16
Nuevos papeles
La nave coronó la cresta de la ola, con la proa levantada como si pretendiera elevarse hacia el mismísimo cielo torturado.
Sa sabía que la lluvia era tan pesada que podría mantener un barco a flote.
Por un prolongado instante, Althea no vio nada más que el firmamento.
A continuación, bajaban a plomo por una larga pendiente de agua hacia una profunda depresión.
Era como si no les quedara más remedio que estrellarse contra el muro de agua, y la colisión se produjo, bañando la cubierta de agua verde.
El impacto sacudió el palo y, con él, el cabo al que se sujetaba Althea.
Sus dedos entumecidos resbalaron sobre la fría lona mojada.
Afianzó los pies en torno a la cuerda con que se los había amarrado y se agarró con más fuerza.
Entonces, con un estremecimiento, el barco se zafó, emergiendo del agua y lanzándose contra la siguiente montaña.
—¡Ath! ¡Muévete! —La voz procedía de debajo. Encaramado al cordaje, Reller la miraba con ojos fulminantes, entornados frente al viento y la lluvia—. ¿Estás en apuros, chico?
—No. Ya voy —respondió ella. Estaba aterida, empapada y exhausta.
Los demás marineros habían terminado sus tareas y bajaban corriendo de las jarcias.
Althea se había entretenido un momento para agarrarse donde estaba y reunir fuerzas para el descenso.
Al comienzo de su guardia, al primer indicio de la tormenta, el capitán había ordenado arriar y halar las velas.
La lluvia fue lo primero que los golpeó, seguida por un viento que parecía empeñado en desasirlos de los aparejos.
No habían hecho más que terminar y bajar a la cubierta cuando se oyó la orden de reanudar las gavias y recoger todo lo demás.
En aparente respuesta a sus esfuerzos, la tormenta había arreciado.
Sus compañeros de turno habían trepado por las jarcias como hormigas sobre una tabla a la deriva, halando, arrizando y recogiendo en respuesta a una orden tras otra, hasta que Althea dejó de pensar, moviéndose solo para cumplir las órdenes impartidas a gritos.
No había olvidado por qué estaba allí; espontáneamente, sus manos habían envuelto la lona mojada y la habían asegurado.
Era asombroso lo que podía hacer el cuerpo cuando la fatiga y el miedo embotaban la mente.
Sus manos y sus pies eran como animales bien adiestrados que pugnaban por mantenerla con vida pese a la ambivalencia que la embargaba.
Descendió despacio, la última en bajar del cordaje, como siempre.
Los demás la habían adelantado y ya estarían preparados abajo.
Que Reller se hubiera molestado siquiera en preguntarle si estaba en apuros lo destacaba por encima del resto en cuanto a consideración.
No tenía ni idea de por qué el hombre parecía estar pendiente de ella, pero se sentía agradecida y humillada al mismo tiempo.
Cuando se unió a la tripulación del barco, ardía en deseos de despuntar sobre los demás.
Se había obligado a hacer más, mejor y más deprisa.
Le había parecido maravilloso volver a pisar una cubierta.
La repetitiva comida, mal almacenada; las hacinadas y malolientes condiciones de vida; incluso la tosquedad de quienes estaba obligada a llamar compañeros, todo se le había antojado tolerable en sus primeros días a bordo.
Estaba de nuevo en el mar, estaba haciendo algo, y al final de su viaje tendría un boleto de barco que restregarle a Kyle en la cara.
Le daría una lección. Recuperaría su barco, se había prometido, y había decidido conocer esta nueva embarcación lo antes posible.
Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, su inexperiencia con este tipo de veleros se veía multiplicada por el menor tamaño de su cuerpo.
Este era un barco matadero, no uno mercante.
El objetivo del capitán no era ir de un sitio a otro para entregar su cargamento, sino trazar una ruta en zigzag en busca de presas.
La nave transportaba una tripulación mucho más numerosa que cualquier barco mercante del mismo tamaño, pues además de gobernar la embarcación, debía haber marineros suficientes para cazar, sacrificar, descuartizar y almacenar en las bodegas la carne y el aceite que consiguieran.
De ahí que el barco estuviera más atestado y menos limpio.
Había conservado la determinación de aprender deprisa, pero la mera determinación no podía convertirla en la mejor marinera de esta hedionda nave de carroña.
Sabía, en algún sombrío resquicio de su mente, que había mejorado mucho sus habilidades y su resistencia desde que se enrolara en el Segador .
También sabía que lo que había logrado seguía sin bastar para hacer de ella lo que su padre habría llamado «un chico listo».
La resolución había dado paso a la desesperación.
Después, incluso eso lo había perdido. Ahora se limitaba a sobrevivir un día tras otro y a pensar en poco más que eso.
