Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 13 #6
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Recordó su última mañana en el monasterio y el árbol que había llegado hasta él surgido de los fragmentos de cristal tintado.

Siempre se había enorgullecido en secreto de su habilidad para conjurar la belleza y sustentarla.

Pero ¿habría sido de veras habilidad suya?

¿No sería una creación de los maestros que lo aislaban del mundo y le proporcionaban tiempo y un lugar donde trabajar?

Quizá, dado el ambiente adecuado, cualquiera pudiese hacerlo.

Quizá lo único que había tenido de excepcional era la oportunidad de intentarlo.

Por un instante, su propia vulgaridad lo abrumó.

Wintrow no tenía nada de extraordinario.

Era un grumete indiferente, un marinero torpe.

Indigno de mención. El tiempo se lo tragaría como si nunca hubiera nacido.

Casi podía sentir cómo se disipaba en la oscuridad.

No. ¡No! No quería soltarse. Se asiría a su propio ser, lucharía y ocurriría algo. Algo. ¿Enviaría a alguien el monasterio para preguntar por él cuando no regresara?

—Creo que espero que me rescaten —murmuró con cansancio. Eso. Menuda ambición. Seguir con vida y seguir siendo él mismo hasta que otra persona pudiera salvarlo. No estaba seguro de si…, si…, si… Ahí había tenido el comienzo de una idea, pero la usurpadora negrura del sueño se la tragó.

En la penumbra del puerto, Vivacia suspiró. Cruzó los esbeltos brazos sobre sus senos y contempló las brillantes luces del mercado de noche. Tan absorta estaba en sus pensamientos que la sobresaltó el suave roce de una mano sobre sus tablas. Miró hacia abajo.

—¡Ronica! —exclamó con delicada sorpresa.

—Sí. Chis. Venía para hablar a solas contigo.

—Si quieres —repuso en voz baja Vivacia , intrigada.

—Tengo que saber… Es decir, Althea me dejó un mensaje. Temía que no estuvieras del todo bien. —A la mujer le falló la voz—. En realidad, el mensaje tiene ya algunos días. Uno de los criados, pensando que no era importante, lo había dejado en el estudio de Ephron. No lo he encontrado hasta hoy.

Su mano descansaba todavía en el casco. Vivacia podía leer sus sentimientos en parte, pero no con precisión.

—Te cuesta entrar en ese cuarto, ¿verdad? Tanto como bajar aquí para verme.

—Ephron —susurró Ronica con voz quebrada—. ¿Está él…, está dentro de ti? ¿Puede hablar conmigo a través de ti?

Vivacia sacudió la cabeza, apesadumbrada.

Estaba acostumbrada a ver a esta mujer a través de los ojos de Ephron o de Althea.

Para ellos era determinada y autoritaria.

Esta noche, embozada en una capa negra y con la cabeza inclinada, parecía muy pequeña.

Vivacia quería consolarla, pero no podía engañarla.

—No. Me temo que no es así. Sé lo que él sabía, pero está mezclado con muchas más cosas. Aun así, cuando te miro, siento como mío el amor que él te profesaba. ¿Te ayuda eso?

—No —respondió con franqueza Ronica—. Me consuela un poco, pero nunca será igual que tener los fuertes brazos de Ephron a mi alrededor o su consejo para guiarme. Oh, nao, ¿qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?

—No lo sé —respondió Vivacia . La turbación de Ronica estaba despertando en ella una respuesta de angustia.

La tradujo en palabras—: Me asusta que me hagas esa pregunta.

Sin duda tú sabrás qué hacer. Lo cierto es que Ephron creía que lo sabías.

—Reflexionando, añadió—: ¿Sabes?, él se consideraba un simple marinero.

Un hombre con el talento necesario para gobernar bien un barco.

Tú eras la cabeza de la familia, la que más visión tenía. Contaba con ello.

—¿De veras?

—Claro que sí. ¿Cómo si no podría haber zarpado dejándote a cargo de todo? —Ronica guardó silencio. Luego exhaló un hondo suspiro. En voz baja, Vivacia añadió—: Creo que él te diría que te fiaras de tu intuición.

Ronica meneó la cabeza con cansancio.

—Temo que tengas razón, Vivacia . ¿Sabes dónde está Althea?

—¿En estos momentos? No. ¿Tú tampoco?

Ronica respondió a regañadientes:

—No he vuelto a verla desde la mañana en que murió Ephron.

—La última vez que vino a visitarme, Torg bajó al muelle e intentó ponerle las manos encima. Ella le pegó un empujón y se marchó mientras todos los demás se reían.

—Pero ¿estaba bien?

Vivacia negó con la cabeza.

—Solo tan «bien» como tú o yo. Lo que equivale a decir que estaba preocupada, dolida y confusa. Pero me pidió paciencia, me dijo que todo terminaría por arreglarse. Me pidió que no actuara por mi cuenta.

Ronica asintió con gesto serio.

—Eso mismo he venido a decirte también yo esta noche. ¿Crees que puedes seguir esos consejos?

—¿Yo? —El barco casi se rio—. Ronica, soy tres veces Vestrit. Me temo que no puedo tener más paciencia que mis antecesores.

—Una respuesta sincera —concedió Ronica—. Solo te pediré que lo intentes. No. Quiero pedirte otra cosa: si Althea vuelve aquí, antes de que zarpéis, ¿le darás un mensaje de mi parte? No tengo otra manera de contactar con ella, solo por medio de ti.

—Desde luego. Y me ocuparé de que nadie más que ella escuche el mensaje.

—Bien, eso está bien. Lo único que le pido es que vaya a verme. No estamos tan enfrentadas como ella cree. Pero ahora no puedo entrar en detalles. Solo dile que venga a verme, discretamente.

—Se lo diré. Pero no sé si lo hará.

—Tampoco yo, nao. Tampoco yo.