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Era su cuerpo más que su mente lo que respondía, esforzándose por dotar de vigor a sus pasos.
Aunque Torg lo había amenazado en varias ocasiones con una cuerda anudada, nunca la había empleado.
Y el hecho de que solo lo amenazara cuando ni su padre ni el primer oficial estaban a bordo le hacía sospechar que era algo que Torg hubiera querido hacer, pero no se atrevía.
Aun así, el simple hecho de percibir esa capacidad en el hombre bastaba para que se le pusiera la carne de gallina cada vez que el segundo de a bordo andaba cerca.
Torg lo condujo justo hasta la puerta del capitán, como si no se fiara de que el muchacho fuera a presentarse solo.
Y Wintrow supuso que no podía fiarse. Aunque su padre le había recordado en varias ocasiones que los preceptos de Sa incluían la obediencia y el honor debidos a los padres de uno, él había decidido que, a la menor ocasión, abandonaría el barco y regresaría al monasterio como pudiera.
A veces tenía la impresión de que su determinación era lo único a lo que podía aferrarse.
Torg vigiló mientras él llamaba a la puerta y entraba al camarote de su padre.
—Adelante.
Su padre ya estaba sentado a la pequeña mesa. La cubría un mantel blanco, y la engalanaba una generosa colección de platos y bandejas. Estaba dispuesta para dos personas, y por un incómodo momento Wintrow se quedó en la puerta, preguntándose si no estaría interrumpiendo alguna reunión privada.
—Pasa —dijo su padre con una sombra de enfado en la voz—. Y cierra la puerta —añadió con más suavidad.
Wintrow lo obedeció, pero se quedó de pie junto a la puerta, preguntándose qué sería lo que se esperaba ahora de él.
¿Lo habrían llamado para que atendiera la mesa para su padre y un invitado?
Su padre estaba bien vestido, casi elegante.
Llevaba puestos unos pantalones azules ajustados y un saco del mismo color sobre una camisa de suave crema.
Se había trenzado y aceitado el cabello, que brillaba como el oro viejo a la luz de la lámpara.
—Wintrow, hijo, ven y siéntate conmigo. Olvida por un momento que soy el capitán, disfruta de una buena comida y hablemos.
—Su padre indicó el plato y la silla que había frente a él y esbozó una cálida sonrisa.
Eso solo consiguió que los recelos de Wintrow se acentuaran mientras se acercaba a la mesa y se sentaba dubitativo.
Olió a cordero asado, puré de nabos con mantequilla, salsa de manzana y guisantes cocidos con menta.
Era asombroso cómo podía llegar a agudizarse el olfato de uno tras días de pan duro y raciones de caldo grasiento.
Aun así, mantuvo su aplomo, obligándose a desdoblar la servilleta encima de su regazo y aguardar la señal de su padre para empezar a servirse.
Dijo «por favor» cuando su padre le ofreció vino y «gracias» ante cada plato que se le presentó.
Sentía que su padre lo vigilaba, pero no hizo ningún esfuerzo por mirarlo a los ojos mientras llenaba y limpiaba su plato.
Si su padre tenía la intención de que esta cena civilizada y este momento de calma fueran una especie de soborno o una ofrenda de paz, se equivocaba.
Pues, aunque la comida le llenaba el estómago y el entorno le devolvía una pretensión de normalidad, Wintrow descubrió una fría sensación de afrenta creciendo en su interior.
De no saber qué decir a este hombre que sonreía afable mientras su hijo comía como un perro famélico, Wintrow pasó a tener que morderse la lengua.
Intentó recordar todo lo que le habían enseñado sobre enfrentarse a situaciones adversas, que debería reservar todo juicio y acción hasta haber descubierto la motivación de su oponente.
De modo que comió y bebió en silencio, observando a su padre con los ojos entornados.
De hecho, Kyle llegó a levantarse él mismo para dejar sus platos en un aparador y luego le ofreció a Wintrow una porción de flan con frutas.
—Gracias —se obligó a decir Wintrow en voz baja cuando la dejó delante de él. Había algo en el modo en que su padre volvió a ocupar su silla que le indicó que el verdadero motivo de esta reunión estaba a punto de revelarse.
—Has criado un buen apetito —observó amigablemente Kyle—. Eso es lo que saca uno del trabajo duro y el aire de mar.
—Por lo visto —replicó Wintrow, ecuánime. Su padre soltó una risita bronca.
—Vaya. Seguimos escocidos, ¿eh? Venga, hijo, sé que esto debe de parecerte difícil, y puede que ahora mismo sigas enfadado conmigo.
Pero ya te darás cuenta de que este era tu destino.
Trabajo duro y honrado, la compañía de los hombres y la belleza de un barco a toda vela…
, aunque supongo que todavía no lo has experimentado en toda su magnitud.
