Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 15 #2
42%

15 #2

El marinero se levantó indignado y se fue.

Wintrow se quedó sentado, contemplando el montón de cuerdas.

Las palabras del otro muchacho lo habían impresionado más de lo que le gustaría admitir.

Había indicado, sin lugar a dudas, que ahora Wintrow vivía y se movía en un mundo distinto.

Sute y él probablemente tenían la misma edad, pero Sute había elegido este oficio, por voluntad propia, hacía tres años.

Ahora era marinero hasta la médula, y había dejado de ser el grumete de la nao en cuanto Wintrow subió a bordo.

Ya no tenía aspecto de niño. Era ágil y musculoso.

También le sacaba una cabeza a Wintrow, y el vello de sus mejillas empezaba a oscurecerse como una barba de verdad.

Wintrow sabía que su constitución liviana y su apariencia infantil no eran un defecto, y tampoco era algo que pudiera cambiar ni aunque le pareciera un defecto.

Pero de algún modo había sido más fácil en el monasterio, donde aceptaban que todo el mundo crecía a su debido tiempo y a su manera.

Sa’Greb nunca sería más alto que un chiquillo, y sus rechonchas extremidades lo habrían convertido en el hazmerreír de su aldea natal.

Pero en el monasterio lo respetaban por los versos que escribía.

A nadie le parecía que fuera «demasiado bajo», era simplemente Sa’Greb.

Y el tipo de chistes crueles que en este barco constituían el pan de cada día jamás se hubieran esperado ni tolerado allí.

Los muchachos más jóvenes se tomaban el pelo y se daban algún que otro empujón cuando acababan de llegar, pero los que sentían alguna inclinación por la violencia o la crueldad eran devueltos enseguida a sus padres.

Esos atributos no tenían lugar entre los siervos de Sa.

De repente, añoró el monasterio con profunda congoja.

Se obligó a sofocar el dolor antes de que afloraran las lágrimas a sus ojos.

Nada de lágrimas a bordo de este barco; no tenía sentido permitir que vieran lo que solo percibirían como una debilidad.

A su manera, Sute tenía razón. Estaba atrapado en la Vivacia hasta que lograra escapar o hasta que cumpliera los quince años.

¿Qué le habría aconsejado Berandol? En fin, que aprovechara al máximo su estancia aquí.

Si tenía que ser marinero, haría bien en aprender a serlo cuanto antes.

Y si lo obligaban a formar parte de esta tripulación durante…

el tiempo que hiciera falta…, al menos debería forjar alguna alianza.

Ayudaría, reflexionó, tener una remota idea de cómo se entablaba amistad con alguien de su misma edad, pero con quien no tenía casi nada en común. Tomó un cabo raído y empezó a desmenuzarlo mientras le daba vueltas a esto. A su espalda, Vivacia habló suavemente:

—Creo que tus palabras tienen mérito.

Estupendo. Un barco de madera sin alma, animado por una fuerza que podría ser de Sa o no, consideraba sus palabras alentadoras.

Casi al tiempo de conjurar ese pensamiento indigno, Wintrow lo suprimió.

Pero no antes de sentir una vibración de dolor procedente de la nao.

¿No acababa de decirse que necesitaba aliados?

Y aquí estaba, dándole la espalda desalmadamente a la única aliada que tenía.

—Lo siento —musitó, a sabiendas de que no necesitaba pronunciar las palabras en voz alta—. Está en la naturaleza de los seres humanos transmitir nuestro dolor. Como si pudiéramos librarnos de él infligiendo una cantidad parecida a otro.

—Lo he visto antes —convino distraídamente Vivacia —. Y no estás solo en tu amargura. La tripulación entera está soliviantada. No hay casi ningún alma a bordo que esté contenta con su suerte.

Wintrow asintió ante su observación.

—Se han producido demasiados cambios, demasiado rápido.

Muchos hombres despedidos, otros que han visto reducido el salario por su edad.

Demasiados marineros nuevos a bordo, intentando descubrir dónde encajan en el orden de las cosas.

Hará falta algún tiempo antes de que sientan que forman parte de la misma tripulación.

—Si es que alguna vez lo hacen —dijo Vivacia con poca esperanza—.

Está la antigua tripulación de Vestrit, los hombres de Kyle y los marineros nuevos.

Así parecen considerarse ellos mismos, y así se comportan.

Me siento… dividida entre ellos. Me cuesta confiar, me cuesta relajarme y ceder el control al…

capitán. —Titubeó ante el título, como si ni siquiera ella reconociera a Kyle en ese puesto.

Wintrow volvió a asentir, en silencio. También él sentía las tensiones.

Algunos de los hombres que Kyle había dejado partir se habían mostrado mordaces y al menos otros dos habían protestado dimitiendo.

El último revuelo se había producido cuando Kyle exigió que uno de los veteranos que dimitía devolviera el pendiente de oro que le había dado el capitán Vestrit como reconocimiento por su largo servicio a bordo de la Vivacia .

El pendiente tenía la forma del mascarón de proa de la nao y lo señalaba como miembro valioso de su tripulación.

