Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 13
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Transiciones

Brashen se despertó con legañas y tortícolis.

La luz de la mañana había penetrado los gruesos cristales de las ventanas saledizas que esmerilaban un lado del camarote.

Era una luz espesa, turbia, teñida de verde por las algas secas que revestían el exterior de las ventanas, pero luz al fin y al cabo.

Bastante para anunciarle que ya era de día y que iba siendo hora de levantarse y ponerse en marcha.

Se columpió para saltar de la hamaca y caer de pie.

Culpable. Era culpable de algo. De gastarse todo el dinero cuando había jurado que esta vez sería más listo.

Sí, pero esa era una culpabilidad conocida.

Esto era algo nuevo, algo que mordía con dientes afilados.

Oh. Althea. La muchacha había pasado aquí toda la noche, suplicando su consejo, o lo había soñado.

Y él le había impartido sus conocimientos más amargos sin una sola palabra de esperanza ni un ofrecimiento de ayuda por su parte.

Intentó desembarazarse de esa preocupación.

A fin de cuentas, ¿qué le debía a la chica?

Nada. Nada en absoluto. Ni siquiera eran amigos.

Los separaba un abismo de estatus demasiado grande para eso.

Él había sido el primer oficial en el barco de su padre y ella, la hija del capitán.

Ahí no había lugar para la amistad. Y en cuanto al viejo, en fin, sí, Ephron Vestrit le había hecho un favor cuando nadie más estaba dispuesto, había dejado que demostrara su valía cuando nadie más lo hubiera hecho.

Pero ahora el viejo estaba muerto, así que ahí se acababa la historia.

Además, por amargo que hubiera sido su consejo, no carecía de fundamento.

Si Brashen pudiera haber retrocedido en el tiempo, jamás habría reñido con su padre.

Habría soportado los interminables estudios, se habría comportado bien en las reuniones sociales, habría evitado el alcohol y el cindin, se habría casado con quien hubieran escogido para él.

Y ahora sería él el heredero de la fortuna de los Trell en vez de su hermano menor.

Ese pensamiento le recordó que, como no era el heredero de la fortuna de los Trell y por la noche había dilapidado el resto de su dinero salvo unas pocas monedas, haría bien en preocuparse un poco más por sí mismo y menos por Althea.

La muchacha tendría que arreglárselas por su cuenta.

Tendría que ir a casa. Ese era todo el misterio.

¿Qué era lo peor que podía ocurrirle, en serio?

La casarían con alguien decente. Viviría en un hogar cómodo con criados y comida bien preparada, vestiría ropa confeccionada para ella y asistiría a los interminables bailes, tés y funciones sociales que tan fundamentales parecían para la sociedad del Mitonar y en especial para los mercaderes.

Bufó. Debería rezar para que se abatiera sobre él un destino igual de cruel.

Se rascó el pecho y luego la barba. Se pasó las manos por el pelo para apartárselo de la cara.

Hora de encontrar trabajo. Haría bien en asearse y dirigirse a los muelles.

—Buenos días —saludó a Dechado mientras doblaba la proa del barco.

El mascarón siempre parecía incómodo, pegado a la parte delantera de la nave, muy ladeada.

Brashen se preguntó si eso haría que le doliera la espalda, pero no tuvo valor para expresar sus dudas en voz alta.

Dechado tenía los brazos musculosos cruzados sobre el torso desnudo mientras contemplaba las aguas brillantes, donde otros barcos entraban y salían del puerto. Ni siquiera se volvió hacia Brashen.

—Buenas tardes —lo corrigió.

—Tardes, eso —convino Brashen—. Buena hora para bajar a los muelles. Tengo que buscar trabajo, ya sabes.

—Creo que no se ha ido a casa —repuso Dechado —. Creo que, si se hubiera ido a casa, habría tomado el viejo camino, subiendo por los acantilados y cruzando el bosque. En vez de eso, después de despedirse, la oí caminar por la playa en dirección a la ciudad.

—¿Althea, dices? —preguntó Brashen. Intentó aparentar indiferencia.

El ciego Dechado asintió.

—Se levantó con el alba. —Sus palabras sonaban casi a reproche—. Acababa de oír cómo empezaban a cantar las aves de madrugada cuando ella se revolvió y salió. No es que anoche durmiera gran cosa.

—Bueno, tenía mucho en lo que pensar. Puede que esta mañana haya ido a la ciudad, pero apuesto a que vuelve antes de que termine la semana. Al fin y al cabo, ¿adónde podría ir si no?

—Solo aquí, supongo —respondió la nao—. En fin. Así que hoy vas a buscar empleo.

—Para comer tengo que trabajar —contestó Brashen—.

Así que bajaré al puerto. Creo que probaré suerte con la flota pesquera o con los barcos matadero en vez de con los mercaderes.

Tengo entendido que se puede ascender deprisa en un ballenero o en un barco dedicado a la caza de delfines.

Y siempre están dispuestos a contratarte. O eso he oído.

—Sobre todo debido a la elevada tasa de mortalidad —observó despiadadamente Dechado —.

