10 #3
Althea lo presenciaba todo con horrorizada fascinación.
Era consciente de que su madre ahora abrazaba e intentaba consolar a una Keffria llorosa, al borde de la histeria.
Dos criados, incapaces de seguir dominando su curiosidad, se habían asomado a la puerta.
Althea sabía que debería intervenir, pero todo lo que estaba ocurriendo estaba tan lejos de su experiencia que solo podía quedarse boquiabierta.
Las cocineras hablaban de tener peleas así en casa, o se sabía de algún comerciante que obligaba a sus hijos a aprender el oficio contra su voluntad.
Había oído hablar de disciplinas como esta a bordo de otras embarcaciones.
Cosas así jamás tenían lugar en los hogares de las familias de antiguos mercaderes.
O, de lo contrario, nunca se hablaba de ello.
—¿Me entiendes? —exigió Kyle, como si gritar más alto al muchacho volviera sus palabras más inteligibles.
Aturdido como estaba, Wintrow solo consiguió asentir con la cabeza.
Kyle le soltó la túnica. El muchacho trastabilló y se agarró al canto de la mesa.
Enderezó la espalda, cabizbajo—. ¡Ahora quiere decir ahora!
—ladró Kyle, triunfal. Su cabeza apuntó en dirección a la puerta y al patidifuso sirviente que allí había—.
¡Tú! ¡Welf! Cierra la boca y acompaña a mi hijo hasta la Vivacia .
Ocúpate del equipaje y llévate todo lo que trajo aquí, porque a partir de ahora vivirá en el barco.
Mientras Welf se apresuraba a entrar en la estancia para tomar a Wintrow del brazo y sacarlo del comedor, Kyle se encaró con Althea. El éxito conseguido a la hora de acoquinar a su hijo parecía haber espoleado su coraje, pues la desafió con un:
—¿Eres lo bastante lista como para sacar una lección de esto, hermana?
Althea mantuvo la voz baja y ecuánime:
—Me sorprendería mucho si hoy no hubiéramos aprendido todas una lección sobre ti, Kyle. Principalmente, que hay muy poco que no estarías dispuesto a hacer con tal de satisfacer tu ambición de controlar la familia Vestrit.
—¿Controlar? —Kyle se la quedó mirando con incredulidad antes de girarse hacia las otras dos mujeres para ver si estaban tan asombradas como él.
Pero Ronica le sostuvo la mirada con ojos torvos mientras Keffria sollozaba sobre su hombro—.
¿Piensas que se trata de eso? ¿De controlar?
—Meneó la cabeza y soltó una risa amarga—.
Se trata de rescatar. Maldita sea, no sé por qué me molesto.
Me miran todas como si fuera un criminal, cuando lo único que intento es mantener esta familia a flote.
¡Keffria! Tú sabes que es así. Ya hemos hablado de esto.
—Se giró hacia su esposa. Keffria levantó el rostro surcado de lágrimas para cruzar la mirada con él, pero no había comprensión en sus ojos.
Kyle negó con la cabeza, incrédulo—. ¿Qué queréis que haga?
—les preguntó a todas—. Nuestras posesiones pierden dinero cada día que pasa, tenemos una nao rediviva por la que todavía estamos pagando a los prestamistas, nuestros acreedores amenazan con empezar a confiscar nuestras tierras, y vosotras parecéis pensar que deberíamos ignorarlo todo gentilmente y tomar el té juntos.
No, retiro eso último. Althea parece pensar que debería acelerar nuestro descenso hacia la ruina quedándose la nao rediviva como juguete personal, mientras se pasa las noches emborrachándose con las ratas de puerto del lugar y dedicándose a dejar que la soben.
—Déjalo, Kyle —le advirtió Ronica en voz baja.
—¿Que deje qué? ¿Que deje de decir lo que ya sabéis, pero os resistís a admitir?
Escuchadme todas, aunque solo sea un momento.
—Hizo una pausa e inspiró hondo, como si intentara desembarazarse de la rabia y la frustración—.
Tengo que pensar en mis hijos, Selden y Malta.
Al igual que Ephron, también yo moriré algún día.
Y no quiero que todo lo que hereden sea una montaña de deudas y mala fama.
Ephron no dejó ningún varón que os protegiera, Ronica, nadie que se hiciera cargo de la administración de su hacienda.
Por eso yo salgo al frente, como buen yerno que soy, para hacer lo que es preciso, por doloroso que sea.
Lo he meditado mucho en los últimos meses y creo que puedo recuperar nuestra posición.
He establecido varios contactos en Chalaza que están dispuestos a negociar con nosotros.
El plan, en realidad, no es tan raro: debemos emplear la nave, y emplearla duro, transportando las mercancías más rentables lo más deprisa posible.
Entretanto, debemos evaluar todas nuestras posesiones, sin sentimentalismos, y quedarnos solo con las que nos puedan reportar algún beneficio este año.
Pero lo más importante es que no debemos asustar a nuestros acreedores.
