15 #4
Se levantó nerviosa y deambuló por la cocina, tan solo para volver a la mesa.
La había preparado ella misma. Había dos altas velas blancas de la mejor cera de abeja para agasajar a su huésped.
La mejor porcelana y su mejor cubertería de plata engalanaban la mesa sobre un mantel de pesado encaje color crema.
Bandejas de exquisitos pasteles compitiendo con fuentes de ostras sutilmente ahumadas y hierbas frescas en salsa amarga.
Una antigua botella de delicado vino aguardaba a su vez.
La suntuosidad de la comida tenía como propósito indicar su respeto por su huésped, mientras que el secretismo y el escenario de la cocina servirían para recordarles los viejos acuerdos de protección y defensa mutuas.
Nerviosa, Ronica alineó las cucharas de plata en un nuevo orden improvisado.
No era esta la primera vez que recibía a un delegado de los mercaderes de los Territorios Pluviales.
Habían venido dos veces al año desde que se casó con Ephron.
Solo que esta era la primera vez que recibía a uno desde su fallecimiento.
Y la primera vez que no había podido reunir todo el tributo de rigor.
El pequeño pero pesado cofre de oro era dos medidas demasiado ligero.
Dos medidas. Ronica se proponía mencionarlo, sacar ella el tema antes de que pudiera surgir cualquier pregunta comprometedora.
Para admitirlo y para ofrecer un aumento en el interés del próximo pago.
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer?
¿Y el delegado? Un pago parcial era mejor que ninguno, y el pueblo de los Territorios Pluviales necesitaba su oro mucho más que cualquier otra cosa que pudiera ofrecerles. O eso esperaba.
Pese a su anticipación, la suave llamada a la puerta no dejó de sobresaltarla.
—¡Adelante! —llamó sin acercarse a abrir la puerta.
Se apresuró a soplar para apagar los manojos de velas que iluminaban el cuarto.
Solo dejó una, para encender los dos altos cirios de vela de abeja antes de apagarla a su vez.
Bajó luego sobre los cirios, con cuidado, unas caperuzas ornamentales de bronce batido labradas con formas decorativas.
Ahora la habitación estaba iluminada tan solo por unas motas dispersas de luz con forma de hoja.
Ronica asintió con aprobación para sí ante el efecto conseguido y corrió a abrir la puerta—.
Te doy la bienvenida a mi hogar. Entra, y que sea también tu casa.
—Sus palabras entrañaban una antigua formalidad, pero en su voz se apreciaba la calidez del sentimiento.
—Gracias —respondió la mujer de los Territorios Pluviales.
Entró, miró a su alrededor para asentir con aprobación ante la iluminación íntima y tenue.
Se quitó los guantes, entregó las suaves prendas de cuero a Ronica y se apartó el chal que le cubría el rostro y el cabello.
Ronica se mantuvo firme y miró a la mujer a los ojos. No dejó que su expresión se alterara.
—Te he preparado un refrigerio después de tan largo viaje. ¿Me honrarás sentándote a mi mesa?
—Con sumo gusto —repuso su interlocutora.
Las dos mujeres se saludaron con una reverencia.
—Yo, Ronica Vestrit, de la familia Vestrit de los mercaderes del Mitonar, te doy la bienvenida a mi mesa y a mi casa.
Recuerdo los más antiguos compromisos entre nosotros, el Mitonar y los Territorios Pluviales, y también nuestro acuerdo privado con respecto a la nao rediviva Vivacia , producto de nuestras dos familias.
—Yo, Caolwn Festrew, de la familia Festrew de los mercaderes de los Territorios Pluviales, acepto la invitación a tu mesa y a tu casa.
Recuerdo los más antiguos compromisos entre nosotros, los Territorios Pluviales y el Mitonar, y también nuestro acuerdo privado con respecto a la nao rediviva Vivacia , producto de nuestras dos familias.
Ambas se enderezaron y Caolwn exhaló un suspiro teatral, indicando el alivio que le producía el cese de las formalidades. Ronica se sintió aliviada porque la ceremonia fuera una tradición. Sin ella, nunca habría reconocido a Caolwn.
—Has preparado una mesa adorable, Ronica. Pero claro, en todos estos años que llevamos reuniéndonos, nunca ha sido de otra forma.
—Gracias, Caolwn. —Ronica vaciló, pero no preguntar hubiera sido la falsa reticencia de la conmiseración—: Esperaba a Nelyn este año.
—Mi hija ya no está con nosotros. —Caolwn pronunció esas palabras en voz muy baja.
—Lamento oír eso. —La condolencia de Ronica era sincera.
—Los Territorios Pluviales son duros con las mujeres. No es que para los hombres sean clementes.
—Sobrevivir a tu hija… debe de resultar amargo.
—Lo es. Pero Nelyn nos hizo el regalo de tres niños antes de partir. Por eso se la recordará y honrará durante mucho tiempo.
