Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 13 #3
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—Mal podría haberte seguido —señaló—, puesto que estaba allí antes que tú. Lo confieso, se me pasó por la cabeza que quizá tú estuvieras siguiéndome a mí…

—Pero el modo en que me mirabas… —dijo a regañadientes Althea—. No digo que mientas. Pero parecía que me estuvieras buscando. Vigilándome.

Ámbar asintió despacio, más para sí que para la joven.

—También a mí me lo pareció. Y sin embargo no era a ti a quien había ido a buscar.

—Jugueteó con sus pendientes, balanceando primero el dragón y luego la serpiente—.

Fui al puerto en busca de un esclavo con nueve dedos, si te lo puedes creer.

—Esbozó una curiosa sonrisa—. Tú fuiste la que me encontró, en cambio.

Existe la coincidencia y existe el destino.

Estoy más que dispuesta a discutir con la coincidencia.

Pero las pocas veces que he discutido con el destino, he perdido.

Estrepitosamente. —Sacudió la cabeza, haciendo que se columpiaran sus cuatro pendientes desparejos.

Sus ojos parecían estar vueltos hacia el interior, recordando otros tiempos.

Luego levantó la cabeza y reparó en la expresión de curiosidad de Althea, y de nuevo su sonrisa le suavizó los rasgos—.

Pero eso no se aplica a todo el mundo. Algunas personas tienen el deber de discutir con el destino. Y ganar.

A Althea no se le ocurrió nada que responder a eso, de modo que guardó silencio.

Transcurrido un momento, la mujer se acercó a una de las estanterías y tomó una cesta.

Por lo menos, a simple vista parecía una cesta.

Al acercarse, Althea vio que estaba hecha de una sola pieza de madera, trabajada hasta dejar una celosía de hebras imbricadas.

Ámbar la sacudió cuando se arrimó y sus contenidos repiquetearon y tintinearon agradablemente.

—Elige una —invitó a Althea, ofreciéndole la cesta—. Me gustaría hacerte un regalo.

Dentro de la cesta había cuentas. Tras echarles un vistazo, el primer impulso de Althea de despreciar la oferta se evaporó.

Había algo en la variedad de colores y formas que capturaba la vista y exigía que se lo tocara.

Al tacto, la mano se complacía con ellas.

La variedad de colores, granos y texturas era enorme.

Todas las cuentas eran de gran tamaño, su diámetro era tan largo como el pulgar de Althea.

Cada una de ellas parecía ser única. Algunas eran de sencillos diseños abstractos, otras eran animales o flores.

Hojas, aves, una torta de pan, pescado, una tortuga…

Althea descubrió que había aceptado la cesta y estaba rebuscando entre sus contenidos mientras Ámbar la escrutaba con ojos ávidos.

Una araña, un gusano enroscado, un barco, un lobo, una baya, un ojo, un bebé regordete.

Todas las cuentas de la cesta eran deseables, y Althea comprendió de repente el encanto de los productos de esa mujer.

Eran prodigios de madera y creatividad. Cualquier otro artesano podría tallarlas igual de bien, se podría comprar otra madera igual de delicada, pero Althea nunca había visto semejante pericia aplicada a semejante madera con semejante precisión.

La cuenta que era un delfín en pleno salto solo podría haber sido un delfín: en ese trozo de madera no se escondía ninguna baya, ningún gato, ninguna manzana.

Solo el delfín había estado allí, y solo Ámbar podría haberlo encontrado y sacado de su escondite.

Althea no podía escoger, pero siguió examinando las cuentas. Buscando la que fuera más perfecta de todas.

—¿Por qué quieres hacerme un regalo? —preguntó de pronto.

Su rápida mirada de reojo descubrió el orgullo que sentía Ámbar por su trabajo.

Se solazaba en la absorción que sentía Althea por sus cuentas.

Las mejillas chupadas de la mujer casi desprendían calor, sus ojos dorados refulgían como los de una gata frente al fuego.

Cuando habló, la tibieza impregnaba también sus palabras:

—Me gustaría que fuéramos amigas.

—¿Por qué?

—Porque veo que vas por la vida pasando de través.

Ves el fluir de los acontecimientos, eres capaz de darte cuenta de cuál sería la forma más sencilla de encontrar tu sitio en él.

Pero te atreves a hacerle frente. ¿Y por qué?

Sencillamente porque lo miras y dices: «Este destino no se ajusta a mí.

No consentiré que me suceda». —Ámbar meneó la cabeza, pero su pequeña sonrisa convirtió el gesto en una afirmación—.

Siempre he admirado a la gente que puede hacer eso.

Pocas personas lo hacen. Muchas, naturalmente, despotrican y reniegan de la tela que les ha tejido el destino, pero aun así la toman y se la ponen, y la mayoría la viste hasta el fin de sus días.

Tú…, tú preferirías adentrarte desnuda en la tormenta.

