15 #7
—Si fueras otro tipo de mujer, te concedería ese derecho —dijo con frialdad Kyle—.
Pero recuerdo cómo eras de pequeña. Y tu madre te tenía pegada a sus faldas tanto como ahora controlas tú a Malta.
Piensa en todo lo que tardé en despertar en ti los sentimientos propios de una mujer.
No todos los hombres tienen tanta paciencia.
No me gustaría ver que Malta crece igual de retraída y tímida que tú.
La crueldad de sus palabras le arrebató el aliento.
Su lento noviazgo, su esperanza deliciosamente gradual y luego la certeza del interés que sentía Kyle por ella constituían algunos de sus recuerdos más gratos.
Él se los había robado de un plumazo, había convertido sus meses de tímida anticipación en una especie de aburrido ejercicio de paciencia por su parte, hecho del despertar de sus sentimientos un servicio educacional que había obrado para ella.
Volvió la cabeza y miró a este repentino desconocido que estaba en su cama.
Quería negar el hecho de que hubiera pronunciado siquiera esas palabras, quería fingir que no reflejaban sus sentimientos, sino que obedecían a una suerte de resquemor.
La frialdad se agolpaba ahora en su interior.
Palabras resentidas o no, ¿no venía a ser lo mismo?
Kyle no era el hombre que ella siempre había pensado.
Llevaba todos estos años casada con una fantasía, no con una persona real.
Se había imaginado para sí un marido tierno, adorable, un hombre risueño que solo pasaba tantos meses lejos de ella porque era su deber, y le había puesto el rostro de Kyle a su creación.
Qué fácil era ignorar o excusar unos cuantos defectos o incluso una decena cuando pasaba una de sus breves temporadas en casa.
Siempre había podido convencerse de que él estaba cansado, de que el viaje había sido largo y difícil, de que simplemente estaban reajustándose el uno al otro.
A despecho de todas las cosas que él había dicho y hecho en las semanas transcurridas desde el fallecimiento de su padre, ella había seguido tratándolo y reaccionando ante él como si fuera el hombre que había creado en su cabeza.
Lo cierto era que Kyle jamás había sido la figura romántica en que lo convertían sus fabulaciones.
Era solo un hombre, uno como cualquier otro. No. Más estúpido que la mayoría.
Tan estúpido como para creer que ella debía obedecerlo. Aunque ella supiera más que él, aunque él no estuviera cerca para hacerle frente. Comprender esto fue como abrir los ojos al amanecer. ¿Cómo no se le habría ocurrido antes?
Quizá Kyle percibiera que se había pasado de la raya. Se giró hacia ella, extendió un brazo sobre las sábanas heladas para tocarle el hombro.
—Ven aquí —le pidió con voz conciliadora—.
No te enfades. No la última noche que paso en casa.
Confía en mí. Si todo sale bien en este viaje, la próxima vez que amarremos me podré quedar en casa una temporada.
Estaré aquí para quitarte todas las cargas de los hombros.
Malta, Selden, el barco, las tierras… Lo dejaré todo en orden y lo administraré como siempre debería haberse administrado.
Siempre has sido tímida y retraída… No te lo digo para que intentes cambiar.
Es solo que quiero que sepas que entiendo cuánto te has esforzado por hacer las cosas a pesar de eso.
Si alguien tiene la culpa, soy yo, por dejar que te ocuparas durante años de estos asuntos.
Embotada, Keffria dejó que la atrajera hacia sí, que se acurrucara contra ella para dormir. Lo que antes había sido su calor era ahora un peso insoportable pegado a ella. Las promesas que acababa de hacerle para tranquilizarla resonaban como amenazas en su cabeza.
Ronica Vestrit abrió los ojos en el dormitorio en penumbra.
Tenía la ventana abierta, las vaporosas cortinas se mecían con la brisa nocturna.
«Ya duermo como una vieja —pensó—. A intervalos.
No es dormir, no es estar despierta y no es descansar».
Dejó que se le cerraran los ojos de nuevo.
Quizá se debiera a todos esos meses pasados junto a la cama de Ephron, cuando no se atrevía a dormir profundamente, cuando se ponía alerta de inmediato si él se movía.
A lo mejor, conforme transcurrieran los meses solitarios, podría desaprender esa lección y volver a conciliar el sueño. No sabía por qué, pero lo dudaba.
—Madre.
Un susurro, leve como el suspiro de un espectro.
—Sí, tesoro. Mamá está aquí —respondió Ronica con una voz igual de queda.
No abrió los ojos. Conocía estas voces, las conocía desde hacía años.
A veces venían sus pequeños para llamarla en la oscuridad.
Por dolorosas que fueran esas quimeras, se negaba a abrir los ojos y conjurarlas.
Una tenía que agarrarse a los pocos consuelos que le quedaban, aunque estos tuvieran los bordes afilados.
—Madre, he venido para pedirte ayuda.
Ronica abrió despacio los ojos.
—¿Althea? —susurró a la oscuridad. ¿Había una figura al otro lado de la ventana, tras las cortinas hinchadas? ¿O se trataba tan solo de otra de sus fantasías nocturnas?
Una mano apartó la cortina de su camino. Althea apoyó el cuerpo en la repisa.
—¡Oh, gracias a Sa que estás a salvo!
Ronica se apresuró a salir de la cama, pero en cuanto se levantó, Althea se retiró de la ventana.
—Si llamas a Kyle, no regresaré jamás —advirtió con aspereza a su madre, en voz baja. Ronica acudió a la ventana.
—Ni siquiera se me había pasado por la cabeza llamar a Kyle —dijo suavemente—. Vuelve. Tenemos que hablar. Todo se ha torcido. No ha salido nada como debería.
—Menuda noticia —masculló Althea. Se acercó a la ventana de nuevo.
Ronica la miró a los ojos y, por un instante, contempló puro dolor.
Luego Althea desvió la mirada—. Madre…, a lo mejor soy una tonta por preguntarte esto, pero tengo que hacerlo; tengo que saberlo antes de empezar.
¿Recuerdas lo que dijo Kyle cuando…, la última vez que estuvimos juntas?
—En la voz de su hija había un extraño apremio.
Ronica exhaló un pesado suspiro.
—Kyle dijo un montón de cosas. Me gustaría olvidar la mayoría, pero es como si las tuviera grabadas en la memoria. ¿A cuál te refieres?
—Juró por Sa que, si un solo capitán respetable avalaba mi capacidad, me devolvería la nao. ¿Recuerdas que lo dijera?
—Sí —admitió Ronica—. Pero dudo que lo dijera en serio. Él es así, suelta las cosas sin pensar cuando está enfadado.
—Pero ¿recuerdas que lo dijera? —insistió Althea.
—Sí. Sí, recuerdo que lo dijo. Althea, tenemos cosas mucho más importantes que discutir. Por favor. Entra. Vuelve a casa, tenemos que…
—No. No hay nada más importante que lo que acabo de preguntarte.
Madre, nunca te he visto mentir. No con las cosas importantes.
Llegará el momento en que contaré contigo para que digas la verdad.
—De forma increíble, su hija se alejaba, hablando por encima del hombro sin dejar de caminar.
Por un sobrecogedor instante, fue la viva estampa de su padre cuando era joven.
Vestía la camisa de rayas y los pantalones negros propios de un marinero de permiso.
Incluso andaba igual que él, con ese arrastrar de pies característico y la larga coleta sobre la espalda.