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Seis meses después, el Dechado llegó a casa.
Lo encontraron flotando en la boca del puerto, con la quilla vuelta hacia el cielo.
Al principio, nadie reconoció el barco zozobrado; tan solo se sabía que era una nao rediviva por su madera plateada.
Las areneras cargadas de voluntarios remolcaron el barco hasta la playa y allí permaneció anclado hasta que la marea baja lo dejara varado y revelara las desastrosas noticias de que fuera portador.
Cuando las aguas se retiraron, allí estaba el Dechado .
Sus palos habían sucumbido a la ferocidad de alguna tormenta asesina, pero la más cruda realidad estaba en su cubierta.
Atados tan seguramente a su cubierta que ninguna ola podría soltarlos estaban los restos de su cargamento final.
Y enredados en las redes de sujeción estaban los cadáveres mordisqueados por los peces de Uto Ludoventura y su hijo Kerr. El Dechado los había traído a casa.
Pero quizá lo más horrible de todo fuera que el barco se había avivado.
Las muertes de Uto y Kerr habían culminado el cómputo de tres vidas concluidas a bordo de él.
Mientras el agua resbalaba del desnudo mascarón de proa, el semblante barbudo del guerrero ferozmente tallado exclamó con voz de niño: «¡Madre! ¡Madre, ya estoy en casa!».
Setre Ludoventura había soltado un alarido y se había desmayado.
Se la llevaron a casa y se negó a visitar el malecón donde el rescatado Dechado aguardaba amarrado.
La desconsolada y atemorizada embarcación se mostró inconsolable, llorando y gritando durante días.
Al principio, la gente se mostró comprensiva e intentaba apaciguarlo.
Kendry permaneció amarrada cerca de él casi una semana, para ver si la veterana nave lograba aplacarlo.
En lugar de ello, Kendry se volvió nerviosa y difícil, y con el tiempo hubo que trasladarla.
Y Dechado seguía llorando. Había algo horrible en aquel feroz guerrero barbudo de brazos musculosos y torso velludo, que sollozaba como un niño asustado y rogaba llamando a su madre.
El corazón de las gentes pasó de albergar simpatía a temor y, por último, una especie de rabia.
Fue entonces cuando Dechado se ganó un nuevo nombre: Desdichado , el paria.
Ninguna tripulación quería echar el ancla junto a él; mala suerte, se decían los marineros, y lo repudiaban.
Las cuerdas que lo sujetaban al muelle se reblandecieron con la putrefacción y se poblaron de percebes.
El mismo Dechado se tornó silencioso, salvo para estallar en impredecibles arrebatos de salvajes maldiciones y lamentos.
Cuando Setre Ludoventura murió joven, la propiedad del Dechado pasó a manos de los acreedores de la familia.
Para ellos solo era una losa atada a sus cuellos, un barco que no podía navegar, ocupando una costosa dársena en el puerto.
Con el tiempo, se les ofreció a regañadientes una parte de la propiedad del velero a varios primos, con tal de que estos pudieran convencer a la nave para que zarpara.
Dos hermanos, Cable y Junco, accedieron a reclamar el barco.
La pugna fue feroz, pero Cable era el mayor por unos minutos.
Se alzó con el trofeo y juró que recuperaría la nao rediviva de la familia.
Dedicó meses a hablar con Dechado , y con el tiempo pareció establecer algún tipo de lazo con él.
A los demás les decía que el barco era como un niño asustado que respondía a los mimos más que a nada.
Los depositarios de la deuda contraída por la familia a cuenta de la nao rediviva prolongaron el crédito de Cable, murmurando entre dientes acerca de tirar el dinero, pero incapaces de resistirse a la esperanza de poder recuperar sus pérdidas algún día.
Cable contrató tripulantes y obreros, pagando salarios de escándalo tan solo para conseguir que los marineros se acercaran a la poco propicia embarcación.
Necesitó casi todo un año para reparar el Dechado y contratar una tripulación completa que lo gobernara.
Recibió numerosas felicitaciones por haber rescatado la nave, pues en los días previos a su partida, Dechado se dio a conocer como un barco tímido pero cortés, parco en palabras pero a veces tan sonriente como para derretir el corazón de cualquiera.
Un radiante día de primavera salieron del Mitonar.
De Cable y su tripulación nunca más se supo.
Cuando se avistó a Dechado de nuevo, era un amasijo de aparejos destrozados y jirones de velas.
Los informes sobre él llegaron al Mitonar meses antes que el mismo barco.
Navegaba hundido en el agua, con las cubiertas casi anegadas, sin que ninguna voz humana respondiera a las llamadas de las otras naves con que se cruzaba.
