13 #5
—Hablas como un chalazo —replicó Wintrow—.
Allí, según tengo entendido, ser mujer es poco mejor que ser un esclavo.
Pienso que se debe a su larga tradición de esclavitud.
Si alguien cree que se puede tratar a otro ser humano como si fuera un objeto, está a un paso de decir que también su esposa y su hija son posesiones y relegarlas a la vida que más le convenga.
Pero en Jamaillia y en el Mitonar antes nos enorgullecíamos de lo que podían hacer nuestras mujeres.
He estudiado la historia. Acuérdate de la sátrapa Malowda, que reinó sin consorte una veintena de años y fue responsable de la instauración de los Derechos del Ser y la Propiedad, los cimientos de todas nuestras leyes.
Ya puestos, acuérdate de nuestra religión.
Sa, a quien los hombres adoramos como el Padre de Todo, sigue siendo Sa cuando las mujeres la llaman la Madre de Todo.
Solo en la unión existe la continuidad. El primer precepto de Sa lo dice todo.
Hasta hace pocas generaciones no habíamos empezado a separar las mitades de nuestro todo y a dividir los…
—No te he llamado para escuchar tus monsergas de cura —soltó Kyle Haven.
Se apartó de la mesa de un empujón tan violento que la habría volcado si no estuviera sujeta al suelo.
Dio una vuelta por la estancia—. Quizá tú no la recuerdes, pero tu abuela, mi madre, era chalaza.
Y sí, mi madre se comportaba como debía comportarse una mujer, y mi padre actuaba como un hombre.
Su educación no me hizo ningún daño. ¡Fíjate en tu abuela y tu madre!
¿A ti te parece que estén contentas y felices?
¿Cargadas de decisiones y deberes que las enfrentan a los rigores del mundo, obligadas a tratar con toda suerte de personajes mezquinos, a preocuparse siempre por las cuentas, los créditos y las deudas?
No es esa la vida que juré proporcionarle a tu madre, Wintrow, ni a tu hermana.
No quiero ver a tu madre vieja y cargada de problemas como lo está tu abuela Vestrit.
No mientras yo sea un hombre. Y no mientras pueda hacer de ti otro hombre que siga mis pasos y asuma las responsabilidades de un hombre en esta familia.
—Kyle Haven volvió, descargó un sonoro manotazo sobre la mesa y asintió con la cabeza, como si sus palabras acabaran de sellar el futuro de toda su familia.
Las palabras abandonaron a Wintrow. Se quedó mirando a su padre y hurgó en sus pensamientos, intentando encontrar algo en común desde donde empezar a razonar con él.
No fue capaz. Pese al lazo de sangre que los unía, ese hombre era un desconocido y sus creencias diferían tanto de todo lo que opinaba Wintrow que no tenía ninguna esperanza de llegar hasta él. Al cabo, musitó:
—Sa nos enseña que nadie puede dictar el rumbo de la vida de otro. Aunque encierres su carne y le prohíbas expresar sus ideas, aunque le cortes la lengua, no podrás silenciar el alma de un hombre.
Por un momento, su padre se limitó a mirarlo. «También él ve a un desconocido», pensó Wintrow. Cuando habló, tenía la voz pastosa:
—Eres un cobarde. Un maldito gallina. —Su padre pasó junto a él de una zancada.
Wintrow hubo de recurrir a todo su valor para no acobardarse ante el paso de su progenitor.
Pero Kyle tan solo abrió de golpe la puerta del camarote y aulló llamando a Torg.
El hombre apareció tan de inmediato que Wintrow supo que debía de haberse quedado merodeando por los alrededores, quizá escuchando a hurtadillas.
Kyle Haven no se dio cuenta o fingió que no le importaba—.
Acompaña al grumete de a bordo a sus aposentos —le ordenó bruscamente—.
Vigílalo bien y procura que aprenda todas sus tareas antes de zarpar.
Y mantenlo lejos de mi vista. —Esto último lo pronunció con gran sentimiento, como si se sintiera agraviado por el mundo.
Torg hizo una seña con la cabeza y Wintrow se levantó despacio para seguirlo. Con un vuelco de corazón, reconoció el rictus en la cara de Torg. Su padre lo había dejado a merced de este miserable y el hombre lo sabía.
Por el momento, Torg pareció conformarse con empujarlo hasta su sórdido calabozo.
Wintrow consiguió apenas agachar la cabeza antes de que el hombre le hiciera trasponer el umbral de un empellón.
Trastabilló, pero consiguió conservar el equilibrio.
Su desesperación era demasiado honda como para prestar atención al que fuera el comentario burlón que le lanzó Torg antes de cerrar la puerta de golpe.
Oyó cómo el hombre maniobraba el tosco pestillo y supo que lo aguardaban al menos seis horas de encierro.
Torg ni siquiera le había dejado una vela.
Wintrow tanteó a oscuras hasta que sus manos encontraron la red de la hamaca.
Aupó con torpeza su cuerpo envarado e intentó asentarse con comodidad.
Luego se quedó inmóvil. A su alrededor, el barco se mecía sobre las olas del puerto.
Los únicos sonidos que llegaban hasta él lo hacían apagados.
Bostezó con ganas; los efectos de su copiosa comida y el largo día de trabajo se imponían a su rabia y su desesperación.
Por costumbre, se preparó en cuerpo y mente para descansar.
Todo lo que se lo permitía la hamaca, practicó los estiramientos de los músculos grandes y pequeños del cuerpo, pugnando por realinearlo todo antes de dormir.
Los ejercicios mentales eran más complicados.
Cuando llegó al monasterio por primera vez, le habían enseñado un ritual muy sencillo llamado el Perdón de la Jornada.
Hasta el niño más pequeño podía hacerlo; solo había que rememorar el día entero y despreciar los dolores de la jornada como algo perteneciente al pasado en tanto se escogía recordar como cosas de provecho las lecciones aprendidas o los momentos de inspiración.
A medida que los iniciados se adentraban en los misterios de Sa, se esperaba de ellos que afrontaran este ejercicio con más sofisticación, aprendiendo a equilibrar el día, asumiendo la responsabilidad de sus actos y aprendiendo de ellos sin solazarse en la culpa ni el arrepentimiento.
Wintrow no creía que esta noche fuera capaz de conseguirlo.
Curioso. Qué fácil había sido amar los misterios de Sa y dominar las meditaciones en los días plácidos y estructurados del monasterio.
Entre sus enormes paredes de piedra, le había resultado sencillo discernir el orden subyacente del mundo, examinar las vidas de los granjeros, los pastores y los comerciantes y ver cuánta de su miseria la generaban ellos mismos.
Ahora que estaba inmerso en el mundo, seguía viendo algunas pautas, pero estaba demasiado agotado para examinarlas y decidir cómo cambiarlas.
Estaba atrapado en los hilos de su propio tapiz.
—No sé cómo parar esto —musitó para la oscuridad. Afligido como un niño abandonado, se preguntó si alguno de sus maestros lo echaría de menos.