15 #5
De modo que no fue hasta que la cena hubo terminado y las dos mujeres estaban compartiendo la última taza de té frío que quedaba en la olla, hasta que la conversación social hubo sucumbido a un silencio natural, que llegó el momento de hablar del verdadero motivo de la visita de Caolwn.
Esta inspiró hondo e inició las formalidades de la discusión.
Hacía tiempo que los mercaderes del Mitonar habían descubierto que esta era una manera de separar los negocios del placer.
La alteración del discurso no anulaba la amistad que compartían ambas mujeres, sino que reconocía que en los asuntos de negocios se aplicaban normas distintas que todos debían acatar.
Era la defensa de una pequeña sociedad en la que los amigos y los parientes eran también contactos profesionales.
—La nao rediviva Vivacia se ha avivado. ¿Es todo lo que prometía?
A despecho de su reciente pérdida, Ronica sintió que una sonrisa genuina florecía en sus labios.
—Es todo lo que prometía y lo reconocemos libremente.
—En ese caso, nos complace aceptar lo que se nos prometió a cambio de ella.
—Como nos place a nosotros ofrecerlo. —Ronica tomó aliento y deseó de repente haber sacado antes a colación el asunto de la medida de menos.
Pero no hubiera sido correcto ni justo convertirlo en parte de su amistad.
Por mucho que le costara hablar de ello, este era el momento adecuado.
Buscó las palabras más propicias para esta situación tan inusual—.
Reconocemos también que en esta ocasión os debemos más de lo que hemos podido reunir.
—Ronica se obligó a mantener la espalda recta y sufrir la sorpresa que asomó a los ojos lavandas de Caolwn—.
Nos hemos quedado cortos por dos medidas enteras.
Nos gustaría solicitar que se nos eximiera de esta cantidad adicional hasta la próxima reunión, momento en el que te aseguro que pagaremos nuestra deuda, las dos medidas añadidas y un cuarto de medida a modo de interés adicional.
Un largo silencio siguió a sus palabras mientras Caolwn meditaba.
Ambas sabían que el peso pleno de la ley del Mitonar le daba carta blanca a la hora de estipular el interés sobre el pago fallido de Ronica.
Esta estaba preparada para asumir una solicitud de hasta dos medidas enteras añadidas.
Esperaba que la marca final se quedara entre media medida y una entera.
Incluso conseguir esa cifra iba a poner a prueba los límites de su ingenio.
Pero cuando Caolwn habló, sus suaves palabras le helaron la sangre:
—Con sangre u oro se pagará el desdoro —invocó Caolwn.
A Ronica se le detuvo el corazón en el pecho.
¿A quién se podía referir? Ninguna de las respuestas que se le ocurrieron la complació.
Intentó disimular el temblor de su voz, recordarse inflexible que un trato era un trato, aunque uno siempre podía intentar conseguir mejores condiciones. Asumió la posibilidad menos probable.
—He enviudado recientemente —señaló—. Y aunque hubiera tenido tiempo de completar mi luto, apenas estaría a la altura del compromiso. Soy demasiado vieja para engendrar niños sanos, Caolwn. Hace años que renuncié a toda esperanza de darle otro hijo a Ephron.
—Tienes hijas —resumió con cuidado Caolwn.
—Una casada, otra desaparecida —se apresuró a convenir Ronica—. ¿Cómo puedo prometerte lo que no poseo?
—¿Althea ha desaparecido?
Ronica asintió, sintiendo de nuevo esa punzada de dolor. No saber. El mayor temor que tenía por sus parientes cualquier miembro de una familia de marineros. Que algún día desaparecieran sin más y los que estaban en casa jamás supieran qué fue de ellos…
—Debo hacerte esta pregunta —casi se disculpó Caolwn—. Me lo exige el deber para con mi familia. ¿Althea no… se escondería ni huiría para burlar los términos de nuestro acuerdo?
—Debes hacer esa pregunta y por eso no me ofendo.
—Sin embargo, le costó disimular la gelidez de su voz—.
Althea es del Mitonar hasta la médula. Moriría antes que traicionar la palabra de su familia en algo así.
Dondequiera que esté, si sigue con vida, está obligada y ella lo sabe.
Si decides invocar nuestra deuda y ella se entera, acudirá para responder de ella.
—Eso pensaba —dijo Caolwn con calidez. Pero continuó, implacable—: También tienes una nieta y nietos varones, tan obligados como ella. Yo tengo dos nietos varones y una nieta. Todos casi en edad casadera.
Ronica negó con la cabeza, consiguió forzarse a soltar una risita.
—Mis nietos son niños todavía, les faltan años para poder contraer matrimonio. El único que está cerca de esa edad ha zarpado con su padre. Y está comprometido al sacerdocio de Sa —añadió—. Como ya te he dicho, no puedo disponer de lo que no poseo.
