10 #5
—Keffria —dijo suavemente su madre—, sabías cuáles eran mis intenciones al redactar esos documentos. Sería una deshonra por tu parte aprovecharte de tu hermana, valerte de tu herencia para coaccionarla. Dime que no permitirás que ocurra tal cosa.
—Tiene hijos en los que pensar —intervino Kyle.
—Keffria —repitió su madre, y no pudo disimular una nota de ruego en su voz.
—Yo… —Los ojos de Keffria saltaron del rostro de su madre a la mirada de granito de su esposo.
Se le aceleró la respiración como si fuera un ratón acorralado—.
No puedo estar en medio de esto. ¡No puedo!
—exclamó desconsolada. Sus manos se elevaron para entrelazarse con desesperación sobre su pecho.
—No hace falta que lo estés —le aseguró Kyle—. Los papeles están firmados delante de testigos. Sabes lo que más le conviene a Althea. Sabes que ninguno le deseamos nada salvo lo mejor. Cree en ti, Keffria. Cree en mí, tu marido.
Keffria se enfrentó a la atónita mirada de su madre una última vez antes de concentrarse en la pulida superficie de la mesa. Sus manos recorrieron el borde, acariciaron nerviosas la madera.
—Creo en ti, Kyle —susurró—, de veras. Pero no quiero hacer daño a Althea. No quiero ser cruel con ella.
—No lo seremos —se apresuró a tranquilizarla él—. Siempre y cuando ella tampoco lo sea con nosotros. Es justo.
—Eso… parece justo —dudó Keffria. Miró de soslayo a su madre buscando seguridad, pero el semblante de Ronica era inescrutable.
Siempre había tenido a su hija mayor por la más fuerte.
Al fin y al cabo, ¿no había escogido Keffria una vida que requería fuerza mientras Althea correteaba tras los pasos de su padre y se dedicaba a jugar?
Keffria había encontrado un marido, tenía hijos, administraba su hogar y ayudaba en el gobierno de los terrenos.
O eso le había parecido a Ronica cuando redactaba los documentos que determinaban la herencia.
Ahora le parecía que Keffria se había encargado principalmente de los entresijos internos de la casa, eligiendo menús, escribiendo listas de la compra y celebrando reuniones sociales.
Había dejado a Ronica libre de ocuparse del verdadero trabajo que implicaban sus posesiones.
¿Por qué no había visto que Keffria estaba convirtiéndose en poco más que una mujer resignada, siguiendo las instrucciones de su madre, obedeciendo a su marido, pero sin un verdadero papel que representar?
Ronica intentó recordar cuándo había sido la última vez que Keffria había sugerido algún cambio o iniciado algo. No se le ocurrió ninguna.
¿Por qué, oh por qué, tenían que mostrársele ahora las cosas tan claras?
Que Sa la ayudara, acababa de dejar las riendas de sus vidas en manos de Keffria.
Según las costumbres y tradiciones del Mitonar, a la muerte de un hombre, sus pertenencias pasaban a sus descendientes.
No a su esposa, sino a su descendencia. Oh, Ronica tenía derecho a conservar el control de las propiedades que había traído consigo cuando se casó con Ephron, pero quedaba muy poco de ellas.
Con un vuelco del corazón, comprendió que no era solo su hija pequeña la que estaba ahora a merced de lo que Kyle considerara apropiado para una mujer. Ella también.
Lo miró de reojo, obligándose a adoptar una expresión imperturbable. Solo podía rezar a Sa para que él no se hubiera dado cuenta todavía. De lo contrario, podría perderlo todo. ¿Acaso no se vería también ella obligada a obedecer con una soga de deudas rodeándole el cuello?
Inspiró hondo y encontró el control en su voz:
—Es cierto que parece justo —concedió. No debía mostrarse demasiado débil—.
Ya veremos si resulta serlo. —Exhaló un suspiro teatral y se frotó los ojos como si estuviera fatigada—.
Tengo muchas cosas en que pensar. Muchas.
Por ahora, dejaré que te ocupes de Althea.
Y, como dice Kyle, la Vivacia debe zarpar lo antes posible.
Eso, me imagino, es lo que más requiere ahora nuestra atención.
¿Puedo preguntar qué puertos y qué mercancías has elegido para ella y cuándo debes zarpar?
—esperaba no sonar demasiado ansiosa por su partida.
En su cabeza bullían las ideas sobre cómo actuar mejor en su ausencia.
Podía asegurarse al menos de que lo que quedaba de sus posesiones le fuera traspasado a Althea cuando ella muriera.
No es que tuviera intención de mencionarlo; de pronto había decidido que lo más prudente sería comportarse como si no se opusiera a Kyle.
Y el tiempo que pasara a solas con Keffria era un tiempo que podría dedicar a persuadir a su hija mayor.
Kyle pareció acceder a dejarse distraer por la pregunta.
—Como tú misma has dicho, debemos levar anclas enseguida y no solo por el bien de nuestra economía.
Cuanto antes aleje a Wintrow de las distracciones de la vida en la orilla, antes aceptará su destino.
