Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 14 #7
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—Está mal —repitió Ronica Vestrit en voz baja—.

Me di cuenta y quise devolvérsela a Davad.

Pero, cuando intenté enviarla a casa, ella se arrodilló ante mí y me rogó que no lo hiciera.

En Chalaza pagarían un buen precio por ella, lo sabe, pues tiene estudios.

Su marido ya fue subastado por no poder asumir las deudas.

Vinieron de Jamaillia, ya sabes. Y cuando contrajeron deudas y no pudieron salir del atolladero, tanto ella como su marido y su hijo fueron enviados a la palestra de esclavos.

Su marido era un hombre culto y pagaron bien por él.

Pero ella y su hijito fueron vendidos por una miseria a uno de los agentes de Davad.

—La voz de Ronica Vestrit se enronqueció—.

Me ha hablado de su viaje hasta aquí. Su pequeño no sobrevivió.

Pero no creo que Davad Restart sea una persona cruel, al menos no a propósito.

Tampoco es tan mal mercader como para dañar aposta un cargamento valioso.

La voz de su madre había permanecido curiosamente ecuánime a lo largo de todo el relato. Cuando imitaba las palabras de Kyle en ese mismo tono, a Keffria se le ponía la piel de gallina.

—Creo que me he vuelto inmune a la muerte.

En los años posteriores a la muerte de tus hermanos por la peste, la deseché como algo que había soportado y resistido.

Ahora que tu padre no está, recuerdo lo inesperado y definitivo que es ese momento de culminación.

Ya resulta lo bastante duro enfrentarse a él cuando lo reporta la enfermedad.

Pero el hijo de Rache murió porque su pequeño estómago no pudo tolerar los tumbos en aquella bodega atestada y mal aireada.

No podía retener el pan duro y el agua sucia que les daba la tripulación.

Rache tuvo que ser testigo de cómo perecía su hijito.

—Su madre alzó los ojos para encontrar los de Keffria y ver el tormento que habitaba en ellos—.

Le pregunté a Rache por qué no avisó a gritos a la tripulación cuando iban a darles de comer.

Seguro que podrían haberles concedido un rato de aire fresco en la cubierta, un poco de comida que pudiera tolerar su hijo.

Me dijo que lo había hecho. Que rogó y suplicó cada vez que pasaban cerca de ella para repartir la comida o llevarse los cubos.

Pero los marineros hicieron como si no la oyeran.

No era la única a bordo que imploraba clemencia.

Encadenados junto a ella había ancianos y mujeres que morían tan inútilmente como su pequeño.

Cuando vinieron para llevarse al hombre que había junto a ella y a su hijo, cargaron con él como si fuera un saco de carne.

Sabía que iban a arrojar su cadáver a las serpientes que seguían la nave.

Y eso la volvió loca. Ironías del destino, su locura fue lo que la salvó.

Pues cuando empezó a chillar, rogando que las serpientes rompieran el casco y la devoraran también a ella, cuando empezó a rezar para que Sa enviara vientos y mareas que estrellaran el barco contra las rocas, su delirio impresionó a los marineros como no lo habían hecho sus súplicas.

No querían que esa mujer que tan poco valoraba su vida descargara sobre ellos una maldición de muerte.

La apalearon, pero no pudieron silenciarla.

Y cuando el barco amarró brevemente en el Mitonar, la dejaron en tierra, pues los marineros juraban que la última tormenta que habían capeado era obra suya y que no pensaban seguir navegando con ella a bordo.

»Davad tuvo que hacerse cargo de ella; era mercancía de su propiedad.

Pero, como no podía llamarla esclava en el Mitonar, la tomó por sirvienta forzosa.

Y cuando arreció la aprensión que le producían sus frías miradas, pues ella lo culpa de la muerte de su pequeño, la envió aquí para servir bajo nuestro techo.

Así que ya lo ves, el regalo que nos hizo cuando pasábamos apuros tuvo que ver más con el temor que con la caridad.

Y tengo la sospecha de que Davad se haya convertido en eso; en alguien gobernado más por el temor que por la caridad.

—Hizo una pausa, como si reflexionara—. Y no exento de unas generosas gotas de codicia.

No pensaba que Davad fuera el tipo de persona capaz de escuchar una historia como la de Rache y, aun así, prolongar la situación que la había desencadenado.

Pero lo es. E insiste, con bastante tesón, a quienes conoce para instarlos a votar a favor de la legalización de su comercio también en el Mitonar.

—De nuevo, sus ojos ensartaron a Keffria—.

Ahora que has heredado las tierras de tu padre, tuyo es también su voto en el Consejo.

Sin duda, Davad empezará a cortejarte para someter ese voto a su antojo.

Y si tus propios intereses económicos se ponen del lado de la esclavitud…

, ¿qué crees que te pedirá Kyle que hagas?

Keffria se sentía paralizada. No se atrevía a responder.

Deseaba decir que su marido no apoyaría la esclavitud en el Mitonar, pero su mente ya estaba haciendo los cálculos contra su voluntad.

Si los esclavos fueran legales, ciertas propiedades volverían a ser lucrativas.

Los campos de cereales. La mina de estaño.

Pero, aparte de eso, Kyle no tendría que transportar sus cargamentos hasta Chalaza para sacarles beneficios, sino que podría vender los esclavos aquí mismo, en el Mitonar.

Menos tiempo de viaje equivalía a más cargamentos que llegarían vivos y en buenas condiciones para las pujas…

Con un estremecimiento, Keffria consideró de pronto la plena importancia de su idea.

«Más cargamentos que llegarían vivos». Desde el principio, había aceptado que, si Kyle elegía transportar esclavos, era inevitable que algunos perecieran en el proceso.

¿De qué? ¿De avanzada edad o mala salud?

No. Kyle era demasiado avispado como para comprar esclavos al borde de la muerte.

Había esperado que murieran por el viaje.

Aceptando que eso debía ocurrir. Pero ¿por qué?

En sus viajes en barco, nunca había temido por su vida ni por su salud.

Así que solo el trato recibido por los involuntarios pasajeros podría ser la causa de sus muertes.

El tratamiento recibido por los esclavos, lo que bien pudiera ser parte de las tareas de Wintrow como marinero.

¿Aprendería su hijo a hacer oídos sordos frente a las desesperadas súplicas de una joven temerosa por la vida de su hijo?

¿Ayudaría a arrojar los cuerpos sin vida a las serpientes?

Su madre debió de leer parte de sus pensamientos, pues dijo con voz queda:

—Recuerda: el voto es tuyo. Se lo puedes ceder a tu marido si quieres.

Muchas mujeres de mercaderes del Mitonar lo harían si estuvieran en tu lugar, aunque nuestra ley no lo requiera.

Pero recuerda que la familia Vestrit tiene un voto en el Consejo de Mercaderes, y solo uno.

Y una vez que se lo hayas cedido a tu marido, no podrás reclamarlo.

Kyle podrá nombrar a quien le plazca para que vote por él en su ausencia.