12
De barcos derrelictos y naves
de esclavos
Bajo el agua. Sin tiempo para tomar aliento ni engullido por el ímpetu de una ola, sino colgando bocabajo sumergido, con el cabello fluyendo a su compás, los pulmones bombeando solo agua salada.
«Estoy ahogado, muerto —pensó—. Ahogado y muerto igual que antes».
Frente a él no había más que el mundo teñido de verde, los peces y el agua.
Le abrió los brazos, dejó que flotaran bajo su cabeza y se movieran con las olas. Aguardaba la muerte.
Pero todo era un engaño, como siempre. Lo único que quería era parar, dejar de existir, pero eso jamás le estaría permitido.
Incluso aquí, bajo el agua, con sus cubiertas mudas del atronar de los pies y las órdenes a gritos, con sus bodegas repletas de agua de mar y silencio, seguía sin haber paz.
Hastío, sí, pero no paz. Los plateados bancos de peces lo eludían.
Se acercaban a él como falanges de aves marinas, tan solo para virar en redondo, sin romper la formación, al presentir el impío tronconjuro de sus huesos.
Se movía solo en un mundo de sonidos apagados y colores desvaídos, sin respirar, sin dormir.
Entonces llegaron las serpientes.
Parecían sentirse atraídas por él, asqueadas y fascinadas al mismo tiempo.
Lo provocaban, lo espiaban, con sus fauces erizadas de colmillos abriéndose y cerrándose rozando casi su rostro y sus brazos.
Intentó alejarlas, pero lo abrumaron con su cantidad, dejando que sus puños las aporrearan todo lo que él quisiera, sin mostrar jamás indicios de que sintieran su fuerza como algo más que el impotente debatirse de un pez.
Hablaban entre sí a su alrededor, un trompeteo sumergido que él casi entendía.
Eso era lo más aterrador, que casi podía comprenderlas.
Lo miraron a los ojos, envolvieron su casco en sus sinuosos abrazos, sosteniéndolo de una manera que era amenazadora y, al mismo tiempo, un recordatorio de…
algo. Acechaba en el último rincón de su memoria, un vestigio de familiaridad demasiado espantoso como para llamarlo a la vanguardia de su mente.
Lo apresaron y lo arrastraron, cada vez más abajo, hasta que la mercancía atrapada en su interior lo lastimó en su flotante intento por liberarse.
Y en todo momento lo acusaban y lo interrogaban con furia, como si su rabia pudiera obligarlo a comprenderlas.
—¿ Dechado ?
Se despertó sobresaltado, de un sueño que era una visión del infierno eterno de las tinieblas.
Intentó abrir los ojos. Pese a todos los años transcurridos, seguía intentando abrir los ojos y ver quién se dirigía a él.
Tímidamente, bajó los brazos alzados, los cruzó en ademán protector sobre su torso surcado de cicatrices para ocultar la ignominia que lo mancillaba. Casi le pareció reconocer la voz.
—¿Sí? —preguntó a la defensiva.
—Soy yo. Althea.
—Tu padre se enfadará contigo si te encuentra aquí. Se pondrá a rugir.
—Eso fue hace mucho tiempo, Dechado . Entonces yo solo era una niña. He venido a verte muchas veces desde aquel día. ¿No te acuerdas?
—Supongo que sí. No vienes a menudo. Y lo que más recuerdo de ti es cómo se puso a rugirnos tu padre cuando te descubrió conmigo. Me llamó «condenado montón de astillas» y dijo que era «el peor tipo de suerte que le podía tocar a uno».
Althea parecía casi avergonzada cuando respondió:
—Sí. Yo también me acuerdo de eso, perfectamente.
—Seguro que no tan bien como yo. Aunque, claro, tú tendrás una mayor variedad de recuerdos entre los que elegir. —Petulante, añadió—: Uno no reúne demasiados recuerdos extraordinarios varado en la playa.
—Seguro que en tus días corriste muchas aventuras —ofreció Althea.
—A lo mejor. Estaría bien que pudiera recordar alguna.
La oyó acercarse. A juzgar por el cambio en el ángulo de su voz, estimó que se había sentado en una roca en la playa.
—Antes me hablabas de cosas que recordabas. Cuando era pequeña y venía aquí, me contabas toda clase de historias.
—La mayoría de ellas mentiras, supongo. No me acuerdo. O puede que entonces sí, pero ya no. Creo que me estoy volviendo disperso. Brashen opina que podría deberse a la desaparición de mi cuaderno de bitácora. Dice que parece que no recuerdo mi pasado tan bien como antes.
—¿Brashen? —Un filo de sorpresa en su voz.
—Otro amigo —respondió con indiferencia Dechado .
Le agradaba haberla sorprendido con la noticia de que tenía otro amigo.
A veces lo irritaba que esperaran que se alegrara tanto de verlos, como si fueran las únicas personas que conocía.
Aunque lo fueran, no deberían haberlo dado por sentado, como si fuera imposible que un montón de astillas como él pudiera haber hecho otras amistades.
—Oh. —Al cabo, Althea añadió—: Yo también lo conozco. Servía en el barco de mi padre.
