Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 13 #2
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Era curioso qué cosas se daban por sentadas.

Comprar una pesada tela de algodón era fácil.

Pero luego tendría que conseguir aguja, hilo y forro.

Y tijeras para cortar la tela. Decidió confeccionarse además una bolsita de lona para guardar todos estos útiles.

Si seguía su plan hasta el final, serían las primeras pertenencias que habría adquirido para su nueva vida.

Mientras paseaba por el bullicioso mercado, lo vio con nuevos ojos.

Ya no era cuestión de qué dinero tenía para comprar y qué podría cargar en la cuenta de su familia.

De pronto, algunos productos estaban fuera de su alcance.

No solo las telas suntuosas o las joyas elegantes, sino cosas tan simples como un bonito juego de peinetas.

Se permitió el lujo de contemplarlas unos momentos más, acercándoselas al cabello mientras se miraba en el ordinario espejo del puesto, y se imaginó cómo lucirían en su pelo en el Baile de Verano.

La vaporosa seda verde, ribeteada de cintas color crema…

Por un instante casi pudo verlo, casi pudo regresar a la vida que había sido suya hacía tan solo unos días.

El momento pasó. De golpe, Althea Vestrit y el Baile de Verano se le antojaban una historia que se había inventado.

Se preguntó cuánto tiempo transcurriría antes de que su familia abriera su caja de mar, y si adivinarían qué regalos estaban pensados para quién.

Se permitió, incluso, el lujo de preguntarse si su hermana y su madre derramarían una o dos lágrimas sobre los regalos de la hija y hermana que habían dejado que se alejara.

Esbozó una dura sonrisa y volvió a dejar las peinetas en la bandeja del comerciante.

No tenía tiempo que perder con esos sueños insulsos.

Daba igual, se dijo con firmeza, que nunca abrieran su cofre.

Lo importante era que necesitaba encontrar una forma de sobrevivir.

Pues, en contra del estúpido consejo de Brashen Trell, no estaba dispuesta a volver arrastrándose a casa como una niña malcriada y sin remedio.

No. Eso solo demostraría que todo lo que había dicho Kyle acerca de ella era verdad.

Irguió la espalda y empezó a caminar con decisión renovada por el mercado.

Se compró algo sencillo de comer; ciruelas, un trozo de queso y unos cuantos panecillos, solo lo que le haría falta para pasar el día.

Dos velas baratas y una caja de yescas con acero y pedernal completaron sus adquisiciones.

Había poco más que hacer en la ciudad ese día, pero era remisa a marcharse.

Se demoró en el mercado un momento, saludando a quienes la reconocían y aceptando sus condolencias por el fallecimiento de su padre.

Ya no le dolía que lo mencionaran; era una parte de la conversación que superar, una incomodidad.

No quería pensar en él ni compartir con unos casi desconocidos el pesar que le producía su pérdida.

Lo que menos deseaba era verse arrastrada a cualquier conversación donde se pudiera mencionar la pelea con su familia.

Se preguntó cuántas personas estarían al corriente.

Kyle no desearía que se aireara, pero los criados hablarían, como siempre.

Se correría la voz. Quería alejarse antes de que el rumor fuera de dominio público.

De todos modos, en el Mitonar no había mucha gente que pudiera reconocerla.

En realidad, había pocas personas aparte de los cambistas y los comerciantes con los que su padre había hecho negocios que ella reconociera.

Se había ido retirando de la sociedad del Mitonar con el paso de los años sin siquiera darse cuenta.

Cualquier otra mujer de su edad habría asistido por lo menos a seis reuniones en el último medio año, bailes y galas y otras festividades.

Ella no había estado en ninguna desde, oh, el Baile de la Cosecha.

Su calendario de viajes no se lo permitía.

Y los bailes y las cenas le habían parecido insignificantes entonces, algo a lo que podía volver siempre que quisiera.

Ya no. Habían desaparecido para siempre los vestidos confeccionados para ella con zapatillas a juego, el pintarse los labios y perfumarse el cuello.

Tragado todo ello por el mar junto con el cadáver de su padre.

La pena que había creído dormida le atenazó la garganta. Dio media vuelta y corrió, subiendo una calle y bajando otra. Pestañeó furiosa, negándose a liberar las lágrimas. Cuando hubo recuperado el control, aminoró el paso y miró a su alrededor.

Estaba justo delante del escaparate de la tienda de Ámbar.

Igual que antes, un curioso escalofrío de presentimiento trepó por su espalda.

No se le ocurría por qué debería sentirse amenazada por una orfebre, pero así era.

Esa mujer ni siquiera era mercader, ni siquiera era una joyera de verdad.

Trabajaba la madera, por el amor de Sa. Madera que vendía como joyas.

En ese instante, decidió de improviso que quería ver por sí misma los productos de esta mujer.

Con la misma resolución que le haría falta para agarrar una ortiga, empujó la puerta e irrumpió en el establecimiento.

