14 #3
—Capitán. Esto no hace falta. Después de lo que usted ha hecho, estaríamos aquí esperándolo aunque nos persiguiera hasta el último demonio de las profundidades.
La inesperada muestra de devoción por parte del viejo pirata tomó a Kennit por sorpresa. No se le ocurría nada que hubiera hecho por ellos últimamente para merecer esta inesperada afectuosidad. De forma extraña, eso le conmovía y divertía a partes iguales.
—Bueno. No tiene sentido que paséis sed esperándome, muchachos. Pero no volváis tarde.
—No, señor, mi capitán, no lo haremos. Le prometo que aquí estaremos, hasta el último de nosotros. —El hombre que había hablado sonrió hasta que su viejo tatuaje bailó y se arrastró por su cara.
Dándoles la espalda, Kennit cruzó los muelles y se encaminó hacia el corazón de la ciudad.
A su espalda, oía cómo discutían los hombres sobre la mejor manera de disfrutar de su cerveza y aun así estar de regreso a tiempo para esperarlo.
Le complacía plantearles estos pequeños dilemas.
Tal vez así se les agudizara incluso el ingenio.
En el ínterin, aplicó su propio ingenio a la tarea de dilucidar qué había hecho para congraciarse con ellos.
¿Habría habido en el otro barco algún botín del que Sorcor no le había informado?
¿Promesas de favores por parte de las mujeres que se contaban entre la remesa de esclavos?
La suspicacia, que nunca se alejaba demasiado de los pensamientos de Kennit, se apoderó de él.
Podría ser revelador averiguar dónde estaba Sorcor ahora mismo y qué menesteres lo ocupaban.
Que hubiera dejado que los hombres creyeran que esa generosidad provenía del capitán no lo exculpaba de haberla prodigado sin avisar a Kennit.
Bajó por la calle principal de la pequeña ciudad, donde solo había dos tabernas; si Sorcor no estaba en una, estaría en la otra.
Al final, resultó que no estaba en ninguna.
En lo que parecía una celebración jubilosa, la población entera de la ciudad parecía haberse reunido en la calle que separaba ambas tabernas.
Se habían sacado mesas y bancos a la luz del día, así como toneles que se habían abierto en la calle.
Las sospechas de Kennit se tornaron aún más sombrías.
Este tipo de jolgorios significaba, por lo general, dinero derrochado a espuertas, dilapidado con generosidad.
Adoptó una expresión resabiada y una sonrisita tensa.
No importaba lo que estuviera pasando, él debía aparentar estar al corriente de ello, so pena de quedar como un cretino delante de todos.
—No digas nada. Confía en tu suerte —le aconsejó una voz diminuta. El talismán de su muñeca tenía una risa atiplada y melódica, enervante en su candor—. Sobre todo, no muestres temor. Una suerte como la tuya no es de las que tienen paciencia con los cobardes. —De nuevo, la risa.
No se atrevía a levantar la muñeca ni a mirar su amuleto de reojo. No en público. Tampoco tuvo tiempo de buscar un sitio tranquilo donde parlamentar con él, pues en ese momento la multitud advirtió su presencia.
—¡Kennit! —exclamó una voz—. ¡Capitán Kennit! ¡Kennit! —Otras se unieron al grito hasta que el aire de verano tañó con su nombre. Como una bestia interrumpida mientras se estaba lamiendo, la turba volteó sus múltiples rostros en su dirección y se cernió sobre él como una ola a punto de romper.
—Valor. ¡Y sonríe! —dijo la cara de tronconjuro con voz provocadora.
Kennit sentía que su sonrisa sardónica estaba tallada en hielo sobre sus rasgos.
El corazón martilleaba en su pecho y el sudor comenzó a caerle por la espalda al ver el tumulto que corría hacia él, enarbolando puños y jarras hacia el cielo.
Pero ellos no lo veían. No. Lo único que vieron al cernirse sobre él era esa pequeña sonrisa y lo firme e intrépido que se mantuvo mientras lo engullían.
Un farol, tal vez, pero los faroles solo funcionaban si el jugador tenía fe en ellos.
En vano intentó encontrar el rostro de Sorcor en esa aplastante oleada de humanidad.
Quería encontrarlo y, si la necesidad lo dictaba, asegurarse de que al menos moría antes que Kennit.
El gentío lo rodeó con las caras ruborizadas tanto por el vino como por una aparente sensación de triunfo.
Nadie osó ponerle aún la mano encima. Mantuvieron una respetuosa distancia frente a sus puños, con todas las miradas puestas en él.
Dejó que su mirada se paseara por encima de ellos, buscando un punto débil o al agresor que descargaría el primer golpe.
En vez de ello, una mujer corpulenta se abrió paso hasta el frente de la muchedumbre que lo rodeaba y se plantó ante él con los puños carnosos en las generosas caderas.
—Soy Tayella —anunció con voz clara y poderosa—, gobierno Delado.
—Sus ojos se clavaron en los de él, como si lo retara a poner en duda esa declaración.
Entonces, para su asombro, los ojos de la mujer se anegaron de lágrimas.
Le corrieron sin recato por las mejillas cuando añadió con voz quebrada—: Y te digo que todo lo nuestro es tuyo, todo lo que pidas.
Cualquier cosa, en cualquier momento. ¡Pues nos has devuelto a los nuestros, a los que jamás pensamos que volveríamos a ver!
«Confía en tu suerte». Kennit le devolvió la sonrisa a la mujer y, con su reverencia más galante y un mudo y sentido pesar por el encaje desperdiciado, le ofreció su pañuelo. Ella lo aceptó como si estuviera bordado en oro.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó entrecortadamente—. ¿Cómo pudiste adivinarlo? Todos, hasta el último de nosotros, estamos impresionados.
—Tengo mis recursos —le aseguró él. Se preguntó qué era lo que en teoría había sabido. Pero no preguntó, ni se inmutó siquiera cuando la mujer le propinó un manotazo en el hombro que seguro que pretendía ser un gesto de afabilidad.
—Preparad una mesa limpia con todo lo mejor. ¡Haced sitio al capitán Kennit! Bendito sea el hombre que ha liberado a nuestras familias y a nuestros vecinos de los tratantes de esclavos, y los ha traído aquí para reunirnos en libertad y en una nueva vida. ¡Bendito sea!
Lo impulsaron hacia delante, en una oleada triunfal, para sentarlo a una mesa pegajosa que a continuación colmaron de pescado al horno y algún tipo de rígidos pasteles hechos de raíces trituradas.
Un cubo de sopa de almejas espesada con algas marinas completaba las festivas viandas.
Tayella se unió a él para servirle un cuenco de madera de un vino exprimido de bayas amargas.
Kennit supuso que, puesto que era el único vino de la ciudad, sería también el mejor.
Probó un sorbo y consiguió no hacer ninguna mueca.
Tayella parecía haber preparado ya una generosa cantidad.
Consideró que lo más diplomático sería beberse el vino a sorbitos y dejar que la mujer lo obsequiara con la historia de la ciudad.
Apenas dedicó una mirada de reojo a Sorcor cuando este se sumó a ellos.
El atezado perro negro parecía intimidado, en cierto modo.
Humillado de asombro. Para la consternada diversión de Kennit, llevaba en brazos al bebé marcado con la equis, envuelto en trapos.
La madre los observaba a no mucha distancia.
Tayella se levantó para encaramarse a lo alto de la mesa y dirigirse a todos los reunidos:
—Hace doce años —entonó—, nos trajeron aquí.
A algunos encadenados, enfermos y medio muertos.
El océano nos bendijo con una tormenta que parecía un huracán.
Empujó el barco por este canal, donde ningún tratante de esclavos había estado antes ni lo ha estado después, y lo dejó varado.
El castigo que sufrió la nave aflojó un montón de cosas.
Incluida una grapa que aseguraba toda una hilera de grilletes.
Con las manos y los pies atados, matamos a esos bastardos chalazos.
Liberamos a nuestros compañeros y reclamamos este lugar.
No es un gran sitio, no, pero cuando uno ha estado en la bodega de un barco de esclavos, cualquier otro lugar es comparable al mismísimo paraíso de Sa.
Aprendimos a vivir aquí, aprendimos a utilizar las lanchas del barco para pescar, con el tiempo llegamos a viajar aún más lejos para comunicar a otros que estábamos aquí.
Pero sabíamos que nunca podríamos ir a casa.
Nuestras familias y nuestra aldea nos habían sido arrebatadas para siempre.
—Se giró de pronto para señalar a Kennit—. Hasta que hoy nos las has devuelto.
Consternado, aguardó mientras la mujer se enjugaba más lágrimas con su pañuelo.
—Hace doce años —consiguió decir por fin—.
Cuando vinieron a apresarnos porque no podíamos pagar los impuestos del sátrapa, me enfrenté a ellos.
Asesinaron a mi marido y me aprehendieron, pero mi hijita escapó.
No pensé que volvería a verla jamás, y menos a mi nieto.
—Señaló afectuosamente a Sorcor y al pequeño Sorcor.
Se atragantó con un torrente de lágrimas.
Tardó un rato, y pronto hubo más personas que alzaron la voz para ayudarla y contar sus propias historias.
Por la más asombrosa de las casualidades, casi todos los esclavos que viajaban a bordo de la Fortuna provenían de la misma aldea que los fundadores originales de Delado.
Pero aquí nadie creía en las casualidades.
Todos, incluso el taciturno Sorcor, atribuían a Kennit que lo había deducido y decidido traerlos aquí para reunirlos con los suyos.
No era así. Pero Kennit sabía que no era mera casualidad, sino algo mucho más poderoso.