Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 11 #6
33%

11 #6

Se decía que la magia fluía con las aguas del río Pluvia.

Y sin duda las mercancías que enviaban a la ciudad las familias del Pluvia estaban prodigiosamente teñidas de ella.

Fueran cuales fuesen los siniestros rumores que podía escuchar uno en boca de aquellos colonos que habían decidido quedarse en el primer asentamiento del río Pluvia, los bienes con que comerciaban solo reflejaban maravillas.

De la familia Verga llegaban objetos perfumados con la fragancia de las antigüedades: tapices tejidos con delicadeza que retrataban seres no del todo humanos, con los ojos de lavanda o de topacio; joyas hechas de un metal cuyo origen se desconocía, con diseños muy extraños; encantadores jarrones de barro, aromáticos y gráciles.

Los Soffron comerciaban con perlas de profundos tonos de naranja, amatista y azul, y con recipientes de cristal que nunca se calentaban y que podían emplearse para enfriar el vino, la fruta o la crema dulce.

De otros llegaba la fruta del kwazi, cuya corteza producía un aceite capaz de entumecer la herida más grave y cuya pulpa era un intoxicante que surtía un efecto capaz de prolongarse durante días.

Las jugueterías siempre eran lo que más atraía a Althea: allí podían encontrarse muñecas cuyos ojos líquidos y piel cálida y suave imitaban los de un niño de verdad, y artefactos de relojería tan engranados que podía funcionar durante horas seguidas, almohadas rellenas de hierbas que garantizaban sueños maravillosos, y piedras talladas y excepcionalmente pulidas que refulgían con una fría luz interior para mantener las pesadillas a raya.

El precio de semejantes objetos era elevado, incluso para el Mitonar, y prohibitivo una vez que las mercancías se embarcaban a otros puertos.

Con todo, el precio no era el motivo de que Ephron Vestrit se negara a comprar esos juguetes, ni siquiera para su mimada nieta Malta.

Cuando Althea lo interrogó al respecto, él se limitó a menear la cabeza.

«No se puede tocar la magia sin impregnarse de ella», le había dicho con voz ominosa.

«Nuestros antepasados consideraron que el precio era demasiado elevado y abandonaron los Territorios Pluviales para fundar el Mitonar.

Y nosotros no comerciamos con los productos de los Territorios Pluviales».

Cuando Althea insistió en saber a qué se refería, Ephron sacudió la cabeza y le dijo que hablarían de ello cuando fuera mayor.

Pero ni siquiera sus prejuicios le habían impedido comprar las joyas perfumadas que tanto anhelaba su esposa.

Cuando fuera mayor.

Bueno, daba igual lo mayor que se hiciera, esa era una charla que nunca tendrían.

Esta amargura se entrometió en sus agradables recuerdos y en la tarde menguante.

Salió de la calle de los Territorios Pluviales, no sin antes dirigir una mirada de aprensión a la esquina donde estaba la tienda de Ámbar.

Casi esperaba ver a la mujer espiándola por la ventana.

Ventana que, en cambio, solo mostraba sus productos envueltos en una plana de paño de oro.

La puerta de la tienda estaba abierta, y la gente entraba y salía.

Así que le iba bien el negocio. Althea se preguntó con qué familia del Pluvia estaría aliada, y cómo se las había apañado.

Al contrario que casi todas las demás tiendas, su cartel no lucía la insignia de ninguna familia de mercaderes.

En una callejuela tranquila, Althea desanudó sus bolsillos y examinó su contenido.

Tal y como esperaba. Podría conseguir una habitación y una cena para esta noche, o podría comer frugalmente durante varios días con lo que tenía.

Volvió a pensar en regresar a casa, pero no se animaba a hacerlo.

Al menos, no mientras Kyle pudiera seguir allí.

Más adelante, cuando hubiera zarpado, si es que para entonces no había encontrado trabajo y un lugar donde quedarse, podría ir a casa y recuperar su ropa y sus joyas.

Seguro que eso podría reclamarlo, por lo menos, sin detrimento de su orgullo.

Pero no mientras Kyle estuviera allí. De ninguna manera.

Guardó las monedas y los billetes en su cartera y la amarró con fuerza, deseando poder recuperar el dinero que tan impulsivamente había gastado en bebida la noche anterior.

No podía, así que lo mejor sería tener cuidado con lo que le quedaba.

Se colocó los bolsillos dentro de las faldas.

Abandonó el callejón y se descubrió cruzando la calle con paso decidido.

Necesitaba un lugar donde pasar la noche y solo se le ocurría uno.

Procuró no pensar en las muchas veces que su padre le había advertido severamente sobre su compañía antes de prohibir que lo visitara.

Hacía meses que no hablaba con él, pero cuando era pequeña, antes de que empezara a navegar con su padre, había pasado muchas tardes de verano en su compañía.

Aunque a los demás niños de la ciudad les parecía alarmante y repulsivo, Althea pronto le había perdido el miedo.

Se había compadecido de él, la verdad sea dicha.

Era aterrador, cierto, pero lo más aterrador de él era lo que otros le habían hecho.

Después de comprender aquello, habían entablado una tentativa amistad.

Mientras el sol de la tarde se hundía en un largo anochecer de verano, Althea salió del Mitonar y se encaminó hacia la pedregosa playa en cuya arena reposaba Dechado .