15 #3
—¿Mi tía Althea? —preguntó sorprendido el muchacho.
Althea vio aparecer su cabeza por encima de la barandilla, sobre ella.
Salió de las sombras para mirarlo. No distinguía sus rasgos; era solo una silueta más oscura contra el firmamento nocturno—.
Todo el mundo dice que desapareciste sin más —le comentó con voz queda.
—Sí. Así es —admitió Althea. Tomó aliento y se arriesgó—: Wintrow, si te confieso lo que me propongo, ¿sabrás mantener esos planes en secreto?
El muchacho formuló a su vez una pregunta de sacerdote:
—¿Lo que te propones hacer es algo… malo?
Althea casi se rio ante su tono.
—No. No voy a matar a tu padre ni nada así de melodramático.
—Dudó, intentando sopesar lo poco que sabía sobre el muchacho.
Vivacia le había asegurado que era de fiar.
Esperaba que la joven nao estuviera en lo cierto—.
Pero sí voy a intentar superarlo tácticamente.
Aunque no dará resultado si conoce mis planes.
Por eso te voy a pedir que me guardes el secreto.
—¿Por qué quieres contarle a nadie cuál es tu plan? El secreto mejor guardado es el que solo sabe una persona.
Ahí, por supuesto, estaba el quid de la cuestión. Tomó aliento.
—Porque eres crucial para mis planes. Sin tu promesa de ayudarme, no tiene sentido que lo intente siquiera.
El muchacho guardó silencio un momento.
—Lo que viste aquel día, cuando me golpeó… podría hacerte pensar que lo odio o que deseo su caída. Pero no es así.
—No voy a pedirte que hagas nada malo, Wintrow —se apresuró a responder Althea—. De verdad. Pero antes de decir nada más, tengo que pedirte que prometas guardarme el secreto.
Le pareció que el muchacho tardaba mucho en considerar esto. ¿Serían siempre tan precavidos todos los sacerdotes?
—Te guardaré el secreto —prometió él por fin.
Y a ella le gustó su respuesta. Nada de juramentos ni promesas, tan solo la ofrenda de su palabra. A través de la palma de su mano, sintió que Vivacia respondió complacida a su aprobación. Curioso que eso le importara a la nave.
—Gracias —musitó Althea. Se agarró a su coraje con las dos manos y esperó que el muchacho no la tomara por una idiota—. ¿Recuerdas aquel día? ¿El día en que te tumbó en el comedor?
—Casi todo —respondió el joven en voz baja—. Las partes en que estaba consciente, al menos.
—¿Recuerdas lo que dijo tu padre? Juró por Sa y dijo que, si hubiera un solo capitán respetable que diera fe de mi pericia como marinera, me devolvería la nao. ¿Te acuerdas de eso? —Contuvo el aliento.
—Sí —susurró Wintrow.
Althea apoyó las dos manos en el casco del barco.
—¿Y jurarías por Sa que le oíste pronunciar esas palabras?
—No.
Los sueños de Althea se desplomaron sobre sus cimientos de paja. Debería haberlo sabido. ¿Cómo se le podía haber ocurrido que el muchacho se opondría a su padre en un asunto tan importante como este? ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
—Atestiguaría haberlo oído —prosiguió Wintrow en voz baja—. Pero no lo juraría. Un sacerdote de Sa no jura por Sa.
El corazón de Althea remontó el vuelo. Bastaría, tendría que bastar.
—Defenderías lo que dijo, como hombre, con tu palabra —insistió.
—Por supuesto. Es la verdad. Pero —meneó la cabeza inclinada hacia ella— no creo que sirviera de nada.
Si mi padre no mantiene la promesa que hizo ante Sa de entregarme al sacerdocio, ¿por qué debería cumplir un juramento pronunciado en un ataque de ira?
Al fin y al cabo, este barco es mucho más valioso para él que yo.
Lamento decirte esto, Althea, pero creo que tus esperanzas de recuperar así tu nave están infundadas.
—Deja que yo me preocupe de eso —dijo ella con voz trémula.
Le invadía el alivio. Tenía un testigo, y presentía que podía confiar en él.
No diría nada al muchacho sobre el Consejo de Mercaderes y el poder que ostentaba.
Ya le había referido gran parte de su secreto.
No quería aumentar su carga—. Mientras sepa que defenderás la verdad, que tu padre dijo esas palabras, tendré esperanzas.
Wintrow recibió estas palabras en silencio. Althea se quedó un momento allí, con las manos en la nao silenciosa.
Casi podía sentir al muchacho a través del barco. Su desolación y soledad.
—Zarparemos mañana —dijo por fin. No había alegría en su voz.
—Te envidio —respondió Althea.
—Lo sé. Ojalá pudiéramos cambiarnos.
—Ojalá fuera tan sencillo. —Althea intentó dejar a un lado sus celos—.
Wintrow, confía en la nao. Ella cuidará de ti y tú cuida bien de ella.
Cuento con que veléis el uno por el otro.
—Oyó en su voz el tono de «pariente protector» que siempre había aborrecido cuando era pequeña.
