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Su tripulación parecía compartir su asombro, pues cuando el fragor de la batalla se atemperó y solo había cadáveres y cautivos rendidos de los que ocuparse, reunieron sus vituallas para serpientes en la elevada cubierta de popa del barco de esclavos y se turnaron para arrojarles comida desde allí.
Algunos de los prisioneros maniatados lloraban y gritaban, pero sus voces quedaban apagadas por los aprobatorios rugidos de los piratas cuando un nuevo aperitivo humano volaba por la borda.
Pronto se convirtió en un juego que consistía en arrojar cada víctima o cadáver no a una de las dos serpientes, sino entre ambas, para ver cómo las enormes bestias se disputaban la carne.
Los que se habían quedado en la Marietta se sentían agraviados por verse excluidos de este pasatiempo, pues aunque seguían realizando sus labores a bordo, lo hacían echando no pocas miradas de reojo a sus camaradas.
Cuando las serpientes se saciaron, su agresividad disminuyó y se conformaron con alimentarse por turnos.
Mientras los últimos cautivos caían por la borda, los primeros esclavos empezaron a salir a cubierta.
Llegaban de las compuertas, tosiendo y parpadeando ante la luz de la mañana.
Se agarraban a los mugrientos harapos que cubrían sus esqueléticos cuerpos frente a la fría brisa marina.
Conforme se abría una escotilla tras otra aumentaba la fetidez del aire, como si el hedor fuera un genio malvado confinado bajo cubierta desde hacía demasiado tiempo.
A Kennit le asqueó ver lo demacradas que estaban esas personas.
La enfermedad siempre le había horrorizado, y no perdió tiempo en enviar un hombre para decirle a Sorcor que ya iba siendo hora de que se separaran los veleros.
Quería poner agua limpia de por medio entre él y ese cascarón infestado.
Vio a su mensajero cumplir sus órdenes a la carrera, más que contento por echar un vistazo más de cerca por sí mismo.
Kennit se alejó de la cubierta de popa y bajó a su camarote.
Allí encendió velas perfumadas para repeler el mal olor que lo había seguido desde fuera.
Momentos después, Sorcor llamó jovialmente a su puerta.
—Adelante —lo invitó con brusquedad Kennit.
El fornido primer oficial se presentó con las manos rojas y un brillo en la mirada.
—Victoria absoluta —informó a Kennit sin aliento—. Ha sido una victoria absoluta. El barco es nuestro, señor. Y más de trescientos cincuenta hombres, mujeres y niños liberados de sus miserables bodegas.
—¿Otro cargamento digno de tal nombre? —preguntó secamente Kennit cuando Sorcor hizo una pausa para tomar aliento.
El primer oficial sonrió.
—El capitán parecía tener buen ojo para la ropa elegante, señor. Pero era un hombre corpulento y tenía un gusto extravagante para los colores.
—En tal caso, puede que encuentres de tu agrado el atuendo de su cadáver.
—La frialdad que destilaba la voz de Kennit hizo que Sorcor se enderezara—.
Si has terminado ya con tu aventura, sugiero que pongamos una pequeña tripulación a bordo de nuestro «trofeo» y lo llevemos a algún puerto, en vista de que esa mole de madera es todo lo que nos han reportado los esfuerzos de esta noche. ¿Cuántos hombres perdidos o heridos?
—Dos muertos, señor, tres con unos cuantos cortes. —La pregunta parecía soliviantar a Sorcor. Era evidente que había pecado de ingenuo al esperar que Kennit compartiera su júbilo.
—Me pregunto cuántos más perderemos por culpa de la enfermedad. Esa peste basta para soltarle las tripas a cualquiera, por no hablar de los posibles contagios que hayan cultivado en esa bañera.
—Eso no es culpa de las personas que hemos rescatado, señor —señaló Sorcor, envarado.
—No he dicho que lo fuera. Es culpa de nuestra propia estupidez.
Venga. Tenemos el barco para resarcirnos de nuestras fatigas y quizá alcance un buen precio, pero no antes de que lo hayamos librado de su cargamento y frotado a conciencia.
—Miró a Sorcor y sonrió con cuidado mientras formulaba la pregunta que había estado preparando—: ¿Qué piensas hacer con estos pobres diablos que has rescatado? ¿Dónde podríamos dejarlos?
