Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 14 #5
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—No está en la nave —declaró Kyle con vehemencia.

Su voz indicaba que consideraba las conjeturas de Keffria meras simplezas de mujer—.

Seguramente se quede en algún rincón de la ciudad.

Volverá a casa en cuanto se le acabe el dinero.

Y cuando lo haga, quiero que seas estricta con ella.

No te pongas tierna y le digas que temías por ella.

Y no la regañes como una gallina enfadada.

Eso le daría igual. Tienes que ser dura con ella.

Déjala sin dinero a su nombre hasta que empiece a comportarse.

Luego átala en corto. —Alargó el brazo sobre la mesa y le tomó una mano con delicadeza; su roce contradecía la firmeza de su voz—.

¿Puedo confiar en ti? ¿Harás lo que es mejor y más adecuado para ella?

—No será fácil… —balbució Keffria—. Althea está acostumbrada a salirse con la suya. Y madre…

—Ya lo sé. Tu madre empieza a tener dudas sobre todo esto.

En estos momentos, no destaca por su lucidez.

Ha perdido a su marido y teme perder también a su hija.

Pero solo perderá a Althea si cede ante ella y permite que siga entregada a sus locuras.

Si quiere conservarla, deberá obligarla a quedarse en casa y llevar una vida ordenada.

Sé que no es así como lo ve tu madre ahora mismo.

Con todo, dale tiempo, Keffria. Dales tiempo a las dos, ya puestos, que ya verán cómo tenemos razón y nos lo agradecerán. ¿Qué sucede?

Los dos se giraron cuando llamaron a la puerta. Malta asomó la cabeza por detrás de la esquina.

—¿Puedo pasar? —preguntó, cohibida.

—Tu madre y yo estamos conversando —anunció Kyle.

Consideró que así respondía a la pregunta.

Sin volver a mirar a su hija, se encaró de nuevo con su mujer—: He tenido tiempo de revisar las cuentas de las propiedades del norte.

Hace tres años que los arrendatarios de la granja Ingleby no pagan un alquiler completo.

Deberían mudarse. O habría que vender toda la hacienda. Una de dos.

Keffria tomó su taza de té y la sostuvo con ambas manos. A veces, cuando debía corregir a su marido, se ponía nerviosa y le temblaban las manos. A Kyle eso no le gustaba.

—La granja Ingleby es de madre, Kyle. Formaba parte de su dote. Y los arrendatarios son su antigua niñera y su marido. Son muy ancianos, y madre siempre le había prometido a Tetna que no le faltaría de nada, así que…

Kyle soltó su taza encima de la mesa con tanta fuerza que el mantel blanco se llenó de salpicaduras de té. Suspiró con exasperación.

—Esa es justo la clase de razonamiento que nos llevará a todos a pique.

No tengo nada en contra de la caridad, Keffria, ni de la lealtad.

Pero si tu madre tiene que cuidar de un par de viejos chochos, haz que los traiga aquí, que los instale en el pabellón de los criados y que les dé cualquier tarea que puedan realizar.

Sin duda, aquí serían más útiles y estarían más cómodos.

No tiene sentido desperdiciar una granja entera con ellos.

—Tetna se crió allí… —empezó Keffria de nuevo, para dar un respingo y jadear cuando la encallecida palma de Kyle golpeó la mesa ante él.

—Y yo me crié en Frommers, pero nadie va a darme una casa allí cuando sea viejo y estemos en la calle porque no supimos administrar nuestras propiedades.

Keffria. Quédate callada un momento y deja que termine lo que estoy intentando decirte.

Sé que la dueña es tu madre. Sé que no tienes potestad directa sobre lo que haga con esos terrenos.

Tan solo deseo que le transmitas mi consejo.

Y con él, la advertencia de que no va a salir más dinero de las propiedades de tu padre para mantenerla.

Si es incapaz de conseguir que rinda lo suficiente como para costear las reparaciones, tendrá que dejar que se caiga a pedazos.

Pero esto de tirar el dinero se va a terminar.

Eso es todo. —Se giró de pronto en la silla y apuntó un dedo acusador a la puerta—.

Malta, ¿no estarás espiando a tus mayores?

Si quieres comportarte como una criada chismosa, puedo encargarte también sus tareas.

Malta asomó la cabeza por detrás de la puerta. Parecía apropiadamente atemorizada.

—Te ruego que me perdones, papá. Quería esperar a que terminarais de hablar mamá y tú para poder hablar contigo.

Kyle exhaló un largo suspiro de desesperación y puso los ojos en blanco mirando a su esposa.

—Los niños tienen que aprender a no interrumpir, Keffria. Entra, Malta, ya que no puedes esperar con la debida paciencia y decoro. ¿Qué quieres?

Malta entró con lentitud en la estancia, y luego, ante el ceño fruncido de su padre, se apresuró a presentarse ante él.

Dedicó una reverencia a Kyle y esquivó los ojos de su madre mientras anunciaba:

—El Baile de Verano se ha pasado ya. Tuvimos que perdérnoslo, lo comprendo. Pero la Ofrenda de la Cosecha se celebrará dentro de setenta y dos días.

—¿Y?

—Me gustaría ir.

Exasperado, su padre sacudió la cabeza.