—De nuevo la sonrisa, desvaneciéndose tan deprisa como había florecido—.

No puedo soportar que lo hagas. Por eso te ofrezco una cuenta con la que abrigarte.

—Hablas igual que una echadora de cartas —se quejó Althea; entonces su dedo tocó algo en el fondo de la cesta.

Supo que la cuenta era suya antes de sujetarla entre el índice y el pulgar e izarla a lo alto del montón.

Pero, cuando la levantó, no supo decirse por qué la había escogido.

Era un huevo. Un sencillo huevo de madera, agujereado para llevarse engarzado en una correa alrededor de la muñeca o el cuello.

Era de un marrón cálido, de una madera que Althea no conocía, y su grano discurría alrededor de él y no de un cabo a otro.

Era muy simple comparado con los demás tesoros de la cesta, y aun así encajaba a la perfección en el hueco de su mano cuando cerró los dedos sobre él.

Sostenerlo era agradable, como acariciar a un cachorro de gato—.

¿Puedo quedarme con esta? —preguntó en voz baja. Contuvo el aliento.

—El huevo. —La sonrisa de Ámbar asomó a sus labios y se quedó allí—. El huevo de serpiente. Sí, te lo puedes quedar. Claro que sí.

—¿Seguro que no quieres nada a cambio? —preguntó valientemente Althea. Sabía que era una pregunta incómoda, pero había algo en Ámbar que le advertía que era más prudente hacerle una pregunta grosera que cometer el error de dar un falso supuesto por sentado.

—A cambio —respondió tranquilamente Ámbar— solo te pido que me dejes ayudarte.

—¿A qué?

Ámbar sonrió.

—A burlar el destino.

Wintrow se llenó el cuenco de las manos con el agua tibia del cubo y se salpicó la cara.

Con un suspiro, volvió a meter las manos en el cubo y dejó que el agua se las aplacara.

Las ampollas abiertas, le había asegurado su padre, eran el inicio de callos.

«Dentro de una semana, esas manos de sacerdote se habrán endurecido.

Ya lo verás», le había prometido jovialmente la última vez que se dignó a reparar en la existencia de su hijo.

Wintrow había sido incapaz de responder.

No recordaba la última vez que había estado tan cansado.

Su formación le decía que los ritmos más profundos de su cuerpo se estaban rompiendo.

En vez de levantarse al alba y acostarse cuando la oscuridad se adueñaba de la tierra, su padre, el primer oficial y el segundo de a bordo le imponían un nuevo régimen, basado en guardias y campanas.

Su crueldad era innecesaria. El barco estaba amarrado en el puerto, pero aun así persistían.

Lo que insistían en hacerle aprender no sería tan complicado si permitieran que su cuerpo y su mente se repusieran entre una lección y otra.

Lo despertaban a horas que no tenían sentido para él, y lo obligaban a trepar y bajar de los palos, a hacer nudos, zurcir velas, frotar y restregar.

Y siempre, siempre, con una sonrisa torcida, con un dejo de sorna en las órdenes.

Estaba convencido de que podría haber soportado todo lo que le echaran si no hubiera tenido que hacer frente a ese eterno desdén.

Sacó las manos doloridas del agua y se las secó con cuidado en un pedazo de trapo.

Miró alrededor del pañol de cadenas que se había convertido en su hogar.

Una hamaca de basta confección aguardaba enroscada en una esquina.

Sus ropas compartían espacio con rollos de cuerda.

Hasta el último palmo de cabo estaba ahora ordenado.

Las ampollas abiertas en las manos de Wintrow daban fe de sus repetidas lecciones.

Tomó su camisa más limpia y se la puso. Pensó en cambiarse de pantalones y decidió que no valía la pena.

Había lavado su otro par la noche anterior, pero en los estrechos confines del almacén seguían húmedos y empezaban a oler a moho.

Se puso en cuclillas; no había sitio para sentarse con comodidad.

Escondió su dolorida cabeza entre las manos y esperó a que sonara el golpe en la puerta que lo llamaría a la mesa del capitán.

Desde que ayer intentara irse del barco sin más, Torg había adoptado la costumbre de encerrarlo en su cuarto durante el tiempo que se le asignaba para dormir.

De forma increíble, se amodorró allí acuclillado, despertándose sobresaltado cuando se abrió la puerta de golpe.

—El capitán quiere verte —lo saludó Torg. Mientras entraba de una zancada, el simiesco hombre añadió—: Aunque para qué podría quererte alguien es un misterio para mí.

Wintrow hizo oídos sordos a la mofa y a las protestas de sus articulaciones cuando se levantó y lo siguió. Mientras caminaba, intentó desentumecer sus hombros. Era agradable poder volver a erguirse. Torg lo miró de reojo.

—¡Tú, date prisa! Nadie tiene tiempo que perder por tu vagancia.