Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 11 #3
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Sus ojos saltaron al rostro de Ámbar. De nuevo se sostuvieron la mirada.

Ámbar no sonreía. Giró la cabeza despacio, primero a un lado y luego al otro, como si la invitara a admirar su perfil.

Althea reparó solo en sus pendientes desparejos.

Llevaba varios en cada oreja, pero los que llamaron su atención fueron la retorcida serpiente de rutilante madera de su oreja izquierda y el resplandeciente dragón de la derecha.

Cada uno de ellos era tan largo como un pulgar y estaba tan ingeniosamente tallado que casi esperaba verlos estremecerse de vida.

Althea se dio cuenta entonces del tiempo que llevaba observándola.

Remisa, volvió a mirar a Ámbar a los ojos.

La mujer le dirigió una sonrisa inquisitiva.

Cuando Althea mantuvo sus rasgos inexpresivos, la sonrisa de la mujer se rindió ante una mueca de desdén.

Esa expresión no cambió cuando apoyó una mano de dedos esbeltos en su vientre plano.

Como si esos dedos enguantados hubieran tocado su propia barriga, Althea sintió un escalofriante temor que se extendió por su cuerpo.

Volvió a contemplar el rostro de Ámbar, que ahora parecía decidido y lleno de determinación.

Miraba a Althea como un arquero con la vista puesta en su objetivo.

En medio del atareado gentío, se habían quedado solas, sosteniéndose la mirada, ajenas a los demás transeúntes.

Con un esfuerzo tan físico como desasirse de una mano férrea, Althea se dio la vuelta y escapó corriendo de los muelles, de regreso al Mitonar.

Se abrió paso con torpeza en medio del atestado mercado de verano, tropezándose con la gente, chocando con una mesa llena de bufandas cuando se giró para mirar por encima del hombro.

Nada indicaba que Ámbar la estuviera siguiendo.

Caminó con más decisión por el paseo. Su corazón desbocado se atemperó y notó cómo sudaba bajo el sol de la tarde.

Sus encuentros con la nao y con Ámbar la habían dejado con la boca seca y casi estremecida.

Qué tontería. Era ridículo. Lo único que había hecho esa mujer era mirarla.

¿Qué tenía eso de amenazador? Nunca había sido dada a semejantes fabulaciones.

Seguro que se debía a la tensión de los dos últimos días.

Y no recordaba cuándo había tenido una comida decente por última vez.

Puestos a pensarlo, aparte de la cerveza, casi no había ingerido nada desde anteayer.

Lo más probable es que fuera eso lo que le ocurría.

Encontró una mesa apartada en una pequeña tienda de té que daba a la calle y se sentó.

Se sentía amodorradamente agradecida por estar afuera, bajo el sol de la tarde.

Cuando el mozo acudió a la mesa, pidió vino, pescado ahumado y melón.

Cuando el chico se hubo ido tras hacer una reverencia, Althea se preguntó con retraso si tendría dinero suficiente para pagar la cuenta.

Al vestirse con tanto cuidado esa mañana, no había prestado atención a ese tipo de cosas.

En casa, su habitación estaba tan ordenada como lo había estado siempre que regresaba a ella tras un viaje por mar.

Había algunas monedas y billetes en la esquina de un cajón; lo había tomado todo y se lo había guardado en los bolsillos antes de cerrarlos con un nudo, más por costumbre que por otra cosa.

Aunque tuviera suficiente para costearse esta sencilla comida, sin duda no bastaría para pagar un cuarto en ninguna posada.

A menos que estuviera dispuesta a regresar a casa con el rabo entre las piernas, haría bien en pensar qué planeaba hacer para salir adelante.

Mientras seguía debatiéndose con estas cuestiones, llegó la comida.

Imprudentemente solicitó cera e imprimió su sello como una mancha en un palo de sebo.

Seguro que esa era la última vez que se salía con la suya cargando la cuenta a la casa de su padre.

Si hubiera pensado en eso, habría dejado que Keffria le pagara una comida más elegante.

Pero el melón estaba dulce y crujiente, el pescado jugosamente ahumado y el vino era, en fin, bebible.

Los había paladeado peores en el pasado y volvería a hacerlo.

Solo tenía que perseverar y las cosas mejorarían con el tiempo. Las cosas tenían que mejorar.

Mientras daba cuenta de su vino, se le ocurrió que su padre estaba muerto y que iba a seguir muerto el resto de su vida.