—Irás. Vas desde que tenías seis años. Va todo el que pertenece a una familia de mercaderes. Salvo los que, como yo, tienen que estar en la mar. No creo que vuelva a tiempo para asistir. Pero tú sabes que irás. ¿Por qué me molestas con esto?

Malta echó un vistazo furtivo a la cara desaprobatoria de su madre y miró con avidez a su padre.

—Madre dijo que quizá no fuéramos este año.

Por el luto del abuelo, ya sabes. —Cogió aliento—.

Y dijo que, aunque fuéramos, no soy lo bastante mayor para llevar un vestido de gala.

Oh, papá, no quiero ir a la Ofrenda de la Cosecha vestida como una niña pequeña.

Delo Trell, que tiene los mismos años que yo, se va a poner un vestido de gala este año.

—Delo Trell es once meses mayor que tú —intervino Keffria.

Podía sentir el calor en las mejillas que le producía que su hija se atreviera a presentar este caso ante su padre como si fuera una afrenta—.

Y si lleva un traje de gala a la Ofrenda de la Cosecha me sorprenderé mucho.

Yo misma no fui vestida como una mujer a la Ofrenda hasta que tuve quince, casi dieciséis años.

Y estamos de luto. Este año no se espera nada de nosotros. No es apropiado…

—Podría llevar un vestido oscuro. Carissa Krev fue al baile solo dos meses después de que falleciera su madre.

Keffria habló con firmeza:

—Iremos solo si tu abuela lo considera apropiado. Dudo que así sea. Y si vamos, te vestirás como le corresponde a una niña de tu edad.

—¡Me vistes como a una chiquilla! —exclamó Malta.

Su voz era un melodrama de dolor—. Ya no soy una niña pequeña.

Oh, papá, me obliga a llevar las faldas por las espinillas, con volantes al final, como si temiera que fuese a echar a correr y saltar por los charcos.

Y hace que me trence el pelo como si tuviera siete años, y me pone lazos en el cuello, y solo deja que lleve flores, nada de joyas y…

—Basta —le advirtió Keffria, pero para su sorpresa Kyle se rio con ganas.

—Ven aquí, Malta. No, límpiate esas lágrimas y acércate.

Ven —continuó cuando su hija se hubo acercado lo bastante como para sentarla en su regazo.

La miró a la cara—. Así que crees que ya eres lo bastante mayor como para vestir como una mujer.

Lo próximo será querer que vengan los muchachos a llamar a tu puerta.

—Papá, eso será cuando cumpla los trece —empezó Malta, pero él la interrumpió mientras miraba a su mujer por encima de la cabeza de su hija:

—Si van todas —comenzó con cuidado—, ¿tan malo sería dejar que llevara un vestido en condiciones?

—¡No es más que una niña! —protestó Keffria, desolada.

—¿En serio? —preguntó Kyle. El orgullo prestaba calidez a su voz—.

Mira a tu hija, Keffria. Para ser una niña, está muy crecida.

Mi madre siempre decía que un muchacho es un hombre cuando demuestra serlo, pero una chica será mujer cuando lo desee.

—Acarició el cabello trenzado de Malta y la muchacha le dedicó una sonrisa radiante. Lanzó a su madre una mirada implorante.

Keffria intentó disimular el pasmo que le producía el que su marido se aliara con su hija en contra de ella.

—Kyle, Malta, no es apropiado.

—¿Qué tiene de inapropiado? ¿Qué hay de malo en ello? Este año, el año que viene, ¿qué más da cuándo empiece a llevar faldas largas, siempre y cuando sepa lucirlas y le favorezcan?

—Solo tiene doce años —dijo Keffria con un hilo de voz.

—Casi trece. —Malta presentía su ventaja e hizo hincapié en ella—: ¡Oh, por favor, mamá, di que sí! ¡Di que puedo llevar un vestido de verdad a la Ofrenda este año!

—No. —Keffria estaba decidida a no ceder terreno—. Iremos solo si también va tu abuela. De lo contrario, sería un escándalo. No pienso dar mi brazo a torcer.

—Pero ¿si vamos? —ronroneó Malta. Volvió a girarse hacia su padre—. Oh, papá, di que puedo llevar un vestido de verdad si mamá me deja ir a la Ofrenda.

Kyle le dio un abrazo a su hija.

—Me parece un trato justo —le sugirió a Keffria. Para Malta, añadió—: Irás al baile solo si también va tu abuela. Y nada de lloriquear ni protestar al respecto. Pero, si ella va, también irás tú y con un vestido en condiciones.

—Oh, gracias, papá —exhaló Malta, como si acabara de concederle un deseo que llevara anhelando toda su vida. Algo tan parecido a una rabia abrumadora se propagó por las venas de Keffria.

—Y ahora, Malta, te puedes ir. Quiero hablar con tu padre. Y puesto que te consideras lo bastante mayor como para vestir como una mujer, deberás demostrarme las habilidades de una. Termina el bordado que lleva ya tres semanas en tu telar.

—¡Pero eso me ocupará todo el día! —protestó angustiada Malta—. Quería ir a buscar a Carissa para que me acompañara a la calle de los Tejedores, para buscar una tela… —Dejó la frase inconclusa al ver la expresión de su madre. Sin añadir nada más, se dio la vuelta y salió corriendo del cuarto.