—Ah, sí. La… Vivacia . ¿Qué tal está? ¿Se ha avivado ya?
—Sí. Sí, se ha avivado. Hace solo dos días.
—¿En serio? Entonces me sorprende que estés aquí. Pensaba que preferirías estar con tu propia nave. —Brashen ya le había transmitido todas las noticias, pero extraía un curioso placer al obligarla a hablar de ello.
—Supongo que estaría con ella si pudiera —admitió con renuencia la muchacha—. La echo tanto de menos… En estos momentos la necesito mucho.
Su sinceridad pilló desprevenido a Dechado .
Se había acostumbrado a considerar a las personas fuentes de pesar.
Podían ir de un sitio a otro con libertad y acabar con sus vidas cuando lo desearan; le costaba entender que Althea pudiera sentir un dolor tan profundo como indicaba su voz.
En algún lugar de los laberintos de su memoria, un niño sollozó en su catre, añorando su hogar.
Dechado apartó bruscamente su consciencia de él.
—Háblame de ello —le pidió a Althea. No deseaba escuchar sus lamentos, pero al menos le serviría para mantener los propios a raya.
Se sorprendió cuando la muchacha accedió.
Habló largo y tendido, y relató desde la traición de la confianza familiar por parte de Kyle Haven a su propio e incompleto pesar que le producía la muerte de su padre.
Mientras Althea hablaba, el barco sintió que el último calor de la tarde se disipaba y lo reemplazaba el frescor de la noche.
Llegado un momento, la joven se levantó de su roca para apoyar la espalda en las tablas plateadas de su casco.
Dechado sospechó que lo hacía para beneficiarse de la tibieza del día que se demoraba en sus huesos, pero con la proximidad de su cuerpo le transmitió mejor sus palabras y sus sentimientos.
Era casi como si fueran parientes. ¿Sabía la muchacha que estaba apelando a su comprensión como si él fuera su propia nao rediviva?
Seguro que no, se dijo con dureza. Probablemente era solo que le recordaba a Vivacia y por eso le hacía extensibles sus sentimientos. Nada más. No estaba pensando en él.
Nada estaba pensado específicamente para él. Se obligó a recordarlo, por lo que estaba sereno cuando ella llevaba ya algún tiempo callada.
—No tengo dónde quedarme esta noche. —Althea rompió el silencio—. ¿Puedo dormir a bordo?
—Casi seguro que ahí adentro apesta —le advirtió Dechado —. Oh, mi casco sigue siendo sólido, eso sí. Pero poco puede hacer uno frente a las tormentas, y los remolinos de arena y los piojos de la playa consiguen colarse en todos los sitios.
—Por favor, Dechado . No me importa. Estoy segura de que puedo encontrar un lugar seco donde acurrucarme.
—En ese caso, de acuerdo. —La nao disimuló una sonrisa bajo su barba cuando añadió—: Siempre y cuando no te importe compartir el espacio con Brashen. Viene aquí todas las noches, ¿sabes?
—¿Sí? —En su voz había asombro y consternación.
—Viene y se queda casi siempre que atraca aquí.
Siempre es lo mismo. La primera noche es porque ya es tarde y está borracho y no quiere pagar el alquiler de una habitación por toda una noche cuando solo va a dormir unas cuantas horas, y aquí se siente a salvo.
Y luego sigue siempre con cómo esta vez va a ahorrar sus ganancias y gastar solo un poco, para tener algún día lo bastante ahorrado como para llegar a ser alguien.
— Dechado hizo una pausa, paladeando el atónito silencio de Althea—.
Nunca lo hace, claro. Todas las noches vuelve dando tumbos, con los bolsillos un poco más ligeros, hasta que se lo gasta todo.
Y cuando ya no le queda nada con lo que comprar bebida, regresa y se enrola en el barco que lo acepte hasta que llega la hora de zarpar de nuevo.
— Dechado , Brashen lleva años trabajando a bordo de la Vivacia —lo corrigió Althea con delicadeza—. Creo que siempre dormía en ella cuando atracaba aquí.
—Bueno, pero, sí, supongo que sí, pero me refería a antes de eso. Antes de eso y ahora. —Sin proponérselo, expresó su siguiente pensamiento en voz alta—: El tiempo se mezcla y se enreda cuando uno está ciego y solo.
—Me lo imagino. —Althea apoyó la cabeza en él y suspiró hondo—. En fin. Creo que iré a buscar un rincón donde acurrucarme antes de que se vaya la luz.
—Antes de que se vaya la luz —repitió despacio Dechado —. Entonces, todavía no ha anochecido del todo.
—No. Ya sabes cómo se alargan las tardes en verano.
Pero dentro seguramente esté negro como el carbón, así que no te alarmes si ando a tropezones.
—Hizo una pausa incómoda antes de plantarse delante de él.
Ladeado como estaba en la arena, le resultó sencillo cogerle la mano.
Le dio una palmada y un apretón—. Buenas noches, Dechado . Y gracias.
—Buenas noches. Ah, Brashen estaba durmiendo en el camarote del capitán.
—Vale. Gracias.