Tan solo el mascarón de proa, con ojos torvos y semblante pétreo, devolvía la mirada a quienes se aventuraban lo bastante como para ver que no había nadie en sus cubiertas.
Regresó al Mitonar, volvió al malecón donde había pasado tantos años amarrado.
Las primeras y únicas palabras que se le atribuyen fueron: «Díganle a mi madre que ya estoy en casa».
Que esto fuera cierto o mera leyenda quedaba a la imaginación de Althea.
Cuando Junco hubo reunido el valor necesario para amarrar el barco y subir a bordo, no encontró ni rastro de su hermano ni de ningún marinero, vivo o muerto.
La última entrada en el cuaderno de bitácora mencionaba buen tiempo y la previsión de conseguir buenos beneficios por su mercancía.
No había nada que indicara por qué la tripulación había abandonado la nave.
En la bodega había un cargamento empapado de sedas y brandy.
Los acreedores reclamaron lo que se pudo salvar y dejaron aquel barco de mal agüero al cuidado de Junco.
Toda la ciudad pensó que estaba loco cuando reclamó el Dechado e hipotecó su casa y sus tierras para repararlo.
Junco había realizado diecisiete viajes con éxito con Dechado .
A los que le preguntaban cómo lo había conseguido les respondía que hacía caso omiso del mascarón de proa y pilotaba la nave como si no fuera nada más que madera.
Durante aquellos años, el mascarón de Dechado fue, a todos los efectos, mudo, limitándose a dirigir torvas miradas a quien apuntara los ojos en su dirección.
Sus poderosos brazos estaban cruzados sobre el pecho musculoso; sus mandíbulas, cerradas con tanta fuerza como cuando solo era de madera.
Fuera cual fuese el secreto que conocía el barco sobre el destino de Cable y su tripulación, se lo guardó para sí.
El padre de Althea le había dicho que Dechado había estado a punto de ser aceptado en el puerto; que algunos decían que Junco había roto el sortilegio de mala suerte que antes padecía la nave.
El mismo Junco alardeaba de su dominio del barco y, en un alarde de valentía, hizo a su hijo mayor a la mar con él.
Junco amortizó la hipoteca de sus posesiones y procuró una vida holgada a su mujer y sus hijos.
Algunos de sus anteriores acreedores empezaron a murmurar que habían actuado con demasiada precipitación al devolverle el barco que consideraban maldito.
Pero Dechado jamás regresó del decimoctavo viaje de Junco.
Fue un mal año, plagado de tormentas, y hay quienes dicen que la suerte de Junco no se diferenció en nada de la que corrieron no pocos marineros aquel año.
Los aparejos colmados de hielo pueden hacer que zozobre cualquier nao, rediviva o no.
La viuda de Junco recorría los muelles y escudriñaba el horizonte con la mirada vacía.
Pero habían pasado veinte años, y la mujer había vuelto a casarse y engendrado más hijos cuando regresó Dechado .
De nuevo apareció con la quilla vuelta hacia el cielo, desafiando al viento, las mareas y las corrientes para flotar despacio hacia casa.
Esta vez, cuando se avistó la madera plateada de su quilla, la gente supo casi de inmediato de quién se trataba.
No se ofreció ningún voluntario para remolcarlo, nadie se interesó en enderezarlo ni en averiguar qué había sido de su tripulación.
Incluso hablar de él se consideraba que traía mala suerte.
Pero, cuando su palo se hincó en el untuoso barro del puerto y su casco se convirtió en un peligro para los barcos que entraban y salían, el capitán de puerto ordenó salir a sus hombres.
Entre maldiciones y sudor lo liberaron, y con la pleamar más fuerte del mes lo vararon todo lo tierra adentro que pudieron.
La marea, al retirarse, lo dejó encallado.
Todos pudieron ver que no era solo la tripulación del Dechado lo que había sufrido un aciago destino, pues el mismo mascarón de proa estaba mutilado, salvajemente desfigurado a machetazos entre la frente y la nariz.
De la oscura y torva mirada del barco no quedaba sino madera astillada.
Una característica estrella de siete puntas, lívida como la cicatriz de una quemadura, maculaba su pecho.
Se sumaba al horror que su boca se frunciera y maldijera con más ferocidad que nunca y que sus manos tantearan alrededor, amenazando con hacer pedazos a cualquiera que se pusiera a su alcance.
Quienes reunieron el valor necesario para subir a bordo hablaban de una embarcación reducida a su mínima expresión.
Nada quedaba de los hombres que la habían gobernado, ni un zapato ni un cuchillo, nada.
Hasta sus cuadernos de bitácora habían desaparecido y, despojada de todos sus recuerdos, la nao rediviva mascullaba, reía y maldecía para sí, vertiendo palabras sin sentido igual que vierte su arena un reloj roto.