Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 15
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Negociaciones

—Zarparemos mañana por la mañana. —Torg ni siquiera intentó disimular la satisfacción que le producía transmitir esta noticia.

Wintrow se negó a levantar la cabeza de su trabajo. Las palabras del hombre no eran ni una pregunta ni una orden. No se esperaba de él que respondiera.

—Pues sí. Levamos anclas. No volverás a ver el Mitonar en una buena temporada.

Nos esperan siete puertos entre aquí y Jamaillia.

Los tres primeros están en Chalaza. Vamos a librarnos de esas garrapiñadas.

Le podría haber dicho que no íbamos a venderlas en el Mitonar, pero claro, nadie me preguntó.

—Torg giró los hombros y esbozó una sonrisa de autocomplacencia.

Parecía pensar que la desafortunada decisión de su capitán demostraba que Torg era más astuto.

Wintrow no veía la conexión—. El capitán va a amasar un poco de dinero contante y sonante, eso he oído, para así tener más que gastar en esclavos en Jamaillia.

Vamos a pescar una buena remesa de ellos, muchacho.

—Se lamió los labios—. Tengo muchas ganas, sobre todo porque escuchará mis consejos cuando lleguemos a Jamaillia.

Conozco bien ese mercado. Sí. Sé reconocer la carne de esclavo de primera cuando la veo y estaré a la caza de la mejor.

A lo mejor te conseguimos incluso unas cuantas chiquillas flacuchas para que te entretengas. ¿Qué opinas de eso, mocito?

Las preguntas exigían respuestas si uno no quería recibir un puntapié en los riñones.

—Opino que la esclavitud es inmoral e ilegal.

Y que no nos corresponde a nosotros discutir los planes del capitán.

—Mantuvo la vista fija en su trabajo. Era una montaña de cabo viejo.

Su tarea consistía en desenredarlo, rescatar lo que todavía sirviera y desmenuzar el resto en fibras que pudieran reciclarse en sedal nuevo o emplearse como hilo para lo que hiciera falta.

Tenía las manos tan bastas como el cáñamo con el que trabajaba.

Cuando se las miraba, le costaba recordar que antes habían sido las manos de un artista con sensibilidad para el cristal.

Frente a él, en la cubierta de proa, Sute se afanaba en su lado de la pila.

Envidiaba al joven marinero la agilidad de sus manos encallecidas.

Cuando Sute tomaba un trozo de cuerda y le daba un meneo, este parecía desenmarañarse como por arte de magia.

Daba igual cuánto se esforzara Wintrow por enrollar una cuerda, esta siempre terminaba torciéndose en la dirección opuesta.

—Oh, oh. Estamos de respondones, ¿eh? —La pesada bota de Torg le golpeó dolorosamente. Seguía dolorido a causa de una patada anterior.

—No, señor —respondió Wintrow de forma instintiva.

A veces era más fácil limitarse a mostrarse servil.

La primera vez que su padre lo entregó a este bruto, había intentado razonar con el hombre como si tuviera cabeza.

Enseguida aprendió que cualquier palabra que Torg no entendiera se la tomaba como una burla, y que veía las explicaciones como débiles excusas.

Cuanto menos dijera, menos moratones. Aunque eso implicara acatar discursos con los que normalmente disentiría.

Intentaba no verlo como una erosión de su dignidad y su ética.

Supervivencia, se decía. Era simple supervivencia, hasta que pudiera escapar.

Se atrevió a formular una pregunta—: ¿Qué puertos vamos a visitar?

Si hubiera alguno en la península de Calabacín, escaparía del barco.

Le daba igual cuánto tuviera que andar o si debía cruzar la península entera mendigando, pero volvería al monasterio.

Allí, cuando contara su historia, lo creerían.

Le darían un nombre nuevo y lo trasladarían a otro lugar, donde su padre jamás lo encontraría.

—Ninguno que esté cerca de Calabacín —le soltó Torg con malsana fruición—. Si quieres volver a tus rezos, chaval, tendrás que nadar.

El segundo de a bordo soltó una carcajada y Wintrow vio que le había tendido una trampa para que hiciera justo esa pregunta.

Le inquietaba el que hasta el lerdo de Torg pudiera saber cuáles eran sus verdaderas intenciones.

¿Soñaba demasiado con ello, se traslucía en cada uno de sus gestos?

Había empezado a pensar que era la única manera de conservar la cordura.

Constantemente ingeniaba formas de escapar del barco.

Cada vez que lo encerraban en el pañol de cadenas para pasar la noche, esperaba hasta que los pasos se perdían en el pasillo e intentaba abrir la puerta.

Deseaba no haberse mostrado tan impaciente la primera vez que lo arrastraron a bordo.

Sus torpes intentos de fugarse habían alertado al capitán y a la tripulación de sus intenciones, y Kyle había dejado claro que todo el que permitiera que abandonase la nave lo pagaría caro.

