Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 11
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Consecuencias y reflexiones

—¿Y si yo quisiera rebatir estos documentos? —preguntó despacio Althea. Intentó que su voz sonara serena e imparcial, pero por dentro se estremecía de rabia y de dolor.

Curtil se rascó a regañadientes el poco pelo canoso que le quedaba.

—Eso está contemplado. Cualquiera que rebata este último testamento quedará automáticamente excluido de él. —Meneó la cabeza, casi como si se disculpara—. Es un procedimiento habitual —le aclaró con suavidad—. No es como si tu padre estuviera pensando en ti cuando lo redactó.

Althea levantó la vista de sus manos enlazadas y lo miró a los ojos.

—¿Y crees que esto es lo que quería? ¿Que Kyle se hiciera cargo de Vivacia y que yo dependiera de la caridad de mi hermana?

—Bueno, dudo que él se lo imaginara así —respondió Curtil con prudencia.

Tomó un sorbo de té. Althea se preguntó si no sería esa una estrategia para ganar tiempo y poder pensar en algo.

El anciano se enderezó en su asiento como si hubiera llegado a algún tipo de conclusión—.

Pero sí que creo que él tenía la cabeza sobre los hombros.

Nadie lo engañó ni lo coaccionó. Yo jamás hubiera formado parte de algo así.

Tu padre quería que tu hermana fuera su heredera única.

No deseaba castigarte, sino proteger a la familia.

—Bueno, los dos deseos le salieron mal —dijo Althea con dureza.

Escondió entonces la cara entre las manos, avergonzada por haber hablado así de su padre.

Curtil dejó que se extendiera el silencio.

Cuando la joven alzó el rostro un rato después, observó—: Seguro que piensas que soy un ave carroñera.

Ayer mi padre moría, y hoy vengo a rapiñar una porción de lo que era suyo.

Curtil le ofreció su pañuelo y Althea lo aceptó agradecida.

—No. No, no pienso nada de eso. Cuando el pilar que sustenta el mundo de uno se viene abajo, es normal aferrarse al resto, intentar por todos los medios que las cosas sigan lo más parecido a como eran antes. —Meneó la cabeza, apesadumbrado—. Pero nadie puede volver al ayer.

—No. Supongo que no —suspiró. Consideró su última y patética brizna de esperanza—: Mercader Curtil, según la ley del Mitonar, si uno jura algo ante Sa, ¿no está tan vinculado por ese juramento como por un contrato legal?

La alargada frente de Curtil se pobló de arrugas.

—Bueno. Depende. En un ataque de ira, en una taberna, si yo digo «por Sa, voy a matar a este o aquel», en fin, para empezar eso no sería una acción legal, así que…

Althea dejó de rumiar las palabras:

—Si Kyle Haven jurara delante de testigos que, si yo pudiera demostrar mi valía como marinera, me devolvería a Vivacia , si lo jurara por el nombre de Sa, ¿estaría vinculado?

—Bueno, técnicamente, el barco es propiedad de tu hermana, no de él…

—Ella le ha cedido el control —dijo Althea con impaciencia—. ¿Es legalmente vinculante un juramento así?

Curtil se encogió de hombros.

—Terminarías delante del Consejo de Mercaderes, pero, sí, creo que ganarías. Son conservadores, las antiguas costumbres cuentan mucho para ellos. Un juramento pronunciado ante Sa tendría que ser honrado por ley. ¿Tienes testigos de esto, dos por lo menos?

Althea se reclinó en su silla con un suspiro.

—Uno, a lo mejor, que respaldaría la verdad de mis palabras. Las otras dos…, ya no sé qué esperar de mi madre y mi hermana.

Curtil sacudió la cabeza.

—Las disputas familiares como esta son muy peliagudas. Te aconsejo que no sigas adelante con esto, Althea. Solo puede desembocar en desavenencias aún mayores.

—No creo que la situación pueda ser peor de lo que ya es —observó ella con tono sombrío antes de despedirse del consejero.

Era la hija de su padre. Había acudido de inmediato al despacho de Curtil.

Al anciano no le había sorprendido verla.

En cuanto la condujeron a su habitación, él se levantó y sacó varios documentos enrollados.

Los fue dejando delante de ella uno detrás de otro, y le dejó bien claro lo insostenible que era su postura.

Althea hubo de felicitar a su madre por meticulosa; todo aquel asunto estaba atado y bien atado, como la mercancía en las bodegas ante la proximidad de una tormenta.

Legalmente, no tenía nada. Legalmente, dependía de la buena fe de su hermana.

Legalmente. No pretendía que su realidad tuviera nada que ver con ese tipo de legalidad.

No pensaba vivir de la caridad de Keffria, sobre todo si eso significaba tener que bailar al son de Kyle.

No. Que siguieran pensando que su padre había muerto y no le había dejado nada.

Estarían equivocados. Todo lo que le había enseñado, todos sus conocimientos sobre el comercio marítimo y las observaciones sobre su trabajo seguían siendo de ella.

Si no era capaz de salir adelante con eso, se merecía morir de inanición.

Resueltamente se dijo que, cuando el primer Vestrit llegó al Mitonar, seguro que sabía poco más que eso y había salido adelante.

Ella debería ser capaz de hacer otro tanto por sí misma.

No. Más que eso. Obtendría las pruebas de que era todo cuanto decía ser y obligaría a Kyle a mantener su promesa.

Wintrow, estaba segura, la apoyaría. Era la única manera que tenía el joven de escapar al yugo de su padre.

Pero ¿y su madre o Keffria? Althea lo consideró.

No creía que lo hicieran a propósito. Por otro lado, tampoco creía que pudieran presentarse ante el Consejo de Mercaderes y mentir.

Su determinación se reafirmó. De una forma u otra, se enfrentaría a Kyle y recuperaría lo que le pertenecía por derecho.

Los muelles eran un hervidero de actividad.

Althea se abrió camino hasta el amarradero de Vivacia , esquivando hombres con carretillas, vagones tirados por caballos cubiertos de sudor, candeleros que hacían entrega de pedidos a naves listas para zarpar y comerciantes que se apresuraban a inspeccionar las mercancías recién llegadas antes de aceptar la entrega.

Antes el bullicio de los negocios de mediodía en el puerto la habría estimulado.

Ahora pesaba sobre su ánimo. Se sentía excluida de estas vidas, separada e invisible.

Cuando caminaba por los muelles vestida como correspondía a la hija de un mercader del Mitonar, ningún marinero osaba ponerle los ojos encima, y menos llamarla jovialmente a voces.

Resultaba irónico. Había elegido el sencillo vestido negro y las sandalias con cintas esa mañana a modo de semidisculpa ante su madre por haberse portado tan mal la noche anterior.

Poco había esperado que ese atuendo fuera a convertirse en su única fortuna antes de enfrentarse sola al mundo.

Pero, mientras deambulaba por el muelle, su confianza la abandonaba.

¿Cómo iba a aprovechar sus conocimientos para conseguir alimento?

¿Cómo podría acercarse a ningún capitán o segundo de a bordo, vestida como estaba, y convencerlo de que era una marinera capaz?

Si bien las mujeres de la mar no eran infrecuentes en el Mitonar, tampoco eran demasiado corrientes.

Uno veía con frecuencia mujeres que trabajaban en las cubiertas de los barcos de los Seis Ducados cuando fondeaban en el Mitonar.

Muchos de los Inmigrantes de las Tres Naves se habían convertido en pescadores, y entre ellos, las embarcaciones de la familia eran operadas por la familia entera.

De modo que si bien las marineras no eran algo inusitado en el Mitonar, se esperaría de ella que demostrara su valía tanto o más que los hombres junto a los que tendría que trabajar.

Pero ni siquiera le darían la oportunidad de intentarlo, así vestida.

Conforme el creciente calor del día la volvía consciente del peso y la amplitud de sus faldas oscuras y su modesta chaqueta, deseaba cada vez más unos sencillos pantalones de lona y una camisa de algodón y un chaleco.

Por fin llegó ante Vivacia . Observó de reojo el mascarón de proa.

Para cualquier otro, hubiera parecido que el barco sesteaba al sol.

Althea ni siquiera necesitaba tocarla para saber que, en realidad, los sentidos y los pensamientos de la nao estaban vueltos hacia dentro, supervisando su descarga.

Esa tarea procedía a buen ritmo, con los estibadores que fluían por sus pasarelas cargados con la variedad de mercancías como hormigas que huyeran de un hormiguero pisoteado.

Le prestaron poca atención; Althea solo era otra mirona de los muelles.

Se atrevió a acercarse más a Vivacia y a apoyar una mano en sus tablas templadas por el sol.

—Hola —dijo con suavidad.

—Althea. —La voz del barco era un cálido contralto. Abrió los ojos y sonrió a Althea.

Vivacia extendió una mano hacia ella, pero aligerada como estaba, flotaba demasiado alta como para permitir que se tocaran sus dedos.

Althea hubo de conformarse con las sensaciones que recibía a través de la áspera madera sobre la que descansaba su mano.

La nave había cobrado ya un mayor sentido de su ser.

Podía hablar con ella y seguir pendiente de la mercancía mientras se movía en sus bodegas.

Y, como Althea comprendió con una punzada, concentraba gran parte de su consciencia en Wintrow.

El muchacho estaba en el pañol de cadenas, enrollando y colocando cabos.

El calor de la diminuta sala cerrada resultaba opresivo, al tiempo que el fuerte olor a barco que lo rodeaba le provocaba náuseas.

El malestar que sentía se había propagado por la nao en forma de tensión en las tablas y rigidez en los palos.

Aquí, amarrada en el puerto, eso no era tan malo, pero en mar abierto un barco tenía que ser capaz de ceder ante los enviones de las aguas y el viento.

—Se pondrá bien —dijo Althea a Vivacia en tono de consuelo, pese a los celos que sentía por la preocupación de la nave—. Es un trabajo duro y aburrido para un grumete inexperto, pero sobrevivirá. Procura no pensar en su incomodidad.