Esa parte de su vida jamás mejoraría. Casi había llegado a acostumbrarse a su dolor; esta nueva sensación de profunda pérdida hizo que le temblaran las piernas.

Daba igual cuánto se demorara, Ephron Vestrit no iba a volver a casa para arreglarlo todo.

Nadie iba a arreglar nada a menos que lo hiciera ella misma.

Dudaba de la capacidad de Keffria para administrar la fortuna familiar. Puede que su hermana y su madre hubieran llevado las cosas más o menos bien, pero Kyle también iba a meter la cuchara esta vez. Dejándose a sí misma al margen, ¿cómo de mal podían ponerse las cosas para los Vestrit?

Podrían perderlo todo. Incluso a Vivacia .

Jamás había ocurrido nada parecido en el Mitonar, pero la familia Devouchet había estado cerca.

Se habían hundido de tal manera en un mar de deudas que el Consejo de Mercaderes había decidido que sus principales acreedores, los mercaderes Conry y Risch, tomaran posesión de la nao rediviva de los Devouchet.

El hijo mayor tendría que permanecer a bordo del barco en calidad de trabajador forzoso hasta que la familia saldara sus deudas, pero antes de que se cumpliera la pena, ese mismo hijo había atracado en el puerto del Mitonar con un cargamento lo bastante rentable como para satisfacer a sus acreedores.

La ciudad entera había celebrado su triunfo, y durante algún tiempo había sido una especie de héroe.

De algún modo, Althea no lograba imaginarse a Kyle en ese papel.

No. Lo más probable era que entregase tanto el barco como a su hijo a sus acreedores, y que alegara que todo era culpa de Wintrow.

Con un suspiro, se obligó a pensar en lo que más temía.

¿Qué iba a ser de Vivacia ? La nave estaba recién avivada; el saber popular de las naos redivivas estipulaba que su personalidad se desarrollaría en el transcurso de las próximas semanas.

Todos estaban de acuerdo en que resultaba imposible predecir el temperamento de un barco.

La nave podría parecerse a sus dueños o ser muy distinta.

Althea había atisbado en Vivacia una naturaleza implacable que le atemorizaba.

En las próximas semanas, ¿se acentuaría esa característica o desarrollaría la nave el sentido de la justicia y la ecuanimidad de su padre?

Althea se acordó de la Kendry , una nao de reconocida testarudez.

No toleraba mercancía viva en sus bodegas y aborrecía el hielo.

Zarpaba con rumbo a Jamaillia sin rechistar, pero los marineros declaraban que trabajar en sus cubiertas camino de los Seis Ducados o más allá era como navegar en un barco de plomo.

Por otra parte, dado un cargamento fragante y en dirección al sur, la nave se maniobraba casi sola, veloz como el viento.

De modo que el que una nao rediviva tuviera un carácter fuerte tampoco era algo tan terrible.

A menos que el barco enloqueciera.

Althea limpió el último trozo de pescado de su plato.

A despecho de la calidez del día de verano, se sentía helada por dentro.

No. Vivacia jamás sería como Dechado . Imposible.

Se había avivado en condiciones, se le había dado la ceremonia de bienvenida, después de que se le infundieran tres vidas plenas de navegación.

Todos sabían que eso era lo que había echado a perder a Dechado .

La codicia de sus propietarios había creado una nao rediviva demente, y reportado muerte y destrucción a su linaje.

El Dechado solo contaba con una vida cuando Uto Ludoventura asumió el mando.

Todos decían que el padre de Uto, Palwick, había sido un buen mercader y un gran capitán.

De Uto, lo más bondadoso que podía decirse es que era ingenioso y taimado.

Y que estaba dispuesto a correr riesgos.

Ansioso por pagar su nao rediviva en vida, siempre había obligado al Dechado a navegar cargado en exceso.

Pocos marineros se embarcaban con él dos veces seguidas, pues Uto era un capataz muy estricto, no solo con sus subalternos, sino incluso con su hijo Kerr, el grumete de a bordo.

Circulaban rumores de que la nave sin avivar era difícil de maniobrar, aunque la mayoría lo atribuía al exceso de carga y al escaso espacio libre que dejaba a bordo la codicia de Uto.

Sucedió lo inevitable. Llegó un día de invierno, durante la estación de las tormentas, en que se informó de que el Dechado llegaba con retraso.

Setre Ludoventura no se apartaba de los muelles, preguntando a cada barco que llegaba, pero nadie había visto el Dechado ni tenía noticias de su marido y su hijo.