Lo desechó y habló como lo haría con cualquier joven a punto de emprender su viaje de iniciación—: Creo que llegarás a amar esta vida y este barco.
Lo llevas en la sangre, ¿sabes? Y si eso ocurre —le costó más pronunciar estas palabras—, si eso ocurre y eres leal a nuestra nave, cuando asuma el mando, me aseguraré de que siempre haya un lugar para ti a bordo. Esa es la promesa que te hago.
—No sé por qué, pero dudo que te pida algún día que la cumplas. No es que no me guste el barco, es que no me puedo imaginar…
—¿Con quién hablas, muchacho? —preguntó Torg. Sus pesados pies martillearon en la cubierta mientras Althea se fundía con la sombra de la nao.
Contuvo el aliento. Wintrow no mentiría a Torg. Ya conocía esa particularidad de su carácter. Y ella no podía permanecer indiferente y dejar que el joven recibiera una paliza por su culpa, pero tampoco podía arriesgarse a que Torg la entregara a Kyle.
—Creo que este es mi momento a solas con Wintrow —intervino con brusquedad Vivacia —. ¿Con quién te imaginas que podría estar hablando?
—¿Hay alguien ahí abajo en los muelles? —quiso saber Torg. Su encrespada cabellera asomó por la borda, pero la curva del casco y la profunda sombra de la Vivacia protegían a Althea. Contuvo la respiración.
—¿Por qué no mueves tu gordo trasero y bajas a verlo por ti mismo? —preguntó groseramente Vivacia . Althea escuchó el jadeo de asombro de Wintrow. Le costó no reírse. Sonaba igual que el marrullero grumete de a bordo, Sute, llevado por uno de sus ataques de bravuconería.
—¿Sí? Bueno, a lo mejor eso es justo lo que hago.
—No tropieces a oscuras —advirtió con dulzura Vivacia —.
Sería una lástima que te cayeras por la borda y te ahogaras al lado del muelle.
—El apacible balanceo de la nao rediviva experimentó de repente el más sutil de los incrementos.
Y entonces su adolescente provocación adquirió un tinte amenazador que hizo que a Althea se le erizara el vello de la nuca.
—¡Barco del demonio! —siseó Torg—. No me das ningún miedo. Voy a bajar a ver quién anda ahí. —Althea oyó el aporreo de sus pies sobre la cubierta, pero no supo decidir si se dirigía hacia la pasarela o si se alejaba del mascarón de proa.
—¡Vete! —le susurró Vivacia .
—Me voy. Buena suerte. Mi corazón zarpará contigo.
—Althea exhaló apenas las palabras, pero sabía que el barco no necesitaba escucharla mientras estuviera en contacto con ella.
Se apartó de la Vivacia , ateniéndose a las sombras más oscuras mientras huía—.
Que Sa os proteja, sobre todo de vosotros mismos —susurró para sí, y esta vez supo que estaba ofreciendo una verdadera plegaria.
Ronica Vestrit aguardaba sola en la cocina.
En la calle se había instalado la noche, cantaban los insectos de verano, las estrellas rutilaban entre los árboles.
Pronto sonaría el gong a orillas del prado.
Esa idea le llenó el estómago de mariposas.
No. De polillas. Las polillas encajaban mejor con la noche y con la cita que esperaba.
Había dado la noche libre a los criados, y por último le había dicho a Rache sin rodeos que deseaba estar sola.
La esclava se mostraba tan agradecida con ella últimamente que resultaba difícil librarse de su lúgubre compañía.
Keffria le había pedido que enseñara a bailar a Malta y a sostener un abanico, e incluso a conversar con los hombres.
Ronica encontraba asombroso que confiara la educación de su hija en tales menesteres a una relativa desconocida, pero también comprendía que hacía algún tiempo que Keffria y Malta no mantenían la más cordial de las relaciones.
Desconocía toda la magnitud de sus diferencias y esperaba permanecer en la ignorancia.
Ya tenía problemas propios de sobra, problemas reales y serios, sin necesidad de escuchar las riñas de su hija con su nieta.
Por lo menos Malta mantenía a Rache ocupada y lejos de ella.
La mayor parte del tiempo. En dos ocasiones había sugerido Davad que le gustaría recuperar a la esclava.
En ambas ocasiones Keffria le había agradecido profusamente toda la ayuda que prestaba Rache, sin dejar de exclamar que no sabría cómo arreglárselas sin ella, hasta dejar a Davad sin ninguna manera cortés de solicitar su devolución sin más.
Ronica se preguntó hasta cuándo daría resultado esa táctica y qué haría después.
¿Comprar a la joven? ¿Convertirse ella misma en una poseedora de esclavos?
Esa idea le producía reparos. Pero también resultaba agraviante que la pobre mujer estuviera tan apegada a ella.
Siempre que no tenía otra cosa que hacer, Rache merodeaba por dondequiera que estuviese Ronica, aguardando la oportunidad de salirle al paso y serle de ayuda.
Ella deseaba que la mujer encontrara su propia vida.
¿Una vida con la que reemplazar la que le había robado su esclavitud? , se preguntó con ironía.
A lo lejos repicó un gong, delicado como una campanilla.