Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 15 #6
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La formalidad de sus palabras cerró tanto las negociaciones como la visita.

Caolwn volvió a ponerse la capa de verano que había dejado a un lado.

Se tapó con la capucha hasta que lo único visible que quedó de sus rasgos fueron las pálidas luces lavandas de sus ojos.

Un velo de encaje se ocupó de atenuarlas.

Cuando se enfundaba las manos deformes en sus guantes holgados, rompió la tradición.

Mantuvo la mirada en el suelo mientras hablaba:

—No sería tan mal destino como creen muchos, Ronica.

Atesoraría a cualquier Vestrit que se uniera a nuestra casa, como atesoro nuestra amistad.

Nací en el Mitonar, ¿sabes? Y aunque ya no sea una mujer a la que pudiera mirar sin estremecerse cualquier hombre de tu pueblo, tampoco he sido desgraciada.

He tenido un marido que me adoraba, y he engendrado una hija, y la he visto darme tres nietos saludables.

Esta carne, las deformidades… Otras mujeres que se quedan en el Mitonar quizá paguen un precio aún más alto por su piel tersa, por el tono natural de sus ojos y su cabello.

Si nada sale como esperas, si el invierno que viene me llevo a uno de los de tu sangre…

, ten la seguridad de que recibirá cariño y amor.

Tanto por proceder de un linaje honorable y ser un auténtico Vestrit como por la sangre nueva que le dará a nuestro pueblo.

—Gracias, Caolwn. —Las palabras casi se le atragantaron.

Por sinceras que fuesen las promesas de esa mujer, ¿llegaría a imaginar siquiera cómo le atenazaban las entrañas?

Quizá sí, pues los brillantes ojos bajo la caperuza pestañearon dos veces antes de que Caolwn se volteara hacia la puerta.

Tomó la pesada caja de madera llena de oro que la esperaba junto al umbral.

Ronica le abrió la puerta. Se cuidó de no ofrecerle ninguna lámpara ni candil.

El pueblo de los Territorios Pluviales no tenía necesidad de alumbrarse en las noches de verano.

Ronica se quedó en el vano de la puerta y vio cómo se adentraba Caolwn en la oscuridad.

Un hombre de los Territorios Pluviales salió con pesadez de las sombras para reunirse con ella.

Tomó el cofre de madera repleto de oro y se lo colocó bajo el brazo sin esfuerzo.

Los dos levantaron una mano para despedirse de ella.

Les dijo adiós con un gesto. Sabía que, en la playa, los estaría aguardando una pequeña barca y más lejos, en el puerto, un barco con una sola luz encendida.

Les deseó lo mejor y esperó que tuvieran buen viaje.

Y rezó a Sa para que nunca tuviera que ver desde ese mismo vano cómo se alejaba con ellos, en la noche, uno de los suyos.

En la penumbra, Keffria lo intentó de nuevo:

—¿Kyle?

—¿Hm? —Su voz era cálida y profunda, endulzada por la saciedad.

Keffria pegó su cuerpo al de él. Su piel estaba caliente donde se tocaban, erizada por el frío allí donde la brisa de verano, procedente de la ventana abierta, los cubría.

Kyle olía bien, a sexo y masculinidad, y la sólida realidad de sus músculos y su fuerza eran un mamparo frente a todos los temores de la noche.

Por qué, preguntó mudamente a Sa, ¿por qué no podía ser todo así de sencillo, así de bueno?

Kyle había venido a casa esta noche para despedirse de ella, habían cenado a gusto y bebido vino juntos, y luego se habían entregado a la pasión y al amor.

Mañana él zarparía y estaría lejos durante el tiempo que tardara en hacer su ruta comercial.

¿Por qué tenía que estropearlo ella todo con otra discusión sobre Malta?

Porque, se dijo con firmeza, tenía que quedar zanjado.

Tenía que conseguir que le diera la razón antes de marcharse.

Ella no actuaría a escondidas de él en su ausencia.

Eso socavaría la confianza que siempre los había unido.

Así que tomó aliento y pronunció las palabras que los dos estaban hartos de escuchar:

—A propósito de Malta… —empezó.

Kyle soltó un quejido.

—No. Por favor, Keffria, no. Dentro de pocas horas, tendré que levantarme y partir. Tengamos al menos estos últimos momentos juntos en paz.

—No podemos permitirnos ese lujo. Malta sabe que estamos enfrentados en esto. Lo aprovechará como palanca contra mí mientras estés fuera. Cada vez que le prohíba algo que quiera, me dirá: «Pero papá dijo que ya soy una mujer…». Será una tortura para mí.

Con un suspiro de resignación, Kyle se apartó de ella. De pronto, la cama era un lugar más frío, incómodamente frío.

—Ya. ¿Debería incumplir la promesa que le he hecho solo para que tú no riñas con ella? Keffria, ¿qué pensará de mí? ¿De verdad esto es un problema tan grande como lo pintas? Deja que vaya al baile con un vestido bonito. Eso es todo.

