14 #4
Pura suerte. Su suerte. La suerte de inspirar confianza sin despertar sospechas.
Con un gesto casual acarició el amuleto de tronconjuro de su muñeca.
¿Iba a despreciar su suerte pasando por alto esta oportunidad?
Por supuesto que no. Semejante suerte exigía que se atreviera a ser merecedor de ella.
Decidió atreverse. Tímidamente, con humildad, le preguntó a Tayella:
—¿Te han hablado mis hombres de lo que me profetizaron los Otros?
Tayella abrió los ojos como platos. Presentía que se avecinaba algo inmenso. Como una concatenación de ondas en un estanque, su silencio se propagó. Todos los ojos se posaron en Kennit.
—He oído algo de lo que se dijo —respondió con cautela la mujer.
Kennit bajó la mirada como si se sintiera abrumado. Dejó que su voz se enronqueciera y, suavemente, dijo:
—Aquí empieza —Inspiró una bocanada más profunda y arrancó las palabras de sus entrañas, dándoles alas en sus pulmones—. ¡Aquí empieza! —anunció, y se esforzó por hacer que sonara como si esto fuera un honor que él les otorgaba.
Dio resultado. A su alrededor, los ojos brillaban cuajados de lágrimas. Tayella meneó la cabeza con lenta incredulidad.
—Pero ¿qué podemos ofrecerte? —preguntó, casi sin voz—. Nuestra aldea cuenta apenas con lo básico. No tenemos campos que arar ni mansiones. ¿Cómo podría empezar aquí un reinado?
Kennit imprimió gentileza a su voz:
—Empezará como lo hicisteis vosotros: con un barco, que ya os hemos conseguido.
Con una tripulación, que ya hemos adiestrado por vosotros.
Tripulad la nave. Dejaré aquí a Rafo para que os enseñe las costumbres de la bandera del Cuervo.
Tomad lo que os plazca de todo el que se cruce en vuestro camino y apropiaos de ello.
Recordad cómo os lo arrebató todo el sátrapa y no sintáis vergüenza de reclamar vuestras riquezas a los comerciantes de Jamaillia que él mima con su sangre.
—Vio de reojo la mirada encendida de su primer oficial y se sintió inspirado—.
Pero os advierto una cosa: no toleréis el paso de ningún barco de esclavos.
Lanzad a vuestros tripulantes a las serpientes, que los recibirán agradecidas, y reunid aquí vuestros navíos.
De todas las mercancías que haya a bordo de estos barcos, daré a Delado la mitad exacta.
¡La mitad exacta! —repitió en voz alta, para asegurarse de que a nadie se le escapaba su generosidad—.
Mantened aquí el resto, a buen recaudo. Sorcor y yo volveremos, antes de que acabe el año, para hacer un recuento, y para enseñarles la mejor manera de vender esos productos.
—Con una taimada sonrisa de confianza, alzó el cuenco de vino—.
¡Os ofrezco un brindis amargo! ¡Por las cosas mejores y más dulces que vendrán!
Como una sola persona, todos rugieron ante sus adulaciones.
Tayella no parecía darse cuenta de que acababa de arrebatarle el control de la aldea.
Sus ojos brillaban tanto como los de los demás, levantaba su tazón igual de alto.
Hasta el hosco Sorcor sumó su voz cuando empezaron a aclamar su nombre.
Un triunfo más afilado de lo que hubiera experimentado jamás se clavó dulcemente en su alma.
Su mirada se cruzó con los arrobados ojos de su primer oficial y supo que volvía a sujetar su correa.
Sonrió al hombre e incluso al bebé que llevaba en los brazos.
Una risotada escapó casi del pecho de Kennit cuando esta última pieza encajó en su lugar.
Sorcor creía que lo había honrado. Que había puesto su nombre al bebé a modo de recompensa.
No disimuló su sonrisa. En cambio, alzó de nuevo su cuenco.
Con el corazón trepidante, esperó a que disminuyera el tumulto a su alrededor.
Cuando lo hizo, habló con voz engañosamente suave:
—Haced lo que os enseñe —les pidió con amabilidad—. ¡Seguid mis indicaciones y os conduciré a la paz y la prosperidad!
El rugido con que se recibió su anuncio casi lo ensordeció.
Bajó la mirada con modestia, para compartir una sonrisa secreta con la carita de su muñeca.
Los festejos se prolongaron, no solo durante toda la noche, sino hasta ya entrada la mañana.
Antes de que terminaran, casi todo Delado se tambaleaba a causa del vino agrio y a Kennit se le habían cuajado las tripas de intentar beberlo.
Sorcor no solo había encontrado un momento de tranquilidad para rogarle que lo perdonara por haber dudado de él, sino que admitió ante su capitán que había pensado que era un hombre sin corazón, frío como una serpiente.
A Kennit no le hizo falta preguntar qué le había hecho cambiar de opinión.
Ya había escuchado, de varias fuentes, lo conmovidos que se habían sentido todos cuando él mismo, a todos los efectos uno de los capitanes piratas más duros de las Islas Piratas, había tenido que llorar ante el miserable espectáculo de las bodegas.