El veterano lo había arrojado por la borda en vez de dárselo a Kyle.

Luego se había alejado por el muelle, con sus pertenencias colgando del hombro huesudo.

Wintrow había presentido que el anciano tenía pocos sitios a los que ir; le costaría encontrar trabajo a bordo de otro barco, compitiendo con marineros más jóvenes y ágiles.

—En realidad, no lo tiró al mar. —La voz de Vivacia fue poco más que un susurro.

Wintrow se sintió curioso al instante.

—¿No? ¿Cómo lo sabes? —Se levantó y se acercó a la barandilla para mirar al mascarón.

Vivacia le sonrió.

—Porque esa misma noche regresó y me lo dio. Dijo que llevábamos tanto tiempo juntos que, si no podía morir sobre mi cubierta, quería que conservara al menos un símbolo de sus años a bordo.

Wintrow se sintió muy conmovido. El viejo marinero había regalado a la nave lo que sin duda era una joya de gran valor, como solo podía serlo el oro. Se lo había dado voluntariamente.

—¿Qué has hecho con él?

Vivacia pareció incómoda.

—No sabía qué hacer con él. Pero me dijo que me lo tragara.

Dijo que muchas naos redivivas lo hacían.

No con cualquier cosa, solo con los símbolos de gran importancia.

Las naos se los tragan y así guardan la memoria del hombre que se lo dio mientras vivan.

—Sonrió al reparar en la expresión atónita de Wintrow—.

Así que eso hice. No fue difícil, aunque me resultó raro.

Y soy… consciente de su presencia, de forma extraña.

Pero, ¿sabes?, creo que hice lo correcto.

—Seguro que sí —coincidió Wintrow. Y se preguntó por qué estaba tan convencido.

El viento del anochecer era agradable tras el calor de la jornada.

Hasta los barcos corrientes parecían conversar en voz baja mientras se mecían junto a los muelles.

El cielo estaba despejado y prometía un mañana radiante.

Althea estaba a la sombra de Vivacia , en silencio, expectante.

Se preguntó si habría perdido la cabeza para fijar su corazón en una meta imposible y luego depender de las furiosas palabras de un hombre como camino hasta ella.

Pero ¿qué más tenía? Tan solo la impulsiva promesa de Kyle y el sentido del juego limpio de su sobrino.

Solo una idiota creería que con esas cosas bastaba.

Su madre había intentado contactar con ella por medio de Vivacia ; a lo mejor eso significaba que tenía una aliada en casa.

A lo mejor, pero no podía contar con ello.

Apoyó una mano en el casco plateado de Vivacia .

—Por favor, Sa —rezó, pero no tenía más palabras con qué continuar. Rara vez oraba. No estaba en su naturaleza depender de otra persona para conseguir lo que quería. Se preguntó si la gran Madre de Todo escucharía siquiera los ruegos de quien, por lo general, la ignoraba.

Entonces sintió la cálida respuesta de Vivacia a través de la palma de su mano, y se preguntó si de verdad habría rezado a Sa. Quizá, como casi todos los marineros que conocía, creía más en su barco que en cualquier divina providencia.

—Se acerca —le susurró Vivacia .

Althea se adentró un paso más en la sombra de la nao y aguardó.

Detestaba acechar de este modo, odiaba reunirse tan breve y clandestinamente con su barco.

Pero era su única esperanza de éxito. Estaba segura de que, si Kyle llegaba a sospechar lo que se proponía, haría todo cuanto estuviera en su mano para detenerla.

Aun así aquí estaba, a punto de confiar esos planes a Wintrow, y todo sobre la base de una sola mirada que había cruzado con él.

Por un fugaz momento, había visto el sentido del honor de su padre en los ojos del muchacho.

Ahora iba a apostarlo todo a la fe que depositaba en él.

—Acuérdate, chico, te estoy vigilando —atronó la fea voz de Torg en medio del silencio. Cuando no hubo respuesta alguna a su anuncio, ladró—: ¡Contesta, muchacho!

—No me has hecho ninguna pregunta —señaló suavemente Wintrow.

Abajo, en los muelles, Althea reconoció que el muchacho tenía coraje, ya que no sensatez.

—Como intentes desertar del barco esta noche, te patearé el trasero hasta dejarte la rabadilla hecha polvo —lo amenazó Torg—. ¿Entendido?

—Entendido —replicó con cansancio la delicada voz del muchacho. Sonaba muy joven y extenuado. Althea oyó el suave roce de unos pies descalzos, y luego el sonido de alguien que se sentaba fatigadamente en la cubierta—. Estoy demasiado cansado para pensar, más todavía para hablar —dijo Wintrow.

—¿Estás demasiado cansado para escuchar? —le preguntó amablemente la nave. Althea escuchó el inconfundible sonido de un bostezo.

—Solo si no te importa que me quede dormido en mitad de lo que me quieras contar.

—No soy yo la que quiere que escuches —dijo Vivacia en voz baja—. Althea Vestrit te espera abajo, en el muelle. Ella es la que tiene algo que contarte.