Eso es lo que oí yo, cuando todavía estaba en condiciones de enterarme de esos rumores.

Que pasan demasiado tiempo en alta mar y cargan demasiado sus buques, y contratan más hombres de los que necesitan para gobernar el barco porque no esperan que todos sobrevivan al viaje.

—Yo también lo he oído —admitió Brashen a regañadientes.

Se puso en cuclillas y se sentó en la arena junto al barco varado—.

Pero ¿qué elección me queda? Debería haber hecho caso al capitán Vestrit, años atrás.

Si lo hubiera hecho, ahora tendría algo de dinero ahorrado.

—Profirió un sonido que no era una risa—.

Ojalá alguien me hubiera dicho, hace todos estos años, que lo único que tenía que hacer era tragarme mi estúpido orgullo y volver a casa.

Dechado hurgó en sus recuerdos.

—Si los deseos fueran caballos, los mendigos se pasarían el día montados —declaró, y luego sonrió, casi orgulloso de sí mismo—. Hacía mucho tiempo que no me acordaba de eso.

—Sigue siendo tan cierto como siempre —refunfuñó Brashen—. Será mejor que vaya al puerto y me busque un empleo en uno de esos apestosos mataderos. También he oído decir que ahí se trabaja más de carnicero que de marinero.

—Y menudo trabajo sucio que es, además —asintió Dechado —.

En un barco mercante honrado, uno se ensucia las manos de brea o se cala hasta los huesos de fría agua salada, cierto.

Pero a bordo de un barco matadero, no hay más que sangre, vísceras y aceite.

Córtate un dedo y la infección te llevará la mano.

Si no te mata. Y en los que también almacenan la carne, dedicarás la mitad de tus horas de sueño a guardarla en tinajas de sal.

En los barcos más codiciosos los marineros terminan durmiendo entre su pestilente mercancía.

—No sabes cuánto me animas —dijo sin humor Brashen—. Pero ¿qué elección me queda? Ninguna.

Dechado se rio de forma extraña.

—¿Cómo puedes decir eso? Te queda la elección que a mí me está vetada, la elección que todas las personas dan por sentada hasta el punto de no ver que la tienen.

—¿Qué elección es esa? —preguntó Brashen con nerviosismo. Una nota salvaje se había filtrado en la voz del barco, un timbre ansioso semejante al de un chiquillo entregado a sus fantasías.

—Cesar. — Dechado pronunció la palabra con deseo, sin aliento—. Cesar, sin más.

—¿Cesar qué?

—Cesar de existir. Eres muy frágil. La piel más fina que la lona, los huesos más delgados que cualquier palo.

Por dentro estás mojado como el mar, e igual de salado, y todo aguarda a derramarse fuera de ti cada vez que se abra tu piel.

Para ti sería tan fácil cesar de existir.

Ábrete la piel y deja que fluya tu sangre salada, deja que las criaturas del mar se coman tu carne bocado a bocado, hasta que solo seas un puñado de huesos reverdecidos por el cieno, unidos por hilos de tendones roídos.

No volverás a saber, ni a sentir, ni a pensar en nada. Habrás cesado. Cesado.

—No quiero cesar —dijo Brashen en voz baja—. Así no. Nadie quiere acabar así.

—¿Nadie? — Dechado volvió a reírse; el sonido paró y se atipló—. Oh, he conocido a unos cuantos que querían cesar. He conocido a unos cuantos que cesaron. Y para todos fue igual, tanto si lo querían como si no.

—Parece que uno tiene un pequeño defecto.

—Estoy segura de que te equivocas —respondió Althea con voz glacial—. Están bien trabajados y tintados, y son de la mejor calidad. El engaste es de oro. —Miró al joyero a los ojos—. Mi padre jamás me regaló nada que no fuera de la mejor calidad.

El joyero movió la palma y los dos pendientes rodaron sin rumbo en su mano. En sus lóbulos, a Althea le habían parecido sutiles y sofisticados. En la palma del hombre, tan solo parecían pequeños y simples.

—Diecisiete.

—Necesito veintitrés. —Althea intentó disimular su alivio.

Había decidido que no aceptaría menos de quince antes de entrar en el establecimiento.

Aun así, pensaba exprimir a ese hombre hasta la última moneda que pudiera.

Separarse de los pendientes no le resultaba fácil, y sus recursos estaban contados.

El joyero meneó la cabeza.

—Diecinueve. Puedo subir hasta diecinueve, pero ni una más.

—Podría quedarme con las diecinueve —empezó Althea, observando su rostro con atención. Cuando vio que se le iluminaban los ojos, añadió—: si incluyera dos simples aros de oro para reemplazar estos.

Media hora de regateos después, salió del comercio.

Dos sencillos aros de plata habían sustituido los pendientes que le regalara su padre cuando cumplió trece años.

Intentó no pensar en ellos como algo más que una posesión que había vendido.

Todavía conservaba el recuerdo de su padre entregándoselos.

No le hacían falta las joyas. Solo habrían sido otras dos cosas de las que preocuparse.