—No. —Le hizo falta todo su coraje para contradecirlo.

Pero Kyle no sabía de lo que hablaba, se dijo con desesperación.

No lo entendía, y ya era demasiado tarde como para explicárselo todo esta noche.

Tenía que conseguir que cediera ante ella, solo esta vez—.

Se trata de mucho más que bailar con un hombre con un vestido bonito.

Está recibiendo clases de baile de Rache.

Quiero decirle que por ahora deberá conformarse con eso, que deberá pasar al menos un año preparándose para dejarse ver como una mujer en la sociedad del Mitonar antes de comportarse como tal.

Y quiero decirle que tú y yo estamos juntos en esto.

Que lo has pensado mejor y has cambiado de opinión sobre dejarla ir.

—Pero no es así —respondió Kyle, obstinado.

Ahora estaba tendido de espaldas, con la mirada clavada en el techo.

Había levantado las manos y enlazado los dedos detrás de la cabeza.

Si estuviera de pie, pensó Keffria, tendría los brazos cruzados sobre el pecho—.

Creo que estás haciendo una montaña de un grano de arena.

Y… no te digo esto para hacerte daño, sino porque cada vez lo veo más en ti…

Creo que lo que ocurre es que no quieres renunciar al control sobre Malta, que quieres seguir teniéndola a tu lado como una niña.

Percibo algo parecido a los celos en ti, querida.

Porque reclama mi atención y la de los jóvenes.

Lo he visto antes; ninguna madre quiere verse eclipsada por su hija.

Una hija adulta le recordará siempre a una mujer que ya no es tan joven.

Pero me parece impropio de ti, Keffria. Deja que tu hija crezca y que sea para ti un orgullo y un aval.

No puedes dejarla siempre con sus faldas cortas y su pelo trenzado.

Quizá tomara su furioso y ofendido silencio por otra cosa, pues se volvió ligeramente hacia ella mientras decía:

—Deberíamos dar gracias porque sea tan distinta de Wintrow.

Míralo: no solo parece un niño y habla como tal, sino que desea seguir siéndolo.

El otro día, sin ir más lejos, en el barco, me lo encontré trabajando a pleno sol sin camisa.

Tenía la espalda roja como una langosta y estaba tan enfurruñado como un niño de cinco años.

Alguno de los muchachos, para hacerle una broma, le había quitado la camisa y la había colgado en lo alto de las jarcias.

Y a él le daba miedo subir a recuperarlas.

Lo llamé a mi camarote e intenté explicarle, en privado, que si no iba a buscarlas, el resto de la tripulación pensaría que era un cobarde.

Me dijo que no era el miedo lo que le impedía recoger su ropa, sino la dignidad.

¡Ahí plantado, como un curita mojigato! E intentó hacer que pareciera que había no sé qué de moral en todo eso, que no se trataba del valor ni de la cobardía, pero que no estaba dispuesto a correr ningún riesgo para que los demás se divirtieran.

Le dije que había muy poco de riesgo en ello, de hacer lo que le habían enseñado, y ahí que me sale otra vez con un sermón sobre cómo nadie debería someter a otra persona ni al menor de los peligros para su diversión.

Al final consiguió hacerme perder la paciencia, llamé a Torg y le pedí que se encargara de que el muchacho subiera al palo y tomara su ropa.

Me temo que eso le haya hecho perder casi todo el respeto de la tripulación…

—¿Por qué consientes que la tripulación se dedique a hacer bromas infantiles cuando tendrían que estar trabajando?

—inquirió Keffria. Su corazón estaba con Wintrow, aunque deseaba fervientemente que su hijo se hubiera limitado a ir en busca de la camisa.

Si hubiera respondido a su desafío, ahora lo tendrían por uno de los suyos.

Ya no lo verían como a un ente ajeno que atormentar.

Lo sabía por instinto, y se preguntó por qué no lo habría intuido él.

—Echaste a perder al chaval mandándolo con los sacerdotes. —Kyle casi parecía complacido al decirlo y Keffria se dio cuenta de cómo había cambiado de tema.

—Estábamos hablando de Malta, no de Wintrow.

—Se le ocurrió abordar el problema desde un nuevo punto de partida—: Ya que insistes en que solo tú sabes cómo educar a nuestro hijo en las costumbres de los hombres, igual deberías admitir que solo una mujer puede saber cómo educar a Malta en las costumbres de la feminidad.

Incluso en la oscuridad vio la sorpresa que se plasmó en la cara de Kyle ante la brusquedad de su tono.

Era, lo supo al instante, la forma errónea de plantearlo si quería ganarlo para su causa.

Pero ya se habían pronunciado las palabras y de repente estaba demasiado enfadada como para retractarse.

Demasiado furiosa como para intentar disuadirlo y persuadirlo de que viera las cosas desde su punto de vista.