Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 12 #3
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—Cierto. Lo era. Un hombre excelente. —El tono de Brashen se suavizó—.

Pero lo que debes aprender es que no resulta sencillo dejar de ser la hija de un mercader.

O el hijo. Desde fuera, los mercaderes del Mitonar parecen constituir la alianza más sólida posible.

Pero tú y yo, que hemos estado dentro, sabemos que el interior se opone a nosotros.

Fíjate, tú eres una Vestrit. De acuerdo.

Así que hay algunas familias que comercian con vosotros y se benefician, y otras que compiten con vosotros, y otras que están aliadas con las que compiten con vosotros…

, nadie es vuestro enemigo. Pero cuando vayas a buscar trabajo será, en fin, como lo fue para mí.

Brashen Trell, ¿eh? ¿El hijo de Kelf Trell?

Vaya, ¿por qué no trabajas para tu familia, chaval?

Oh, ¿disputas? Caray, no quiero ponerme a mal con tu padre por haberte contratado.

No es que te lo vayan a decir a la cara, claro, solo te mirarán, te darán largas y te dirán: «Vuelve dentro de cuatro días», y ya no estarán ahí cuando regreses.

Y los que no se lleven bien con tu familia, bueno, tampoco querrán contratarte porque les gustará verte en el fango.

—La voz de Brashen estaba perdiendo fuelle, volviéndose más profunda, suave y lenta.

Estaba hablando para quedarse dormido, pensó Dechado , lo mismo que hacía él tan a menudo.

Seguro que ya se había olvidado de que Althea estaba allí.

Dechado estaba muy familiarizado con la larga letanía de agravios e injusticias que había padecido Brashen.

Y todavía más familiarizado con los reproches de idiotez e inutilidad que dirigía contra sí mismo.

—Entonces, ¿cómo sobreviviste? —preguntó con resentimiento Althea.

—Fui a donde daba igual cómo me llamara.

El primer barco en el que me enrolé era chalazo.

No les importaba quién fuera yo, siempre y cuando trabajara duro y por una miseria.

La cuadrilla de podridos bastardos más despreciables con la que haya navegado jamás.

¿Considerados con un chiquillo? No, ellos no.

Salté del barco en el primer puerto donde amarramos.

Volví a zarpar aquel mismo día en una nave distinta.

No era mucho mejor, pero un poco sí. Luego…

—Se interrumpió. Por un momento, Dechado pensó que se habría quedado dormido.

Oyó revolverse a Althea, intentando encontrar una forma cómoda de sentarse en la cubierta inclinada—.

Para cuando volví al Mitonar, era un marinero de cubierta curtido.

Oh, curtido, vaya que sí. Pero volvía a ser condenadamente igual que antes.

El chaval de Trell esto, el hijo de Trell aquello…

Pensaba que conseguiría hacerme alguien de provecho.

Llegué a intentar hablar con mi padre y arreglar las cosas.

Pero no se dejó impresionar por lo que había hecho con mi vida.

No, señor, nada de eso. Tremendo terco… Así que visité todos los barcos del puerto.

Todos. Nadie quería emplear al hijo de Kelf Trell.

Cuando llegué a la Vivacia , estaba tapado con la bufanda hasta las cejas y no apartaba los ojos del suelo.

Solicité trabajo digno para un marinero honrado.

Y tu padre dijo que me pondría a prueba.

Dijo que un hombre honrado le vendría bien.

Lo dijo de una manera… Estaba seguro de que no me había reconocido, como lo estaba de que me daría la espalda si le decía mi nombre.

Pero lo hice de todos modos. Lo miré y le dije: «Me llamo Brashen Trell.

Antes era el hijo de Kelf Trell». Y él respondió: «Eso no te recortará ni alargará las guardias un solo minuto, marinero». Y ¿sabes?, así fue.

—Los chalazos no contratan mujeres —dijo Althea con voz apagada. Dechado se preguntó cuánta atención habría prestado a la historia de Brashen.

—No como marineras —convino Brashen—. Opinan que una mujer a bordo atrae a las serpientes. Porque las mujeres sangran, ya sabes. Muchos marineros lo dicen.

—Eso es una estupidez —exclamó asqueada Althea.

—Ya. Muchos marineros son estúpidos. Míranos a nosotros dos. —Se rio de su propio chiste, pero Althea no se unió a él.

—Hay otras mujeres marineras en el Mitonar. Alguien me dará trabajo.

—A lo mejor, pero no el que te esperas —dijo Brashen con brusquedad—.

Sí, hay marineras, pero casi todas las que ves en los muelles trabajan en los barcos de sus familias, con padres y hermanos que las protegen.

Embárcate sola en una nave cualquiera y harás bien en elegir cuanto antes a los compañeros de tripulación con los que pienses revolcarte.

Con suerte, serán lo bastante posesivos como para mantener a raya a los demás.

Si no tienes suerte, sacarán una buena suma de tus servicios antes de que recales en el próximo puerto.

La mayoría de primeros oficiales y capitanes harán la vista gorda para mantener el orden a bordo.

Eso si no reclaman para sí tus servicios.

—Hizo una pausa, antes de rezongar—: Todo eso ya lo sabes.

No has podido criarte entre marineros sin saberlo.

Así que ¿por qué contemplas siquiera esa posibilidad?

La rabia se apoderó de ella. Sintió deseos de gritar que no se lo creía o preguntar a voces por qué tenían que ser tan cerdos los hombres.

Pero sí que lo creía, y sabía que Brashen no podría responder a su pregunta, como tampoco podía ella.

El silencio se vertió en la oscuridad que los separaba, y aún su furia la abandonó.

—¿Qué voy a hacer? —se lamentó.

A Dechado le pareció que no hablaba con Brashen, pero este contestó de todos modos:

—Encuentra la manera de renacer como muchacho. A ser posible, uno que no se apellide Vestrit. —Brashen se reacomodó en la hamaca e inspiró un profundo aliento que luego expelió en forma de sonoro ronquido.

En su angosto rincón, Althea suspiró. Apoyó la cabeza en la dura madera del mamparo y se quedó inmóvil y en silencio.

El barco de esclavos era una silueta atezada contra el firmamento nocturno.

Si intuía que corría peligro de que lo estuvieran persiguiendo, no daba muestras de ello.

Lucía una considerable cantidad de trapo, pero la aguda vista de Kennit no detectaba el frenesí de actividad en la arboladura que confirmaría la necesidad de ganar velocidad.

La noche era perfecta; un dulce viento moderado acariciaba el mar, las olas eran dóciles brutos que tiraban infatigables de la nave.

—Lo abordaremos antes de que amanezca —le comentó a Sorcor en voz baja.

—Sí —exhaló el primer oficial. Su voz delataba mucha más emoción ante esa perspectiva de la que sentía su capitán.

Por encima del hombro, indicó en voz baja al timonel—: Mantenlo cerca de la orilla.

Abrázate a él como si fuera tu abuelita.

Si a su vigía se le ocurre mirar en esta dirección, no quiero que seamos visibles contra el mar abierto.

—Para el grumete de a bordo, siseó—: Abajo.

Repite la consigna. Quietos y callados, ni un solo movimiento como no sea en respuesta a una orden.

Y que no se vea ni una luz, ni siquiera una chispa. Ve sin hacer ruido, anda.

—Tiene un par de serpientes a popa —observó Kennit.

—Esperan los esclavos muertos que arrojan por la borda —dijo con amargura Sorcor—. Y los que están tan enfermos que no vale la pena seguir dándoles de comer. También esos van por la borda.

—¿Y si las serpientes deciden volverse y atacarnos durante la refriega? Entonces ¿qué?

—No lo harán —le aseguró Sorcor—. Las serpientes aprenden rápido. Dejarán que nos matemos entre nosotros, a sabiendas de que se quedarán con los cadáveres sin perder ni una escama.

—¿Y luego?

Sorcor esbozó una sonrisa salvaje.

—Si ganamos, estarán tan hinchadas con la tripulación del barco de esclavos que no podrán seguirnos. Si perdemos… —Se encogió de hombros—. Nos dará igual.

Kennit se apoyó en la barandilla, malhumorado y callado.

Ese mismo día había divisado a Anilloro , una suculenta y bamboleante nao rediviva con la quilla casi tan lejos de las olas como la punta de sus palos.

Contaban con la ventaja de la sorpresa; Kennit había hecho que la tripulación desplegara hasta la última vela que eran capaces de soportar los aparejos y, aun así, la nao rediviva se había alejado como si la empujara su propio viento particular.

Sorcor estaba callado junto a Kennit mientras este asistía, primero con incredulidad y luego con salvaje enfurecimiento, al giro de los acontecimientos.

Cuando Anilloro rodeó Isla Inane para atrapar la corriente favorable y perderse de vista, Sorcor se había atrevido a observar:

—La madera muerta no tiene ninguna posibilidad frente al tronconjuro. Hasta las olas se apartan a su paso.

—Maldita sea —había soltado Kennit.

—Seguramente, señor —repuso Sorcor, imperturbable. Ya debía de estar husmeando el aire en busca del tufo de un barco de esclavos. O quizá se debiera solo a la infernal suerte del hombre que hubiera encontrado este tan deprisa.

Era una típica nave de esclavos chalaza, de quilla baja y amplia manga, lo más adecuado para atestar su interior de carne.

Kennit nunca había visto a Sorcor tan ávido de persecución, tan infatigable en su cacería.

Los mismos vientos parecían estar de su parte y, de hecho, faltaba bastante para el alba cuando Sorcor ordenó sacar los remos.

Las catapultas ya estaban sujetas y armadas, cargadas con bolas y cadenas para inutilizar el velamen de su presa, y los garfios ya estaban preparados para asir su mutilado trofeo.

Estos últimos eran una nueva idea de Sorcor que Kennit había considerado con escepticismo.

—¿Conducirá a la tripulación hasta nuestro premio, señor? —le había preguntado Sorcor mientras los vigías del barco de esclavos daban las primeras voces de alarma.