Solo quiero que sepas que no te hago esto con ánimo de ser estricto ni cruel.
Llegará el día en que me lo agradecerás.
Te lo prometo. Cuando hayamos terminado contigo, conocerás esta nave como debería conocerla un auténtico capitán, porque habrás trabajado hasta en el último de sus recovecos, y no habrá una sola tarea que no hayas realizado tú mismo a bordo de ella.
—Su padre hizo una pausa y sonrió con amargura—.
Al contrario que Althea, que se jacta de saberlo todo sin haber hecho nada, tú lo habrás hecho de verdad y no solo cuando te apetecía, sino como lo haría cualquier marinero, manteniéndote ocupado hasta el último minuto de tu turno y haciendo las cosas cuando necesitaban hacerse, no solo cuando se te ordenaba.
Su padre se interrumpió, esperando algún tipo de respuesta. Wintrow permaneció callado. Tras una pesada pausa, Kyle se aclaró la garganta.
—Sé que lo que te pido no es fácil. Por eso quiero decirte sin rodeos qué es lo que te espera al final de este arduo camino.
Dentro de dos años, espero nombrar capitán de este velero a Gantry Amsforge.
Dentro de dos años, espero que estés listo para servir como oficial.
Serás muy joven para el puesto; no te engañes en ese sentido.
Y no se te va a servir en bandeja. Deberás demostrarnos a Amsforge y a mí que estás preparado.
Y aunque te aceptemos, seguirás teniendo que demostrar tu valía ante la tripulación, todos los días y a todas horas.
No será fácil. Con todo, es una oportunidad que a contadas personas se les presenta. Ea.
Con una parsimoniosa sonrisa, metió la mano en su saco.
Sacó una cajita. La abrió él mismo y se giró para enseñar su contenido a Wintrow.
Era un pequeño pendiente de oro, con la forma del mascarón de proa de la Vivacia .
Había visto a otros marineros que lucían pendientes parecidos.
Casi todos los tripulantes llevaban algún distintivo que simbolizara su lealtad a su barco.
Un pendiente, una bufanda, un alfiler, un tatuaje si se estaba lo bastante seguro de la continuidad del contrato.
Todas ellas formas de declarar que la máxima fidelidad de uno era para con su nave.
Semejante acto no era adecuado para un sacerdote de Sa.
Sin duda, su padre debía de anticipar cuál sería su respuesta.
Pero la sonrisa en el rostro de Kyle era cálida cuando lo animó con un:
—Esto es para ti, hijo. Llévalo con orgullo.
La verdad. La simple verdad, se aconsejó Wintrow, expresada sin rabia ni resentimiento. Eso. Con cortesía. Con gentileza.
—No quiero esta oportunidad. Gracias. Has de saber que jamás mancillaría mi cuerpo practicándome un agujero en la oreja para ponerme eso. Preferiría ser un sacerdote de Sa. Creo que es mi verdadera vocación. Sé que piensas que me estás ofreciendo una…
—¡Cállate! —Había un profundo dolor bajo la ira que destilaba la voz de su padre—.
Haz el favor de callarte. —Mientras el muchacho apretaba los dientes y se obligaba a clavar la mirada en la mesa, su padre continuó hablando para sí—: Preferiría escuchar cualquier cosa de ti antes que tus mojigatos sermones sobre ser un sacerdote de Sa.
Di que me odias, dime que no estás a la altura del trabajo, y sabré que puedo hacerte cambiar de opinión.
Pero cuando te escondes tras estas bobadas sobre el sacerdocio…
¿Tienes miedo? ¿Te asusta hacerte un agujero en la oreja, temes una vida desconocida?
—Las preguntas eran casi desesperadas. Intentaba encontrar la manera de persuadirle para que se pusiera de su parte.
—No tengo miedo. Es solo que no quiero esto. ¿Por qué no se lo ofreces a la persona que lo ansía? ¿Por qué no le haces esta oferta a Althea? —preguntó suavemente Wintrow. La misma delicadeza de sus palabras atajó la diatriba de su padre.
Los ojos de Kyle destellaron como piedras azules. Le apuntó con el dedo como si fuera un arma.
—Fácil. Ella es una mujer. Y tú, maldito seas, vas a ser un hombre.
Durante años me reconcomió ver cómo Ephron Vestrit llevaba a su hija a todas partes, tratándola como si fuera un muchacho.
Cuando volviste y te presentaste ante mí con esas faldas marrones, con tu voz suave y tu cuerpo aún más suave, con tus tibios modales y tu conducta timorata, tuve que preguntarme: «¿Acaso yo soy distinto?
». He aquí mi hijo, comportándose como una mujer más de lo que Althea se ha comportado jamás.
Fue entonces cuando se me ocurrió. Era hora de que esta familia…