Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 14 #2
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Sus pensamientos derivaron hacia el barco de esclavos.

Hacía tres días que era una nave de hombres libres cuando la visitó por primera vez, lo que había cambiado el nivel del hedor, aunque no lo suficiente como para satisfacer el olfato de Kennit.

No lo había pensado realmente cuando puso a Rafo al mando del barco, pero este se desenvolvía bien en su nuevo puesto.

Cientos de cubos de agua salada se habían izado a bordo y al menos las cubiertas superiores mostraban las ventajas.

Pero en las escotillas abiertas se agolpaba un olor pestilente.

Había demasiadas almas hacinadas en el velero.

Se arracimaban en grupos sobre la cubierta, con sus huesudas extremidades sobresaliendo entre los harapos.

Algunos se afanaban en el gobierno de la nave, otros se quitaban de en medio.

Algunos estaban absortos en la exigente tarea de morir, sin interesarse por nada más.

Mientras Kennit recorría el barco en toda su longitud, tapándose la boca y la nariz con un pañuelo, los ojos de los esclavos lo seguían.

Hasta el último de ellos musitaba algo al pasar él por delante.

Los ojos se anegaban de lágrimas cuando se acercaba, y las cabezas se inclinaban ante él.

Cuando comprendió por fin que sus murmullos eran expresiones de agradecimientos y bendiciones dirigidas a su persona, no supo si reír o sentirse halagado.

Sin saber cómo reaccionar ante semejante exhibición, recurrió a su acostumbrada sonrisilla y se encaminó hacia lo que habían sido los aposentos de los oficiales de a bordo.

Habían vivido de fábula en comparación con la precariedad de los desventurados que componían su cargamento.

Descubrió que coincidía con la evaluación de Sorcor en lo relativo al buen gusto del capitán en el vestir.

Rindiéndose al capricho, había ordenado que la ropa se distribuyera entre aquellos esclavos a los que mejor les sentara.

El hombre tenía, además, un generoso surtido de hierbas para fumar.

Kennit se preguntó si no habría recurrido a ellas para aliviar a su nariz de la pestilencia de su mercancía.

Era una adicción a la que Kennit nunca había sucumbido, de modo que ordenó que también las hierbas se repartieran entre los esclavos.

A continuación había descubierto las cartas de navegación y los papeles en el camarote del difunto.

Con estos se quedó él. En el cuarto había poco más de su interés.

La misma vulgaridad de las pertenencias del hombre habría sido una revelación para Sorcor, pensó para sí.

Este hombre no había sido ningún monstruo, como presumía Sorcor, sino un capitán y comerciante cualquiera.

La intención original de Kennit era inspeccionar también las bodegas para comprobar lo sólido que era el barco y para buscar cualquier otra cosa de valor que Sorcor pudiera haber pasado por alto.

Bajó la escalerilla que llevaba a la bodega y miró en derredor con ojos llorosos.

Hombres, mujeres, algunos niños incluso, con los ojos enormes en sus rostros demacrados, constituían un heterogéneo baturrillo de extremidades y cuerpos que se perdía en la oscuridad.

Todas las caras se volvieron hacia él y la lámpara que sostenía Rafo envió su luz a danzar en todos aquellos ojos.

Le recordaron a las ratas vistas junto a los muladares de noche.

—¿Por qué están tan delgados? —le preguntó a Rafo de repente—. El viaje desde Jamaillia no es tan largo como para dejar a la gente en los huesos, a menos que no se les diera nada de comer.

Kennit se sorprendió al ver que Rafo entornaba los ojos con simpatía.

—Casi todos estaban en la prisión del deudor.

Muchos proceden de la misma aldea. No se sabe cómo, pero irritaron al sátrapa y este aumentó los impuestos en su valle.

Cuando ninguno pudo pagar, los apresaron a todos para venderlos como esclavos.

Casi la aldea entera, y no es la primera vez que ocurre algo así, por lo que cuentan.

Los compraron, los encerraron en jaulas y les dieron una miseria de comer hasta que la gente que comerciaba con ellos reunió los suficientes como para llenar un envío.

Las gentes sencillas como estas no logran un precio elevado, dicen, así que intentan juntarlas en lotes.

El barco tenía que estar atestado para garantizar los beneficios.

El marinero levantó más la lámpara. Los grilletes vacíos oscilaban como raras telas de araña y se anillaban en el suelo como serpientes aplastadas.

Kennit comprendió que solo había reparado en la primera hilera de personas que lo observaban.

Tras él había más despatarrados, en cuclillas o sentados en la oscuridad, hasta donde alcanzaba la vista.

Aparte de los esclavos, la bodega estaba vacía.

Tablas desnudas. Unos cuantos hilachos de paja sucia prendidos en las esquinas sugerían lechos abandonados.

También el interior del barco se había aclarado y frotado con agua de mar, pero la madera empapada de orines y el maloliente pantoque de las profundidades se resistían a desprenderse de su fetidez.

El olor amoniacal hacía que las lágrimas le cayeran por las mejillas.

Las ignoró y esperó que nadie pudiera apreciarlas en la penumbra.

Rechinando los dientes y respirando despacio conseguía contener las náuseas.

Nada le apetecía más que salir de allí, pero se obligó a recorrer la bodega de un extremo a otro.

Los pobres diablos se apiñaban a su paso, murmurando entre sí.

Se le ponía el vello de la nuca de punta, pero se negó a mirar atrás para ver cuán de cerca lo seguían.

Una mujer, más valiente o más estúpida que el resto, se cruzó en su camino.

Inopinadamente le ofreció un hatajo de trapos que llevaba en los brazos.

Contra su voluntad, le echó un vistazo y atisbó al bebé allí envuelto.

—Nacido en este barco —dijo ella con voz ronca—.

Nacido esclavo, liberado por usted. —Su dedo tocó la equis azulada que algún esclavista celoso de su trabajo se había cuidado de marcar ya junto a la nariz del pequeño.

La mujer volvió a mirarlo, con una suerte de fiereza en los ojos—.

¿Qué podría ofrecerle a modo de agradecimiento?

Kennit podía sentir cómo se le escurría entre los dedos el control sobre sus arcadas.

El pensar en lo único que podría ofrecerle esa mujer hacía que le hormigueara la piel.

El aliento que escapaba de su boca olía a dientes podridos sueltos en las encías.

Enseñó los dientes a su vez en la parodia de una sonrisa.

—Llama Sorcor al niño. Por mí —sugirió con voz congestionada.

La mujer pareció pasar por alto el sarcasmo que rezumaban sus palabras, pues lo bendijo mientras retrocedía, radiante, abrazada al escuálido infante.

El resto de la muchedumbre se apelotonó sofocantemente más cerca, y se elevaron varias voces:

—¡Capitán Kennit, capitán Kennit!

Se obligó a permanecer en el sitio, sin retirarse. En vez de ello hizo una seña al marinero que lo precedía con la lámpara y, con voz sibilante, ordenó:

—Basta. Ya he visto bastante.

Le resultaba imposible disimular la turbación que teñía sus palabras. Se pegó el pañuelo perfumado a la cara y subió a paso vivo por la escalerilla más próxima.

Una vez en cubierta, tardó un momento en recuperar el control de sus atribuladas tripas.

Compuso el gesto y perdió la mirada en el horizonte hasta estar seguro de que no iba a dejarse en ridículo con ninguna muestra de debilidad.

Se obligó a considerar el trofeo que le había conseguido Sorcor.

El barco parecía lo bastante sólido, pero jamás conseguiría un precio decente por él, no a menos que el comprador tuviera el sentido del olfato atrofiado.

—Qué desperdicio —gruñó, furioso—. ¡Qué desperdicio!

Ordenó que la lancha lo llevara de vuelta a la Marietta . Fue entonces cuando había decidido poner rumbo a Delado. Ya que la nave no iba a reportarle ningún dinero digno de mención, por lo menos se libraría de ella cuanto antes y podría dedicarse a otros menesteres.

La tarde languidecía cuando decidió visitar Delado en persona.

Sería divertido, pensó, ver cómo reaccionaban sus esclavos liberados ante la ciudad y cómo recibía esta la inesperada afluencia de pobladores.

Quizá a estas alturas Sorcor se hubiera dado cuenta de lo absurda que resultaba su beneficencia.

Transmitió sus deseos al grumete de a bordo, que se aprestó a correr la voz.

Cuando hubo acabado de alisarse el cabello, calarse el sombrero y salir de su camarote, la lancha del barco estaba lista para bajar.

Los marineros que iban a tripularla se veían nerviosos, como perros invitados a dar un paseo.

Cualquier ciudad, cualquier incursión en tierra era para ellos una diversión afortunada.

Pese al escaso margen de tiempo con que se les había avisado, hasta el último de ellos había encontrado un momento para ponerse una camisa más limpia.

Desde el punto donde estaban anclados hasta los muelles de Delado no había más que unos cuantos minutos de esforzado remar.

Kennit ignoró en silencio las sonrisas que se intercambiaban los hombres.

Amarraron en la base del embarcadero y él trepó por la cochambrosa escalerilla hasta lo alto, donde esperó a sus hombres mientras se limpiaba la mugre de los dedos en su pañuelo.

Como quien reparte confites entre los niños, sacó un puñado de monedas del bolsillo de su abrigo.

Bastaba para invitarlos a todos a una ronda de cerveza.

Confió el dinero al hombre al mando con una nebulosa advertencia:

—Os quiero aquí preparados cuando regrese. No me hagáis esperar.

Los hombres formaron un círculo alrededor de ambos. Gankis habló en nombre de todos: