11 #2
—Es peor que eso —le confió en voz baja la nave—. Aquí es poco menos que un prisionero. No quiere estar a bordo, quiere ser sacerdote. Empezamos siendo buenos amigos y ahora creo que están consiguiendo que me odie.
—Nadie podría odiarte —le aseguró Althea, e intentó destilar confianza—.
Es cierto que querría estar en otro lugar; no tiene sentido que te mienta al respecto.
Así que lo que detesta es no estar donde le gustaría estar.
De ningún modo podría odiarte. —Reuniendo fuerzas, como si fuera a meter la mano en el fuego, añadió—: Puedes ser su fuerza, ¿sabes?
Hazle saber cuánto lo valoras y el consuelo que supone para ti su presencia a bordo.
Como hiciste conmigo una vez. —Por mucho que se esforzara, no pudo impedir que se le quebrara la voz al culminar la frase.
—Pero soy un barco, no tu hija —respondió Vivacia al pensamiento inexpresado de Althea en vez de a sus palabras—.
No estás separándote de una niña pequeña sin conocimiento del mundo.
Sé que en muchos sentidos todavía soy una ingenua, pero puedo recurrir a todo un tesoro de recuerdos e información.
Solo tengo que organizarlos y ver qué relación tienen con quien soy ahora.
Te conozco, Althea. Sé que no me abandonaste por decisión propia.
Pero tú también me conoces a mí. Y debes comprender cuánto me duele ver a Wintrow obligado a embarcar en mí, a ser mi compañero y mi amigo del alma cuando desea estar en otra parte.
Wintrow y yo nos sentimos atraídos. Pero la rabia que le produce esta situación le hace resistirse a ese lazo.
Y hace que yo me avergüence de intentar llegar a él tan a menudo.
La división del corazón de la nao era algo terrible de percibir.
Vivacia se enfrentaba a su necesidad de la compañía de Wintrow, obligándose a permanecer inmóvil en un frío aislamiento tan gris como la niebla.
Althea casi podía sentirlo como un lugar espantoso, azotado por la lluvia, helado, infinitamente gris.
Le sobrecogía. Mientras buscaba alguna palabra de consuelo, una voz masculina resonó alta e imperiosa entre los gritos y golpeteos corrientes del muelle:
—Tú. ¡La de ahí! ¡Apártate del barco! Órdenes del capitán: no puedes subir a bordo.
Althea torció la cabeza hacia atrás, haciendo visera con la mano para protegerse los ojos del sol cegador. Miró a Torg como si no hubiera reconocido su voz.
—Esto, señor, es un muelle público —señaló con calma.
—Bueno, pues este no es un barco público. ¡Así que largo!
Tan solo dos meses atrás, Althea hubiera estallado.
Pero el tiempo que había pasado recluida con Vivacia y los acontecimientos de los tres últimos días la habían cambiado.
No es que ahora tuviera mejor genio, decidió desapasionadamente.
Era que su rabia había aprendido una tremenda lección de paciencia.
¿De qué serviría malgastar palabras con un ridículo y tiránico segundo de a bordo?
No era más que un ruidoso perrito faldero.
Ella era una tigresa. Una no desperdiciaba sus rugidos con semejante criatura; esperaba hasta poder partirle la columna de un zarpazo.
Torg había sellado su destino al maltratar a Wintrow.
Se redimiría de la grosería con que había recibido a Althea a su debido tiempo.
Con una oleada de vértigo, Althea se fijó en que mientras su mano descansaba sobre las tablas, sus pensamientos eran los de Vivacia y los de esta eran los suyos. Con tardanza se apartó de la nave, sintiéndose como si sacara la mano de un tarro de melaza fría.
—No, Vivacia —musitó—. No permitas que mi rabia se haga tuya. Déjame a mí la venganza, no te ensucies las manos con ella. Eres demasiado grande, demasiado bella; es indigna de ti.
—Él es indigno de mi cubierta —repuso Vivacia en voz baja, con amargura—. ¿Por qué tengo que tolerar alimañas como él mientras tú te quedas en tierra? No me dirás que es así como tratan los Vestrit a sus semejantes.
—No. No es así —se apresuró a tranquilizarla Althea.
—He dicho que te largues —volvió a gritar Torg desde la cubierta sobre su cabeza. Althea lo miró de soslayo. Estaba apoyado en la barandilla, esgrimiendo el puño contra ella—. ¡Vete o haré que te echen!
—No puede hacerme nada, de verdad —aseguró Althea a la nave.
Pero no había terminado de hablar cuando oyó un grito ahogado y luego un pesado golpetazo procedente de la bodega de la Vivacia .
Alguien maldijo en la cubierta, seguido de gritos que llamaban a Torg.
La voz de un joven marinero sonó con claridad:
—¡Los aparejos de izada se han soltado de la traviesa, señor! Juraría que estaban bien sujetos cuando empezamos a trabajar.
La cabeza de Torg desapareció y Althea oyó el sonido de sus pies corriendo por la cubierta. La descarga del cargamento de la Vivacia se interrumpió mientras media tripulación acudía a contemplar boquiabierta la paleta destrozada, las cajas abiertas y los frutos secos desparramados.
—Eso los mantendrá ocupados un rato —observó con dulzura Vivacia .
—Tengo que irme, de todos modos —decidió a toda prisa Althea. Si se quedaba, tendría que preguntar al barco si había tenido algo que ver con las poleas caídas—. Cuídate —le dijo a Vivacia —. Y cuida de Wintrow.
—¡Althea! ¿Volverás?
—Claro que sí. Es solo que tengo que ocuparme de unos asuntos. Pero vendré a verte antes de que zarpes.
—No me imagino navegando sin ti —admitió Vivacia , desconsolada. El mascarón de proa dirigió la mirada hacia el lejano horizonte, como si ya estuviera lejos del Mitonar. Un soplo de aire extraviado le alborotó los pesados rizos.
—Será difícil quedarse aquí en los muelles y verte desaparecer en la distancia. Por lo menos tendrás a bordo a Wintrow.
—Que detesta estar conmigo. —De repente, la nave volvía a sonar muy joven. Y muy preocupada.
— Vivacia , sabes que no puedo quedarme. Pero volveré. Confía en que estaré ideando la manera de estar contigo. Me llevará tiempo, pero volveremos a estar juntas. Hasta entonces, compórtate.
—Qué remedio —suspiró Vivacia .
—Bien. Nos veremos pronto.
Althea dio media vuelta y se alejó deprisa.
Su falta de sinceridad había estado a punto de atragantársele.
Se preguntó si la nao se habría dejado engatusar.
Esperaba que así fuera, aunque todos sus instintos acerca de Vivacia le decían que no era tan fácil de engañar.
Debía de saber lo celosa que estaba Althea de Wintrow por tener un sitio a bordo de ella, debía de poder percibir su profunda ira por el cariz que habían adoptado los acontecimientos.
Aun así, esperaba que no, esperaba que Vivacia no hubiera tenido nada que ver con los aparejos caídos, y rezó a Sa con fervor para que el barco no intentara arreglar las cosas por su cuenta.
Mientras se iba, reflexionó que la nao era tal y como había esperado que fuera y, al mismo tiempo, distinta.
Había soñado con un barco que tuviera todas las virtudes de una mujer bella y orgullosa.
No se había parado a pensar que Vivacia había heredado no solo la experiencia de su padre, sino también la de su abuelo y su bisabuela, por no mencionar lo que la propia Althea había añadido.
Ahora temía que la embarcación fuera tan testaruda como cualquier otro Vestrit, tan rencorosa, tan empeñada en salirse con la suya.
«Si yo estuviera a bordo, podría guiarla, igual que me guiaba mi padre durante mis arrebatos de cabezonería.
Wintrow no tendrá la menor idea de cómo lidiar con ella.
—Una diminuta y sombría idea se abrió paso en su mente—.
Si mata a Kyle, será porque él mismo se lo ha buscado».
Un escalofrío de disgusto la atravesó por ser capaz de albergar siquiera ese pensamiento.
Se apresuró a agacharse y golpear con los nudillos la madera del muelle para conjurar un destino en el que Vivacia pudiera hacer algo tan horrible.
Al enderezarse, sintió unos ojos sobre ella.
Levantó la cabeza para descubrir a Ámbar observándola.
La mujer dorada iba vestida con una sencilla túnica larga del color de las bellotas maduras, con el cabello recogido sobre la espalda en una sola trenza resplandeciente.
La tela de la túnica caía en pliegues desde sus hombros hasta el dobladillo, ocultando hasta la última línea de su cuerpo.
Llevaba las manos enguantadas, para ocultar las cicatrices y las callosidades propias de los dedos de una artesana bajo la fachada de unas manos de dama.
En medio del bullicio del atareado puerto, ella estaba inmóvil, tan ajena a todo ello como si estuviera encerrada en una burbuja de cristal.
Por un segundo, sus ojos leonados se cruzaron con los de Althea y a esta se le secó la boca.
Había algo sobrenatural en ella. A su alrededor, la gente iba y venía atendiendo sus quehaceres, pero donde ella estaba todo era quietud y concentración.
Lucía un collar de sencillas cuentas de madera que brillaban con todos los tonos de marrón que podía tener la madera.
Pese a la distancia, capturaron la mirada de Althea y la joven se sintió atraída hacia ellas.
Dudaba que hubiera alguien capaz de mirarlas sin sentir el deseo de poseerlas.