Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 14
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Cosas de casa

Kennit no llevó el navío capturado a Mentecacia.

Desconfiaba de que esa mole bamboleante no fuera a quedarse encallada en alguno de los estrechos canales y los numerosos bancos de arena que debía esquivar un barco para llegar hasta allí.

En vez de eso, tras tensas conferencias, Sorcor y él decidieron que Delado sería un puerto más adecuado.

Kennit lo había considerado apropiado; ¿acaso no se había fundado Delado cuando un barco de esclavos acosado por las tormentas se adentró en un canal para refugiarse y su cargamento logró sublevarse con éxito contra la tripulación?

, había preguntado a Sorcor con regocijo.

Sí, eso era cierto, pero aun así Sorcor se había opuesto, pues en Delado había poco más que arena, rocas y almejas.

¿Qué futuro esperaba allí a esas personas?

Mejor que el que les deparaba el barco de esclavos, señaló Kennit.

Sorcor se ofuscó, pero Kennit había insistido.

El viaje hasta allí les había costado seis lentos días, mucho menos de lo que hubieran tardado en llegar a Mentecacia y, desde el punto de vista de Kennit, el tiempo había estado bien empleado.

Sorcor había visto morir a varios de los esclavos rescatados; la enfermedad y la inanición no desaparecían porque uno fuera libre.

En honor de Rafo y de los hombres a su cargo, había que decir que estos habían vuelto a su barco y lo habían dejado reluciente.

Ya no desprendía el mal olor de un barco de esclavos, pero aun así Kennit insistía en que la Marietta navegara en contra del viento con respecto a él.

No quería arriesgarse a que el viento pudiera transmitir la enfermedad a su nave.

No había permitido que ningún esclavo liberado subiera a bordo de la Marietta , alegando que atestar su velero para aligerar los hacinados cuartos de la Fortuna no serviría de nada.

En lugar de ello, los esclavos habían tenido que conformarse con ocupar la cubierta y las habitaciones de la devorada tripulación.

Algunos de los más saludables fueron enrolados como marineros de cubierta para engrosar las filas de la exigua tripulación que gobernaba el barco.

El trabajo, al que no estaban acostumbrados, les resultaba arduo, sobre todo en su debilitado estado.

Pese a esto, y a las continuas muertes, parecía que la moral estaba alta en la nave capturada.

Los antiguos esclavos agradecían patéticamente el aire fresco, las raciones de cerdo en salazón que antes estaban destinadas a la tripulación del barco de esclavos y al pescado que podían conseguir para complementar su dieta.

Sorcor había conseguido ahuyentar a las serpientes con varias lluvias de proyectiles lanzados desde las catapultas de las cubiertas de la Marietta .

Los que perecían ahora seguían siendo arrojados por la borda del barco, pero sus cadáveres se sumergían en el agua y no en las fauces de alguna serpiente voraz.

Esto parecía producirles una gran satisfacción aunque, por su vida, Kennit no veía dónde estaba la diferencia para los muertos.

Acercaron las naves a Delado empujados por la marea entrante, cuando el tirón de las aguas los ayudaba a remontar el lento canal que comunicaba con la bahía salobre.

Los restos de un barco encallado sobresalían como huesos en el extremo poco profundo del lugar donde habían anclado.

La aldea en sí había surgido como una hilera de chozas y casas a lo largo de la playa.

Estos refugios eran de tablas de barcos viejos, madera de deriva y piedra.

Un fino humo se elevaba de algunas chimeneas.

Dos improvisados botes pesqueros estaban amarrados a un embarcadero maltrecho, y media decena de esquifes y barquillas de cuero aguardaban en la arena de la orilla. No era una ciudad próspera.

La Marietta abría la marcha, y Kennit hubo de admitir con reticente orgullo que los esclavos convertidos en marineros que constituían el grueso de la tripulación de la Fortuna no lo dejaban en ridículo.

Trabajaban con el mismo ahínco, ya que no con la misma habilidad, que curtidos lobos de mar, maniobrando el gran navío y echando anclas con acierto.

La Fortuna enarbolaba ahora la bandera con el Cuervo, que en todas las Islas Piratas se conocía como el emblema de Kennit.

Para cuando ambos barcos hubieron bajado sus botes, una multitud de curiosos se había congregado en los precarios muelles para mirar boquiabiertos a los recién llegados.

La harapienta comunidad de antiguos esclavos y refugiados no contaba con ninguna nave mayor que una barca de pesca.