Era uno de los tres grumetes a bordo del barco matadero.
Los otros dos, jóvenes parientes del capitán, se ocupaban de las tareas más gratas.
Preparaban la mesa del capitán y el primer oficial, con posibilidades de comer decentemente gracias a las sobras.
A menudo ayudaban también al cocinero con el sencillo trabajo de preparar la comida para el grueso de la tripulación.
Eso era lo que más les envidiaba, pensó, pues a menudo significaba que estaban protegidos; no solo lejos del alcance de la tormenta, sino cerca del calor de los fogones.
Sobre Althea, grumete para todo, recaían las tareas más duras: fregar y restregar, cargar con cubos de aguanieve y brea, y hacer todo aquello para lo que se necesitara una mano más.
No había trabajado tanto en toda su vida.
Se quedó agarrada con fuerza al palo un poco más, apenas fuera del alcance de otra ola que anegó la cubierta.
Desde allí hasta el refugio del pique de proa, avanzó con una serie de carreras y sobresaltos en los que tuvo que sujetarse a cuerdas y barandillas para permanecer en el velero mientras este atravesaba una ola tras otra.
Ya hacía tres días que soportaban ese mal tiempo.
Antes de que empezara esta tormenta, Althea había creído ingenuamente que las cosas no podrían empeorar demasiado.
Los marineros más expertos parecían aceptarla como parte de una temporada normal en alta mar.
La maldecían y clamaban a Sa para que acabara con ella, pero siempre terminaban contándose historias de tormentas mucho peores que habían capeado en barcos menos resistentes.
—¡Ath! ¡Chico! ¡Será mejor que camines si no quieres quedarte sin tu ración de rancho esta noche, por no hablar de comerla mientras todavía está caliente!
Las palabras de Reller tenían un filo de amenaza nada desdeñable, pero pese al tono, el viejo marinero se quedó en la cubierta, observándola hasta que llegó junto a él.
Bajaron juntos, corriendo con fuerza la escotilla tras ellos.
Althea se detuvo un escalón por detrás de Reller para quitarse el agua de la cara y los brazos y escurrir luego su larga coleta.
Después lo siguió al vientre de la nave.
Unos pocos meses atrás, habría dicho que era un lugar frío, húmedo y pestilente.
Ahora era un refugio ya que no su hogar, un sitio donde el viento no podía echarte la lluvia encima con tanta saña.
La luz amarilla de una lámpara resultaba casi acogedora.
Podía oír cómo servían la comida, el tabaleo de un cucharón de madera contra el interior de una olla, y se apresuró para recibir la porción que le correspondía.
A bordo del Segador no había camarotes. Cada hombre se buscaba un lugar donde dormir y lo reclamaba para sí.
Los más deseables habían de ser defendidos periódicamente entre puñetazos y juramentos.
Había una pequeña zona en medio de la bodega de carga que los hombres habían reclamado a modo de guarida.
Aquí traía la comida algún grumete de a bordo y la racionaba en pegotes en cuanto terminaban su turno.
No había mesa ni bancos para sentarse, salvo tu caja de mar si tenías una.
Para los demás, estaba la cubierta y algún que otro barril de aceite donde apoyarse.
Los platos eran escudillas de madera, limpiadas solo por una pasada de dedos o de pan, cuando lo tenían.
Las galletas de viaje eran la norma, y en medio de una tormenta como esta había pocas posibilidades de que el cocinero hubiera intentado cocer nada.
Althea se abrió paso en medio de una selva de prendas de vestir.
Las ropas mojadas colgaban por todas partes de pinzas y ganchos, fingiendo que se secaban.
Althea se quitó el chubasquero, que había ganado la semana pasada apostando con Oyo, y lo colgó en la estaquilla que había reclamado para sí.
La amenaza de Reller no había sido gratuita.
Se estaba sirviendo cuando ella se acercó y, como cualquier otro hombre de a bordo, tomó lo que le apetecía sin pensar en quien viniera detrás de él.
Althea agarró una escudilla vacía y aguardó ansiosa a que se quitara de en medio.
Tuvo la impresión de que estaba demorándose a propósito, intentando picarla para que protestara, pero ya había aprendido esa lección por las duras.
Cualquiera podía propinarle un pescozón al grumete de a bordo y no necesitaban sus lloros como excusa para hacerlo.
Era mejor quedarse callada y tener medio cucharón de sopa que quejarse y recibir tan solo un coscorrón y nada de cenar.
Reller se agachó encima de la olla y recogió una cucharada tras otra del charco poco profundo que quedaba en el fondo. Althea tragó saliva y esperó su turno.
Cuando Reller vio que no iba a picar el anzuelo, casi sonrió. En vez de ello, le dijo: