12 #2
Trepó con dificultad por su costado. Dechado oyó el susurro de la tela, montones de tela.
Parecía entorpecerle mientras cruzaba su cubierta inclinada y avanzaba a tientas por su bodega.
De niña era más ágil. Hubo un verano en que vino a verlo casi a diario.
Su hogar estaba en algún lugar en la ladera que había encima de él; la pequeña hablaba de recorrer los bosques que había detrás de su casa y descender luego por los acantilados hasta él.
Ese verano lo había conocido bien, jugando a todo tipo de juegos en su interior y a su alrededor, haciendo como que él era su barco y ella, su capitana, hasta que se enteró su padre.
Un día la siguió y, cuando la descubrió hablando con el barco maldito, los regañó airadamente a ambos y condujo a Althea a casa con una vara.
Durante mucho tiempo después de eso, ella no había venido a verlo.
Cuando lo hizo, fue solo en breves visitas al amanecer o por la noche.
Pero aquel verano ella lo había conocido bien.
Todavía parecía recordar algo sobre él, pues se abrió paso por su interior hasta llegar al espacio de proa donde la tripulación solía colgar sus hamacas.
Curioso que su presencia dentro reavivara tales recuerdos.
Caramelón era pelirrojo y siempre protestaba por la comida.
Había muerto allí, el machete que había acabado con su vida había dejado también una profunda cicatriz en las tablas, su sangre había manchado la madera…
Althea se acurrucó contra un mamparo. Pasaría frío esta noche. Puede que su casco fuera sólido, pero eso no impedía que la humedad lo atravesara. Podía sentirla, quieta y pequeña contra él, sin dormir. Probablemente tenía los ojos abiertos, clavados en la oscuridad.
Pasó el tiempo. Un minuto o casi toda la noche.
Costaba saberlo. Brashen bajó a la playa.
Dechado conocía su paso y el modo en que murmuraba para sí cuando había estado bebiendo.
Esta noche, la preocupación enturbiaba su voz y Dechado estimó que estaba próximo a terminar con su dinero.
Mañana se lamentaría largo y tendido por su estupidez, y luego saldría a gastar el resto de sus monedas. Después tendría que hacerse a la mar.
Dechado casi lo echaba de menos. Tener compañía era interesante y emocionante. Pero también irritante y preocupante. Le hacían pensar en cosas que preferiría no remover.
— Dechado —lo saludó Brashen al acercarse—. Permiso para subir a bordo.
—Concedido. Está aquí Althea Vestrit.
Silencio. Dechado casi podía sentirlo mirándolo con los ojos como platos.
—¿Me está buscando? —preguntó Brashen con voz pastosa.
—No. A mí. —Le complacía poder darle esa respuesta—. Su familia le ha dado la espalda y no tenía adónde ir. Así que recurrió a mí.
—Oh. —Otra pausa—. No me sorprende. En fin, cuanto antes se dé por vencida y vuelva a casa, mejor para ella. Aunque me imagino que tardará bastante en llegar a eso. —Brashen bostezó sin recato—. ¿Sabe que estoy viviendo a bordo? —Una pregunta precavida que rogaba por una respuesta negativa.
—Naturalmente —contestó animado Dechado —. Le dije que habías ocupado el camarote del capitán y que tendría que buscarse otro sitio.
—Oh. Bueno, bien por ti. Bien por ti. En fin, buenas noches. Estoy que me caigo.
—Buenas noches, Brashen. Que descanses.
Instantes después, Brashen estaba en el camarote del capitán.
Pocos minutos después de eso, Dechado sintió cómo se desperezaba Althea.
Intentaba moverse sin hacer ruido, pero no podía ocultarse de él.
Cuando llegó por fin a la puerta del cuarto del castillo de proa donde Brashen había colgado su hamaca, se detuvo.
Llamó con mucha suavidad a la puerta con paneles.
—¿Brash? —dijo con cuidado.
—¿Qué? —respondió él enseguida. No estaba dormido, ni siquiera había pegado ojo. ¿Habría estado esperando? ¿Cómo podría saber que ella lo buscaría?
Althea inspiró hondo.
—¿Puedo hablar contigo?
—¿Puedo impedírtelo? —rezongó él. Evidentemente era una respuesta conocida, porque no disuadió a Althea. Posó la mano en la manilla de la puerta, antes de retirarla sin haberla abierto. Se apoyó en la puerta y habló a través de ella:
—¿Tienes una lámpara o una vela?
—No. ¿De eso querías hablar? —El tono de voz de Brashen parecía estar volviéndose brusco.
—No. Es solo que prefiero ver a las personas con las que hablo.
—¿Por qué? Ya sabes qué pinta tengo.
—Cuando estás borracho eres imposible.
—Por lo menos en mi caso es solo cuando estoy borracho. Tú eres imposible todo el tiempo.
Ahora Althea parecía muy enfadada.
—Ni siquiera sé por qué intento hablar contigo.
—Ya somos dos —añadió Brashen como para sí. El Dechado se preguntó si eran conscientes de la claridad con la que oía cada una de sus palabras y movimientos. ¿Sabían que él era su público invisible o de verdad pensaban que estaban solos? Sospechaba que Brashen, al menos, lo intuía.
Althea exhaló un suspiro. Apoyó la cabeza en la puerta con paneles que los separaba.
—No tengo a nadie más con quien hablar. Y de veras que lo necesito… Mira, ¿puedo pasar? Detesto hablar a través de esta puerta.
—No está cerrada con llave —rezongó él. No se levantó de la hamaca.
A oscuras, Althea empujó la puerta. Se quedó un momento en el umbral, insegura, antes de entrar a tientas en la estancia. Siguió la pared con cuidado para no caerse en el suelo inclinado.
—¿Dónde estás?
—Por aquí. En una hamaca. Será mejor que te sientes antes de que tropieces.
No le ofreció más cortesía que esa. Althea se sentó, afianzando los pies contra la pendiente del suelo y apoyando la cabeza en un mamparo. Tomó aire.
—Brashen, mi vida entera se ha desmoronado en los últimos dos días. No sé qué hacer.
—Vete a casa —sugirió él sin compasión—. Sabes que a la larga tendrás que hacerlo. Cuanto más lo pospongas, más difícil será. Así que hazlo ahora.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. Tú deberías comprenderlo. Nunca volviste a casa.
Brashen soltó una risotada amarga.
—¿Que no? Lo intenté. Es solo que volvieron a echarme porque había esperado demasiado.
Vaya, ahora sabes que te estoy dando un buen consejo.
Vuelve a casa mientras puedas, mientras un poco de humildad y obediencia te consigan un sitio donde dormir y comida en el plato.
Espera demasiado, deja que la desgracia se aposente, deja que se acostumbren a vivir sin el miembro problemático de la familia y nunca te aceptarán, da igual lo mucho que supliques y te arrastres.
Althea guardó silencio un largo rato. Luego:
—¿Eso es lo que te pasó de verdad?
—No. Me lo estoy inventado todo —repuso Brashen con cinismo.
—Lo siento —dijo Althea. Más decidida, añadió—: Pero no puedo volver. Al menos, no mientras Kyle esté en el puerto. Y aunque se haya ido, si regreso, será solo para recoger mis cosas.
Brashen se revolvió en su hamaca.
—¿Te refieres a tus vestidos y a tus baratijas? ¿Preciadas reliquias de tu niñez? ¿Tu almohada preferida?
—Y mis joyas. Siempre podré venderlas si hace falta.
Brashen volvió a tenderse en la hamaca.
—¿Para qué molestarse? De todos modos, descubrirás que no puedes arrastrar todo eso detrás de ti.
En cuanto a tus joyas, ¿por qué no fingir que ya las tomaste, que las vendiste una por una con gran dolor de tu corazón y que ahora realmente tienes que encontrar la manera de vivir tu propia vida?
Así te ahorrarás tiempo, y cualquier dote que puedas tener se quedará por lo menos con tu familia.
Si es que Kyle no se ha encargado ya de guardarla a cal y canto.
El silencio que siguió a la sugerencia de Brashen era más negro que la oscuridad sin estrellas en la que Dechado tenía perdida la mirada. Cuando Althea habló, la determinación le endurecía la voz:
—Sé que tienes razón. Necesito hacer algo, no esperar a que ocurra. Me hace falta un empleo. Y el único trabajo del que sé algo es navegar. Es mi única vía de regreso a bordo de la Vivacia . Pero nadie me contratará si voy vestida así…
Brashen resopló con desdén.
—Afróntalo, Althea: nadie te contratará, da igual cómo te vistas. Tienes demasiadas cosas en contra. Eres mujer, eres la hija de Ephron Vestrit y, además, Kyle Haven no estará nada contento con el que te contrate.
—¿Por qué va en mi contra ser la hija de Ephron Vestrit? —La voz de Althea era apenas audible—. Mi padre era un buen hombre.