Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 11 #5
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Así había permanecido Dechado durante toda la vida de Althea.

El Desdichado o el Derrengado , como lo llamaban a veces, era reflotado en ocasiones por alguna marea muy alta, pero el capitán de puerto había ordenado que lo anclaran a conciencia en los acantilados de la playa.

No pensaba consentir que el casco se soltara y quedara a la deriva en el mar, donde pudiera suponer un peligro para los demás barcos.

Oficialmente, Desdichado era ahora propiedad de Amis Ludoventura, pero Althea dudaba que esta visitara alguna vez los restos varados de la nao rediviva.

Como cualquier otro pariente loco, se le mantenía en la oscuridad, se le hablaba en susurros si es que alguna vez llegaba a dirigírsele la palabra.

Althea se imaginó ese destino abatido sobre Vivacia y se estremeció.

—¿Más vino? —preguntó el mozo, servicial.

Althea se apresuró a negar con la cabeza, comprendiendo que llevaba demasiado tiempo ocupando la mesa.

Quedarse ahí sentada, dándole vueltas a las desgracias ajenas, no iba a hacer que su vida mejorara.

Tenía que actuar. Lo primero que debería hacer era contar a su madre lo preocupada que parecía la nave y convencerla para que le permitiera regresar a bordo y navegar con ella.

Lo segundo que debería hacer, decidió, era cortarse el cuello antes de hacer nada que se pareciera a lloriquear como una chiquilla.

Dejó la tienda de té y deambuló por las bulliciosas calles del mercado.

Cuanto más intentaba concentrarse en sus problemas, más le costaba decidir cuál afrontar primero.

Necesitaba un lugar donde dormir, comida, una perspectiva de empleo.

Su adorado barco estaba en manos insensatas y no podía hacer nada para cambiarlo.

Intentó pensar en algún aliado que pudiera ayudarla y no se le ocurrió ninguno.

Se maldijo por no haber frecuentado la compañía de otros hijos e hijas de mercaderes.

No tenía ningún pretendiente al que recurrir, ninguna mejor amiga que pudiera cobijarla unos días.

A bordo de la Vivacia tenía a su padre para hacerle compañía y mantener serias conversaciones y a los marineros para encontrar camaradería y hacerse bromas.

Había pasado los días en el Mitonar o bien en casa, disfrutando del lujo de una cama de verdad y platos calientes de comida fresca, o bien siguiendo a su padre en asuntos de negocios.

Conocía a Curtil, su consejero, y a varios cambistas, y a no pocos comerciantes que les habían comprado mercancías en los últimos años.

Ni uno solo de ellos era alguien al que recurrir en una tesitura como la actual.

Tampoco podía volver a casa sin que pareciera que lo hacía arrastrándose.

Y era imposible predecir lo que intentaría Kyle si se presentara en la puerta, aunque solo fuera para reclamar sus cosas.

No le parecería impropio de él que intentara encerrarla en su cuarto como si fuera una niña traviesa.

Pero tenía una responsabilidad con Vivacia , de la que no estaba eximida ni siquiera aunque hubieran declarado que el barco ya no le pertenecía.

Acalló finalmente su conciencia deteniendo a un mensajero.

Por un penique, consiguió una hoja de papel basto y un carboncillo, y la promesa de que la entrega se haría antes del anochecer.

Redactó una nota apresurada para su madre, pero encontró poco que decir aparte de que estaba preocupada por la nave, que Vivacia parecía infeliz y nerviosa.

No pidió nada para sí, tan solo que su madre visitara a Vivacia y animara al barco a franquearse con ella y revelar el origen de su desdicha.

Aun a sabiendas de que resultaría melodramático, recordó a su madre la aciaga suerte del Dechado , diciendo que esperaba que la nao de su familia nunca llegara a compartirla.

Luego releyó su misiva, frunciendo el ceño ante lo histriónica que parecía.

Se dijo que era lo mejor que podía hacer y que su madre era la clase de persona que, cuando menos, bajaría a los muelles para echar un vistazo por sí misma.

Selló la nota con un pegote de cera y una irregular impresión de su anillo, y envió al muchacho de camino con ella.

Hecho esto, levantó la cabeza y miró a su alrededor.

Se había adentrado en la calle de los Territorios Pluviales.

Esta siempre había sido una de las secciones predilectas de la ciudad para su padre y ella.

Al terminar sus negocios, casi siempre encontraban alguna excusa para pasear por allí tomados del brazo, disfrutando llamándose la atención sobre nuevas y exóticas mercancías.

La última vez que estuvieron aquí juntos, dedicaron casi toda una tarde a curiosear en una cristalería.

El comerciante exponía al público una nueva variedad de móviles de campanillas.

El menor aliento las agitaba y producía música, y no tocaban al azar, sino una melodía esquiva e interminable, demasiado delicada como para que la tarareara una lengua mortal, que luego se quedaba grabada en la mente.

Ephron le había comprado una bolsita llena de violetas escarchadas y pétalos de rosa, y unos pendientes con forma de pez vela.

Ella le había ayudado a escoger unas gemas perfumadas para el cumpleaños de su madre, y lo había acompañado a la platería para convertirlas en anillos.

Había sido un día extravagante, de entrar y salir de las extrañas tiendecitas que mostraban los productos de la gente de los Territorios Pluviales.