. Parecía más estremecido que cuando la rescató de las aguas.
—Maldita sea. Ni siquiera te había reconocido.
Althea hizo un pequeño movimiento que podría haber sido un encogimiento de hombros. No lo miró a los ojos. Otra ola surcó la cubierta del barco. La embarcación reanudó su bamboleante ascenso.
—Vaya. ¿Cómo te va? —Brashen hablaba en voz baja, como si temiera que pudieran descubrirlo con ella. No se esperaba del primer oficial que conversara a hurtadillas con el grumete de a bordo. Desde que la descubrió, había evitado cualquier contacto con ella.
—Ya lo ves —musitó Althea. Detestaba esto. De repente, odió a Brashen, no por nada que hubiera hecho, sino por estar viéndola de esta guisa. Reducida a algo menos que escoria a sus pies—. Voy tirando. Sobrevivo.
—Te ayudaría si pudiera. —Parecía enfadado con ella—.
Pero ya sabes que no puedo. Si muestro algún interés por ti, alguien sospechará.
Ya he tenido que dejar bien claro a varios miembros de la tripulación que no me interesan los…
hombres. —Sonaba incómodo. Una parte de Althea supo reconocer la ironía de todo ello.
Agarrado a las jarcias de esta fétida barcaza en medio de una tormenta justo después de amenazarla con patearle el trasero, y no era capaz de hablar de sexo con ella.
Por temor a ofender su dignidad—. En un barco como este, cualquier trato preferencial que te mostrara se entendería solo de una manera.
Luego a alguien más se le ocurriría que también le gustas. Cuando descubrieran que eres una mujer…
—No hace falta que me lo expliques. No soy estúpida —lo interrumpió Althea para detener su letanía. ¿No se daba cuenta de que también ella vivía a bordo de esa bañera infecta?
—¿No? Entonces ¿qué haces aquí? —Brashen le lanzó las últimas palabras resentidas por encima del hombro antes de soltarse de las jarcias para caer en la cubierta. Ágil como un gato, rápido como un mono, llegó enseguida a la proa de la nave, dejándola colgada de las cuerdas y mirándolo.
—Lo mismo que tú —respondió con sarcasmo. Daba igual que no pudiera oírla.