El interior era fresco y casi oscuro tras el brillo estival de la calle.

Cuando sus ojos se acostumbraron, Althea vio que el lugar era de una bruñida simplicidad.

El suelo era de lisas tablas de pino. También los estantes eran de madera sencilla.

Los productos de Ámbar estaban colocados encima de sencillos pañuelos cuadrados de tonos oscuros sobre las baldas.

Algunos de los collares más elaborados se exhibían en las paredes detrás del mostrador.

También había cuencos de barro llenos de cuentas de madera sueltas, de todos los colores que podía tener la madera.

Los objetos que tenía a la venta tampoco se limitaban a la joyería.

Había simples tazones y bandejas, talladas con una inusitada gracia y atención al grano; copas de madera que podrían haber adornado la mesa de un rey; peines labrados en madera perfumada.

No había nada compuesto de piezas. En cada caso, las formas se habían descubierto en la madera y conjurado de una sola pieza, abrillantadas por la talla y el lijado.

Había una silla creada a partir de un enorme tronco; no se parecía a ningún asiento que Althea hubiera visto antes, sin patas pero con una bruñida oquedad en la que podría acurrucarse una persona delgada.

Encajonada en ella, con las rodillas recogidas, con las sandalias de sus pies asomando bajo el dobladillo de su túnica, estaba Ámbar.

Althea se sobresaltó al comprender que había mirado a Ámbar sin verla. Eran su piel, su cabello y sus ojos, decidió. La mujer era toda del mismo color, hasta su ropa, y ese color era idéntico a la madera con tonos de miel de la silla. Enarcó una ceja con gesto inquisitivo en dirección a Althea.

—¿Me buscabas? —preguntó suavemente.

—No —exclamó Althea, impulsiva pero fiel a la verdad. Hizo un esfuerzo por recuperarse y añadió con altanería—: Es solo que sentía curiosidad por estas joyas de madera de las que tanto he oído hablar.

—Siendo como eres una conocedora de las maderas nobles —asintió Ámbar.

Casi no había inflexión en sus palabras.

Amenaza. Sarcasmo. Simple observación. Althea no supo decidirse.

Y de repente le pareció demasiado que esta ebanista, esta artesana, se atreviera a hablarle de esa manera.

Era, por el amor de Sa, la hija de un mercader del Mitonar, mercader ella misma por derecho propio, y esta mujer, esta advenediza, no era más que una recién llegada a su asentamiento que había osado ocupar un puesto en la calle de los Territorios Pluviales.

Toda la frustración y la rabia acumulada por Althea en la última semana encontraron un objetivo.

—Te refieres a mi nao rediviva —repuso Althea. Todo estaba en el tono, la pregunta de qué derecho tenía esa mujer a mencionar siquiera su barco.

—¿Han legalizado la esclavitud en el Mitonar? —Seguía sin haber una auténtica expresión que interpretar en ese rostro de delicados rasgos. Ámbar formuló la pregunta como si derivara naturalmente de las últimas palabras de Althea.

—¡Claro que no! Que se queden los chalazos con sus perversas costumbres. El Mitonar no las aprobará jamás.

—Ah. Pero es que… —la más breve de las pausas— ¿te has referido a la nao rediviva como tuya? ¿Puede pertenecerte una criatura viva e inteligente?

— Vivacia es mía, como puedo decir que mi hermana es mía. Familia. —Althea lanzaba las palabras. No sabría decir por qué estaba tan furiosa.

—Familia. Entiendo. —Ámbar se levantó como si fluyera.

Era más alta de lo que esperaba Althea. No era guapa, mucho menos hermosa, pero había algo arrebatador en ella.

Su atuendo era recatado; su porte, grácil.

La tela finamente trenzada de su túnica imitaba las delicadas trenzas de su cabello.

Su aspecto compartía la simplicidad y la elegancia de sus tallas.

Sus ojos se cruzaron con los de Althea y le sostuvieron la mirada—.

Reclamas la fraternidad con la madera. —Una sonrisa acarició las comisuras de sus labios, volviendo la boca de Ámbar repentinamente móvil, generosa—.

Quizá tengamos más en común de lo que me atrevía a soñar.

Aún esa minúscula exhibición de amistad aumentó el recelo de Althea.

—¿A soñar? —repitió con frialdad—. ¿Por qué ibas a soñar con que tuviéramos algo en común?

La sonrisa se ensanchó una fracción.

—Porque eso nos facilitaría las cosas a ambas.

Althea se negó a picar el anzuelo y hacer otra pregunta. Al cabo, Ámbar exhaló un pequeño suspiro.

—Qué muchacha más obstinada. Pero incluso eso lo admiro de ti.

—¿Me seguías el otro día…, el día que te vi en los muelles, cerca de Vivacia ? —Las palabras de Althea brotaron casi como una acusación, pero Ámbar no pareció ofenderse.