Los había rescatado, había derramado lágrimas por ellos y luego les había devuelto no solo la libertad, sino sus familias perdidas.
Demasiado tarde comprendió que podría haber reclamado este sitio sin necesidad de darles también el barco, pero lo que estaba hecho, hecho estaba.
Y la mitad de todo el botín que consiguieran reunir sería para él, sin ningún esfuerzo. Para empezar no estaba mal. Nada mal.
—Es solo que me gustaría verlo antes de zarpar. A madre también —dijo Keffria antes de apresurarse a tomar su taza de té y dar un sorbo. Intentaba aparentar indiferencia, como si esto fuera un pequeño favor que pedía a su marido y no algo que para ella era de suma importancia.
Kyle Haven se limpió la boca en su servilleta y dejó la tela a un lado encima de la mesa del desayuno.
—Lo sé, querida. Sé que debe de ser difícil para ti haber pasado tanto tiempo sin verlo y que luego lo aparten de tu lado.
Lo que tienes que recordar es que, al final de este viaje, te lo devolveré hecho un hombrecito fuerte y saludable, un hijo que te hará sentir orgullosa.
Ahora mismo, apenas sabe dónde tiene la cabeza.
El oficio que está aprendiendo es duro, se siente desanimado, no dudo que se acuesta dolorido todas las noches.
—Levantó su taza, la miró con el ceño fruncido y volvió a posarla—.
Más té. Si lo trajera a casa, con su mamá y su abuelita, se lo tomaría como una señal de que puede venirte con lloriqueos.
Gimotearía y suplicaría, los dos os pondríais tristes, regresaría al punto de partida.
No, Keffria, hazme caso: no te haría ningún bien.
A tu madre tampoco. Ya lo ha pasado bastante mal con la pérdida de Ephron. No le pongamos las cosas más difíciles.
Keffria se inclinó hacia delante para llenar la taza de su marido.
Se había alegrado tanto cuando él accedió a desayunar con ella, estaba tan segura de que podría sonsacarle ese favor…
Parecía que hiciera una eternidad que no tenían tiempo para ellos dos solos.
Kyle volvía a casa extenuado todas las noches y se levantaba cada amanecer para regresar corriendo al barco.
Esta mañana, cuando se había quedado en la cama, Keffria esperaba que eso augurara un aplacamiento de su carácter.
Cuando él le dijo que tenía tiempo para desayunar con ella, sus esperanzas se habían agigantado.
Pero reconocía ese tono en su voz cuando hablaba de Wintrow.
No tenía sentido discutir. En aras de la tranquilidad, lo mejor sería renunciar a toda esperanza.
Más de dos semanas habían pasado desde que Kyle sacara a su hijo de casa para encerrarlo en el barco.
En ese tiempo, Kyle no había mencionado al muchacho, y respondía solo sucintamente a las preguntas de Keffria.
Era casi como cuando Wintrow acababa de trasladarse al monasterio.
Sin saber qué era de su vida, no encontraba ninguna premisa sólida en las que echar el ancla de sus preocupaciones.
Aun así, estas acechaban, nebulosas y amenazadoras, cada vez que no tenía la cabeza ocupada preocupándose por el dolido silencio de su madre o por la absoluta desaparición de Althea.
Por lo menos, se consoló, sabía dónde estaba Wintrow.
Y Kyle era su padre. Seguro que no permitiría que le ocurriera nada malo y se lo diría si hubiera motivos reales para preocuparse.
Sin duda, Kyle estaba en lo cierto acerca del chico.
Quizá su firmeza era lo que necesitaba. A fin de cuentas, ¿qué sabía ella de los muchachos de esa edad?
Inspiró hondo para tranquilizarse y pasó al siguiente tema que le preocupaba:
—¿Has…? —Vaciló—. ¿Ha ido Althea al barco?
Kyle frunció el ceño.
—No desde aquel día en que ese idiota de Torg la ahuyentó.
Había dado orden de que no se le permitiera subir a bordo, pero nunca pretendí sugerir que podía asustarla.
De veras desearía que hubiera tenido la sensatez de llamarme.
Habría traído a esa jovencita a casa, al lugar que le corresponde.
—Su tono no dejaba lugar a dudas sobre el hecho de que la opinión de Althea al respecto no habría tenido ningún peso.
Con ellos no había nadie en la sala salvo una criada, pero aun así Keffria bajó la voz:
—No ha venido a ver a mamá. Lo sé porque se lo he preguntado.
Y no ha venido a casa. Kyle, ¿dónde puede estar?
He tenido pesadillas. Temo que pudieran haberla asesinado o algo peor.
La otra noche se me ocurrió… ¿Podría haberse colado a bordo de la Vivacia ?
Siempre ha estado ligada a ese barco. Quizá sea lo bastante obstinada como para haber subido a hurtadillas y esconderse hasta que estén en alta mar y dar media vuelta fuera complicado, y entonces…