Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 12 #4
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—Oh, creo que te cederé ese honor —masculló Kennit con tono seco.

Se apoyó ocioso en la barandilla, dejando en manos de su primer oficial el abordaje y la captura.

Si la falta de entusiasmo de su capitán desalentaba a Sorcor, lo disimuló bien.

Se encaramó a la arboladura para gritar sus órdenes a los hombres de cubierta.

Los marineros compartían su sed de batalla, pues se dispusieron a obedecer con ahínco, de modo que las velas añadidas parecieron flotar sobre el palo y florecer con el viento nocturno.

Kennit se sentía egoístamente agradecido por el viento favorable, pues se llevaba lejos de ellos la mayor parte del hedor que se desprendía del barco de esclavos.

Se sentía casi ajeno a todo mientras acortaban distancias con la otra nave.

En un desesperado intento por dejarlos atrás, el barco de esclavos estaba desplegando las velas, con sus aparejos colmados de hombres que se afanaban como hormigas asustadas.

Sorcor profirió una maldición de entusiasmo ante esto y ordenó disparar las catapultas.

Kennit pensó que se había precipitado, pero las dos bolas pesadas, unidas con un resistente trozo de cadena erizada de púas y cuchillas, volaron altas y rectas hasta estrellarse contra el velamen y las cuerdas de la otra embarcación, desgarrando y desarbolando mientras caían con fuerza sobre la cubierta.

Media decena de hombres cayeron junto con las bolas, gritando hasta chocar con la cubierta o desvanecerse bajo las olas.

El sonido de sus alaridos apenas se había apagado cuando Sorcor lanzó un segundo juego de bolas y cadenas.

Este no hizo tanto daño, pero ahora la atribulada tripulación del barco de esclavos estaba demasiado pendiente de otros misiles como para manejar las velas con eficacia, en tanto el trapo y los cabos que se habían desplomado obstaculizaban la cubierta y entorpecían la actuación de las demás velas.

Las cubiertas del barco de esclavos eran un completo caos cuando Sorcor ordenó lanzar los garfios de sujeción.

Kennit se sentía distante y ajeno mientras veía cómo su impotente víctima era amarrada y asegurada.

Al aventurarse el amanecer sobre el agua, Sorcor y sus piratas saltaron o se columpiaron por encima de la pequeña distancia que separaba ambas embarcaciones, entre vítores y gritos alimentados por la sed de sangre.

Kennit se tapó la nariz con el puño de su abrigo y aspiró a través de la manga para no inhalar la pestilencia del barco de esclavos.

Se quedó a bordo de la Marietta con una tripulación testimonial.

Los que permanecían junto a él se sentían frustrados por verse privados de la carnicería, pero alguien debía gobernar la Marietta y estar listo, ya fuera para repeler posibles asaltantes o para cortar los cabos de agarre si se volvían las tornas.

Kennit fue espectador de la masacre de la tripulación del barco de esclavos.

Poco esperaban ser atacados por unos piratas.

Su cargamento no solía ser del agrado de los piratas.

La mayoría de estos, como Kennit, prefería los bienes valiosos e imperecederos y, a ser posible, fáciles de transportar.

Los esclavos encadenados bajo la cubierta eran todo el cargamento que llevaba esta nave.

Aunque los piratas hubieran tenido la intención de hacer el tedioso viaje hasta Chalaza para venderlos, el transporte de semejante mercancía exigía ojos atentos y estómagos fuertes.

Este ganado exigía protección además de comida, agua e higiene rudimentaria.

El barco en sí podría tener algún valor, pensó Kennit, aunque el hedor que emanaba de él bastaba para revolverle las tripas.

La tripulación del barco de esclavos tenía las armas empleadas para imponer orden entre las filas de su cargamento y poco más.

No parecían tener mucha idea, reflexionó Kennit, de cómo enfrentarse a un hombre sano y bien armado; supuso que uno llegaba a acostumbrarse a apalear o dar patadas a la gente cargada de cadenas y se olvidaba de lo que era vérselas con cualquier otro tipo de oponente.

Antes había intentando convencer a Sorcor de que podrían pedir un rescate por los tripulantes y el velero, aunque fuera sin su carga. Sorcor se había negado rotundamente.

—Mataremos a la tripulación, liberaremos la mercancía y venderemos la nave. Pero no a otros traficantes de esclavos —había estipulado con altanería.

Kennit empezaba a arrepentirse de haber permitido que el hombre lo considerara su igual.

Empezaba a volverse demasiado exigente y no parecía darse cuenta de lo odiosa que le resultaba a Kennit esa conducta.

Entrecerró los ojos mientras pensaba en que la tripulación parecía demasiado complacida con las idealistas peroratas de Sorcor.

Dudaba que se debiera a que compartían su noble objetivo de acabar con la esclavitud.

Lo más probable era que se relamieran ante la perspectiva de entregarse a una carnicería sin freno.

Mientras veía cómo dos de sus excelsos marineros arrojaban por la borda a un hombre vivo a las expectantes fauces de una serpiente, Kennit asintió despacio.

Este bestial derramamiento de sangre era lo que ansiaban.

Puede que hubiera empuñado sus riendas con demasiada firmeza pensando en el botín que les reportarían los prisioneros vivos.

Dejó a un lado esa idea para repasarla más adelante.

De cualquiera se podía aprender una lección, hasta de Sorcor.

Todos los perros necesitaban verse libres de su correa de vez en cuando.

No debía permitir que la tripulación creyera que solo Sorcor les podía proporcionar semejantes regalos.

Pronto se aburrió de presenciar la carnicería.

La tripulación del barco de esclavos no era rival para la suya.

La defensa de su nave carecía de organización, no eran más que un puñado de hombres intentando no morir.

Sin éxito. La masa de hombres que había respondido al abordaje pirata enseguida se redujo a pequeños grupos de defensores rodeados por un enemigo implacable.

El final era previsible; esta conquista no tenía ningún suspense.

Kennit le dio la espalda. Lo rutinario de las muertes de esos hombres tenía algo que lo aburría más que repugnaba.

Los gritos, la sangre que escapaba a borbotones o en hilillos, los últimos estertores desesperados, los ruegos sin sentido; ya lo había visto todo.

Observar a las dos serpientes era mucho más esclarecedor.

Se preguntó si no llevarían algún tiempo escoltando a esta nave; puede que la tuvieran incluso en cierta estima, como proveedora de comida fácil.

Se habían retirado al iniciar la Marietta su ataque, en apariencia molestas por el revuelo de actividad.

Pero, cuando comenzaron los sonidos de la batalla y los alaridos de los moribundos, se apresuraron a regresar.

Describían círculos alrededor de los barcos trabados como perros en torno a una mesa, disputándose los mejores puestos.

Kennit nunca había tenido la oportunidad de ver una serpiente durante tanto tiempo ni tan de cerca.

Estas dos no parecían tener miedo. La de mayor tamaño era de un escarlata brillante, jaspeado de naranja.

Cuando sacaba la cabeza y el cuello del agua y abría sus fauces, una melena de púas se erizaba alrededor de su garganta y su cabeza, confiriéndole el aspecto de un león.

Eran unos apéndices carnosos y ondeantes que le recordaban a las irritantes extremidades de las anémonas o las medusas.

Le hubiera sorprendido mucho descubrir que sus puntas no estaban cargadas de algún tipo de veneno paralizador.

Lo cierto era que cuando la culebra más pequeña, de color turquesa, se enzarzaba con la mayor, evitaba el roce de la melena de su rival.

Lo que a la serpiente más pequeña le faltaba en tamaño lo compensaba con su agresividad.

Se atrevió a acercarse mucho más al costado del barco y, cuando levantó la cabeza hasta la altura de la barandilla de la nave de esclavos, abrió además las fauces, descubriendo hilera tras hilera de dientes puntiagudos.

Siseó al hacerlo, proyectando una fina nube de saliva venenosa.

La nube se tragó a dos hombres enfrentados.

Ambos se olvidaron inmediatamente de la lucha y cayeron jadeando sobre la cubierta, retorciéndose en un inútil intento por llevar aire a sus pulmones.

Pronto se quedaron inmóviles mientras la frustrada serpiente convertía las aguas en espuma con sus contorsiones, furiosa por que su presa siguiera a salvo a bordo del barco.

Kennit dedujo que era joven e inexperta.

La serpiente de mayor tamaño parecía tomárselo todo con más filosofía.

Se conformaba con permanecer junto al barco de esclavos, esperando a que se acercaran a la barandilla los hombres que cargaban con cuerpos.

Abría entonces la boca para atrapar lo que cayera, tanto si estaba muerto como si todavía se debatía.

Apresaba los cuerpos entre sus fauces, pero no se tomaba la molestia de masticar.

Sus dientes parecían consagrados a la tarea de triturar.

Estos bocaditos no necesitaba descuartizarlos.

En vez de eso, la serpiente echaba la cabeza hacia atrás y separaba las mandíbulas más de lo que Kennit hubiera creído posible.

Luego el cuerpo se desvanecía, con botas y todo, y Kennit podía seguir su tránsito por el gaznate de la criatura fijándose en la distensión de su sinuosa garganta.

Era un espectáculo fascinante y escalofriante al mismo tiempo.