Si vendemos las cosas sin ton ni son, pensarán que nos estamos yendo a pique y se abalanzarán sobre nosotros para llevarse una parte de lo que quede antes de que desaparezca todo.
Y, la verdad, si ven a Althea bebiendo por ahí y alternando con rufianes, como si a la familia no le quedara ya esperanza ni dignidad, también eso surtirá su efecto.
Mancilla tu nombre, Althea, y mancillarás el de mi hija.
Algún día espero ver a Malta felizmente casada.
No recibirá las atenciones de ningún hombre honrado si tú te estableces como borracha y puta.
—¿Cómo te atreves…? —gruñó Althea.
—Me atreveré a lo que sea por mis hijos.
Convertiré a Wintrow en un hombre aunque sea a golpes, aunque crezca odiándome por ello.
Devolveré a esta familia una sólida base económica, aunque tenga que forzar esa nao rediviva como tú nunca serías capaz de hacerlo.
Si te preocuparan los tuyos la mitad que a mí, estarías adecentándote y presentándote como una dama e intentando conseguir un buen partido para afianzar la fortuna familiar.
Una furia glacial poseía ahora a Althea.
—Así que ¿debería prostituirme al mejor postor, siempre y cuando me llame esposa y ofrezca una dote generosa?
—Mejor que al peor postor, como parecías dispuesta a hacer anoche —repuso Kyle con la misma frialdad.
Althea tomó aliento, erizándose como una gata rabiosa, pero la fría voz de su madre interrumpió su discusión con Kyle:
—Basta.
Una sola palabra, pronunciada en voz baja.
Como si estuviera soltando una brazada de ropa, acercó a Keffria a una silla cercana y la dejó en ella.
Había algo decisivo en su tono que los había acallado a todos.
Incluso los hipidos de Keffria se aquietaron.
Su madre, pequeña y morena, parecía aún más delgada vestida de luto, pero cuando se interpuso entre Althea y Kyle, ambos retrocedieron un paso.
—No pienso gritar —les dijo a los dos—. Tampoco tengo intención de repetirme.
Así que os sugiero que prestéis atención y que se os grabe en la memoria lo que voy a decir.
Althea, me dirijo a ti primero porque no he tenido ocasión de hablar francamente contigo desde tu llegada.
Kyle, ni se te ocurra interrumpirme, ni siquiera para darme la razón.
Ahora. —Cogió aire y se mostró insegura por un instante.
Se acercó a Althea y le tomó las manos dóciles entre las suyas—.
Hija mía. Sé que te sientes agraviada. Esperabas heredar el barco.
Era lo que tenía pensado tu padre para ti.
Él ya no está, y aunque me duela, quiero hablarte de estos asuntos sin rodeos.
Siempre te trató como si fueras uno de los hijos que perdimos.
Si tus hermanos hubieran sobrevivido a la peste…
, pero no lo hicieron. Pero, cuando todavía los niños vivían, siempre dijo que la tierra iría a parar a sus hijas y los barcos a sus hijos.
Y aunque nunca lo dijo tan a las claras, tras la muerte de nuestros pequeños, creo que pretendía que Keffria heredara las tierras y tú, la nao.
Pero también se proponía vivir hasta la vejez, ver pagadas las deudas del barco y nuestras posesiones, y verte a ti casada con un hombre que gobernara la Vivacia por ti.
No. ¡Silencio! —dijo con aspereza cuando Althea abrió la boca para rechistar—.
Bastante difícil me resulta hablar de estas cosas.
Si me interrumpes, nunca acabaremos con esto —prosiguió en voz más baja.
Levantó la cabeza y miró a su hija a los ojos—.
Si culpas a alguien de tu desilusión, cúlpame a mí.
Cuando ya no pude seguir negando que tu padre se moría, envié a buscar a Curtil, nuestro antiguo consejero.
Y entre los dos, plasmamos sobre el papel lo que consideré que era lo mejor, y convencí a tu padre para que le pusiera su firma.
Lo convencí, Althea, no lo engañé. Incluso tu padre veía lo acertado de lo que teníamos que hacer.
Si las fortunas familiares se dividieran ahora, ninguno sobreviviríamos.
Puesto que Keffria es la mayor y tiene hijos de los que preocuparse, hice lo que dictaba la tradición y la nombré única heredera.
—Ronica Vestrit apartó la mirada de una atónita Althea para posarla en su otra hija.
Keffria todavía estaba sentada en el banco, con la cabeza sobre la mesa, pero su llanto había cesado.
Kyle apoyó una mano en el hombro de su mujer.
Althea no supo decidir si era para consolarla o para reclamarla para sí.
Su madre continuó—: Keffria estaba enterada de su legado.
También sabe que el documento estipula sin lugar a dudas que deberá seguir ocupándose de la manutención de su hermana hasta que esta contraiga un matrimonio adecuado, momento en el que recibirá una generosa suma como dote.
De modo que Keffria está obligada no solo por sangre, sino también por escrito, a procurar lo mejor para ti.
La expresión mortificada de Althea no se había alterado.