—No podemos abandonarlos sin más en la orilla más cercana, señor. Sería un asesinato. La mitad están enfermos; la otra mitad, débiles; y no hay herramientas ni provisiones que dejar con ellos, salvo las galletas de a bordo.
—Asesinato —lo interrumpió afablemente Kennit—. Ah, ahí tenemos un concepto extraño para ti y para mí. No es que yo haya estado echando gente a las serpientes marinas últimamente.
—¡Se lo merecían! —Sorcor empezaba a mostrarse acosado—. ¡Era más de lo que se merecían, porque por lo menos fue rápido! —Se golpeó una palma con el puño cerrado y pareció encolerizarse.
Kennit exhaló un diminuto suspiro.
—Ah, Sorcor, no te lo discuto. Solo intento recordarte que tú y yo somos piratas.
Villanos asesinos que surcan el Paso Interior al acecho de embarcaciones que abordar y saquear, entregados al pillaje y la exigencia de rescates.
Lo hacemos para lucrarnos. No somos las enfermeras de ningún esclavo enfermo, y menos cuando la mitad de esos seguro que se merece tanto su suerte como los tripulantes con los que has dado de comer a las serpientes.
Tampoco somos heroicos salvadores de los oprimidos. Piratas, Sorcor. Somos piratas.
—Ese era nuestro acuerdo —señaló Sorcor con mansedumbre—. Por cada nao rediviva que persigamos, daremos caza a un barco de esclavos. Hicimos un trato.
—Sí que lo hicimos. Esperaba que, tras enfrentarte a la realidad de tu primer «triunfo», comprendieras su futilidad.
Fíjate, Sorcor. Digamos que dedicamos nuestra tripulación y nuestros recursos a conducir a Mentecacia ese velero asqueroso.
¿Crees que sus habitantes van a salir a recibirnos y congratularnos por desembarcar trescientos cincuenta desdichados muertos de hambre, harapientos y enfermos para que infesten su ciudad como pordioseros, putas y ladrones?
¿Crees que estos esclavos que hemos «rescatado» van a darte las gracias por abandonarlos a su suerte como desahuciados?
—Ahora se sienten agradecidos, hasta el último de ellos —declaró Sorcor con aire obstinado—.
Y sé que en mis tiempos, señor, me hubiera sentido condenadamente agradecido de que me dejaran en tierra donde fuera, con o sin un bocado de pan o un paño de tela, siempre y cuando fuera libre y pudiera respirar aire puro.
—Está bien, está bien. —Kennit fingió capitular con un suspiro de resignación—.
Montemos este asno hasta el final, si no queda otro remedio.
Elige un puerto, Sorcor, y los llevaremos allí.
Solo te pido una cosa: por el camino, los que sean capaces se dedicarán a la tarea de limpiar ese barco.
Y me gustaría zarpar en cuanto sea posible, ahora que las serpientes están saciadas.
—Kennit apartó la mirada de Sorcor con indiferencia.
No sería de rigor dejar que se solazara en la gratitud de los cautivos liberados—.
Te quiero a bordo de la Marietta , Sorcor.
Pon a Rafo al mando del otro velero y asígnale unos cuantos hombres.
Sorcor se puso firme.
—Sí, señor —respondió pesadamente. Salió de la estancia arrastrando los pies, un hombre muy distinto del que había cruzado antes la puerta, henchido de victoria. Cerró la puerta sin hacer ruido a su espalda.
Kennit se la quedó mirando un momento. Estaba poniendo a prueba la lealtad de ese hombre; el lazo que los unía estaba forjado principalmente en la lealtad de Sorcor.
Meneó la cabeza para sí. Quizá fuera culpa suya.
Había tomado a un simple marinero sin educación, con talento para los números y la navegación, y lo había encumbrado al estatus de primer oficial, le había enseñado lo que se sentía al controlar a las personas.
Pensar, por fuerza, iba ligado a esa posición.
Pero Sorcor estaba empezando a pensar demasiado.
Pronto Kennit tendría que decidir qué le traía más cuenta: el valor de su primer oficial como segundo al mando o su propio control de su barco y sus hombres.
Exhaló un hondo suspiro. Las herramientas se embotaban tan deprisa en este negocio…