—Hace un momento estabas dispuesta a prometer un oro que aún no posees —repuso Caolwn—.
Sangre u oro, es cuestión de tiempo el que se salde la deuda, Ronica.
Y si nosotros nos mostramos dispuestos a esperar y concederte tiempo para que pagues, quizá tú deberías estar más dispuesta a dejarnos decidir la moneda de pago.
Ronica levantó su taza y la encontró vacía. Se puso de pie con premura.
—¿Quieres que prepare otra tetera? —inquirió con cortesía.
—Solo si sube pronto el agua. La noche no se quedará de brazos cruzados esperando a que lleguemos a un acuerdo, Ronica.
Debemos fijar el pacto cuanto antes. Preferiría no dejarme ver por el Mitonar a la luz del día.
Abundan los ignorantes, personas ajenas a los antiguos acuerdos que nos vinculan a todos.
—Por supuesto. —Ronica se sentó deprisa.
Estaba estremecida. De repente y con afán de venganza deseó que estuviera aquí Keffria.
A todos los efectos, Keffria debería estar aquí; la fortuna familiar estaba ahora bajo su control, no bajo el de Ronica.
Que se enfrentara ella a algo como esto, a ver lo bien que se las componía.
Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda; temía saber cómo se las compondría Keffria.
Lo dejaría todo en manos de Kyle, que no tenía la menor idea de lo que estaba en juego.
Desconocía cuáles eran los antiguos convenios; dudaba que se adhiriera a ellos aunque se le explicara.
No. Él vería esto como un frío asunto de negocios.
Sería como esos que habían llegado a despreciar a las gentes de los Territorios Pluviales, que solo trataban con ellos por los beneficios implícitos, sin tener ni idea de lo que les debía el Mitonar.
Keffria dejaría el destino de toda su familia en manos de Kyle, y este lo trataría como si estuviera comprando cualquier otra mercancía.
Al darse cuenta de ello, Ronica cruzó una línea.
No le resultó sencillo, pues implicaba el sacrificio de su honor.
Mas ¿qué era el honor comparado con la protección de su familia y su palabra?
Si debían urdirse engaños y decirse mentiras, que así fuera.
No recordaba otro momento en su vida donde hubiera decidido hacer con tanta frialdad lo que siempre le había parecido mal.
Pero, claro, tampoco recordaba otro momento donde hubiera tenido que asumir un conjunto de opciones tan desesperadas.
Por un instante aciago, su alma clamó a Ephron, al hombre que siempre había estado a su lado y la había respaldado en sus decisiones, y que por medio de esa confianza en sus decisiones le había dado fe en sí misma.
En estos momentos, echaba mucho de menos ese respaldo.
Levantó la cabeza y sostuvo la velada mirada de Caolwn.
—¿Me darás un poco de margen? —preguntó sin rodeos. Vaciló un momento, antes de subir la apuesta a fin de tentar a su interlocutora—. El próximo pago ha de ser a mediados de invierno, ¿correcto?
Caolwn asintió con la cabeza.
—Te deberé doce medidas de oro, por el pago acostumbrado.
De nuevo asintió la mujer. Este era uno de los trucos de Ephron a la hora de cerrar cualquier trato. Consigue que estén de acuerdo contigo, establece una pauta de entendimiento y quizá el competidor acepte tus términos antes de que le dé tiempo a pensárselo mejor.
—Te deberé también las dos medidas de oro que me han faltado esta vez, más otras dos medidas de oro adicionales para compensar el retraso en el pago. —Ronica intentó mantener la voz firme e indiferente mientras nombraba la cuantiosa suma. Sonrió a Caolwn.
Caolwn sonrió a su vez.
—Y si no lo tienes, apelaremos al acuerdo original de tu familia. Con sangre u oro se pagará el desdoro. Deberás entregar a mi familia una hija o un nieto.
No había manera de negociar eso. La abuela de Ephron lo había acordado años atrás. Ninguna familia de mercaderes osaría anular el compromiso de un antepasado. Asintió con un ademán envarado y habló pronunciando meticulosamente cada palabra, comprometiendo a su interlocutora con ellas:
—Pero, si te consigo dieciséis medidas enteras de oro, las aceptarás como pago.
Caolwn le tendió una mano desnuda para cerrar el trato. Ronica sintió el tacto gomoso de los bultos y los zarzos de carne que pendían de sus dedos y le surcaban el dorso cuando su apretón de manos selló el nuevo acuerdo entre ambas. Caolwn se puso de pie.
—Una vez más, Ronica, de la familia de mercaderes Vestrit, agradezco tu oferta. Y tu hospitalidad.
—Y una vez más, Caolwn, de la familia de los Territorios Pluviales Festrew, me complace haberte acogido y hecho negocios contigo. Familia con familia, sangre con sangre. Hasta que volvamos a vernos, bienaventurada.
—Familia con familia, sangre con sangre. Bienaventurada seas tú también.