Ver dos buques mercantes anclados en su puerto debía de hacer que se preguntaran qué nuevas o productos les traían.

Kennit se conformó con enviar a Sorcor a tierra con la noticia de que iban a pujar por la Fortuna .

Dudaba que hubiera alguien en esa miserable ciudad con el dinero necesario para perder el tiempo en la empresa, pero estaba decidido a aceptar la mejor oferta y librarse del pestilente barco y de los esclavos que antes llenaban su bodega.

No se permitía pensar en cuánto le hubiera reportado ese cargamento de hombres de haber obligado a Sorcor a aceptar su consejo y poner rumbo a Chalaza para venderlos.

Esa oportunidad había pasado ya; no tenía sentido insistir.

En los muelles, una flotilla de barcas de remos se puso en movimiento con rumbo a la Fortuna .

Los esclavos atestaban las barandillas, aguardando la ocasión de desembarcar de su prisión flotante.

Kennit no había anticipado que esas gentes estuvieran tan ansiosas por dar la bienvenida a su botín humano.

En fin, tanto mejor. Cuanto antes se descargara y vendiera la Fortuna , antes podría volver a perseguir presas más lucrativas.

Se giró a un lado para darle al grumete de a bordo la brusca orden de que nadie lo molestara.

Ya no tenía el menor deseo de visitar Delado.

Que bajaran primero los esclavos y Sorcor, a ver qué tipo de recibimiento los esperaba.

Después de atracar, dedicó varias horas a revisar las excelentes cartas de navegación que estaban a bordo de la Fortuna .

Sorcor había pasado por alto los mapas y los papeles que estaban guardados en una alacena oculta en el camarote del capitán.

Solo se descubrieron cuando Kennit decidió, al fin, satisfacer su curiosidad y visitar en persona la nave capturada.

Los papeles guardaban un interés mínimo para él, pues versaban sobre los intereses personales y las posesiones del difunto capitán.

De pasada se fijó en que la esposa y el hijo del esclavista habían quedado bien provistos.

Pero los mapas eran harina de otro costal.

Al mirarlos por encima, Kennit había visto que sus expectativas estaban bien fundadas.

Esas cartas de navegación eran un tesoro.

La información contenida en ellas normalmente solo se conseguía tras pagar un alto precio, y no se compartía sin más con los mercaderes o marineros rivales.

Los mapas del tratante de esclavos mostraban solo el paso más obvio de las Islas Piratas.

Había algunas notas acerca de rumores sobre otros canales, pero pocas de las vías de agua interiores de las islas estaban cartografiadas.

Siete asentamientos piratas estaban señalados en el mapa, dos incorrectamente y un tercero abandonado hacía tiempo por estar demasiado expuesto a los barcos de esclavos que pasaban cerca de él.

Los esclavistas no veían ningún motivo por el que no debieran saquear los asentamientos piratas para aumentar su cargamento por el camino; era una de las cosas que Sorcor les echaba en cara.

Pese a estas evidentes carencias, era una meticulosa carta de navegación del canal principal.

Kennit se quedó un momento repantigado en su silla, contemplando las nubes que surcaban las alturas y pensando.

Decidió que podría aceptar que este mapa era el nivel de conocimientos actual que tenía el tratante de esclavos sobre las Islas Piratas y sus pasos.

Bueno. Si alguien pudiera asumir el control del canal principal, oprimiría el comercio.

Los barcos de esclavos no podían permitirse el lujo de explorar en busca de rutas alternativas.

Quizá lo mismo se pudiera decir de las naos redivivas.

Se tentó a sí mismo con esa idea, antes de rechazarla a regañadientes con un cabeceo.

Las naos redivivas y sus familias llevaban surcando estas aguas muchos más años que los tratantes de esclavos.

El comercio de esclavos chalazo era responsable, en gran medida, del surgimiento de los piratas y sus asentamientos.

Así que tendría que asumir que la mayoría de las familias de mercaderes que navegaban por estas aguas las conocerían mejor que los esclavistas.

La respuesta a por qué no se había compartido ese conocimiento era evidente: ningún mercader querría ofrecer su ventaja a sus competidores.

Se reclinó en la silla. Bueno. ¿Qué había aprendido en realidad?

Nada que no supiera ya. Los barcos de esclavos eran más fáciles de capturar que las naos redivivas.

Pero eso no quería decir que apresar una nao rediviva fuera imposible; solo que tendría que dedicarle más tiempo.