Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 14 #6
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En cuanto se hubo perdido de vista, su padre soltó una risotada. No había nada, pensó Keffria, que pudiera haber hecho capaz de insultarla más. Pero cuando Kyle vio su expresión, en vez de enmendar su error, se carcajeó todavía con más ganas.

—Si pudieras verte la cara —consiguió decir al final—. ¡Cómo te enfadas porque tu hija se ha salido con la suya! Pero ¿qué puedo hacer al respecto? Ya sabes que siempre ha sido mi debilidad. Además, en serio, ¿qué tiene de malo?

—Puede recibir una atención con la que todavía no ha aprendido a lidiar.

Kyle, cuando una mujer lleva su primer vestido de gala a la Ofrenda de Primavera, no se trata solo de lucir un palmo de tela más en las faldas.

Es un anuncio de su presentación en el Mitonar como mujer de su familia.

Y eso significa que está en edad casadera, que su familia tendrá en cuenta las peticiones de quienes soliciten su mano.

—¿Y qué? —preguntó con incomodidad Kyle—. No hace falta que digamos que sí.

—La invitarán a bailar —continuó inexorablemente Keffria—.

No los jóvenes de su edad, con los que ya ha bailado.

Porque a estos se les seguirá viendo como muchachos.

A ella la verán como una mujercita. Bailará con hombres, jóvenes y viejos.

No solo sigue siendo una bailarina indiferente, sino que no ha aprendido a conversar con los hombres ni a responder a atenciones…

no solicitadas. Podría incitar avances indebidos sin darse cuenta de que los fomenta.

Peor todavía: una sonrisa nerviosa o una risita bobalicona podrían indicar que los alienta.

Ojalá hubieras hablado conmigo antes de darle permiso.

En un parpadeo, Kyle pasó de la incomodidad a la irritación. Se levantó bruscamente, tirando su servilleta a la mesa.

—Entiendo. ¡A lo mejor tendría que limitarme a vivir a bordo del barco para no importunarte mientras decides el destino de nuestra familia!

Pareces olvidar que Malta también es mi hija.

¡Si ya tiene doce años y todavía no ha aprendido a bailar y a comportarse, quizá tendrías que amonestarte por ello!

Primero envías a mi hijo a un monasterio, ahora actúas como si yo tampoco tuviera ninguna influencia en la educación de mi hija.

Keffria ya se había puesto de pie y le sujetaba una manga.

—¡Kyle! ¡Por favor! Ven, siéntate. No quería decir eso. Claro que quiero que me ayudes a criar a nuestros hijos. Es solo que debemos tener cuidado con la reputación de Malta si queremos que la vean como una mujercita bien educada.

Pero Kyle no estaba dispuesto a dejarse apaciguar.

—Entonces te sugiero que te ocupes de sus modales y sus clases de baile en vez de mandarla a hacer encajes.

En cuanto a mí, tengo un barco que atender.

Y un jovencito que enderezar. Y eso por culpa de una decisión sobre la que no tuve ninguna influencia.

—Se zafó de ella como quien espanta una mosca y salió de la habitación como un vendaval.

Keffria se quedó de pie, con el puño apretado delante de la boca.

Transcurrido un momento, volvió a hundirse despacio en la silla.

Inspiró hondo y se llevó las manos a las sienes, que le palpitaban.

Le escocían los ojos a causa de las lágrimas contenidas.

Cuánta tensión, cuántas discusiones últimamente.

Era como si nunca pudiera haber un momento de paz en la casa.

Deseó volver a los días en que su padre era un hombre robusto, y Althea y él salían a navegar mientras ella y su madre se quedaban en casa y se ocupaban del hogar y los niños.

Entonces, cuando Kyle llegaba al puerto, era una fiesta.

Por aquel entonces capitaneaba el Osado .

Todos hablaban bien de él, de lo apuesto e intrépido que era.

Cuando estaba en casa, pasaban los días quedándose hasta tarde en el dormitorio o paseando por el Mitonar tomados del brazo.

Su caja de mar siempre estaba llena a rebosar de regalos para ella y los niños, y siempre la hacía sentir como una novia recién casada.

Desde que asumió el mando de la Vivacia , se había vuelto tan serio…

Y tan, tan… Intentó encontrar la palabra adecuada.

«Posesivo», se le ocurrió, pero la rechazó.

Solo era un hombre con responsabilidades, decidió.

Y con la muerte de su padre, Kyle las había hecho extensivas a todo; no solo a la nao de la familia, sino a la casa, las tierras, los niños e incluso, pensó apesadumbrada, a su hermana y su madre.

Antes conversaban hasta tarde, tenían largas charlas sobre trivialidades.

A Kyle le gustaba descorrer las cortinas y dejar que la luz de luna bañara su cama con doseles.

Hablaba de la furia de las tormentas que había presenciado, y de la belleza de las velas henchidas por el viento favorable mientras la acariciaba con unas manos y unos ojos que indicaban que la encontraba tan fascinante como el mar.

Ahora hablaba de poco aparte de las mercancías que había vendido y los cargamentos que había comprado.

Una y otra vez le recordaba que el asentamiento o el crecimiento de la fortuna familiar de los Vestrit pesaban sobre sus hombros.

Una y otra vez le juraba que enseñaría a los mercaderes del Mitonar un par de cosas sobre sagaz administración y comercio avispado.

Las noches que pasaban juntos no le reportaban solaz ni descanso.

Kyle pasaba en el barco sus días en tierra.

Y ahora, admitió con amargura, lo que anhelaba era que zarpara.

Cuando se fuera, podría reclamar un poco de la paz que entrañaba la rutina diaria.

Levantó la cabeza al oír unos pasos, esperando y temiendo a la vez que presagiaran el regreso de su marido.

Fue su madre, en cambio, la que entró en la estancia.

Miró a Keffria y los restos de comida de la mesa de desayuno como si fueran poco menos que sombras.

Luego sus ojos recorrieron la sala como si buscaran otra cosa. O a alguien distinto.

—Buenos días, madre —dijo Keffria.

—Buenos días —respondió distraídamente Ronica—. Oí que Kyle se marchaba.

—Así que has bajado —concluyó Keffria con amargura—. Madre, me duele que lo evites. Hay cosas que discutir, que decidir…

La sonrisa de su madre era tensa.

—Y con Kyle presente, eso es imposible. Keffria, estoy demasiado cansada y afligida para medir mis palabras.

Tu marido no da lugar al debate. No tiene sentido que intercambie opiniones con él, pues nunca estamos de acuerdo y nunca acepta más razonamientos que los suyos.

—Sacudió la cabeza—. Parece que últimamente solo tengo dos cosas en la cabeza.

Puedo llorar por tu padre o recriminarme el barullo en que he convertido todo cuanto me confió.

Pese a su reciente enfado con Kyle, esas palabras mortificaron a Keffria. Cuando respondió, lo hizo en voz baja, cargada de dolor:

—Es un buen hombre, madre. Solo hace lo que considera mejor para todos.

—Quizá sea cierto, pero me supone un pobre consuelo, Keffria.

—Ronica meneó la cabeza para sí—. Tu padre y yo pensábamos que era un buen hombre, sin duda; de lo contrario, jamás hubiéramos consentido vuestra boda.

Pero por aquel entonces no podríamos haber previsto ni siquiera la mitad de todo lo que ha llegado a pasar.

Quizá te hubiera ido mejor tomando por esposo a alguien de linaje mercader.

Quizá a todos nos hubiera ido mejor si te hubieras casado con alguien más próximo a nuestras costumbres.

—Su madre se acercó a la mesa y se sentó, moviéndose como una anciana, despacio y con gestos envarados.

Apartó la cara de la brillante mañana de verano, que inundaba la estancia de luz, como si le dañara los ojos—.

Mira a lo que hemos llegado haciendo lo que Kyle considera mejor para todos: Althea sigue desaparecida y el joven Wintrow está en el barco contra su voluntad.

Eso no es bueno, ni para el muchacho ni para la nave.

Si Kyle comprendiera todo lo que significa una nao rediviva, no creo que hubiera embarcado al chico estando tan agitado e infeliz.

Por lo que he oído, los primeros meses tras el avivamiento de una nao son cruciales.

Calma es lo que necesita, y confianza en su patrón, no coacción y disensiones.

En cuanto a esta idea de emplearla como barco de esclavos…

, me pone enferma. Sencillamente, me pone enferma.

—Levantó la cabeza y su mirada dejó a Keffria clavada en el sitio—.

Me avergüenza que permitas que tu hijo soporte todo lo que verá si viaja a bordo de un barco de esclavos.

¿Cómo puedes tolerar que vea eso y menos que forme parte de ello?

¿En qué crees que deberá convertirse para sobrevivir?

Sus palabras despertaron un temor innombrable en Keffria, pero apretó las manos bajo la mesa e intentó aplacar sus temblores.

—Kyle dice que no será estricto con Wintrow.

En cuanto a los esclavos, por lo que me ha dicho, hacerlos sufrir innecesariamente solo implicaría dañar una mercancía valiosa.

He hablado con él, claro que sí, de todo lo que he oído acerca de los barcos de esclavos.

Y él me ha prometido que la Vivacia no se convertirá en una apestosa fosa de muerte.

—Aunque Kyle tratara a Wintrow con tanta delicadeza como si fuera una damisela, sufrirá por culpa de lo que se presencia a bordo de un barco de esclavos.

El inevitable hacinamiento, las muertes, la salvaje disciplina necesaria para mantener semejante cargamento bajo control…

Está mal. Está mal, y las dos lo sabemos.

—La voz de su madre no invitaba a la oposición.

—Pero si tenemos una esclava aquí mismo, en casa. Rache, esa que te dejó Davad cuando papá estaba tan enfermo.