Tiene mucho que aprender y, aunque no sea culpa suya, se enfrenta a estas lecciones cuando ya está más cerca de ser un hombre que un muchacho.
Todo lo deprisa que aprenda será poco. —Hizo una pausa para que ambas asintieran.
Ronica se sintió irritada al hacerlo, pues parecía implicar que la educación del muchacho no había sido la adecuada.
Cuando Kyle se dio por satisfecho con su asentimiento, continuó—: En cuanto a los puertos y las mercancías, bueno, como todos hemos convenido, debemos comerciar lo más deprisa posible con lo que más rentable resulte.
—De nuevo esperó a que asintieran—. De modo que solo hay una respuesta —decidió por ellas—: llevaré la Vivacia al sur, a Jamaillia, para cargar lo mejor que nos podamos permitir.
Luego al norte hacia Chalaza, lo más deprisa posible.
—¿El cargamento? —preguntó Ronica con el corazón en un puño. La certidumbre acechaba ya en su interior.
—Esclavos, naturalmente. Educados. Nada de rateros, ladrones y asesinos, sino los que se puedan subastar en Chalaza como tutores, supervisores y niñeras.
Artistas y artesanos. Necesitamos comprar aquellos cuyas deudas los hayan llevado a la palestra en vez de aquellos condenados a la esclavitud por sus crímenes.
—Hizo una pausa, pensativo, antes de menear la cabeza—.
No serán tan resistentes, desde luego. Por eso quizá debamos equilibrar el cargamento con una bodega llena de…
lo que sea que nos permita el bolsillo. Cautivos de guerra, esclavos de cría y lo que haga falta.
El segundo de a bordo, Torg, ha trabajado antes en barcos de esclavos y conoce a muchas personas de las subastas. Él debería conseguirnos buenos tratos.
—La esclavitud es ilegal en el Mitonar —señaló con inseguridad Keffria.
Kyle soltó una risita.
—De momento. No por mucho tiempo, sospecho.
Y no hace falta que temas, cariño. No tengo ninguna intención de parar en el Mitonar con ellos.
Será un viaje rápido por el Paso Interior hasta la ciudad de Jamaillia, y luego de nuevo al norte hasta Chalaza, dejando el Mitonar atrás. No nos molestará nadie.
—Los piratas —dijo Keffria con timidez.
—Nunca se han metido con la Vivacia . ¿Cuántas veces has oído jactarse a tu padre de lo veloz que es, de lo bien que se orienta por los canales?
Ahora que está avivada, será mejor todavía.
Los piratas saben que perseguir a una nao rediviva es una pérdida de tiempo.
Nos dejarán en paz. Procura no inquietarte dándole vueltas a cosas en las que ya he pensado yo.
No haría esto si me pareciera arriesgado.
—Esa mercancía podría ser peligrosa para una nao rediviva —comentó suavemente Ronica.
—¿Qué temes, una especie de motín? No. Estarán a la sombra y bien asegurados abajo durante todo el trayecto. —Kyle empezaba a parecer molesto ante las reservas con que acogían su plan.
—Eso podría ser aún peor. —Ronica intentó hablar con delicadeza, como si estuviera ofreciendo una opinión en vez de recalcar un peligro que él debería ver por sí solo—.
Las naos redivivas son criaturas sensibles, Kyle, y Vivacia se ha avivado hace poco.
Del mismo modo que no expondrías a Malta a las…
incomodidades que deben soportar los esclavos durante el transporte, también a Vivacia se le deberían ahorrar.
Kyle frunció el ceño, aunque luego su expresión se suavizó.
—Ronica, no soy ajeno a las tradiciones que rodean a las naos redivivas.
Y hasta donde nos lo permita nuestra economía, las respetaré.
Wintrow estará a bordo, y se le permitirá un rato todos los días para que converse con el barco.
Podrá asegurarle que todo va bien y que nada de esto tiene que ver con su bienestar.
Tampoco me propongo emplear una crueldad innecesaria.
Los esclavos deberán permanecer confinados y controlados, pero aparte de eso, no padecerán rigores.
Creo que te preocupas sin motivo, Ronica.
Además, aunque la situación inquiete a la nave, será solo por un tiempo. ¿Qué puede tener eso de malo?
—Por lo que parece, lo tienes todo bien meditado.
—Ronica intentó transmitir sentido común y reemplazar la rabia que sentía por una nota de preocupación—.
Circulan historias, desde luego, acerca de lo que es capaz de hacer una nao rediviva perturbada.
Dicen que algunas navegan remisas, desaprovechando el viento de sus velas, encallando donde deberían flotar libremente, arrastrando sus anclas…
Pero todo eso, sin duda, no es nada de lo que no se pueda ocupar una tripulación briosa y bien adiestrada.
En los casos más graves, cuentan que las naos mal empleadas pueden volverse locas.
El Desdichado no es sino el caso más célebre.
Circulan rumores sobre otras embarcaciones, naos redivivas que zarparon para no regresar jamás, porque el barco se volvió contra su propietario y su tripulación…