Ronica asintió despacio. Nelyn había sido hija única. La mayoría de las mujeres de los Territorios Pluviales se consideraban afortunadas si engendraban un solo hijo que viviera. Que Nelyn hubiera dado a luz a tres sin duda haría que brillara su recuerdo.
—Había sacado el vino para Nelyn —musitó Ronica—. Tú prefieres el té, según recuerdo. Deja que ponga la olla en el fuego y que prepare el vino para que te lo lleves.
—Muy amable de tu parte.
—No. En absoluto. Cuando lo bebáis, por favor, haz que todos los que lo compartan se acuerden de Nelyn y de cómo le gustaba el vino.
Caolwn agachó la cabeza. Los abolsados brotes de su cara oscilaron cuando lo hizo, pero eso no distrajo a Ronica de las lágrimas que brillaban de pronto en los ojos violetas de la mujer. Caolwn meneó la cabeza y exhaló un pesado suspiro.
—Para tantas personas, Ronica, las formalidades no son más que eso. La bienvenida es obligada, incómoda la hospitalidad. Pero desde que te convertiste en una Vestrit y asumiste los deberes de la visita, nos has hecho sentir realmente bienvenidos. ¿Cómo te lo puedo agradecer?
Otra mujer se habría sentido tentada de decirle entonces a Caolwn que la medida de oro se había quedado corta. Otra mujer no habría creído en el carácter sagrado de las antiguas promesas y pactos. Ronica sí.
—No son necesarias las gracias. No os doy más de lo que os corresponde —dijo, y añadió, porque esas palabras le habían sonado frías—: Pero con ceremonia o sin ella, con pacto o sin él, creo que las dos hubiéramos sido amigas.
—Igual que yo.
—Bien. En ese caso, deja que ponga la olla al fuego para el té.
—Ronica se levantó y de inmediato se sintió más cómoda realizando una tarea tan corriente.
Mientras vertía el agua en la tetera y avivaba las ascuas del hogar, añadió—: No me esperes.
Dime, ¿qué te parecen las ostras ahumadas?
Son de Slek, como siempre, pero este año ha dejado que sea su hijo el encargado de ahumarlas.
Es bastante crítico con el muchacho, pero a mí creo que me gustan más así.
Caolwn probó una y se mostró de acuerdo con Ronica.
La anfitriona preparó el té, llevó la olla a la mesa y sacó dos tazas.
Se sentaron juntas y comieron y bebieron y hablaron de generalidades.
De cosas sencillas como sus jardines y el tiempo, de cosas duras e íntimas como la muerte de Ephron y Nelyn, y de cosas que auguraban desastre para todos, como los excesos del actual sátrapa y el floreciente mercado de esclavos que podría estar relacionado o no con su fuerte impuesto sobre la venta de esclavos.
Hubo largas y calurosas reminiscencias de sus familias, y profundas discusiones sobre Vivacia y su avivamiento, como si la nao fuera una nieta que tuvieran en común.
Hubo musitada conversación también sobre la afluencia de gentes nuevas al Mitonar, las tierras que reclamaban y sus esfuerzos por conseguir asientos en el Consejo del Mitonar.
Esto último era una amenaza no solo para los mercaderes del Mitonar, sino también para el antiguo acuerdo entre el Mitonar y los Territorios Pluviales que los mantenía a ambos a salvo.
Ese acuerdo era algo de lo que rara vez se hablaba.
No era tema de conversación, del mismo modo que no lo son respirar y la muerte.
Esas cosas son algo corriente e inevitable.
Por lo mismo, Caolwn no mencionó a Ronica la forma en que el dolor surcaba su semblante y le plateaba el cabello, ni cómo los años habían privado de carne sus pómulos pronunciados y apergaminado la suave piel de su cuello.
Ronica evitaba mirar los brotes escamosos que amenazaban con entorpecer la vista de Caolwn, y la carne bulbosa que resultaba visible incluso en la raya de su tupida melena broncínea.
La bondad de las velas atenuadas podía suavizar, pero no ocultar estas cicatrices.
Al igual que el pacto, estas eran las heridas visibles que ostentaban en virtud de ser quienes eran.
Compartieron las humeantes tazas de té y los sabrosos bocados.
Los pesados cubiertos de plata tintineaban contra la delicada porcelana mientras, en la calle, la brisa nocturna animaba los móviles de campanillas de Ronica y componía un argénteo contrapunto a su conversación.
Mientras duró la comida, fueron vecinas que compartían una gentil velada de platos suntuosos y charla inteligente.
Pues también esto formaba parte del acuerdo.
Pese a los kilómetros y las diferencias que separaban a ambos grupos de colonos, tanto los mercaderes del Mitonar como los de los Territorios Pluviales recordaban que habían llegado juntos a las Orillas Malditas, socios, amigos y parentela. Y así seguirían.