Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 15 #8
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—¡Espera! —la llamó Ronica. Se sentó en el alféizar y pasó las piernas por encima—.

¡Althea, espera! —gritó, y bajó al jardín de un salto.

Cayó mal, sus pies descalzos protestaron ante el pedregoso sendero que había bajo su ventana.

Estuvo a punto de irse de bruces al suelo, pero conservó el equilibrio.

Cruzó corriendo un tramo de césped hasta el tupido seto de laureles que lo delimitaba.

Pero, cuando llegó allí, Althea ya no estaba.

Ronica metió las manos en esa densa barrera de hojas e intentó abrirse paso empujando.

Cedió, pero solo un poco y a costa de varios arañazos.

Las hojas estaban empapadas por el rocío.

Se apartó y miró el jardín a oscuras. Todo era silencio y quietud. Su hija se había vuelto a marchar. Si es que de verdad había estado allí.

Sessurea fue el elegido por la maraña para enfrentarse a Maulkin.

A Shreever le dolía y enfurecía que fuera tan obvio que habían estado parlamentando entre sí.

Si alguien tenía alguna duda, ¿por qué no se la había planteado a Maulkin en vez de compartir sus venenosas ideas con los demás?

Ahora todos estaban intoxicados por ellas, como si hubieran compartido carne en mal estado.

La insensatez se expresaba con más violencia en Sessurea, pues mientras se situaba en posición de retar a Maulkin, su melena naranja lucía erizada y ponzoñosa.

—¡No nos llevas a ninguna parte! —bramó—.

Cada día que pasa, la Abundancia se vuelve menos profunda y más cálida, y más extrañas sus sales.

Nos llevas donde escasea la caza y no nos das tiempo para alimentarnos.

No huelo más marañas porque nadie ha seguido nunca este camino.

No nos conduces al renacimiento, sino a la muerte.

Shreever sacudió la melena, arqueando el cuello para liberar sus venenos.

Si los demás atacaban a Maulkin, se juró que no pelearía solo.

Pero Maulkin ni siquiera encrespó sus barbas.

Tan lánguidamente como las algas mecidas por la marea, dibujó una lenta trayectoria en la Abundancia.

Lo llevó por encima y luego por debajo de Sessurea, que giró la cabeza a su vez en un esfuerzo por no perder de vista a Maulkin.

Ante la maraña en pleno, convirtió el desafío de Sessurea en un grácil baile donde Maulkin llevaba el compás.

Su sabiduría era tan enrevesada como sus movimientos cuando se dirigió a Sessurea:

—Si no hueles otras marañas es porque sigo el rastro de las que pasaron por aquí hace una era.

Pero si abrieras de par en par tus agallas, percibirías otras y no muy por delante de nosotros.

Temes el calor de esta Abundancia y, aun así, te contabas entre los primeros que protestaron cuando os llevé del calor al frío.

Catas la novedad de las sales y piensas que nos hemos perdido.

¡Estúpida serpiente! Si todas fueran familiares, estaríamos nadando en el ayer.

Seguidme y olvidad vuestras dudas, pues os conduzco no hacia el ayer que conocéis, sino hacia el mañana y al ayer de vuestros ancestros. ¡Dejad de dudar y embebed de mi verdad!

Tanto se había aproximado Maulkin a Sessurea mientras tejía su baile y su sabiduría que, cuando levantó la melena y liberó sus toxinas, Sessurea las inhaló.

Sus enormes ojos verdes giraron al saborear el eco de la muerte y la verdad que se oculta en él.

Su defensa flaqueó, se entumeció, y se habría hundido hasta el fondo si Maulkin no lo hubiera envuelto con su cuerpo.

Aun así, mientras remolcaba a quien le hubiera negado su auxilio, la maraña chilló presa del nerviosismo.

Pues sobre la Abundancia y al mismo tiempo dentro de ella, y bajo la Carencia y al mismo tiempo dentro de ella, se agitó una oscuridad inmensa.

Su sombra los cubrió sin hacer ruido, salvo por el susurro de su cuerpo sin aletas.

Mas, cuando el resto de la maraña hubo corrido a refugiarse en las profundidades, Maulkin sostuvo a Sessurea y persiguió la silueta.

—¡Venid! —exclamó para todos—. ¡Seguidme! ¡Seguidme sin temor y os prometo comida y renacimiento cuando llegue la hora de la reunión!

Shreever dominó su miedo gracias a la lealtad que profesaba a Maulkin.

De toda la maraña, ella fue la primera en desenroscarse para surcar la Abundancia y seguir a su líder.

Presenció cómo el primer temblor de consciencia recorría el cuerpo de Sessurea y se fijó en la suavidad con que se apartaba de Maulkin.

—Lo he visto —llamó a los rezagados que vacilaban todavía—. ¡Es cierto, Maulkin tiene razón! Lo he visto en sus recuerdos y ahora lo vivimos de nuevo. Venid. Venid.

Tras estas palabras, surgió alimento de la silueta, presas que no se debatían ni nadaban, sino que flotaban para ser capturadas y devoradas por todos.

—No moriremos de hambre —aseguró Maulkin con suavidad a sus seguidores—. Ni deberemos retrasar nuestro viaje para pescar. Dejad vuestras dudas a un lado y hurgad en vuestros recuerdos más profundos. Seguidme.