Nunca se quedaba solo, y los que trabajaban a su lado se mostraban resentidos por no poder confiar en él y tener que dividir su atención entre Wintrow y sus tareas.

Torg estiró los músculos con gesto melodramático. Levantó una bota para tantear de nuevo la columna de Wintrow.

—Tengo que irme, muchachos. Hay trabajo que hacer. Sute, te quedas de niñera. Procura que el niño bonito esté ocupado. —Con otro puntapié doloroso, Torg se alejó pesadamente por la cubierta.

Ninguno de los dos jóvenes levantó la cabeza para verlo partir. Pero, cuando ya no podía oírlos, Sute observó con voz serena:

—Alguien lo matará algún día y lo lanzará por la borda y nadie lo echará de menos. —Las manos del joven marinero no interrumpieron su labor mientras compartía esta información con Wintrow—. A lo mejor lo hago yo —añadió con aire afable.

La tranquila declaración de intenciones homicidas del muchacho le heló la sangre. Por mucho que detestara a Torg, por mucho que le costara no odiarlo, Wintrow jamás había considerado la posibilidad de matarlo. Que Sute sí lo hiciera era desconcertante.

—No dejes que alguien como Torg pervierta tu vida y tu perspectiva —sugirió en voz baja—.

El mero hecho de pensar en asesinar por venganza doblega el espíritu.

No nos es dado saber por qué Sa permite que los hombres como Torg ejerzan influencia sobre los demás, pero le podemos negar el poder de corromper nuestra alma.

Le rendiremos obediencia cuando debamos, pero no…

—No te he pedido un sermón —protestó Sute, irritado.

Disgustado, soltó el trozo de cuerda con el que estaba trabajando—.

¿Quién te crees que eres? ¿Por qué me vas a decir tú cómo tengo que pensar o vivir?

¿Es que no sabes hablar como los demás? Inténtalo.

Di: «Me encantaría matar a ese cabrón hijo de perra».

Te sorprendería el alivio que supone. —Apartó la mirada de Wintrow y habló en un aparte para uno de los palos—: Escoria.

Intentas hablar con él como si fuera una persona y él se comporta como si le estuvieras pidiendo consejo de rodillas.

Wintrow experimentó un momento de rabia, seguido de una oleada de vergüenza.

—No era esa mi intención… —Empezó a decir que no se consideraba mejor que Sute, pero la mentira murió en sus labios.

Se obligó a decir la verdad—: No. Nunca hablo sin pensar.

Me han enseñado a evitar las palabras descuidadas.

Y en el monasterio, si vemos u oímos que alguien sigue una senda destructiva, lo hablamos. Pero para ayudarnos, no para…

—Bueno, ya no estás en el monasterio. Estás aquí.

¿Cuándo vas a meterte eso en la cabezota y empezar a comportarte como un marinero?

Es incómodo ver cómo permites que todos te mangoneen.

Échale agallas y plántales cara en vez de pasarte el tiempo rezando a Sa.

Lánzale un puñetazo a Torg. Sí, claro que te llevarás una buena paliza.

Pero Torg es mucho más cobarde que tú. Si cree que cabe la menor posibilidad de que vayas a clavarle un punzón, se apartará de ti. ¿No te das cuenta?

Wintrow intentó salvar su dignidad:

—Si consigue que me comporte como él, habrá vencido. ¿Te das cuenta?

—No. Solo me doy cuenta de que te asusta tanto recibir una tunda que ni siquiera te atreves a admitirlo.

Es igual que el otro día, con lo de tu camisa, cuando Torg la colgó del palo para pincharte.

Deberías haber sabido que tendrías que ir a tomarla en persona, así que tendrías que haberlo hecho sin más, en vez de esperar a que te obligaran.

Eso te hizo perder dos veces delante de él, ¿no lo ves?

—No entiendo por qué tendría que haber perdido. Fue una broma cruel, indigna de un hombre —musitó Wintrow.

—Eso. —Sute perdió los estribos—. Así es como consigues hartarme.

Sabes lo que quiero decir, pero le das la vuelta para que parezca otra cosa.

No se trata de lo que sea «digno de un hombre».

Aquí y ahora, se trata de ti y de Torg. La única posibilidad que tenías de ganar ese asalto era fingir que te importaba un bledo, que encaramarte al palo para coger tu camisa no era nada.

En vez de eso, te quedaste sentado y quemándote al sol, demasiado santo para rescatar tu camisa…

—Se interrumpió a media frase, frustrado por la falta de respuesta de Wintrow.

Tomó aliento, lo intentó de nuevo—: ¿De verdad no lo entiendes?

Lo peor fue que te obligara a subir al palo delante de él.

Entonces sí que lo perdiste todo. La tripulación cree que no tienes agallas.

Que eres un cobarde. —Meneó la cabeza—. Encima de que pareces un niño, ¿te tienes que comportar todo el tiempo como si lo fueras?